INICIAR SESIÓN—Lo siento, no te vi —dijo ella, con las mejillas encendidas por la pena.
Bruno la miró y, por un segundo, el tiempo se detuvo. Le sonrió con una dulzura que antes no poseía.
—Tranquila, no te preocupes. El que no venía prestando atención fui yo, así que la culpa es mía.
—Si no buscas un lugar donde refugiarte, te vas a enfermar con esta lluvia —advirtió ella, señalando el cielo gris.
—Prefiero mil veces estar aquí, bien acompañado, que en un lugar protegido pero solo —respondió él, dejándose llevar por la sinceridad.
Alessandra soltó una pequeña risa y comenzó a caminar de espaldas, alejándose un poco.
—Me parece bien —sonrió ella.
Todo ocurrió en un parpadeo. Un auto apareció doblando la esquina a toda velocidad y Alessandra se quedó paralizada, como un ciervo ante los faros. Bruno calculó el tiempo en una fracción de segundo; corrió hacia ella y la empujó con fuerza hacia la acera, evitando el impacto por apenas unos centímetros. Ambos cayeron al suelo.
Ella se incorporó rápidamente, agachándose junto a él con el rostro pálido.
—¿Estás bien? ¡Por Dios, casi te matan por mi culpa!
—Tranquila... —respondió Bruno, algo exhausto por el esfuerzo y la adrenalina—. Yo estoy bien, pero dime, ¿tú estás bien? ¿Te hiciste daño?
—Sí, estoy bien, pero... —estaba temblando, con la respiración agitada—. Qué susto, por Dios.
Bruno se levantó y le tendió la mano para ayudarla a ponerse en pie.
—Tranquila, ya pasó. Lo importante es que no ocurrió nada grave, ¿sí? —Le dedicó una sonrisa tranquilizadora—. Para que se te pase el susto... ¿me aceptarías algo de tomar? ¿Un café?
—Claro —respondió ella, aceptando su mano—. Eres el chico que salvó mi vida.
—Bueno, no te sientas comprometida conmigo —bromeó él—. Supongo que tú habrías hecho lo mismo por mí o por cualquiera en esa situación, ¿no? Así que, empecemos de nuevo. Hola, soy Bruno.
Ella sonrió y estrechó su mano con calidez.
—Soy Alessandra, pero muchos me llaman Aless. Llámame como quieras.
—Aless... qué bonito nombre. Bueno, Aless, ¿me acompañarías a buscar ese café para conocernos mejor mientras nos cubrimos de la lluvia?
—Encantada. Acepto.
Caminaron juntos hasta la esquina, donde una pequeña y acogedora cafetería les dio refugio. Bruno abrió la puerta y se hizo a un lado.
—Primero las damas —dijo con una sonrisa caballeresca.
—Qué caballero, gracias —respondió ella mientras se sentaba a la mesa—. Y dime, ¿de dónde eres? No te había visto por aquí.
—¿Yo? —Bruno la miró fijamente—. Vengo de un mundo mágico y bello, y vine aquí para cumplir una misión.
Alessandra soltó una carcajada espontánea.
—Eres muy gracioso.
—Bueno, al menos logré sacarte una sonrisa —respondió él, disfrutando del brillo en sus ojos—. Eso ya es un avance.
—¿Y dónde vives? ¿Tienes novia? —preguntó ella con curiosidad natural.
—Bueno, suelo viajar constantemente. Estoy aquí de forma temporal, así que no, no tengo novia. Pero supongo que tú sí tienes miles de pretendientes... y novio, ¿verdad?
—Novio no —sonrió ella, jugando con una servilleta—. Prometido sí.
Bruno sintió un pinchazo en el pecho, pero mantuvo la máscara.
—Ya veo. No debería sorprenderme; con lo bella que eres, era seguro que alguien ya habría ganado tu corazón.
—Es mi novio desde la preparatoria —continuó ella—. De hecho, ha sido mi único novio. No he tenido a nadie más.
—¿Ah, sí? Felicidades entonces —dijo Bruno con una sonrisa algo forzada—. Supongo que tienen muchos planes juntos, ¿no? El futuro, la casa...
—Sinceramente, no lo sé. Estaba cómoda estando como vivíamos, solo él y yo.
—¿Cuánto tiempo llevan juntos?
—Siete años —sonrió ella con orgullo.
—¡Guau! Es bastante tiempo. ¿Y no han hablado ya de tener hijos o ese tipo de cosas?
—No lo he pensado mucho. Creo que no soy alguien muy maternal —lo miró con curiosidad—. ¿Y tú? ¿Por qué estás solo?
—Bueno, porque viajo casi todo el tiempo. Supongo que si tuviera novia, nuestra relación sería muy complicada. Por eso prefiero estar solo por el momento.
—¿Complicada por qué?
—Porque no podría estar con ella todo el tiempo. Habría muchas peleas por eso. Pero... ¿por qué dices que eres "cero maternal"? ¿No te emociona la idea de ser madre algún día?
—No lo sé, nunca lo he pensado en serio. Tal vez si llegara el momento las cosas cambiarían, pero me daría miedo, ¿sabes? Estaría llena de dudas. Es algo que te cambia la vida para siempre.
—Vaya —murmuró Bruno, impresionado—. Eres de las primeras mujeres que oigo hablar así. Casi todas mueren por ser madres. Sales de lo común, y eso te hace muy interesante.
—Quizás es porque no tengo miedo de decir lo que pienso. No lo planeo, pero si se da, tendría que hacerme cargo. Lo difícil sería pensar cómo se lo toma tu pareja. No es fácil.
—Y, suponiendo que eso pasara... ¿cómo crees que reaccionaría tu prometido?
—No lo sé. Eso es lo aterrador: no saber. Él me ama, lo sé, pero no sé si está dispuesto a dar ese paso.
Bruno miró su taza de café, sintiendo el peso de sus propios errores pasados.
—Creo que el simple hecho de ser padre aterra a cualquiera —dijo levantando la mirada—. Solo que cada persona lo manifiesta de forma diferente. Lo importante es que la pareja sepa hablarlo, reflexionar juntos... siempre juntos, para enfrentar lo que venga. ¿No crees?
—Puede ser, pero he visto chicos que actúan muy mal en esas situaciones y no entiendo por qué.
—¿Y tú qué harías? —la interrumpió Bruno con seriedad—. Si ahora estuvieras embarazada, ¿qué harías? ¿Lo tendrías?
—Claro. Por más que ame al padre, si él no lo quiere, pues bien, que desaparezca de nuestras vidas. Yo tendría a mi bebé.
—¿Aunque eso implique renunciar a tus sueños?
—Es una vida, Bruno. Una persona que tiene derecho a vivir. Es el producto de un amor y ese bebé no tendría la culpa de nada.
Bruno sintió un nudo en la garganta.
—Tienes razón... —susurró con melancolía—. Un bebé puede cambiar los planes, pero no tiene la culpa de nada. Los bebés no piden venir a este mundo. Recién ahora entiendo eso.
—¿Estás bien? ¿Por qué te pones así? —preguntó ella con dulzura—. ¿Perdiste a alguien? Lo siento, no tienes que responder si no quieres.
—Solo te puedo decir que lo perdí todo... y todo por ser un idiota —le sonrió con tristeza—. Pero la vida te da nuevas oportunidades, ¿no? Y no hay que desaprovecharlas.
—Lo siento de verdad. Pero conmigo tienes una amiga para lo que necesites.
—Gracias. Pero no nos pongamos tristes. Hoy es un buen día para mí, ¿sabes por qué? Porque tuve el placer de conocerte. Hice una nueva amiga.
—Qué tierno —dijo ella. En ese momento, un joven se acercó a la mesa. Aless sonrió—. Mira, te presento... amor, él es Bruno, un amigo.
—Mucho gusto —dijo el joven estrechando la mano de Bruno—. Aless ya me habló de ti. Soy Dylan. ¿Estás bien, Aless? No respondiste mis llamadas.
—Sí, gracias a él —ella le contó rápidamente el incidente del auto.
—Vaya... no sé cómo agradecerte que la hayas salvado —dijo Dylan, sinceramente agradecido.
—No es nada. Supongo que tú habrías hecho lo mismo.
—Claro, ella es mi vida. Pero esta chiquilla siempre se mete en líos; estoy por contratarle un guardaespaldas para que la cuide —bromeó Dylan.
—Sí, deberías —asintió Bruno mirando a Aless un instante—. Una mujer así es difícil de encontrar en estos tiempos. Cuídala mucho.
—Lo sé, es mi todo —el teléfono de Dylan sonó—. Perdón, tengo que atender. Permiso.
Cuando Dylan se alejó, Aless miró a Bruno.
—¿Y te veré de nuevo?
—No lo sé... dime tú —respondió él con una sonrisa enigmática.
—¿Tal vez la próxima vez que esté en apuros?
—¿En apuros? ¿Quién? ¿Tú o yo? —rió Bruno.
—Cualquiera de los dos.
—Pues sería un verdadero placer coincidir contigo otra vez.
—¿Me darás tu número? —preguntó ella, sacando su teléfono y tomándole una foto divertida—. Anótalo aquí.
Bruno tomó el teléfono, anotó el número y se lo devolvió.
—Aquí tienes, señorita. Para lo que sea. Me llamas si te metes en problemas de nuevo.
—Soy propensa a eso —rió ella.
—Estaremos en contacto entonces. Yo debo marcharme ahora. Despídeme de tu novio.
Bruno le estrechó la mano y le dio un beso suave en la mejilla antes de salir de la cafetería, sintiendo que su misión acababa de empezar. Dylan regresó a la mesa poco después.
—¿Y tu amigo? ¿A dónde fue?
—Se tuvo que ir —respondió Aless mirando hacia la puerta—. Me gustaría volver a verlo pronto. No lo sé, Dylan... me transmite mucha paz.
—¡Qué mal que se fuera tan rápido! Parece un buen tipo —dijo Dylan.
Salieron de la cafetería tomados de la mano, mientras Bruno, desde la distancia, los observaba desaparecer bajo la lluvia.
Había pasado un tiempo desde el nacimiento de los mellizos. La vida en aquel mundo parecía haber encontrado su cauce; Alessandra y Dylan eran felices, y Bruno, tras mucha paciencia y honestidad, había logrado que Rocío volviera a confiar en él, aunque el secreto de su origen seguía siendo una sombra silenciosa.Una noche, mientras Bruno caminaba solo por el mismo parque donde todo empezó, el aire se volvió gélido y una luz familiar descendió frente a él.— Tu misión ha terminado, Bruno —dijo el Ángel con una solemnidad que hizo que el corazón de Bruno se detuviera.— ¡Ohm! ¡Me asustaste! —respondió Bruno, tratando de sonreír—. ¿Terminado? ¿Eso significa que ya no tengo que preocuparme por Aless?— Ella está a salvo, sus hijos están sanos y tú has aprendido el valor del sacrificio —el Ángel dio un paso hacia él, su presencia iluminaba los árboles—. Pero como este no es tu mundo, debo ofrecerte el regalo final por haber cumplido con creces.— ¿Un regalo? ¿De qué hablas? —preguntó Bruno c
Habían pasado meses desde que Bruno decidió quedarse en ese mundo. Meses de cuidar a Alessandra desde una distancia prudente, de apoyarla en los momentos de debilidad y de ver cómo el vientre de ella crecía, confirmando que no venía uno, sino dos bebés en camino. Pero también habían sido meses de vacío absoluto por parte de Rocío. Ella no respondía sus mensajes, ni sus llamadas; el silencio de "Cleopatra" era el castigo más duro para el viajero de dimensiones.Una madrugada, el teléfono de Bruno vibró con urgencia. Era Dylan.— ¡Bruno! ¡Ya vienen! Estamos en el hospital, Aless entró en labor de parto — la voz de Dylan se escuchaba nerviosa pero emocionada.— ¡Ohm! ¡Voy para allá ahora mismo! — respondió Bruno, saltando de la cama.Al llegar al hospital, Bruno encontró a Dylan caminando de un lado a otro en la sala de espera. Para su sorpresa, en una esquina de la sala, sentada con los brazos cruzados y la mirada perdida, estaba Rocío. El corazón de Bruno dio un vuelco. Se veía tan her
Bruno caminaba sin rumbo por el parque, pateando las piedras con rabia. El silencio de la tarde le pesaba más que nunca. Se sentó en un banco y cubrió su rostro con las manos, sintiendo que el nudo en su garganta no se iba con nada. Había salvado a la Alessandra de este mundo, sí, pero el precio estaba siendo su propia felicidad con Rocío.— ¿Estás sufriendo, Bruno? — la voz del Ángel resonó a su lado, tan tranquila que llegaba a irritar.— ¡Apareces justo cuando todo está hecho un desastre! — exclamó Bruno, levantando la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre —. ¿Viste lo que pasó? Rocío me odia. Piensa que estoy enamorado de Alessandra y no pude decirle la verdad.— ¿Y cuál es la verdad, Bruno? — el Ángel lo miró con curiosidad, sus alas blancas resplandecían bajo la luz del atardecer.— ¡Ohm! ¡Tú sabes la verdad! — gritó desesperado —. Amo a Rocío, ella es quien me hace sentir vivo ahora. Pero si le digo la verdad sobre Alessandra, si le digo quién soy y de dónde vengo, rompe
Bruno salió a la calle con el corazón golpeando sus costillas. El sol de la tarde le cegaba un poco, pero logró divisar a Rocío caminando a pasos rápidos, casi huyendo. La alcanzó justo antes de que cruzara la esquina.— ¡Rocío, espera! — gritó Bruno mientras la tomaba suavemente del brazo para que se detuviera.— ¡Suéltame, Bruno! — dijo ella, zafándose con brusquedad. Sus ojos estaban rojos, pero su mirada era de puro fuego —. Ve a cuidar a tu "misión", ¿no es eso lo que haces?— ¡Ohm! ¡Por favor, escúchame! — suplicó él, poniéndose frente a ella para cortarle el paso —. No es lo que tú piensas. Lo de la clínica... es algo muy delicado que Aless está pasando. Ella no tiene a nadie más en quien confiar ahora mismo.— ¿Y por qué en ti? — preguntó Rocío, cruzándose de brazos y soltando una risa amarga —. Tienen un novio de hace siete años, una familia, amigos de toda la vida... ¿y te busca a ti, que apareciste de la nada hace unas semanas? No me mientas, Bruno. Vi cómo la abrazabas. Es
El Latido de una Nueva OportunidadEl aire en la sala de espera de la clínica se sentía denso, cargado de ese olor a antiséptico que a Bruno le revolvía el estómago. Estaba sentado junto a Alessandra, quien no dejaba de jugar con los bordes de su chaqueta. Él sabía exactamente lo que ella sentía: ese miedo paralizante a lo desconocido. Pero esta vez, Bruno no era el origen de ese miedo; esta vez, él era el refugio.—¿Bruno? —susurró ella sin levantar la vista.—¿Ohm? Dime, Aless.—Gracias por estar aquí. De verdad. No sé si habría tenido el valor de entrar sola.—Te dije que no te dejaría —le sonrió él, dándole un apretón suave en la mano—. Pase lo que pase ahí dentro, aquí estoy.—Alessandra Ramos, pase al consultorio dos —anunció la enfermera.Ella se puso de pie de un salto, temblando ligeramente. Bruno la acompañó hasta la puerta, pero ella lo tomó del brazo, pidiéndole con la mirada que entrara. Una vez adentro, el médico comenzó el procedimiento. El sonido del monitor llenó la h
Con el paso de los días, Bruno había logrado construir un equilibrio extraño en aquel nuevo mundo. Se sentía dividido: por un lado, su instinto de protección lo mantenía atado a Alessandra; por el otro, su conexión con Rocío crecía de una forma que lo asustaba. Una noche, el silencio de su habitación se volvió insoportable y los pensamientos empezaron a asediarlo.—Alessandra, mi Aless... —suspiró, mirando al techo—. Te echo tanto de menos. Aunque esta otra se parezca a ti, tú eras única.Sin embargo, una sonrisa involuntaria se dibujó en su rostro al pensar en su presente. No podía negar que esta nueva Alessandra también era especial, y que estar en este mundo no era tan terrible después de todo. Se estaba divirtiendo. Y luego estaba Rocío... ella era como verse en un espejo. "Se parece tanto a mí", pensó antes de que el sueño lo venciera finalmente.En la profundidad de su descanso, la oscuridad se disolvió en una luz blanca y cegadora. Una voz familiar lo llamó.—¿Aless? ¿Eres tú? —







