INICIAR SESIÓNMientras contemplaba el techo blanco de mi habitación, los recuerdos comenzaron a trenzarse con pensamientos de reproche que me carcomían las entrañas. Nadie me quita esta culpa; es un peso muerto que arrastro por un laberinto sin salida. Y en el centro de todo, esa pregunta tan sencilla y, a la vez, tan devastadora.
¿Por qué?
Se repetía en mi cabeza como una melodía maldita que no puedes dejar de tararear. ¿Por qué suceden estas cosas? Sé que no debería exigirle explicaciones al universo, pero la necesidad me quemaba por dentro. Quería respuestas, pero sentía que, cuanto más buscaba, más preguntas brotaban de la oscuridad. ¿Así debe ser el destino? No logro entenderlo. Me resulta imposible asimilar cómo terminé en este abismo.
Juro por Dios que, si yo hubiera sido su "ángel", nada de esto habría sucedido. Yo la habría cuidado mejor, la habría protegido del mundo entero; habría hecho lo que fuera por verla feliz. Necesito una segunda oportunidad. Solo una más a su lado y juro que todo sería distinto. Sé que puedo lograrlo.
El agotamiento terminó por vencerme, o quizás fue el desmayo provocado por todo el alcohol que había consumido para intentar callar mi mente.
Cuando desperté, la luz solar me golpeaba directamente en el rostro. Tardé unos segundos en procesar mi entorno. Lo último que recordaba era mi habitación, pero ahora estaba en medio de una calle desconocida. La gente corría bajo una lluvia repentina, tratando de salvar sus ropas y pertenecer a algún refugio. De pronto, un cuerpo delicado chocó contra mí. Mi corazón dio un vuelco tan violento que temí morir en ese instante. Al levantar la vista, me quedé sin aire.
Ella estaba frente a mí. No podía ser real.
—Lo siento. No te vi —dijo ella.
Su voz me llevó al cielo en un viaje de ida y vuelta. Dios, cuánto la había extrañado.
—¿Aless? —pregunté con la voz quebrada. Ella me miró con una sorpresa que me heló la sangre—. ¿Eres tú?
—Sí... —respondió con evidente confusión—. ¿Quién eres tú?
Me quedé mudo. Seguramente me estaba tomando el pelo. No podía ser otra cosa.
—¿Cómo? —la sorpresa dejó paso a una ira nacida de la confusión—. ¿Que quién soy? ¿Estás bromeando, verdad? ¡Aless, no tiene gracia!
—Perdón, pero de verdad no sé quién eres.
—¡Ya basta! —exclamé, perdiendo la paciencia—. No me gustan estas bromas y lo sabes perfectamente.
—¿Puedes soltar a mi novia? —una voz masculina interrumpió el momento.
Un joven de nuestra edad apareció detrás de ella con gesto desafiante. Se colocó entre nosotros, protegiéndola, y ella tomó su brazo con un gesto tranquilizador... de la misma forma en que solía hacerlo conmigo.
—¿Perdón? —balbuceé, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies—. ¿Tu novia? Estás loco, amigo. Ella es mi novia.
—Me das miedo —murmuró Aless.
Esa frase me rompió el corazón en mil pedazos. El terror en sus ojos era real.
Justo cuando sentí que el alma se me desprendía del cuerpo, un resplandor blanco me cegó. Un mareo súbito me obligó a cerrar los ojos y, al abrirlos, el escenario había cambiado de nuevo. Ahora estaba en un lugar cuya belleza resultaba abrumadora, casi irreal. Entonces lo vi: un joven que emanaba una paz capaz de calmar cualquier tormenta interna. Pero fueron sus enormes alas blancas lo que me hizo retroceder del susto.
—Hola, Bruno.
—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? —pregunté, mientras las dudas se agolpaban en mi garganta como un río desbordado.
Pasaron unos segundos de silencio antes de que la verdad me golpeara. Era el ángel de Alessandra. Como si leyera mi mente, él asintió.
—Sí. Era el ángel guardián de Alessandra. De tu Alessandra... hasta que falleció. —El dolor se filtró en su voz por un momento antes de recuperar la compostura—. Te escuché. Quieres una segunda oportunidad para cuidarla. Crees que podrías hacerlo mejor que yo. Te dejaré hacerlo, pero debes entender algo: ella ya no es tu Alessandra. Tu novia murió.
—¿Cómo puedes decir eso si es ella? ¡La acabo de ver!
—Sé lo que piensas, pero la Alessandra de este mundo, de esta dimensión, pertenece a alguien más. Tu misión será protegerla de todo mal que pueda acecharla. Te convertirás en su ángel guardián y, cuando cumplas tu tarea, regresarás a tu mundo.
—Esto es un sueño, ¿verdad? —murmuré para mí mismo, aferrándome a la cordura—. Debo estar soñando...
—No, Bruno. Es tu realidad —sentenció él—. ¿Recuerdas lo que sucedió?
—¡No! —grité, llevándome las manos a la cabeza—. No puede ser... ¿Entonces la perdí? La perdí para siempre por no saber valorarla cuando estaba a mi lado.
Caminé hacia él y lo tomé por las solapas de su chaqueta, desesperado.
—Dime qué tengo que hacer para reparar este error. Lo que sea.
—Solo debes protegerla. Ella corre un gran peligro.
—¿Qué peligro? No quiero volver a perderla.
—Eso no lo sé todavía. Pero hay reglas que debes seguir —dijo con solemnidad—. No puedes decirle nada sobre quién eres ni sobre tu vida anterior. Y, principalmente, no debes involucrarte sentimentalmente con ella.
—¿Qué? —la confusión me golpeó de nuevo—. ¿Me estás diciendo que para salvarla no podré ser nada en su vida? ¿Tengo que renunciar a nuestro futuro para mantenerla viva?
—Exactamente.
—¿Por qué? ¿Por qué estas condiciones tan malditas? —estallé de rabia—. ¿No puedo simplemente recuperarla y no cometer los mismos errores? ¡Es injusto! ¿Por qué hacerlo tan difícil?
Me sentía morir. Me estaban devolviendo a Alessandra solo para prohibírmela.
—Es tu destino, Bruno. Tu vida no pertenece a este mundo.
—¿Mi destino? —solté una carcajada irónica—. ¿Mi destino es perder de cualquier forma a la persona que amo? Dime... ¿el maldito destino se divierte separándome de mi alma gemela? ¿Para qué? ¿Con qué fin? —Lo miré con los ojos empañados—. Ya la perdí una vez. Y ahora me dices que puedo salvarla, pero perdiéndola de nuevo. Linda solución.
Mi sarcasmo hizo que el ángel esbozara una sonrisa triste.
—Puedes renunciar y volver a tu mundo ahora mismo. Pero antes, quiero mostrarte algo... si aceptas.
—Está bien —respondí con un hilo de voz—. ¿Qué es?
Había pasado un tiempo desde el nacimiento de los mellizos. La vida en aquel mundo parecía haber encontrado su cauce; Alessandra y Dylan eran felices, y Bruno, tras mucha paciencia y honestidad, había logrado que Rocío volviera a confiar en él, aunque el secreto de su origen seguía siendo una sombra silenciosa.Una noche, mientras Bruno caminaba solo por el mismo parque donde todo empezó, el aire se volvió gélido y una luz familiar descendió frente a él.— Tu misión ha terminado, Bruno —dijo el Ángel con una solemnidad que hizo que el corazón de Bruno se detuviera.— ¡Ohm! ¡Me asustaste! —respondió Bruno, tratando de sonreír—. ¿Terminado? ¿Eso significa que ya no tengo que preocuparme por Aless?— Ella está a salvo, sus hijos están sanos y tú has aprendido el valor del sacrificio —el Ángel dio un paso hacia él, su presencia iluminaba los árboles—. Pero como este no es tu mundo, debo ofrecerte el regalo final por haber cumplido con creces.— ¿Un regalo? ¿De qué hablas? —preguntó Bruno c
Habían pasado meses desde que Bruno decidió quedarse en ese mundo. Meses de cuidar a Alessandra desde una distancia prudente, de apoyarla en los momentos de debilidad y de ver cómo el vientre de ella crecía, confirmando que no venía uno, sino dos bebés en camino. Pero también habían sido meses de vacío absoluto por parte de Rocío. Ella no respondía sus mensajes, ni sus llamadas; el silencio de "Cleopatra" era el castigo más duro para el viajero de dimensiones.Una madrugada, el teléfono de Bruno vibró con urgencia. Era Dylan.— ¡Bruno! ¡Ya vienen! Estamos en el hospital, Aless entró en labor de parto — la voz de Dylan se escuchaba nerviosa pero emocionada.— ¡Ohm! ¡Voy para allá ahora mismo! — respondió Bruno, saltando de la cama.Al llegar al hospital, Bruno encontró a Dylan caminando de un lado a otro en la sala de espera. Para su sorpresa, en una esquina de la sala, sentada con los brazos cruzados y la mirada perdida, estaba Rocío. El corazón de Bruno dio un vuelco. Se veía tan her
Bruno caminaba sin rumbo por el parque, pateando las piedras con rabia. El silencio de la tarde le pesaba más que nunca. Se sentó en un banco y cubrió su rostro con las manos, sintiendo que el nudo en su garganta no se iba con nada. Había salvado a la Alessandra de este mundo, sí, pero el precio estaba siendo su propia felicidad con Rocío.— ¿Estás sufriendo, Bruno? — la voz del Ángel resonó a su lado, tan tranquila que llegaba a irritar.— ¡Apareces justo cuando todo está hecho un desastre! — exclamó Bruno, levantando la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre —. ¿Viste lo que pasó? Rocío me odia. Piensa que estoy enamorado de Alessandra y no pude decirle la verdad.— ¿Y cuál es la verdad, Bruno? — el Ángel lo miró con curiosidad, sus alas blancas resplandecían bajo la luz del atardecer.— ¡Ohm! ¡Tú sabes la verdad! — gritó desesperado —. Amo a Rocío, ella es quien me hace sentir vivo ahora. Pero si le digo la verdad sobre Alessandra, si le digo quién soy y de dónde vengo, rompe
Bruno salió a la calle con el corazón golpeando sus costillas. El sol de la tarde le cegaba un poco, pero logró divisar a Rocío caminando a pasos rápidos, casi huyendo. La alcanzó justo antes de que cruzara la esquina.— ¡Rocío, espera! — gritó Bruno mientras la tomaba suavemente del brazo para que se detuviera.— ¡Suéltame, Bruno! — dijo ella, zafándose con brusquedad. Sus ojos estaban rojos, pero su mirada era de puro fuego —. Ve a cuidar a tu "misión", ¿no es eso lo que haces?— ¡Ohm! ¡Por favor, escúchame! — suplicó él, poniéndose frente a ella para cortarle el paso —. No es lo que tú piensas. Lo de la clínica... es algo muy delicado que Aless está pasando. Ella no tiene a nadie más en quien confiar ahora mismo.— ¿Y por qué en ti? — preguntó Rocío, cruzándose de brazos y soltando una risa amarga —. Tienen un novio de hace siete años, una familia, amigos de toda la vida... ¿y te busca a ti, que apareciste de la nada hace unas semanas? No me mientas, Bruno. Vi cómo la abrazabas. Es
El Latido de una Nueva OportunidadEl aire en la sala de espera de la clínica se sentía denso, cargado de ese olor a antiséptico que a Bruno le revolvía el estómago. Estaba sentado junto a Alessandra, quien no dejaba de jugar con los bordes de su chaqueta. Él sabía exactamente lo que ella sentía: ese miedo paralizante a lo desconocido. Pero esta vez, Bruno no era el origen de ese miedo; esta vez, él era el refugio.—¿Bruno? —susurró ella sin levantar la vista.—¿Ohm? Dime, Aless.—Gracias por estar aquí. De verdad. No sé si habría tenido el valor de entrar sola.—Te dije que no te dejaría —le sonrió él, dándole un apretón suave en la mano—. Pase lo que pase ahí dentro, aquí estoy.—Alessandra Ramos, pase al consultorio dos —anunció la enfermera.Ella se puso de pie de un salto, temblando ligeramente. Bruno la acompañó hasta la puerta, pero ella lo tomó del brazo, pidiéndole con la mirada que entrara. Una vez adentro, el médico comenzó el procedimiento. El sonido del monitor llenó la h
Con el paso de los días, Bruno había logrado construir un equilibrio extraño en aquel nuevo mundo. Se sentía dividido: por un lado, su instinto de protección lo mantenía atado a Alessandra; por el otro, su conexión con Rocío crecía de una forma que lo asustaba. Una noche, el silencio de su habitación se volvió insoportable y los pensamientos empezaron a asediarlo.—Alessandra, mi Aless... —suspiró, mirando al techo—. Te echo tanto de menos. Aunque esta otra se parezca a ti, tú eras única.Sin embargo, una sonrisa involuntaria se dibujó en su rostro al pensar en su presente. No podía negar que esta nueva Alessandra también era especial, y que estar en este mundo no era tan terrible después de todo. Se estaba divirtiendo. Y luego estaba Rocío... ella era como verse en un espejo. "Se parece tanto a mí", pensó antes de que el sueño lo venciera finalmente.En la profundidad de su descanso, la oscuridad se disolvió en una luz blanca y cegadora. Una voz familiar lo llamó.—¿Aless? ¿Eres tú? —







