LOGINValeria arde en silencio, atrapada entre dos hombres imposibles. Damián, arquitecto dominante y amigo de su padre, es el deseo prohibido que quema sin pedir permiso. Samuel, su hijo, le ofrece un amor puro y luminoso, libre de sombras. Dividida entre la pasión que la consume y el amor que la sostiene, Valeria se adentra en un triángulo tan irresistible como imperdonable, donde elegir significará traicionar… y pagar el precio de un placer que dejará cicatrices para siempre.
View MoreMESES MÁS TARDELa iglesia está llena. Las velas iluminan el altar. El cura espera con la pila bautismal. Los invitados están sentados en las bancas de madera. Sofía es la madrina. Bastián es el padrino. Gael toca la guitarra. Lucas canta. Esperanza usa un vestido blanco.—¿Lista? —pregunto a Esperanza, aunque ella no entiende.—Lista —responde Valeria por ella.El cura la moja con agua bendita. La persigna. La levanta en sus brazos.—Te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo —dice el cura, y su voz retumba en la iglesia.—Amén —respondemos todos.—Esperanza Lombardo Figueroa —dice el cura—. Que Dios te bendiga. Hoy, mañana y siempre.—Amén —respondemos otra vez.Valeria toma a Esperanza en sus brazos, la besa, yo la abrazo.—Te amo —dice Valeria.—Yo también te amo —respondo.La puerta de la iglesia se abre. Un haz de luz entra, cegándonos por un instante. Mi madre aparece en el umbral. Viste un vestido color marfil, sencillo, elegante. Su cabello está recogido
SAMUELMeses después, el hospital vuelve a ser nuestro centro de reunión. Pero esta vez no es por una tragedia. Es por una vida que está por llegar.Sofía está en la sala de partos, con el rostro contraído por el dolor, los dedos agarrados a las sábanas blancas, la respiración entrecortada. Bastián está a su lado, pálido como un fantasma y las manos temblorosas. Mira el monitor, la sangre. Mira el rostro de Sofía y entonces, sus ojos se pierden. Sus piernas se doblan. Su cuerpo se desploma sobre el suelo.—¡Bastián! —grita Sofía, pero él ya no la escucha.—¡Se desmayó! —grita una enfermera, y corre hacia él.—¡Déjenlo! —grita Sofía, con una fuerza que no sabía que tenía—. ¡Que se desmaye! ¡Yo necesito parir!Todos la oímos desde afuera y nos reímos a más no poder. Las carcajadas rebotaban en las paredes del hospital, mezclándose con el llanto del recién nacido y los aplausos de los enfermeros. Ese día celebramos la llegada de un nuevo miembro a esta gran familia. Pero siempre llega u
SAMUELLa sala de grabación está llena de luz. Los paneles acústicos en las paredes, los micrófonos listos, la consola de sonido brillando como una nave espacial lista para despegar. Es nuestro territorio. Nuestro templo. Nuestro sueño hecho realidad.Gael ajusta su guitarra con una sonrisa que no se borra. Bastián revisa los parches de la batería con esa concentración que solo tiene cuando está nervioso. Lucas repasa los acordes en su bajo con los ojos cerrados, como si estuviera rezando. Y yo, frente al micrófono, con los auriculares puestos, siento que el corazón me va a estallar de emoción.—¡Perfecto! —grita el productor desde la cabina, y su voz retumba en los parlantes—. ¡Eso es un éxito!Los aplausos llenan la sala. Gael me abraza. Bastián me da una palmada en la espalda. Lucas asiente con la cabeza, con esa calma que siempre lo ha caracterizado.—Lo logramos —dice Gael, y su voz se quiebra.—Lo logramos —repito.Antonella está detrás del vidrio, apoyada en la consola, con los
SAMUELEl sol entra por los ventanales del hospital, dibujando cuadros de luz en el suelo blanco. El llanto de Esperanza se mezclado con las risas de Bastián y los comentarios emocionados de Gael y Lucas.Valeria está en la cama, con el cabello recogido en un moño desordenado, los ojos brillantes de felicidad y cansancio. La miro y no puedo creer que sea mía. Que sea nuestra. Que este pequeño milagro haya salido de su vientre hace apenas unas horas.—Está hermosa —digo, y mi voz se quiebra.—Como su padre —responde Valeria, y su sonrisa ilumina la habitación.—Como su madre —corrijo, y beso la frente de Esperanza.La puerta se abre. Marco entra.—Tienen visita —dice, y sonríe con complicidad. Luego mira alos chicos y le spide que nos dejen solos.—¿Quién es? —pregunto, y se aparta.Mi madre entra primero.No la había visto desde aquel día, cuando se fue sin mirar atrás. Está más delgada, más pálida, con las ojeras marcadas y el cabello recogido en una cola de caballo que le da un air












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