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Tomo una toalla y empiezo a secarme el cabello con movimientos lentos, mientras observo las prendas colgadas en el pequeño perchero del lavadero. Camisas blancas de Damián, impecables, almidonadas. Poleras deportivas de Samuel, coloridas, juveniles. Mi mirada se detiene en una de algodón grueso, azul marino, con olor a él, a Damián, a ese aroma salino y oscuro que llevo horas respirando.
—¿Qué puedo ponerme? —murmuro, más para mí que para él.
—Puedes ponerte una de mis poleras —ofrece Samuel, y hay una esperanza tímida en su voz, una ilusión de intimidad compartida—. Tengo una gris, super suave, te va a quedar larga y cómoda. Y huele a mí, a mi detergente, a…
—Podría —lo interrumpo, y mis dedos acarician la tela de la camisa azul marino—. Pero me gustan más estas.
Se la muestro. La camisa de Damián. La sostengo contra mi pecho, y el gesto, aparentemente inocente, es una declaración. Una traición. Un secreto que Samuel no puede descifrar.
—¿En serio te pondrás eso? —pregunta, y en su voz hay una nota de decepción apenas disimulada, de competición infantil—. Yo tengo una mejor. Te juro que es más suave. Y me queda genial, te va a quedar…
—Me gusta esta, niño —digo, y la palabra "niño" es un arma de doble filo, una caricia y una distancia al mismo tiempo.
Samuel me mira.
—Siempre haces lo que quieres —sonríe, pero es una sonrisa triste, rendida, enamorada.
—Siempre —respondo, y le devuelvo la sonrisa—. Porque soy la favorita.
La frase flota entre nosotros, cargada de un doble sentido que él no puede atrapar pero intuye.
—Detesto que lo seas —murmura, y me sigue escaleras arriba. Sus pasos resuenan detrás de los míos. Llegamos al pasillo de las habitaciones, la suya justo al lado de la mía.
—¡Vamos! —me detengo frente a mi puerta y me giro hacia él—. No lo digas como si fuera algo malo.
Apoyo un hombro contra el marco de madera. Él se detiene frente a mí, tan cerca que puedo sentir el calor que aún irradia su cuerpo después del chapuzón.
—Es que a veces creo que te quiere más a ti que a mí —confiesa, y su voz se quiebra en un lugar diminuto pero devastador—. Y yo soy su hijo legítimo. Y sin embargo, te mira como si tú fueras la hija que siempre quiso.
—Samuel —digo, y mi mano libre encuentra su brazo, un contacto breve, cálido, una promesa de consuelo—. Damián te ama. Te juro que te ama. Solo que… suele ser un idiota a la hora de demostrar sus sentimientos.
Él sonríe, una mueca triste que no llega a los ojos.
—Aunque se muera por decir lo que siente —continúo, y mi voz baja, se vuelve íntima, secreta—, se detiene. Siempre se detiene. Porque quiere seguir con esa armadura de hombre frío e indestructible. Como si mostrar el corazón fuera una debilidad. Como si abrirse lo volviera… vulnerable.
—Lo conoces muy bien —susurra Samuel, y hay admiración en su voz, pero también un dejo de celos que no sabe disimular.
—Mi padre es amigo suyo —explico, encogiéndome de hombros con una naturalidad estudiada—. Prácticamente me crié viéndolo como el tío malgeniado que llegaba a casa cada fin de semana. El que siempre tenía una arruga en el entrecejo, el que bebía su café solo y miraba el horizonte como si buscara algo que había perdido.
Samuel asiente, y por un momento su mirada se pierde en el pasado, en todos los fines de semana que no tuvo.
—¿Sabes? —dice, y su voz es un hilo— Creo que eso es lo que me faltó a mí. Verlo más seguido. Mi nacimiento coincidió con la peor época de su matrimonio. Mi madre y él ya se odiaban cuando yo llegué al mundo. Y ya ves, se divorciaron, cada uno se fue a un extremo del país, y apenas lo veía una vez al año. Como si yo fuera un trámite. Como si mi existencia fuera una cláusula en el acuerdo de separación.
—Pero ahora estás con él —digo suavemente—. Para recuperar el tiempo perdido.
—Ni tanto —responde, y sacude la cabeza con amargura—. Estos últimos cinco años aquí, viviendo bajo su techo, compartiendo su mesa, y nada ha cambiado. Sigo sintiéndome un extraño. Sigo sin saber qué piensa, qué siente, qué espera de mí. Es como vivir con un fantasma que ocupa mi casa.
—Lo hará —digo, y mi mano aprieta su brazo, un gesto de consuelo que quizás no debería permitirme—. Cambiará. Te lo prometo. A veces los hombres como él solo necesitan tiempo. Y tú, Samuel, tienes algo que él perdió hace años.
—¿Qué?
—Calor —susurro—. Luz. Eso que llevas dentro y que no puedes ocultar por más que lo intentes. Eso que te hace especial.
Él me mira. Sus ojos brillan con una humedad que no termina de caer. Y en ese brillo veo todo lo que no dice: gratitud, confusión, deseo, miedo, esperanza. Un torbellino de emociones que lo desborda y que él no sabe gestionar.
—Gracias, Val —murmura—. Por estar aquí. Por escucharme. Por ser…
Su voz se pierde. No encuentra las palabras. O quizás las encuentra pero no se atreve a decirlas.
—Siempre —respondo, y sonrío.
Él sonríe también. Esa sonrisa suya, amplia y cálida, la que ilumina cualquier rincón oscuro.
—Bueno —digo, apartándome suavemente—, mejor me meto a cambiarme o terminaré con un resfriado.
—¿Necesitas algo? —pregunta rápido, casi ansioso, como si buscara cualquier excusa para no terminar este momento—. ¿Una toalla más? ¿Un secador? ¿Quieres que te prepare un té mientras…?
—Gracias —lo interrumpo con una sonrisa—. Acepto el secador. Y podemos compartir una limonada mientras te ayudo con alguna tarea pendiente.
Él arruga el entrecejo, pero sus ojos brillan.
—Eso de "tarea pendiente" lo dices como si fuera tu obligación ayudarme cada vez que vienes.
—Es mi pretexto —sonrío, inclinando ligeramente la cabeza.
—¿Así que vienes solo a ayudarme porque mi papá te lo pide?
—No —mi voz baja un tono, se vuelve confidencial—. Vengo porque es mi excusa para no quedarme en casa aburrida. Amo este lugar —mis ojos recorren el pasillo, la luz que entra por la ventana, y vuelven a él— y tu compañía.
Miento. Pero la mentira está envuelta en suficiente verdad para que él la beba como agua fresca.
Él sonríe. Esa sonrisa suya, amplia y luminosa, la que ilumina cualquier rincón oscuro. La que me hace dudar, por un instante, de todo lo que estoy haciendo.
—Traeré el secador de cabello —dice.
MESES MÁS TARDELa iglesia está llena. Las velas iluminan el altar. El cura espera con la pila bautismal. Los invitados están sentados en las bancas de madera. Sofía es la madrina. Bastián es el padrino. Gael toca la guitarra. Lucas canta. Esperanza usa un vestido blanco.—¿Lista? —pregunto a Esperanza, aunque ella no entiende.—Lista —responde Valeria por ella.El cura la moja con agua bendita. La persigna. La levanta en sus brazos.—Te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo —dice el cura, y su voz retumba en la iglesia.—Amén —respondemos todos.—Esperanza Lombardo Figueroa —dice el cura—. Que Dios te bendiga. Hoy, mañana y siempre.—Amén —respondemos otra vez.Valeria toma a Esperanza en sus brazos, la besa, yo la abrazo.—Te amo —dice Valeria.—Yo también te amo —respondo.La puerta de la iglesia se abre. Un haz de luz entra, cegándonos por un instante. Mi madre aparece en el umbral. Viste un vestido color marfil, sencillo, elegante. Su cabello está recogido
SAMUELMeses después, el hospital vuelve a ser nuestro centro de reunión. Pero esta vez no es por una tragedia. Es por una vida que está por llegar.Sofía está en la sala de partos, con el rostro contraído por el dolor, los dedos agarrados a las sábanas blancas, la respiración entrecortada. Bastián está a su lado, pálido como un fantasma y las manos temblorosas. Mira el monitor, la sangre. Mira el rostro de Sofía y entonces, sus ojos se pierden. Sus piernas se doblan. Su cuerpo se desploma sobre el suelo.—¡Bastián! —grita Sofía, pero él ya no la escucha.—¡Se desmayó! —grita una enfermera, y corre hacia él.—¡Déjenlo! —grita Sofía, con una fuerza que no sabía que tenía—. ¡Que se desmaye! ¡Yo necesito parir!Todos la oímos desde afuera y nos reímos a más no poder. Las carcajadas rebotaban en las paredes del hospital, mezclándose con el llanto del recién nacido y los aplausos de los enfermeros. Ese día celebramos la llegada de un nuevo miembro a esta gran familia. Pero siempre llega u
SAMUELLa sala de grabación está llena de luz. Los paneles acústicos en las paredes, los micrófonos listos, la consola de sonido brillando como una nave espacial lista para despegar. Es nuestro territorio. Nuestro templo. Nuestro sueño hecho realidad.Gael ajusta su guitarra con una sonrisa que no se borra. Bastián revisa los parches de la batería con esa concentración que solo tiene cuando está nervioso. Lucas repasa los acordes en su bajo con los ojos cerrados, como si estuviera rezando. Y yo, frente al micrófono, con los auriculares puestos, siento que el corazón me va a estallar de emoción.—¡Perfecto! —grita el productor desde la cabina, y su voz retumba en los parlantes—. ¡Eso es un éxito!Los aplausos llenan la sala. Gael me abraza. Bastián me da una palmada en la espalda. Lucas asiente con la cabeza, con esa calma que siempre lo ha caracterizado.—Lo logramos —dice Gael, y su voz se quiebra.—Lo logramos —repito.Antonella está detrás del vidrio, apoyada en la consola, con los
SAMUELEl sol entra por los ventanales del hospital, dibujando cuadros de luz en el suelo blanco. El llanto de Esperanza se mezclado con las risas de Bastián y los comentarios emocionados de Gael y Lucas.Valeria está en la cama, con el cabello recogido en un moño desordenado, los ojos brillantes de felicidad y cansancio. La miro y no puedo creer que sea mía. Que sea nuestra. Que este pequeño milagro haya salido de su vientre hace apenas unas horas.—Está hermosa —digo, y mi voz se quiebra.—Como su padre —responde Valeria, y su sonrisa ilumina la habitación.—Como su madre —corrijo, y beso la frente de Esperanza.La puerta se abre. Marco entra.—Tienen visita —dice, y sonríe con complicidad. Luego mira alos chicos y le spide que nos dejen solos.—¿Quién es? —pregunto, y se aparta.Mi madre entra primero.No la había visto desde aquel día, cuando se fue sin mirar atrás. Está más delgada, más pálida, con las ojeras marcadas y el cabello recogido en una cola de caballo que le da un air
VALERIALa sala de partos es blanca, fría, llena de máquinas y monitores que parpadean con luces verdes y rojas. Estoy en la cama, con las piernas levantadas, con los dedos agarrados a las sábanas blancas que ya están arrugadas por la fuerza de mis manos. El sudor me empapa la frente. El cabello se me pega en la nuca. El dolor es como una ola que sube y sube, que no me deja respirar, que no me deja pensar.—Duele —digo, y el dolor me retuerce el rostro. Mis ojos se cierran. Mis dientes se aprietan. Mis piernas tiemblan.—Lo sé —dice Samuel, y toma mi mano con una firmeza que me ancla a la realidad—. Pero tienes que ser fuerte.—Dos semanas antes —digo, y la palabra me sale con un hilo de voz—. El bebé se quiere adelantar. No está listo. Yo no estoy lista.—Va a estar bien —dice Samuel, y me abraza. Su pecho es un refugio. Su voz es un bálsamo. Su presencia es todo lo que necesito.El médico entra. Es una mujer mayor, de pelo canoso recogido en un moño apretado, de ojos dulces que han
VALERIAEl cumpleaños de Sofía era la excusa perfecta para reunirnos todos. Globos, serpentinas, una mesa llena de comida y una tarta enorme que decía "Feliz Cumpleaños, Sofía" con letras doradas.Pero Sofía no está tranquila. La he visto toda la noche tocándose el vientre, mirando el reloj, mordiéndose los labios. Está nerviosa. Algo le pasa y creo saber lo que sucede. Yo estuve así hace algunos meses.—¿Estás bien? —le pregunto, acercándome a ella mientras los demás bailan alrededor de la fogata.—Sí... no... no lo sé —responde Sofía, y su voz es un hilo—. Tengo algo que decirle a Bastián, pero no sé cómo hacerlo.—¿Algo importante?—Muy importante —dice Sofía, y sus ojos se llenan de lágrimas—. Valeria, estoy...No termina la frase. Porque siento una punzada y siento un liquido corre rpor mis piernas.—¡Joder! —grita Sofía—. ¡Valeria, tenemos que ir al hospital!—Es el bebé —digo—. Creo que me voy de parto.—¿De parto? —repite—. ¡Si faltan dos semanas!—¡El bebé no sabe de fechas!







