LOGINDARIANEl aire fresco de la meseta sagrada trae consigo el aroma a pino fresco, tierra mojada y la inconfundible fragancia del fuego de la pira ceremonial. Toda la manada se encuentra reunida alrededor del círculo de piedra bajo la luz plena de la Luna llena. Los murmullos de los miembros de la Diarquía cesan por completo en cuanto Lyra y yo nos colocamos en el pedestal de la cumbre, vistiendo las túnicas rituales marcadas con el sello de las casas Nightbane y Blackwood.A nuestro lado, sanos, erguidos y con la fuerza recuperada tras la purga divina, permanecen Kaia y Jack. La cicatriz en el cuello del joven Alfa del norte brilla levemente como el testimonio vivo de la lealtad que eligió sobre la tregua de sangre de su madre.—Hijos de la Diarquía —mi voz profunda retumba en el valle, resonando con la autoridad del Alfa Supremo—. La guerra contra la sombra de los Frostfang ha terminado. La traición de Alira fue saldada con la justicia divina del Guardián, y hoy el tejido de la Diosa L
LYRA—Corta con cuidado, Vicent... Dios mío, no les vayas a hacer daño —le advierto en un hilo de voz, aferrándome al hombro de Darian mientras mi corazón golpea desenfrenado contra mis costillas.El silencio que se apodera de la sala de urgencias es denso, casi asfixiante. Las luces fluorescentes del hospital parpadean levemente, marcando un contraste extraño con la antigua magia de la Diosa que está a punto de manifestarse sobre las baldosas blancas.Vicent sostiene una navaja de plata esterilizada con mano firme. Con una delicadeza infinita, acerca la pequeña palma de Valerie, nuestra primogénita de dos años, y le realiza un rasguño superficial apenas perceptible. Valerie no llora; en lugar de eso, sus ojos dorados brillan con una intensidad mística que me eriza la piel, fija su mirada en mí y mantiene la mano abierta sin ofrecer la menor resistencia. A su lado, Sophy sostiene al pequeño Kael y repite la misma maniobra en su piecito, extrayendo un par de gotas purpúreas que parecen
LYRA—¡No te atrevas a cerrarme los ojos ahora, Darian! —le grito con el aliento a punto de extinguirse, clavándole las uñas en los brazos para sostenerlo a mi lado mientras el olor a antiséptico y el pitido sordo de los monitores médicos inundaban la habitación del hospital de la manada.El agotamiento de habernos convertido en el Lobo Guardián nos estaba devorando la carne desde adentro. Un frío denso y paralizante me recorría cada coyuntura. Mi cuerpo clamaba a gritos caer en ese sopor profundo y pesado que nos reclamaba tras encarnar la primera profecía, ese sueño oscuro que nos dejaba fuera de combate por casi tres días enteros para que el alma pudiera regenerarse. Pero dormirse ahora, en medio de la sala de urgencias adonde el escuadrón de rescate nos había trasladado a toda prisa desde la cueva helada, era una sentencia de muerte para los nuestros.—Estoy despierto, Lyra... Estoy despierto, maldita sea —jadeó Darian con la voz rasposa, apoyado contra el borde de la camilla con
AIDAN—Por la Diosa... Jamás creí que tendría que volver a presenciar esto por segunda vez en mi vida —murmuro en un jadeo entrecortado, apretándome las costillas con una mano mientras mantengo la otra firme sobre la espalda temblorosa de Kaia.El espectáculo frente a mis ojos es tan aterrador como majestuoso. Pensé con absoluta certeza que la sangrienta batalla que libramos años atrás contra los Ravencrest había sido el capítulo final de la profecía. Estaba convencido de que con la caída de ese clan podrido habíamos destruido a la última manada que se atrevía a manipular y manchar los vínculos sagrados que la Diosa Luna tejía para nosotros. Pero me equivocaba amargamente. Los Frostfang, bajo el dominio venenoso de Alira, guardaban la misma podredumbre en las entrañas.El Lobo Guardián avanza por el túnel de la cueva helada como una exhalación de muerte divina. El suelo retumba bajo sus zarpas titánicas. Apenas unos metros más adelante, los tres últimos guerreros de la guardia persona
El aire de la brecha neutral no solo se enfría; se fractura con una vibración milenaria que sacude la cordillera entera. No se trata del crujido común de la piel y el hueso cuando dos Alfas mutan en bestias; es el eco antiguo de una promesa sagrada formulada en el albor de la creación de las estirpes. La primera profecía de la Diosa Luna, aquella que los ancianos susurraban alrededor del fuego con reverencia y pánico, jamás habló de dos líderes gobernando codo a codo en un trono compartido. La profecía siempre anunció el castigo divino hecho carne sobre la tierra. La divinidad prometió que cuando las manadas de la noche atentasen contra lo más sagrado —manipulando, envenenando o rompiendo las uniones sagradas que la propia Diosa tejió—, los Alfas elegidos no combatirían como dos guerreros independientes. Se volverían una sola existencia indestructible.En pleno vuelo, descendiendo desde el filo del barranco en una caída libre cargada de furia, las siluetas de Fenrir, el colosal lobo a
Desde lo alto de la colina que domina la brecha del este, la escena que se despliega abajo es un infierno desatado. Darian y Lyra permanecen inmóviles, petrificados como dos estatuas talladas en granito. Sus sombras se alargan sobre la nieve manchada de carmesí mientras observan la carnicería: las fauces de los lobos del norte desgarrando la guardia de la Diarquía, los zarpazos brutales en la piedra y, en el centro del caos, el cuerpo inerte de Jack siendo arrastrado por tres guerreros de Alira de vuelta a las sombras del bosque.El grito de agonía de Kaia cruza el valle y se clava directamente en el pecho de la Alfa.—¡Darian! —la voz de Lyra no es un ruego, es un mandato que hace temblar la tierra bajo sus pies—. ¡Mira lo que le está haciendo!Darian no responde de inmediato. Sus ojos, teñidos de un dorado salvaje y dominante, observan cómo Kaia se retuerce en el suelo abrazándose el pecho. El veneno ancestral de Alira no solo está sumiendo a Jack en una negrura letal; está carcomie







