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Capítulo 4

Autor: Raquel Valenzuela
El día de la consulta de seguimiento de mi padre, Juan prometió acompañarme a la revisión posoperatoria. Dijo que estaría allí a las diez de la mañana. A las nueve y media, empujé la silla de ruedas y esperé a la entrada del departamento de rehabilitación. Mi padre estaba de mejor ánimo.

—¿Juan está muy ocupado? —preguntó con la boca aún torcida.

—Sí. Está ocupado —respondí, cubriéndole las rodillas con una manta.

Eran las diez y cinco, pero él todavía no había llegado. A las diez y veinte, el médico anunció nuestro turno. Marqué el número de Juan; no contestó la primera llamada y rechazó la segunda. A la tercera, por fin atendió. El fondo se escuchaba muy silencioso, como si estuviera en una habitación privada.

—Vivian, surgió algo.

Observé el número que parpadeaba junto a la puerta del consultorio.

—El médico está esperando. Tú tienes los documentos para la consulta de seguimiento.

La noche anterior dijo que le preocupaba que se pudieran extraviar, así que él mismo los guardó en su maletín. Él se quedó en silencio por un instante.

—Whitney intentó cortarse las venas.

Apreté el teléfono poco a poco.

—¿Es grave?

—Fue superficial, pero está emocionalmente muy inestable. —Su voz sonaba agotada, con deje de reproche—. Anoche vio el mensaje en el que decías que querías posponer la boda, pensó que era su culpa y tuvo una crisis.

—¿Y los documentos? —insistí, cerrando los ojos.

—Le pediré a mi asistente que te los lleve.

—¿Cuánto va a tardar?

—Media hora —respondió.

La puerta del consultorio se abrió y el médico se asomó. Parecía molesto.

—¿Todavía no traen los documentos? Hay más pacientes después de ustedes.

Mi padre, en la silla de ruedas, levantó la mano con dificultad para darme una palmadita.

—Está bien; podemos esperar.

En la llamada, la voz de Whitney se escuchó débilmente de fondo:

—Juan, no te enojes con Vivian. Es mi culpa.

—No es tu culpa —replicó, con esa amabilidad que solo le demostraba a ella.

No era su culpa. ¿Entonces de quién era? ¡¿Mía?! Por supuesto, tenía que serlo. No debí haber suspendido la boda, no debí hacerla sentir culpable ni mucho menos haber pedido los documentos de mi padre el día de su consulta.

—Lo siento —le dije al médico, avergonzada—. Volveremos a programar la cita.

Me frunció el ceño.

—Las consultas posoperatorias no se pueden posponer sin una buena razón. Tienen que tomarse esto en serio.

«Tomármelo en serio», repetí para mis adentros. Empujé la silla hacia el exterior; las ruedas pasaban sobre las juntas de las losas del piso, produciendo un sonido metálico.

—Vivian, tal vez la boda debería continuar según lo previsto —murmuró—. Solo soy un estorbo para ti.

Me detuve frente al ascensor, con un nudo en la garganta.

—Papá, esto no es tu culpa.

—Juan es un buen hombre. Solo es demasiado dedicado y responsable —dijo mientras me miraba con los ojos llenos de lágrimas, pero con sinceridad—. Tu mamá murió muy joven. Lo que me da más miedo es que no haya nadie que te cuide cuando yo ya no esté. No arruines tu matrimonio por mi culpa.

Me agaché y le acomodé el borde de la manta.

—¿Y si él no puede cuidar de mí?

Mi padre se quedó inmóvil, sin saber qué contestar. Las puertas del ascensor se abrieron y el asistente de Juan se acercó corriendo para entregarme la carpeta con los documentos.

—Señorita Thomas, el doctor Shaw me pidió que le entregara esto también.

Me tendió otro sobre blanco. Lo abrí; en el interior había una hoja de confirmación con el programa de la boda, que ya estaba firmado por Juan. Junto a los votos de la novia había una nota escrita a mano: «Whitney sube al escenario a dar un discurso y agradecer a la pareja por cuidarla todos estos años».

Fijé la vista en esa línea y de pronto sentí deseos de reír. Era mi boda y ella iba a subir al escenario a agradecernos por cuidarla.

—El doctor Shaw dijo que el programa no debe modificarse de nuevo. La señorita Jackson no puede someterse a más estrés en este momento —mencionó el asistente con cautela.

Sostuve la carpeta contra mi pecho, sintiendo el borde del papel presionarme la piel.

—¿Qué más dijo?

Dudó un momento.

—Dijo que usted no ha estado de buen humor últimamente y que tratáramos de seguirle la corriente por ahora.

«Seguirme la corriente». Así que me trataba como si fuera una paciente irracional.

Cuando mi padre vio la hoja del cronograma, palideció.

—Vivian…

—Papá, te llevaré de vuelta a tu habitación —lo interrumpí, doblando la hoja que luego guardé en mi bolso.

Por la tarde, Juan por fin apareció. Se quedó en el umbral, sosteniendo un recipiente con la sopa favorita de mi padre.

—La consulta de seguimiento quedó reprogramada para mañana. Yo mismo los acompañaré.

—¿Y Whitney? —insistí, mirándolo a los ojos.

—Está durmiendo —dijo mientras dejaba la sopa sobre la mesa y se acercaba a mí—. Lo de hoy fue mi culpa, pero Whitney de verdad estuvo a punto de sufrir una desgracia. Vivian, cuando la vida de alguien está en juego, no te pones a discutir quién es más importante.

—Está bien.

Asentí. Ya lo había entendido; no tenía por qué seguir explicándome. Eso pareció aliviarlo.

—Revisé el programa de la boda. Mi mamá agregó el discurso de Whitney; lo hizo con buena intención, pero si no te gusta, puedo quitarlo.

—No importa —contesté. Él se quedó atónito. Saqué el anillo de compromiso de mi bolso y lo dejé sobre la mesa de noche; la argolla rodó una vez hasta detenerse junto al recipiente de sopa—. Dejemos la boda tal como está.

Su expresión se relajó.

—Me alegra que recapacitaras.

Tomó el anillo con la intención de ponérmelo de nuevo, pero me aparté.

—Déjalo ahí por ahora. Tengo la mano un poco hinchada.

No me presionó. Esa noche, cuando mi padre se durmió, fui a la enfermería y firmé la solicitud de traslado. El ferri más temprano de Ciudad Puerto a Puerto Bruma salía a las cinco y cuarenta de la mañana.

Dejé el anillo en la mesa de noche y me llevé el expediente médico de mi padre. Al llegar al final del pasillo, recibí una llamada de Juan. La pantalla se iluminó y luego se oscureció al no responder. Mantuve presionado el botón y apagué el teléfono.

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