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Es hora de irme

Es hora de irme

By:  Raquel ValenzuelaCompleted
Language: Spanish
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Juan Shaw era el jefe de cirugía cardiotorácica más joven de Ciudad Puerto. Todos decían que tenía las manos más firmes y también que era el más insensible. Sin embargo, yo sabía que no era incapaz de mostrar ternura; ocurría que, simplemente, esa dulzura jamás estuvo destinada a mí. Al día siguiente de nuestro compromiso, mi padre sufrió un derrame cerebral repentino y lo ingresaron de emergencia. La enfermera me explicó que, por tratarse de un procedimiento de alto riesgo, necesitaba la firma de dos familiares directos en el formulario de consentimiento. Llamé a Juan enseguida; el teléfono sonó durante un largo rato antes de que atendiera. Al otro lado, se oían los débiles sollozos de una mujer. Era su exnovia, Whitney Jackson. —Whitney tiene una crisis de ansiedad y la estoy acompañando —murmuró Juan—. Pídeles en el hospital que inicien el tratamiento de emergencia primero. Apreté el bolígrafo hasta que los nudillos se me pusieron blancos. —El médico dijo que por la gravedad necesitan la firma de dos familiares. Mamá ya no está; solo te tengo a ti. Se quedó en silencio durante dos segundos, pero al volver a hablar, mantuvo el tono firme: —No seas exagerada. Aunque el hospital tenga sus procedimientos, no se negarán a salvarlo. Whitney ahogó un sollozo al otro lado. —Juan, no te quedes por mi culpa. Vete. Estaré bien sola, de verdad. —Quédate tranquila —respondió él al instante—. No me iré. Cuando terminó la llamada, la enfermera volvió a insistirme. Agaché la cabeza y me quedé mirando el anillo de compromiso en mi dedo. Lo había elegido Juan. En ese entonces, me dijo que el puerto siempre estaba cubierto por una densa niebla y que, si el anillo brillaba lo suficiente, me encontraría de inmediato. Aquel día, las luces blancas afuera de la sala de emergencias me cegaban. Estaba parada en medio de la niebla, pero no podía seguir esperándolo. Para cuando mi padre estuvo fuera de peligro, yo ya había pasado toda la noche esperando afuera de terapia intensiva. Al amanecer, por fin, Juan envió un mensaje: «Whitney ya se durmió. ¿Cómo está tu papá?». Observé el ferri atracado en el muelle tras la ventana. La niebla se había disipado. Había llegado el momento de irme.

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Chapter 1

Capítulo 1

«¿Cómo está tu papá?».

El mensaje de Juan llegó un poco tarde. Estaba sentada en la banca afuera de emergencias, sosteniendo todavía el bolígrafo con el que iba a firmar el formulario de consentimiento. Había partido la tapa sin darme cuenta y el borde afilado del plástico se me clavaba en la palma de la mano.

La enfermera abrió la puerta y se me acercó.

—Señorita Thomas —dijo en voz baja—, el paciente está estable por ahora, pero debemos mantenerlo bajo observación.

Asentí. El teléfono vibró nuevamente; era Juan, quien me había enviado un segundo mensaje: «Whitney ya está estable. Voy para allá».

Me quedé mirando la pantalla durante un buen rato y contesté con solo dos palabras: «Está bien».

Me llamó casi al instante, pero no atendí. Para cuando trasladaron a mi padre a la Unidad de Cuidados Intensivos, ya había amanecido. Lo vi tras el cristal, acostado en la cama del hospital con una máscara de oxígeno en el rostro.

De repente, recordé la noche de nuestra fiesta de compromiso, cuando Juan me rozó el nudillo mientras me ponía el anillo de compromiso.

—Vivian, a partir de ahora, ven a buscarme siempre que pase algo —prometió, solemne.

Los aplausos debajo del escenario resonaban con tanta fuerza en ese momento... Y pensar que de verdad le creí.

A las ocho de la mañana, Juan llegó por fin al hospital. Llevaba el abrigo gris oscuro de la noche anterior, con el cuello ligeramente arrugado, y olía a desinfectante mezclado con perfume de mujer. Al verme, se detuvo.

—¿Por qué no atendiste mis llamadas?

—Tenía miedo de despertar a Whitney —respondí apoyándome contra la pared, con la voz ronca.

Frunció levemente el ceño.

—Vivian, ¿en serio tienes que hablarme así?

No levanté la cabeza.

—¿Y cómo quieres que te hable? ¿Quieres que te agradezca por hacer un espacio en tu ocupadísima agenda para venir a ver a mi papá?

Juan guardó silencio un momento antes de tomarme de la muñeca. Su tacto era suave, como el de un médico que intenta consolar a un paciente.

—Lo de anoche fue una emergencia. Whitney tiene una crisis de ansiedad severa y no puede alterarse de ninguna forma.

Me solté de su agarre.

—Mi papá se estaba muriendo.

—Lo sé —dijo Juan, suavizando el tono—, pero tu papá ya estaba en el hospital. Había médicos y procedimientos. Whitney solo me tenía a mí.

«Solo me tenía a mí». Solté una risa amarga al escuchar esas palabras. Juan me miró con un atisbo de molestia en sus ojos.

—Deja de hacer un drama; ya estoy aquí.

Siempre había pensado que presentarse equivalía a remediar las cosas. Un abrazo que llegaba demasiado tarde, una explicación que llegaba demasiado tarde, una preocupación que llegaba demasiado tarde… Mientras él estuviera dispuesto a darlo, se suponía que yo debía aceptarlo sin quejarme.

El médico salió del consultorio y me entregó un montón de facturas junto con el plan de tratamiento de seguimiento. Apenas estiré la mano cuando Juan los agarró primero.

—Yo me encargo —dijo, pasando los dedos por las hojas con calma—. Pediré que revisen la propuesta de la cirugía. No te pongas tan nerviosa.

Si esto hubiera ocurrido tiempo atrás, me habría bastado para conmoverme hasta hacerme llorar; ahora, sin embargo, lo único que sentía era un profundo desánimo.

En ese instante sonó su teléfono. Juan bajó la mirada y su expresión se suavizó. En la pantalla aparecía el nombre de Whitney. Él se limitó a rechazar la llamada, pero un momento después, ella le envió un mensaje.

«Ya desperté. La habitación está muy vacía . Tengo un poco de miedo».

Juan apretó los papeles con más fuerza. Lo noté. Él también supo que me había percatado. Todo pareció quedarse en absoluto silencio por unos segundos, hasta que levantó la vista.

—Primero pagaré la cuenta de tu papá y luego iré a verla —dijo, aún con la voz firme.

Observé las hojas en sus manos.

—Está bien.

Juan volvió a fruncir el ceño.

—Vivian, este no es el momento de hacer berrinches.

Le quité los papeles de las manos y los acomodé uno a uno.

—No es un berrinche. Me encargaré yo misma de los cuidados de mi papá.

Se quedó observándome, como si tratara de adivinar si mi silencio era otra forma de obligarlo a ceder. Simplemente me di media vuelta y caminé hacia la ventanilla de pagos.

A mis espaldas, el teléfono volvió a sonar; era otra llamada de Whitney. Esta vez, Juan contestó.

—No tengas miedo —le dijo en voz baja—. Volveré pronto.

No me detuve. Había mucha gente en la fila y la luz de la ventanilla parpadeaba. Bajé la cabeza para mirar el anillo en mi dedo, cuyo diamante seguía brillando con la misma intensidad y, sin embargo, de pronto sentí que él ya no podría encontrarme. Nunca más.

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