LOGIN¿Era su jefe o era su enemigo? Estela no podía decidirlo, pero lo cierto era que Alexander Karlsson solía poner su mundo de cabeza, y no en el buen sentido. Su jefe era exactamente el tipo de persona con la que odiaba relacionarse: egocéntrico, prepotente, insensible…; pero aun así, el hombre se las arregló para hacerla firmar un contrato donde no le quedaba otro remedio que convertirse en la señora Karlsson…
View More—¿Mudarme? ¿Pero como se le ocurre?—renegó Estela, de esa decisión tan precipitada. —Déjate de tonterías, Mancini—la calló el hombre al otro lado de la línea—. Ya has firmado el contrato, así que a partir de este momento las cosas se harán a mi modo. Y claramente no pretenderás que deje que mi prometida viva en un barrio de mala muerte.Estela tuvo que reconocer a regañadientes, que Alexander Karlsson tenía un punto. —Pudo haberme avisado. No está bien que tome este tipo de decisiones sin siquiera consultarme. —Tonterías. Recoge tus cosas—dicho eso, colgó el teléfono. La joven exhaló soltando así en el aire toda su frustración. Al parecer, su inminente matrimonio ya había iniciado con el pie izquierdo. «Y todavía no nos hemos casado», pensó, dándose cuenta de que Alexander ya buscaba mantenerla controlada.—Hermana, ¿entonces tú no enviaste a estas personas?—volvió a cuestionar Amelia con preocupación. La jovencita temía haber cometido un grave error. —Tranquila, Amelia. Sí, los
—Acepto. Alexander Karlsson mostró una media sonrisa retorcida al escucharla. Se notaba que estaba enteramente complacido de que las cosas hubiesen salido como esperaba. —¿Qué te hizo creer que podías rechazarme?—se jactó seguro de que no había forma de que ninguna mujer lo rechazará. Él era Alexander Karlsson, no un tipo cualquiera al que podían ignorar. Estela prefirió no decir nada más, no tenía caso renegar de su futuro matrimonio. La decisión estaba tomada y por más que no soportará a aquel hombre, se convertiría en su esposo. —Quisiera leer esos papeles—señaló recordando los documentos que se había negado a leer semanas atrás. Alexander asintió y sacó de uno de los cajones de su escritorio, la carpeta que contenía todos los detalles sobre el contrato matrimonial. La joven tomó asiento en la silla desocupada frente a él, y se dispuso a revisar detalladamente aquellos papeles. Sabía muy bien que debía leer minuciosamente, puesto que no podía confiar en aquel sujeto. Todavía
«¿Qué tan malo podría ser convertirse en su esposa?», se preguntó Estela, por primera vez en varias semanas. Sin embargo, tan pronto como el pensamiento la invadió, lo rechazó rápidamente. ¡De ninguna manera haría una cosa así! —Esto es acoso, señor Karlsson—señaló con firmeza—. Si continúa haciéndolo, me veré obligada a poner una denuncia en su contra. Así que, deténgase, si no quiere afrontar las consecuencias. —¿Amenazas? El hombre soltó una carcajada seca. —Tómelo como quiera. —Te recuerdo, Mancini, que no estás en posición de amenazar—le recordó con frialdad—. Soy yo quien tiene el poder para convertir tu vida en un infierno, así que cuida muy bien tus palabras. —¿Quién se cree que es? De ninguna manera me casaré con usted, ¡búsquese a otra y déjeme en paz!—la última frase, Estela la había gritado sin darse cuenta de las personas que se encontraban a su alrededor, la cuales le regalaron insistentes miradas. La joven colgó el teléfono y lo guardó de mala manera en su bols
El día martes inició de una manera completamente diferente. Estela despertó con el sonido de su acostumbrada alarma, pero esta vez no era para asistir a su trabajo como solía serlo, sino que significaba el inicio de una nueva rutina: la de buscar empleo. Con una taza de café humeante, la joven se dispuso a detallar cada una de las ofertas de trabajo disponibles en el periódico. Tacho y resaltó, seleccionando así las mejores opciones, mientras que con ayuda de su computador enviaba su currículum a diferentes direcciones. —Buenos días—de repente una voz familiar, interrumpió su ajetreada búsqueda. —Amelia, has despertado ya—se levantó de la silla del comedor y se dispuso a preparar el desayuno—. Siéntate, cariño, prepare algo de comer para las dos. —Gracias, pero no se suponía que deberías estar en el trabajo—se sorprendió la menor de encontrarla aún en casa.Estela se mordió el labio inferior, dubitativa. No quería preocupar a su hermanita, pero lo cierto era que no podía ocultar












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