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Capítulo 3

Autor: Catalina Ramírez
Cuando Alejandro llegó aquella noche, faltaba poco para la medianoche. Leonor se preparaba para dormir, pero al oír el anuncio se cubrió con una bata y se levantó. Clara quiso arreglarle el cabello; ella se lo impidió con un gesto.

Alejandro entró trayendo consigo el frío del exterior. Al verla solo con la ropa de dormir y el cabello suelto, vaciló un instante.

—Majestad. —Leonor hizo una reverencia.

—Levántate.

Él se sentó junto a la mesa y se sirvió agua.

—Isabela ha decidido llamar Paz a la princesa. Pensé que, como eres su madre biológica, debía preguntarte qué opinas.

Leonor bajó los ojos.

—Isabela es su madre. Cualquier nombre que elija será apropiado.

Los dedos de Alejandro se tensaron alrededor de la taza. Un carbón crepitó en el brasero.

—Me alegra que pienses así. Hay otra cosa. Gabriel debe comenzar su educación. Isabela escogerá personalmente a su maestro.

Leonor escuchó en silencio.

—También he pensado que… sería mejor que vieras al niño lo menos posible. Es muy pequeño. Si descubre que tiene otra madre, podrían surgir problemas. Que reconozca únicamente a Isabela será lo mejor para todos.

Ella levantó la cabeza y lo miró sin expresar ninguna emoción.

—Obedeceré.

Una irritación repentina se apoderó de Alejandro. Habría preferido que llorara o discutiera, que le preguntara entre lágrimas por qué, como antes. Aquella obediencia mecánica, desprovista de toda emoción, lo asfixiaba.

—¿Me guardas resentimiento? —preguntó con voz fría.

—No me atrevería.

Aquella sumisión imperturbable lo irritó más que sus antiguas súplicas.

—¿Acaso actúas así porque me guardas rencor? Si es así, ¿cómo podrías seguir cumpliendo de buen grado con tu deber de dar herederos al linaje imperial?

La comisura de los labios de Leonor se movió apenas. Podía ser una burla o simple agotamiento.

—Si Su Majestad teme por la sucesión, puede tomar a otras mujeres como consortes y escoger a las que considere más virtuosas. Me temo que yo no puedo satisfacer sus expectativas.

—¡Tú…!

Alejandro se puso de pie de golpe.

—¡Isabela y yo hicimos un juramento! Aceptarte como consorte ya fue traicionar nuestra promesa de un solo amor para toda la vida. ¿Cómo podría volver a fallarle?

En cuanto lo dijo, un silencio pesado invadió la habitación. Incluso Alejandro se quedó inmóvil. Leonor, todavía débil por el reciente parto, palideció y se mordió el labio para contener las lágrimas.

Solo entonces Alejandro comprendió la crueldad de sus palabras: le estaba hablando de su amor por Isabela a la mujer que le había dado dos hijos y que aún se recuperaba del último parto.

El silencio se volvió insoportable. Leonor reunió fuerzas, se arrodilló ante Alejandro e inclinó el cuerpo hasta apoyar la frente en el suelo.

—Hablé sin pensar. El amor y la lealtad entre Su Majestad y la emperatriz serán recordados durante generaciones.

Permaneció postrada. Su cuerpo delgado temblaba bajo la luz tenue, pero no añadió una palabra.

Alejandro contempló aquella figura y sintió que la irritación se mezclaba con un dolor sordo que no sabía nombrar. Recordó los primeros días de Leonor en el palacio. Entonces todavía sonreía, cortaba una rama de ciruelo en los jardines para ponerla en un jarrón y le preparaba la tinta mientras él revisaba documentos. Una vez, al alzar la vista, la sorprendió observándolo. Sus miradas se cruzaron; ella bajó la cabeza con apuro y se le enrojecieron las orejas.

¿En qué momento había dejado de mirarlo?

Quiso tenderle la mano y ayudarla a levantarse. Quiso decir algo que reparara el daño, pero su dignidad imperial y la culpa que sentía hacia Isabela lo mantuvieron inmóvil. Al final dio media vuelta y se marchó a grandes pasos, todavía furioso y con una sensación de humillación que se negaba a reconocer.

La puerta se abrió y se cerró, dejando entrar una ráfaga helada. Clara corrió hacia Leonor y la ayudó a levantarse entre lágrimas.

—Mi señora, ¿por qué se somete a todo esto?

Leonor se dejó acostar. Miró fijamente el dosel y, mucho después, las lágrimas resbalaron sin aviso desde sus ojos hasta perderse entre el cabello. Al principio lloró en silencio, con los hombros sacudidos por leves espasmos. Luego un sollozo sofocado y roto escapó de su garganta, como el gemido de un animal herido.

Tiró de la colcha, hundió los dientes en una esquina y ahogó allí todo sonido. Solo quedó el violento temblor de su cuerpo.

—Llore, mi señora. Por favor, no se lo guarde todo… —suplicó Clara, con el corazón destrozado.

Leonor perdió la noción del tiempo. Cuando por fin dejó de temblar, apartó la colcha y dejó al descubierto un rostro cubierto de lágrimas, pero extrañamente sereno.

—Clara, esta es la última vez que lloro por él —dijo con voz ronca.

Se secó el rostro con fuerza. Tenía los dedos helados.

—No merece ni una lágrima más.

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Último capítulo

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