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Telón

Autor: Daly3210
last update Data de publicação: 2023-11-01 01:02:04
—¿Mudarme? ¿Pero como se le ocurre?—renegó Estela, de esa decisión tan precipitada.

—Déjate de tonterías, Mancini—la calló el hombre al otro lado de la línea—. Ya has firmado el contrato, así que a partir de este momento las cosas se harán a mi modo. Y claramente no pretenderás que deje que mi prometida viva en un barrio de mala muerte.

Estela tuvo que reconocer a regañadientes, que Alexander Karlsson tenía un punto.

—Pudo haberme avisado. No está bien que tome este tipo de decisiones sin siqu
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Comentários (1)
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Yolanda Zasi
Me encanta esta historia, por favor actualización.
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Último capítulo

  • Enlace con el enemigo   Telón

    —¿Mudarme? ¿Pero como se le ocurre?—renegó Estela, de esa decisión tan precipitada. —Déjate de tonterías, Mancini—la calló el hombre al otro lado de la línea—. Ya has firmado el contrato, así que a partir de este momento las cosas se harán a mi modo. Y claramente no pretenderás que deje que mi prometida viva en un barrio de mala muerte.Estela tuvo que reconocer a regañadientes, que Alexander Karlsson tenía un punto. —Pudo haberme avisado. No está bien que tome este tipo de decisiones sin siquiera consultarme. —Tonterías. Recoge tus cosas—dicho eso, colgó el teléfono. La joven exhaló soltando así en el aire toda su frustración. Al parecer, su inminente matrimonio ya había iniciado con el pie izquierdo. «Y todavía no nos hemos casado», pensó, dándose cuenta de que Alexander ya buscaba mantenerla controlada.—Hermana, ¿entonces tú no enviaste a estas personas?—volvió a cuestionar Amelia con preocupación. La jovencita temía haber cometido un grave error. —Tranquila, Amelia. Sí, los

  • Enlace con el enemigo   Contrato

    —Acepto. Alexander Karlsson mostró una media sonrisa retorcida al escucharla. Se notaba que estaba enteramente complacido de que las cosas hubiesen salido como esperaba. —¿Qué te hizo creer que podías rechazarme?—se jactó seguro de que no había forma de que ninguna mujer lo rechazará. Él era Alexander Karlsson, no un tipo cualquiera al que podían ignorar. Estela prefirió no decir nada más, no tenía caso renegar de su futuro matrimonio. La decisión estaba tomada y por más que no soportará a aquel hombre, se convertiría en su esposo. —Quisiera leer esos papeles—señaló recordando los documentos que se había negado a leer semanas atrás. Alexander asintió y sacó de uno de los cajones de su escritorio, la carpeta que contenía todos los detalles sobre el contrato matrimonial. La joven tomó asiento en la silla desocupada frente a él, y se dispuso a revisar detalladamente aquellos papeles. Sabía muy bien que debía leer minuciosamente, puesto que no podía confiar en aquel sujeto. Todavía

  • Enlace con el enemigo   Acepto

    «¿Qué tan malo podría ser convertirse en su esposa?», se preguntó Estela, por primera vez en varias semanas. Sin embargo, tan pronto como el pensamiento la invadió, lo rechazó rápidamente. ¡De ninguna manera haría una cosa así! —Esto es acoso, señor Karlsson—señaló con firmeza—. Si continúa haciéndolo, me veré obligada a poner una denuncia en su contra. Así que, deténgase, si no quiere afrontar las consecuencias. —¿Amenazas? El hombre soltó una carcajada seca. —Tómelo como quiera. —Te recuerdo, Mancini, que no estás en posición de amenazar—le recordó con frialdad—. Soy yo quien tiene el poder para convertir tu vida en un infierno, así que cuida muy bien tus palabras. —¿Quién se cree que es? De ninguna manera me casaré con usted, ¡búsquese a otra y déjeme en paz!—la última frase, Estela la había gritado sin darse cuenta de las personas que se encontraban a su alrededor, la cuales le regalaron insistentes miradas. La joven colgó el teléfono y lo guardó de mala manera en su bols

  • Enlace con el enemigo   ¡No quiero ser una carga!

    El día martes inició de una manera completamente diferente. Estela despertó con el sonido de su acostumbrada alarma, pero esta vez no era para asistir a su trabajo como solía serlo, sino que significaba el inicio de una nueva rutina: la de buscar empleo. Con una taza de café humeante, la joven se dispuso a detallar cada una de las ofertas de trabajo disponibles en el periódico. Tacho y resaltó, seleccionando así las mejores opciones, mientras que con ayuda de su computador enviaba su currículum a diferentes direcciones. —Buenos días—de repente una voz familiar, interrumpió su ajetreada búsqueda. —Amelia, has despertado ya—se levantó de la silla del comedor y se dispuso a preparar el desayuno—. Siéntate, cariño, prepare algo de comer para las dos. —Gracias, pero no se suponía que deberías estar en el trabajo—se sorprendió la menor de encontrarla aún en casa.Estela se mordió el labio inferior, dubitativa. No quería preocupar a su hermanita, pero lo cierto era que no podía ocultar

  • Enlace con el enemigo   Deuda

    —Lo siento, pero no me casaré con usted—declaró firmemente, negándose a leer aquellos papeles. De ninguna manera los firmaría.Después de declarar dichas palabras, la joven pensó que el asunto estaba completamente zanjado y se dispuso a abandonar aquella oficina. Sin embargo, el mover de una silla y los inminentes pasos detrás de su espalda, le hicieron detener cualquier intento de escapar de ese despacho.Estela se quedó paralizada al sentir una mano sujetando fuertemente su brazo, pero no solamente era la osadía del asunto lo que la hizo parar en seco, sino que además, en ese punto dónde su mano se encontraba con su brazo, pudo sentir un inusual corrientazo. —¿Qué hace?—preguntó la mujer en un susurro. —No podrás deshacerte de este asunto tan fácilmente—fue la simple respuesta de su jefe, atreviéndose con sus acciones a irrumpir en su espacio personal. —No puede estar hablando en serio. Ya le dije que no…—Créeme, Mancini, estoy hablando muy en serio. No me obligues a usar manera

  • Enlace con el enemigo   Negocios

    Un misterioso papel doblado sobre su escritorio era lo que se había encontrado Estela aquella mañana tan extraña. "Te casarás conmigo", decia la nota, era la pulcra letra de su jefe. Rápidamente pensó que aquello era una broma, el problema era que su jefe no era el tipo de persona que bromearia con algo así o con nada en realidad. —¿Dame tu respuesta? —le preguntó horas más tarde. —¿Qué? —fue lo que alcanzó a salir de sus labios. —Sabes que odio repetirme, Mancini—soltó su jefe con sorna y evidente desagrado. Estela suspiró, armándose de paciencia. Aquel hombre solía sacar lo peor de ella, por medio de sus respuestas cortantes e ínfulas de grandeza. —Lo sé, señor. Me lo ha dicho antes. Pero esto…—dejó inconclusa la frase, porque no hallaba la manera de decirlo. De hecho, tenía miedo de pronunciarlo en voz alta y que aquello se convertiría en una realidad, una de la que no pudiese escaparse. «No, seguramente está jugando conmigo», volvió a decirse. —No tengo todo

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