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Capítulo 8

Autor: Raquel Valenzuela
Acababa de ordenar los medicamentos de mi padre cuando me llamó Maya, mi compañera de cuarto de la universidad. Whitney había actualizado sus redes sociales, así que Maya pasó media hora despotricando contra ella.

—¡¿Qué le pasa?! ¡¿Acaso cortarse las venas la hace sentirse superior ahora?!

—Puede hacer lo que quiera.

—¿Y tú por qué estás tan tranquila? —preguntó Maya.

—¿Qué más puedo hacer? —respondí con indiferencia mientras cerraba el pastillero—. Ella no quiere que yo responda, sino que Juan
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  • Es hora de irme   Capítulo 9

    —Todas las noches pensaba en cómo estuviste sola en emergencias. Me llamaste, pero te dije que no exageraras —admitió antes de quedarse en silencio por un segundo—. Vivian, no vine a pedirte que volvamos.Levanté la vista por fin. Tenía los ojos enrojecidos, pero se esforzaba por mantener la compostura.—Vine a disculparme. Lo siento, de verdad.Había esperado esas palabras durante muchísimo tiempo. Tanto, que terminaron perdiendo todo su sentido. Ya no me servían de nada. Por eso, me limité a asentir.—Lo entiendo.Mi comentario pareció afectarlo profundamente. Sacó una cajita de su abrigo y la dejó junto a la cerca.—Mandé a modificar el anillo y le quité el grabado interior. Si no lo quieres, puedes tirarlo.—Juan, deja de darme cosas —respondí, sin aceptarlo. Sus dedos se tensaron—. Todo lo que haces ahora es solo un intento por llenar el vacío del pasado, pero yo ya no estoy ahí.La brisa soplaba a través del jardín. Resultaba raro ver tanto sol en Puerto Bruma. Mi padre acababa d

  • Es hora de irme   Capítulo 8

    Acababa de ordenar los medicamentos de mi padre cuando me llamó Maya, mi compañera de cuarto de la universidad. Whitney había actualizado sus redes sociales, así que Maya pasó media hora despotricando contra ella.—¡¿Qué le pasa?! ¡¿Acaso cortarse las venas la hace sentirse superior ahora?!—Puede hacer lo que quiera.—¿Y tú por qué estás tan tranquila? —preguntó Maya.—¿Qué más puedo hacer? —respondí con indiferencia mientras cerraba el pastillero—. Ella no quiere que yo responda, sino que Juan vaya a consolarla.Maya soltó una risa burlona.—¡Pues se va a llevar una decepción! Me contaron que alguien denunció a Juan durante la reunión del hospital anoche.—¿Por qué lo denunciaron?—Alguien lo denunció de forma anónima por darle trato preferencial a Whitney. La dejaba usar habitaciones privadas y consultar a los mejores especialistas todo el tiempo, violando el reglamento del hospital. Incluso adjuntaron pruebas y expedientes; el hospital ya abrió una investigación en su contra.No di

  • Es hora de irme   Capítulo 7

    —Usted y Whitney eligieron las invitaciones. Pídale explicaciones a ella —dije.Camila casi se atraganta.—¡Deja el sarcasmo! Juan cambió su horario de cirugías estos días solo por ti y se ve bastante agotado. ¡Vuelve cuando se te pase el berrinche!—Si está agotado, puede pedirle a Whitney que lo reconforte —respondí sin emoción alguna.—¡Vivian! —exclamó Camila, intentando contener el enojo—. Con tu padre en ese estado, va a haber muchísimos gastos más adelante. Si de verdad terminas con Juan, ¿quién te va a mantener?Detuve la mano. Así que, según ella, me casaba con su hijo solo porque buscaba a alguien que pagara las cuentas médicas.—No necesita preocuparse por eso —respondí.—No te hagas la fuerte. Cuando ya no puedas más, vas a tener que volver a rogarnos, ¡¿me oyes?! —chilló antes de que le colgara.Por su parte, el abogado respondió de inmediato: «Señorita Thomas, no existe ningún impedimento legal para rescindir los compromisos adquiridos. Los gastos relacionados con la fies

  • Es hora de irme   Capítulo 6

    —Este lugar no recibe a nadie que no venga a visitar a un paciente —dije, mirándolo a los ojos.Otra vez, pareció no escucharme; toda su atención estaba puesta en mi rostro.—Has adelgazado.De haber escuchado esas palabras tiempo atrás, es probable que mi corazón se hubiera enternecido. Ahora, no obstante, simplemente parecían innecesarias.—¿A qué vino, doctor Shaw? —pregunté.La formalidad de mi tono lo hizo fruncir el ceño. Seguro había esperado encontrarse con la Vivian de siempre, pero ella… ya no existía.—No me llames así.—¿Entonces cómo debería llamarte? ¿Exprometido?—Ya le pedí a alguien que se encargara de posponer la boda. —Tragó saliva con dificultad—. No está cancelada. Podemos hablar cuando te calmes dentro de unos días.Pasé a su lado hacia la habitación de mi padre, pero estiró la mano para detenerme. Fue un gesto contenido, como si dudara en cortarme el paso por completo.—Vivian, admito que no manejé bien lo de ese día, pero no puedes terminar lo nuestro con una so

  • Es hora de irme   Capítulo 5

    A las cinco y veinte de la mañana, una espesa niebla cubría el muelle. Mientras empujaba la silla de ruedas de mi padre, quien aún no sabía que lo llevaba a un centro de rehabilitación fuera de la ciudad, el cuidador nos seguía con unas cuantas maletas hacia el ferri.—¿A dónde vamos? —preguntó mi padre con dificultad, apoyado contra su silla.—A un lugar más tranquilo para que te recuperes —respondí, acomodándole la bufanda.Había muy poca gente en el camarote. Me senté junto a la ventana y observé cómo las luces de Ciudad Puerto se desvanecían lentamente en la distancia. Después de unas horas, al encender mi teléfono, comenzaron a aparecer las notificaciones de llamadas perdidas. Eran treinta y siete en total, todas de Juan. También había mensajes de Camila.«¿A dónde te lo llevaste? La boda es en siete días. Deja de hacer berrinches», decía.«Juan te buscó toda la noche. Está muy preocupado. Regresa, por favor», escribió Whitney.No respondí; me limité a dejar el teléfono boca abaj

  • Es hora de irme   Capítulo 4

    El día de la consulta de seguimiento de mi padre, Juan prometió acompañarme a la revisión posoperatoria. Dijo que estaría allí a las diez de la mañana. A las nueve y media, empujé la silla de ruedas y esperé a la entrada del departamento de rehabilitación. Mi padre estaba de mejor ánimo.—¿Juan está muy ocupado? —preguntó con la boca aún torcida.—Sí. Está ocupado —respondí, cubriéndole las rodillas con una manta.Eran las diez y cinco, pero él todavía no había llegado. A las diez y veinte, el médico anunció nuestro turno. Marqué el número de Juan; no contestó la primera llamada y rechazó la segunda. A la tercera, por fin atendió. El fondo se escuchaba muy silencioso, como si estuviera en una habitación privada.—Vivian, surgió algo.Observé el número que parpadeaba junto a la puerta del consultorio.—El médico está esperando. Tú tienes los documentos para la consulta de seguimiento.La noche anterior dijo que le preocupaba que se pudieran extraviar, así que él mismo los guardó en su m

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