INICIAR SESIÓN—Isabela quiere otro hijo. Eso dijo Alejandro Salvatierra mientras le desataba el camisón a Leonor Valdés. —Ya has demostrado que puedes darme hijos. Quiero que tengas uno más. Nueve meses después, Leonor Valdés dio a luz a una niña. La partera cortó el cordón umbilical y se llevó a la recién nacida sin permitirle siquiera tocarla. Era la segunda vez. En el palacio todos decían que, de no haber quedado estéril la emperatriz por las heridas sufridas al acompañar a Su Majestad en la guerra, el emperador jamás habría tomado a otra mujer como consorte. Leonor, hija legítima del gran canciller Valdés, solo había llegado en el momento oportuno: no era más que un vientre destinado a perpetuar el linaje imperial.
Ver másLa noticia de la deposición llegó a la residencia de campo mientras Leonor leía bajo el sol del patio. Clara entró a toda prisa con una carta secreta y una alegría imposible de ocultar.—¡Mi señora, llegó información del palacio! Su Majestad depuso a la emperatriz. Isabela perdió todos sus títulos y fue encerrada en el pabellón del destierro.Leonor no apartó los ojos del libro.—Entiendo.—¿No está contenta?—Claro que sí. ¿Por qué no habría de estarlo?Sin embargo, en su rostro no había alegría.—Ahora todo cambiará —insistió Clara—. El príncipe y la princesa podrán reconocerla como su madre ante todos. Cuando pase un poco de tiempo y se calmen los rumores, quizá usted pueda regresar…—¿Regresar? —la interrumpió Leonor—. ¿Al palacio, para seguir siendo su consorte?Clara no encontró respuesta.Leonor cerró el libro y contempló la nieve que aún quedaba entre las ramas desnudas.—¿Crees que gané?—¡Por supuesto! La emperatriz cayó, Su Majestad le concedió un título póstumo y sus hijos
Tres días después, Esteban se recuperó oficialmente de su enfermedad y acudió al palacio. Alejandro lo recibió en el Palacio de la Serenidad.El cabello de Esteban parecía mucho más blanco de lo que Alejandro recordaba. Tenía los ojos inyectados en sangre y el rostro agotado.—Lamento profundamente su pérdida —dijo Alejandro, sirviéndole el agua con sus propias manos.Esteban agradeció el gesto, pero no tocó la taza.—¿Qué desea de mí?Tras un breve silencio, Alejandro preguntó:—¿Ya sabe que le concedí a Leonor un título póstumo de emperatriz y ordené levantar un sepulcro simbólico en el mausoleo imperial?—Sí. En nombre de mi hija, le agradezco a Su Majestad esta gracia.—Yo… quisiera saber más de ella. ¿Cómo era antes de entrar al palacio?Esteban alzó los ojos y lo miró con una expresión compleja.—¿Qué desea saber?—Cualquier cosa. Lo que le gustaba, lo que detestaba, cómo pasaba los días… Quiero conocerla.Esteban lo observó largamente antes de responder.—Leonor fue inteligente
Alejandro comenzó a soñar con Leonor cada vez con más frecuencia.A veces la veía recién llegada al palacio, vestida de verde claro bajo un ciruelo. Ella alzaba el rostro para contemplar las flores y, al oír sus pasos, se volvía con una sonrisa que dejaba ver el pequeño hoyuelo de la mejilla izquierda.Otras veces estaba embarazada y leía junto a la ventana con una mano sobre el vientre, bañada por una luz serena. También la veía arrodillada en la nieve, temblando de frío y agotamiento.Pero la pesadilla más frecuente era el incendio del Palacio del Silencio. Alejandro estaba fuera y observaba cómo el edificio se derrumbaba entre las llamas. Leonor permanecía de pie ante una ventana, mirándolo sin llorar ni gritar. Él intentaba correr para salvarla, pero tenía los pies clavados al suelo y solo podía verla desaparecer en el fuego.Entonces despertaba cubierto de sudor frío, con un dolor en el pecho que le impedía respirar.Aquella noche volvió a soñar lo mismo. Al otro lado de las llama
Aquella noche, Alejandro instaló a los dos niños en el ala lateral del Palacio de la Serenidad.Gabriel aún no cumplía tres años, pero ya comprendía algunas cosas. Cuando su tutora lo llevó, no lloró ni hizo berrinche; se limitó a observar a su padre con unos ojos negros y cautelosos.—Papá… —lo llamó en voz baja.Alejandro se agachó y lo alzó en brazos. El niño seguía siendo pequeño y ligero entre sus brazos.Recordó el día en que nació. Al salir de la habitación con el recién nacido, había escuchado detrás de él los gritos desesperados de Leonor. Entonces creyó que ella no sabía comportarse. Ahora comprendía que era el dolor de una madre a quien arrancaban a su hijo.—Gabriel, ¿sabes quién era la consorte Leonor?El niño inclinó la cabeza.—¿La señora que venía a saludar? Mamá no me dejaba verla.A Alejandro se le hizo un nudo en la garganta.—Leonor era tu mamá, Gabriel.El niño lo miró, confundido.—¿Y mamá?—Isabela te crio, pero fue Leonor quien te llevó en el vientre y te dio la












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