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Amelia dejó la cartera sobre el sofá de la sala apenas cruzó la puerta principal. El sonido sordo del cuero al caer fue lo único que rompió el silencio de aquella casa demasiado grande para una mujer que siempre se había sentido pequeña dentro de ella. Tenía el cuello adolorido por el viaje desde Nueva York a Milán, un dolor persistente que le recorría los hombros y le bajaba por la espalda como una punzada constante. Había pasado semanas fuera, encerrada entre reuniones, contratos y presentaciones interminables, culminando un proyecto que, para su sorpresa, había sido todo un éxito. Cualquiera habría esperado que regresara satisfecha, orgullosa, incluso feliz. Pero lo único que Amelia deseaba en ese momento era una ducha fría y dormir durante horas, desaparecer entre las sábanas y fingir que su vida no era exactamente lo que era.
Avanzó un par de pasos más dentro de la sala, dejando la maleta junto a la escalera. La casa olía igual que siempre: a madera pulida, a flores frescas que los empleados cambiaban cada mañana, a una pulcritud que nunca lograba sentirse como hogar. Se quitó los zapatos con lentitud, agradeciendo el alivio inmediato en las plantas de los pies, cuando entonces lo escuchó. Un sonido. Amelia se quedó inmóvil. No era un ruido fuerte, ni escandaloso. Era algo amortiguado, irregular, proveniente del piso superior. Un murmullo apenas perceptible, seguido de un jadeo ahogado. Frunció el ceño, tratando de identificarlo, convencida al principio de que el cansancio le estaba jugando una mala pasada. Alzó la vista hacia las escaleras. ¿Acaso Alessandro había llegado temprano de la oficina? La idea le provocó una extraña mezcla de sorpresa y ansiedad. Su esposo era un hombre obsesionado con el trabajo… o al menos eso era lo que ella siempre se repetía para justificar sus ausencias. Jornadas interminables, cenas de negocios, viajes repentinos. Excusas que Amelia aceptaba en silencio, aunque en el fondo sabía que no eran más que eso: excusas para no verla. Desde que se habían casado, hacía ya tres años, Alessandro siempre la evitaba a toda costa. No importaba cuántas veces ella intentara ser amable, acercarse, preguntarle por su día o simplemente compartir el mismo espacio; él siempre encontraba la forma de despreciarla con su indiferencia. No con gritos, no con insultos directos, sino con algo mucho peor: el vacío. Jamás la había tocado un solo pelo. Ni siquiera la noche de bodas. Amelia tragó saliva al recordarlo, sintiendo cómo la vergüenza y la humillación regresaban con la misma intensidad de entonces. ¿Y cómo podría haberlo hecho? Ella lo sabía. Siempre lo había sabido. Era fea. Sus cabellos castaños, sin gracia ni brillo, casi siempre estaban atados en un moño desordenado o en una cola baja que no favorecía en nada su rostro. Usaba lentes grandes y redondos que ocultaban unos ojos que, si alguien se detenía a mirarlos con atención, descubriría que eran hermosos… pero nadie lo hacía. Y la ropa. Dios, la ropa. Siempre tres tallas más grandes de lo que realmente necesitaba, escondiendo su cuerpo como si fuera algo de lo que avergonzarse. Amelia parecía un renacuajo al lado de su esposo. Porque Alessandro De Luca era todo lo contrario a ella. Guapo. Extremadamente atractivo. Alto, de hombros anchos, con un cuerpo fuerte y trabajado que evidenciaba disciplina y control. Su inteligencia era tan afilada como su mirada, y había en él un aura caliente, peligrosa, que sofocaba a cualquiera que se le acercara. Las mujeres lo deseaban. Los hombres lo respetaban. Y Amelia… Amelia solo existía a su sombra. Ella sabía que era insignificante delante de ese hombre. Aun así, nunca había perdido del todo la fe. Una fe tonta, quizás, pero persistente. La esperanza de que algún día Alessandro la mirara como una vez miró a su difunta hermana. Ese pensamiento le atravesó el pecho como una daga. Amelia parpadeó varias veces, intentando ahuyentarlo, pero recordar a Isabella siempre le causaba el mismo dolor punzante, una presión incómoda en el corazón que le robaba el aire. A pesar de que no habían sido particularmente cercanas, la amaba. Aunque, en el fondo, también la envidiaba. Isabella Moretti iba a casarse con Alessandro antes de su muerte. Con el hombre que Amelia siempre había amado en silencio. Con el hombre que ahora era su esposo. Isabella era hermosa. Radiante. Tenía una presencia que llenaba cualquier habitación y una facilidad natural para ser querida. A diferencia de Amelia, siempre había sido amada por todos. Tanto, que incluso después de muerta, seguía estando presente en la vida de ellos dos. Alessandro guardaba fotografías de Isabella en su despacho. Cuadros pintados con su rostro decoraban distintos rincones de la casa, especialmente la sala, como si aquel espacio hubiera sido diseñado para rendirle culto. Su obsesión por ella no se había ido jamás. Isabella seguía siendo una presencia constante, una sombra silenciosa que se interponía entre Amelia y cualquier posibilidad de ser vista. Ella vivía a la sombra de un amor que nunca fue suyo. El sonido volvió a escucharse. Más claro esta vez. Amelia se tensó. No era imaginación. Había respiraciones entrecortadas, un gemido suave, casi contenido. El estómago se le revolvió de inmediato, y una sensación helada le recorrió la espalda. Sus dedos se cerraron en puños a ambos lados del cuerpo. —¿Alessandro? —llamó, apretando los dientes. Su voz sonó insegura, frágil, incluso para sus propios oídos. No hubo respuesta. El ruido continuó. Amelia sintió cómo el corazón comenzaba a latirle con fuerza desmedida. Era imposible. En aquella casa solo vivían ellos y los empleados, y sabía perfectamente que Alessandro tenía amantes. No era ningún secreto. Salía en revistas, en eventos, siempre acompañado de mujeres hermosas, sofisticadas, mujeres que no se parecían en nada a ella. Pero llevarlas a su casa… No. Nunca lo había hecho. ¿Por qué lo haría ahora? Con las piernas temblorosas, Amelia comenzó a subir las escaleras. Cada escalón le parecía más pesado que el anterior, como si su cuerpo supiera que no debía seguir avanzando, como si intentara advertirla. El sonido se hacía cada vez más claro, más inconfundible. Su respiración se aceleró, y las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos incluso antes de llegar al pasillo. El ruido provenía de su habitación. De su cama. Amelia se detuvo frente a la puerta, sintiendo cómo el mundo se le venía abajo. El pecho le ardía, y el nudo en la garganta le impedía respirar con normalidad. Durante un segundo, pensó en darse la vuelta, en fingir que no había visto nada, en huir. Pero algo dentro de ella, algo cansado de ser invisible, la empujó a abrir. La escena la golpeó con brutalidad. Alessandro estaba allí. En su cama. Con otra mujer. Los cuerpos entrelazados, el movimiento inconfundible, la intimidad que jamás le había sido concedida a ella. Amelia sintió cómo las lágrimas comenzaban a caerle por las mejillas sin control, silenciosas, calientes. El dolor era tan intenso que le nublaba la vista, pero aun así no apartó los ojos. —Alessandro… —su voz salió rota—. ¿Qué m****a estás haciendo?Después de la boda, Valerio y Ginevra se habían ido a España de luna de miel. A Valerio le había gustado tanto el país, su ambiente y la paz que respiraban, que había decidido quedarse a vivir allí de forma definitiva, manejando los negocios internacionales desde la capital española. Fue precisamente durante esos primeros meses de asentamiento cuando se enteraron de una maravillosa noticia: Ginevra estaba embarazada de gemelas. Ahora, Ginevra tenía un vientre redondo y grande, una hermosa esfera que acariciaba a diario con devoción, mientras en su vientre crecían dos hermosas hijas que, sin duda alguna, serían la adoración absoluta de Valerio. Alessandra, ese mismo día de la boda, después de quedar petrificada en la barra del jardín, había vuelto a caer rendida ante Román. La atracción magnética y el fuego que se había encendido entre ellos fue imposible de apagar, y con el tiempo se habían vuelto amantes clandestinos, encontrándose en la suite del hotel y en apartamentos discretos. A
El sol de la tarde caía con una tibieza dorada sobre el majestuoso jardín de la residencia De Luca, envolviendo el ambiente en una atmósfera de ensueño que se alejaba de la mística solemnidad de las catedrales para abrazar la frescura de la naturaleza. Para esta ocasión, el espacio había sido transformado por completo bajo una paleta de colores orgánicos y sofisticados: el marrón chocolate, el bronce y el beige arena dominaban cada rincón.Grandes carpas de lino color crema se erigían sobre el césped perfectamente cortado, decoradas con guirnaldas de luces cálidas que comenzaban a titilar sutilmente. El pasillo central estaba delimitado por troncos de madera pulida sobre los que descansaban imponentes arreglos de pampa grass, rosas color té y ramas secas entrelazadas con listones de seda marrón, creando un camino rústico pero increíblemente elegante que conducía hacia un majestuoso arco circular cubierto de follaje y flores secas.Al fondo del pasillo, Valerio esperaba de pie. Lucía i
El automóvil deportivo del joven rugió por las calles iluminadas de Milán, acortando la distancia hacia uno de los hoteles más discretos y lujosos de la ciudad. El trayecto había estado impregnado de una tensión silenciosa, un juego de miradas de reojo donde el deseo y la audacia competían. Cuando el vehículo se detuvo en el estacionamiento privado y ambos subieron en el ascensor hacia la suite, la realidad de lo que estaba a punto de suceder comenzó a asentarse en la mente de Alessandra. Al entrar a la habitación, iluminada apenas por las luces de la ciudad que se filtraban por el gran ventanal, el hombre cerró la puerta y la rodeó con sus brazos con una urgencia. Al principio, mientras los labios de él buscaban su cuello y sus manos grandes acariciaban su espalda, Alessandra se sintió extrañamente incómoda. Un destello de duda cruzó por su mente; se sintió fuera de lugar, cuestionándose si realmente debía estar allí, entregándose a un desconocido tras tantos años de mantener una pos
—¿Pero de verdad tienes que asistir? —preguntó Valerio, cruzando los brazos sobre el pecho y apoyándose en el marco de la puerta del vestidor. Sus ojos oscuros seguían cada movimiento de Ginevra con una mezcla de celos posesivos y adoración—. Cuidado con lo que haces allá, Gin.—Sí, mi amor. Amelia organizó la despedida de soltera, no la voy a dejar mal —respondió ella sin darse la vuelta, concentrada frente al gran espejo iluminado.Ginevra se estaba aplicando los últimos toques de maquillaje. Con pulso firme, deslizó el aplicador del brillo labial sobre su boca, dejando sus labios carnosos con un aspecto húmedo y sumamente tentador. Llevaba puesto un vestido ajustado de color rojo que resaltaba las curvas de su cuerpo ya recuperado tras el parto. Se giró hacia su esposo con una sonrisa traviesa, guardando el cosmético en su bolso de mano.—Cuida de los niños y, por favor, duerme temprano. Valentino se despierta de madrugada y Ana se queda leyendo hasta tarde si no la vigilas —le adv
Ginevra sentía que no podía respirar. El aire se había vuelto pesado en sus pulmones y un puchero involuntario se formó en su boca, mientras sus labios comenzaban a temblar violentamente. Las lágrimas, que apenas habían cesado de brotar, inundaron sus ojos marrones una vez más, nublándole la vista. ¿Era real lo que estaba viendo? ¿Valerio estaba de verdad ahí?Valerio interrumpió de forma abrupta en la cabina principal de pasajeros, empujando con una fuerza descomunal a los dos hombres de seguridad del aeropuerto que intentaban contenerlo desesperadamente. Con la respiración agitada, la camisa de vestir ligeramente empapada por la lluvia y el cabello desordenado, Valerio caminó por el estrecho pasillo central de la aeronave. Sus pasos eran firmes, decididos, guiados únicamente por el instinto. Tras avanzar unos metros bajo la mirada atónita de los demás pasajeros, se detuvo en seco al ver a Ginevra.Ahí estaban. Sentadas en una de las filas, se encontraban las tres personas que se hab
—¿Por qué lo dejas si lo amas, Gin? —preguntó de pronto Ana, con los ojitos brillosos por las lágrimas contenidas.Ginevra desvió la mirada hacia su pequeña hermana. En el poco tiempo que había tenido la oportunidad de convivir y compartir con Valerio, Ana lo había querido como a un padre; el padre amoroso, firme y protector que nunca tuvo en su vida, y le dolía profundamente en el alma que él y su hermana se alejaran de esa manera, rompiendo el único núcleo seguro que había conocido.Ginevra sintió un nudo opresivo en la garganta al escuchar la inocencia y el dolor en la voz de la niña. A pesar de los errores y del estigma que cargaba, Ginevra era en el fondo una mujer buena, de sentimientos puros, que merecía el amor verdadero y el apoyo incondicional de Valerio, pero el peso del pasado la hacía sentirse indigna de retenerlo a su lado si eso significaba causarle más amargura.—Por esa misma razón, Ana, mi amor... —dijo ella, tragando grueso mientras las primeras lágrimas comenzaban







