INICIAR SESIÓNEl silencio que siguió al grito de Amelia fue más lacerante que cualquier insulto. Alessandro no se detuvo de inmediato; terminó con una lentitud cruel, una última embestida que subrayó su total falta de respeto por la mujer que lo observaba desde el umbral. Cuando finalmente se separó de la mujer que gemía bajo él, lo hizo con la mayor de las calmas. Se puso de pie, completamente desnudo, exhibiendo sin el menor rastro de pudor ese cuerpo que Amelia había adorado en la distancia: los hombros anchos, los músculos del abdomen marcados con precisión quirúrgica y la piel todavía brillante por el sudor del acto.
Amelia sintió una náusea violenta subirle por la garganta. Apartó la mirada con brusquedad, cerrando los ojos con fuerza, pero el olor ya la había alcanzado. El aire de su propia habitación estaba saturado de un aroma metálico y dulzón, el rastro inequívoco del sexo que acababa de presenciar. Era el olor de su traición, impregnado en las cortinas, en el papel tapiz y en las sábanas de seda que ella misma había elegido con la ilusión de que algún día él dormiría allí. Las lágrimas le rodaban por las mejillas de manera descontrolada, empapando el borde de sus lentes, mientras un dolor sordo y expansivo le estallaba en el centro del pecho, como si alguien estuviera triturándole el corazón con las manos desnudas. —¿Acaso no es obvio lo que estaba haciendo? —la voz de Alessandro cortó el aire, gélida y cargada de un fastidio inhumano. Él se agachó para recoger sus calzoncillos del suelo y se los puso con movimientos lentos, como si ella no fuera más que un mueble estorbando en la esquina. Amelia intentó hablar, pero el nudo en su garganta era casi sólido. Tuvo que forzar el aire hacia afuera, logrando apenas un hilo de voz que vibraba con una fragilidad lastimera. —¿Por qué en mi habitación? ¿En mi casa? Alessandro... tienes el dinero suficiente para llevar a tus amantes a donde quieras. Tienes hoteles, departamentos, villas... ¿Por qué ensuciar mis sábanas? ¿Por qué aquí? Alessandro se detuvo y la miró de frente. Sus ojos, oscuros y afilados, no mostraban ni una gota de arrepentimiento, solo un desprecio absoluto que la hacía sentir más pequeña, más insignificante de lo que ya se sentía. —Porque me tienes harto —escupió él, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal con esa aura peligrosa que siempre lo rodeaba—. Estoy harto de ti, de tu olor a flores baratas, de este matrimonio asfixiante que me obligaron a aceptar. ¿Acaso no te has visto en un espejo, Amelia? ¿Acaso no ves lo horrible y desagradable que eres? —Él soltó una risa seca, carente de humor—. Jamás podría tocar a una mujer como tú. No me provocas nada más que lástima. Por eso busco consuelo en mujeres que sí valen la pena, mujeres que despiertan algo más que el deseo de salir corriendo de la habitación. Cada palabra era un impacto directo a su alma. Amelia sintió que las piernas le fallaban. Sus labios temblaron, pero no pudo pronunciar palabra alguna; el dolor físico de sus insultos era tan real que sintió que el aire le faltaba. Alessandro, sin mirarla más, tomó una toalla limpia del estante y se la extendió a la mujer que seguía en la cama, quien observaba la escena con una sonrisa de suficiencia entre las sábanas revueltas. —Ven, cariño, salgamos de aquí —dijo él, tomando a la mujer por el brazo con una delicadeza que jamás había usado con su esposa—. La presencia de esta mujer me da náuseas. No quiero pasar un segundo más respirando el mismo aire que ella. Amelia se quedó clavada en el sitio mientras ellos salían de la habitación. Escuchó sus pasos alejarse por el pasillo y el sonido de una puerta cerrándose al final del corredor. Se quedó sola en la penumbra de su cuarto, con los hombros subiendo y bajando en espasmos violentos mientras el llanto la consumía. No hubo gritos, solo ese sollozo silencioso y desgarrador de quien lo ha perdido todo. De repente, una furia ciega y desesperada reemplazó al dolor. Se lanzó hacia la cama y, con una fuerza que no sabía que poseía, arrancó las sábanas sucias. Las tiró al suelo como si quemaran, queriendo borrar cualquier rastro de la otra mujer, de Alessandro, de la humillación. Fue al baño, buscó una esponja y jabón desinfectante, y regresó al colchón. Se puso de rodillas y comenzó a tallar la superficie de la tela con saña. Talló hasta que el agua hizo espuma, talló hasta que sus nudillos se pusieron rojos y la piel de sus dedos empezó a arder por la fricción y los químicos. No se detuvo hasta que sus brazos se sintieron pesados como el plomo y el colchón estuvo húmedo y limpio. Exhausta, con el alma en jirones, se ovilló en una esquina de la cama desnuda, sin sábanas ni mantas, y se quedó dormida por puro agotamiento emocional. A la mañana siguiente, el sol de Milán se filtró por las cortinas con una crueldad innecesaria. Amelia se levantó con el cuerpo molido y la mente nublada. Le dolía la espalda, le dolían las manos y sentía un vacío en el estómago que amenazaba con devorarla. Sin embargo, su instinto de supervivencia y ese amor masoquista que aún latía en ella la empujaron a moverse. Se cepilló los dientes mirando al vacío en el espejo, evitando fijarse en sus propios ojos hinchados, y bajó a la cocina. Tenía el alma en un hilo, pero aun así, comenzó a cocinar. Era su forma de pedir perdón por no ser lo suficientemente hermosa, su forma de intentar reparar lo irreparable. Preparó café recién molido, horneó los panecillos que a él le gustaban y cocinó el omelette con hierbas finas que Alessandro solía comer en silencio. Se esmeró en cada detalle, colocando el mantel de lino blanco, la platería pulida y arreglando la mesa con una precisión casi religiosa. Se arregló su habitual ropa holgada, un suéter gris tres tallas más grande y unos pantalones de tela anchos, tratando de ser lo más invisible posible mientras esperaba. Cuando escuchó los pasos de Alessandro bajando las escaleras, el corazón le dio un vuelco. Él entró al comedor impecable, con un traje de corte italiano que resaltaba su porte aristocrático, pero con el ceño fruncido y una expresión de asco que no se había molestado en ocultar tras el descanso. Amelia se puso de pie, forzando una sonrisa tímida, esperando que el aroma de la comida suavizara su humor. —Buenos días, Alessandro. Te preparé el desayuno, hice lo que te gusta y… No pudo terminar. Alessandro caminó hacia la mesa con una violencia contenida. Se detuvo frente a ella y la miró como si fuera un insecto que se negaba a morir después de haber sido pisoteado. —¿Es que no lo entiendes, verdad? —su voz era un rugido bajo—. ¡No quiero tu comida! ¡No quiero nada que venga de tus manos! Con un movimiento brusco de ambos brazos, Alessandro agarró el borde de la mesa y la volteó por completo. El estruendo de la porcelana rompiéndose contra el suelo de mármol resonó en toda la casa. El café se derramó como una mancha oscura sobre la alfombra, y los platos que ella había colocado con tanto cuidado quedaron reducidos a fragmentos filosos a sus pies. Amelia dio un paso atrás, temblando, con los ojos fijos en el desastre. —¡Lo único que quiero de ti es el divorcio! —gritó él, señalándola con el dedo, con la mirada encendida en un odio puro que la atravesó—. ¡Quiero el maldito divorcio, Amelia Moretti! ¡Fuera de mi vida y de mi vista de una vez por todas!Después de la boda, Valerio y Ginevra se habían ido a España de luna de miel. A Valerio le había gustado tanto el país, su ambiente y la paz que respiraban, que había decidido quedarse a vivir allí de forma definitiva, manejando los negocios internacionales desde la capital española. Fue precisamente durante esos primeros meses de asentamiento cuando se enteraron de una maravillosa noticia: Ginevra estaba embarazada de gemelas. Ahora, Ginevra tenía un vientre redondo y grande, una hermosa esfera que acariciaba a diario con devoción, mientras en su vientre crecían dos hermosas hijas que, sin duda alguna, serían la adoración absoluta de Valerio. Alessandra, ese mismo día de la boda, después de quedar petrificada en la barra del jardín, había vuelto a caer rendida ante Román. La atracción magnética y el fuego que se había encendido entre ellos fue imposible de apagar, y con el tiempo se habían vuelto amantes clandestinos, encontrándose en la suite del hotel y en apartamentos discretos. A
El sol de la tarde caía con una tibieza dorada sobre el majestuoso jardín de la residencia De Luca, envolviendo el ambiente en una atmósfera de ensueño que se alejaba de la mística solemnidad de las catedrales para abrazar la frescura de la naturaleza. Para esta ocasión, el espacio había sido transformado por completo bajo una paleta de colores orgánicos y sofisticados: el marrón chocolate, el bronce y el beige arena dominaban cada rincón.Grandes carpas de lino color crema se erigían sobre el césped perfectamente cortado, decoradas con guirnaldas de luces cálidas que comenzaban a titilar sutilmente. El pasillo central estaba delimitado por troncos de madera pulida sobre los que descansaban imponentes arreglos de pampa grass, rosas color té y ramas secas entrelazadas con listones de seda marrón, creando un camino rústico pero increíblemente elegante que conducía hacia un majestuoso arco circular cubierto de follaje y flores secas.Al fondo del pasillo, Valerio esperaba de pie. Lucía i
El automóvil deportivo del joven rugió por las calles iluminadas de Milán, acortando la distancia hacia uno de los hoteles más discretos y lujosos de la ciudad. El trayecto había estado impregnado de una tensión silenciosa, un juego de miradas de reojo donde el deseo y la audacia competían. Cuando el vehículo se detuvo en el estacionamiento privado y ambos subieron en el ascensor hacia la suite, la realidad de lo que estaba a punto de suceder comenzó a asentarse en la mente de Alessandra. Al entrar a la habitación, iluminada apenas por las luces de la ciudad que se filtraban por el gran ventanal, el hombre cerró la puerta y la rodeó con sus brazos con una urgencia. Al principio, mientras los labios de él buscaban su cuello y sus manos grandes acariciaban su espalda, Alessandra se sintió extrañamente incómoda. Un destello de duda cruzó por su mente; se sintió fuera de lugar, cuestionándose si realmente debía estar allí, entregándose a un desconocido tras tantos años de mantener una pos
—¿Pero de verdad tienes que asistir? —preguntó Valerio, cruzando los brazos sobre el pecho y apoyándose en el marco de la puerta del vestidor. Sus ojos oscuros seguían cada movimiento de Ginevra con una mezcla de celos posesivos y adoración—. Cuidado con lo que haces allá, Gin.—Sí, mi amor. Amelia organizó la despedida de soltera, no la voy a dejar mal —respondió ella sin darse la vuelta, concentrada frente al gran espejo iluminado.Ginevra se estaba aplicando los últimos toques de maquillaje. Con pulso firme, deslizó el aplicador del brillo labial sobre su boca, dejando sus labios carnosos con un aspecto húmedo y sumamente tentador. Llevaba puesto un vestido ajustado de color rojo que resaltaba las curvas de su cuerpo ya recuperado tras el parto. Se giró hacia su esposo con una sonrisa traviesa, guardando el cosmético en su bolso de mano.—Cuida de los niños y, por favor, duerme temprano. Valentino se despierta de madrugada y Ana se queda leyendo hasta tarde si no la vigilas —le adv
Ginevra sentía que no podía respirar. El aire se había vuelto pesado en sus pulmones y un puchero involuntario se formó en su boca, mientras sus labios comenzaban a temblar violentamente. Las lágrimas, que apenas habían cesado de brotar, inundaron sus ojos marrones una vez más, nublándole la vista. ¿Era real lo que estaba viendo? ¿Valerio estaba de verdad ahí?Valerio interrumpió de forma abrupta en la cabina principal de pasajeros, empujando con una fuerza descomunal a los dos hombres de seguridad del aeropuerto que intentaban contenerlo desesperadamente. Con la respiración agitada, la camisa de vestir ligeramente empapada por la lluvia y el cabello desordenado, Valerio caminó por el estrecho pasillo central de la aeronave. Sus pasos eran firmes, decididos, guiados únicamente por el instinto. Tras avanzar unos metros bajo la mirada atónita de los demás pasajeros, se detuvo en seco al ver a Ginevra.Ahí estaban. Sentadas en una de las filas, se encontraban las tres personas que se hab
—¿Por qué lo dejas si lo amas, Gin? —preguntó de pronto Ana, con los ojitos brillosos por las lágrimas contenidas.Ginevra desvió la mirada hacia su pequeña hermana. En el poco tiempo que había tenido la oportunidad de convivir y compartir con Valerio, Ana lo había querido como a un padre; el padre amoroso, firme y protector que nunca tuvo en su vida, y le dolía profundamente en el alma que él y su hermana se alejaran de esa manera, rompiendo el único núcleo seguro que había conocido.Ginevra sintió un nudo opresivo en la garganta al escuchar la inocencia y el dolor en la voz de la niña. A pesar de los errores y del estigma que cargaba, Ginevra era en el fondo una mujer buena, de sentimientos puros, que merecía el amor verdadero y el apoyo incondicional de Valerio, pero el peso del pasado la hacía sentirse indigna de retenerlo a su lado si eso significaba causarle más amargura.—Por esa misma razón, Ana, mi amor... —dijo ella, tragando grueso mientras las primeras lágrimas comenzaban







