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Capítulo 3

Autor: Raquel Valenzuela
Esa tarde, la madre de Juan, Camila, vino al hospital. En cuanto entró, dejó su bolso sobre la silla y me dirigió esa mirada tan familiar. Ya estaba buscando a quién culpar, como de costumbre.

—Que tu padre esté hospitalizado es un asunto muy serio. ¿Por qué no nos dijiste antes?

—Sí lo hice —repliqué, limpiándole las manos a mi padre.

Ella se quedó callada un momento y luego me dio una sonrisa rápida.

—Juan está ocupado con el trabajo. Tienes que ser más comprensiva; ya sabes que hay muchos pacientes esperando que los salve.

No respondí. Mi padre seguía acostado en la cama, con una mirada culpable.

—Perdón. Les hemos causado demasiadas molestias a su familia…

Camila desestimó sus palabras con un gesto.

—No importa. Todos somos familia —dijo. Luego, sacó una muestra de invitación roja de su bolso—. Mandé a cambiar las invitaciones de la boda; esa de color azul niebla que elegiste era demasiado simple. Whitney tiene buen gusto, así que me ayudó a elegir esta con papel dorado.

Detuve la mano sobre las yemas de los dedos de mi padre.

—¿Whitney ayudó a elegir nuestras invitaciones?

Asintió como si fuera lo más natural del mundo.

—¡Sí! Ella creció con Juan y conoce sus gustos mejor que nadie.

Miré la llamativa invitación roja, en cuya portada había una frase escrita con una letra elegante: «Juntos hasta envejecer». Qué irónico.

—Además —continuó Camila—, respecto a la distribución de lugares en la boda, hice que sentaran a Whitney al lado de la mesa principal por su salud. Así será más fácil para Juan cuidarla.

Levanté la cabeza.

—¿Todavía tiene que estar al pendiente de ella el día de nuestra boda?

La expresión de Camila se volvió gélida.

—¡No seas tan mezquina! Whitney no tiene padres. ¿Qué tiene de malo que Juan la cuide un poco más? Estás a punto de integrarte a nuestra familia, ¡tienes que ser más generosa!

Papá carraspeó ligeramente.

—Vivian, ella solo se preocupa por la boda.

Sumergí la toalla en la palangana, haciendo ondular el agua.

—Suspendamos la boda por ahora.

La habitación quedó en completo silencio. A Camila se le borró la sonrisa de repente.

—¡¿Qué dijiste?!

—Con mi papá así, no tengo cabeza para casarme —dije.

Ella frunció el ceño.

—Aquí hay personal de servicio. No puedes retrasar la boda por esto. El hotel, los invitados y la prensa ya están coordinados. ¡¿Cómo crees que se verá que suspendamos todo?! —Tomó aire y bajó la voz—. Además, ¿entiendes la posición de Juan? ¿Cuánta gente en Ciudad Puerto lo está observando? Si armas un espectáculo como este, ¿qué va a pasar con su reputación?

—Cuando mi papá casi se muere, él estaba cuidando a Whitney — contesté, mirándola a los ojos.

La expresión de Camila se endureció por completo.

—No puedes ser tan egoísta. ¿Acaso Juan no llegó al final?

«Al final». A todos les encantaba decir eso. Al final, él vino. Al final, me lo compensó. Al final, me dio una explicación. ¿Pero qué importaba? Esa noche afuera de emergencias, estuve completamente sola.

Se escucharon pasos al otro lado de la puerta. Juan la empujó y entró. Nos recorrió a todos con la mirada.

—¿Qué pasó?

—Pregúntaselo tú mismo —respondió su madre, de inmediato—. Dice que quiere posponer la boda.

Juan me observó con una expresión serena y me pidió salir para hablar. Acepté. Una vez en el pasillo, cerró la puerta.

—No podemos postergar la boda.

Luché contra la sonrisa amarga que se me formaba en los labios. Por supuesto, lo primero que hizo no fue preguntarme la razón. Me apoyé contra la pared y dije en voz baja:

—Mi papá necesita que alguien lo atienda.

—Contrataré a los mejores cuidadores —contestó.

—Lo que necesita es a su hija —repliqué, sin mirarlo.

Juan se frotó las sienes.

—No estás emocionalmente estable ahora mismo. No tomes decisiones así.

Me sentí tan cansada de repente, tan absolutamente harta de todo.

—Juan, no soy tu paciente —expliqué tras un suspiro. Él se detuvo—. No necesitas diagnosticarme ni tampoco arreglarme la vida.

Se quedó mirándome, como si apenas me reconociera, como si no lograra comprender.

—Reconozco que lo de ese día se me salió de las manos, pero una boda no es un juego. No puedes echar todo a perder por un simple incidente.

«Un simple incidente». Observé las manecillas plateadas de su reloj. Era el regalo de cumpleaños que le había dado el año pasado. Me dijo que no podía usar nada demasiado llamativo en el quirófano, así que elegí el más sencillo. Tiempo después, cuando Whitney le comentó lo bien que le quedaba, no volvió a quitárselo.

—Si Whitney tiene otra crisis de ansiedad el día de la boda, ¿te vas a ir? —le pregunté.

Juan se quedó callado. La respuesta estaba más que clara, por lo que sonreí.

—¿Ves? Ni siquiera puedes mentirme.

Su expresión cambió, hasta volverse más dura.

—¡No seas tan drástica!

La puerta de la habitación se abrió. Whitney estaba parada en el umbral, sosteniendo la muestra de la invitación.

—Juan, tu mamá dijo que debía ayudar a revisar los votos. ¿Volví a molestar a Vivian?

—Está bien —contestó con ternura, mirándola de reojo—. Entra tú primero.

Bajé la cabeza y giré el anillo en mi dedo. Se me enganchó en el nudillo y no salía, lo que me causó un leve dolor. Juan extendió la mano para ayudarme, pero lo esquivé, así que se quedó suspendida en el aire. Whitney, quien lo había presenciado todo, bajó la mirada.

—Quizás debería irme.

Juan se giró para sostenerla.

—No andes caminando sola.

Me quedé ahí mientras los dos entraban juntos a la habitación. Antes de que la puerta se cerrara, escuché a Camila murmurar:

—Whitney siempre ha sido la más sensata.

Bajé la vista hacia el anillo que por fin había logrado aflojar. Cuando cayó en mi palma, el sonido fue muy tenue, tan tenue que nadie se giró a mirar.

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