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Fingí Mi Muerte y Volví Como Emperatriz

Fingí Mi Muerte y Volví Como Emperatriz

Por:  Catalina RamírezCompletado
Idioma: Spanish
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—Isabela quiere otro hijo. Eso dijo Alejandro Salvatierra mientras le desataba el camisón a Leonor Valdés. —Ya has demostrado que puedes darme hijos. Quiero que tengas uno más. Nueve meses después, Leonor Valdés dio a luz a una niña. La partera cortó el cordón umbilical y se llevó a la recién nacida sin permitirle siquiera tocarla. Era la segunda vez. En el palacio todos decían que, de no haber quedado estéril la emperatriz por las heridas sufridas al acompañar a Su Majestad en la guerra, el emperador jamás habría tomado a otra mujer como consorte. Leonor, hija legítima del gran canciller Valdés, solo había llegado en el momento oportuno: no era más que un vientre destinado a perpetuar el linaje imperial.

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Capítulo 1

Capítulo 1

Más de dos años atrás, cuando nació su primogénito, Leonor tampoco alcanzó a verlo. Alejandro tomó al recién nacido en brazos y, antes de llevárselo, le dijo:

—Desde hoy, este niño será el hijo legítimo de Isabela. No te hagas ilusiones.

Por entonces aún le quedaban fuerzas para llorar y suplicar. Había intentado bajar de la cama para seguirlo, pero las damas de palacio la sujetaron con firmeza. Después aprendió a obedecer. Cada día acudía a presentar sus respetos a Isabela con la única esperanza de oír, al otro lado de un biombo, los balbuceos de su hijo. Al principio Alejandro se lo permitió; más tarde, Isabela alegó que su hijo necesitaba tranquilidad y Leonor ni siquiera pudo seguir escuchándolo detrás del biombo.

Ahora también se habían llevado a su hija recién nacida.

Permaneció inmóvil sobre la cama, todavía manchada de sangre tras el parto. Ya ni siquiera podía llorar. Antes de que terminara su recuperación posparto, la gobernanta de Isabela fue a ordenarle que reanudara las visitas protocolarias de la mañana y la noche.

Con el cuerpo todavía sin sanar, Leonor llegó al Palacio de la Corona. La emperatriz Isabela Montemayor tenía a la pequeña princesa en brazos y jugaba con ella. Al ver el rostro pálido de Leonor, sonrió.

—¿Ya llegaste, Leonor? Tienes muy mala cara. ¿Acaso estás molesta conmigo?

—Jamás me atrevería.

—Me alegra oírlo.

Isabela entregó a la niña a la nodriza y se acomodó las mangas sin prisa.

—Puesto que entraste al palacio, debes comprender cuál es tu lugar. Su Majestad te tomó como consorte por el prestigio de tu padre entre los funcionarios civiles y porque necesitaba a la familia Valdés para mantener estable la corte. En cuanto a ti… —Hizo una pausa y su sonrisa se ensanchó—. Solo estás aquí para darme hijos. Ese es tu único valor.

Empezó a nevar fuera del salón. De pronto, la sonrisa de Isabela desapareció.

—Frunciste el ceño al entrar. Es una falta de respeto. Arrodíllate en el patio hasta que aprendas a comportarte.

La nieve fue cubriendo las losas de piedra. Obligada a permanecer de rodillas, Leonor miró hacia el interior del salón. Isabela acunaba a la pequeña, que aún no cumplía un mes, y le cantaba en voz baja con aparente ternura. El dolor en las rodillas se convirtió primero en entumecimiento y después en una pérdida total de sensibilidad.

Cuando la vista comenzó a oscurecérsele, oyó el anuncio agudo de un chambelán:

—¡Su Majestad el emperador ha llegado!

Alejandro pasó junto a ella sin detenerse y entró directamente al salón.

—¿Por qué está arrodillada en la nieve? —preguntó Alejandro.

—Solo le estaba enseñando un poco de disciplina y ya se hace la enferma —respondió Isabela con un mohín—. Sabes que crecí en una familia de militares. Soy franca y no tengo la malicia de quienes actúan a escondidas.

Lo último que Leonor oyó antes de desmayarse fue la respuesta de Alejandro:

—Está bien. Que la lleven de regreso.

Cuando despertó, ya atardecía. Alejandro estaba sentado junto a la cama y, al verla abrir los ojos, relajó el entrecejo.

—¿Despertaste? El médico dice que sigues débil por el parto y que el frío te hizo daño. Isabela no quiso que esto sucediera. No se lo tomes a mal.

Leonor lo miró en silencio. Aquel hombre había sido el héroe de sus sueños de juventud, el guerrero que cabalgaba por los campos de batalla. Leonor le había dedicado poemas y había pintado retratos de él. Ahora estaba frente a ella, vestido con las insignias del imperio, pronunciando las palabras más crueles.

—Lo comprendo —contestó sin emoción—. Isabela es la emperatriz. Debo respetarla y no guardo ningún resentimiento.

Cada palabra sonó serena y sumisa. Alejandro se quedó desconcertado. La Leonor que recordaba no era así. Antes le suplicaba entre lágrimas que le permitiera ver al niño; cuando él se negaba, se mordía el labio y la luz de sus ojos se apagaba poco a poco. Ahora sus ojos ya no expresaban nada.

—En cuanto a los niños… —empezó, tratando de encontrar algo que decir—. Tendrán plena legitimidad y, en el futuro…

—Es una fortuna para ellos —lo interrumpió Leonor, esbozando incluso una sonrisa impecable y fría—. Mi rango es inferior al de la emperatriz. Que ella críe a los niños es una gracia por la que debemos estar agradecidos tanto a Su Majestad como a ella.

Las palabras se le atoraron a Alejandro en la garganta.

Desde fuera llegó la voz de un chambelán:

—Majestad, la emperatriz preparó personalmente la sopa. Dice que, con esta nevada, el día está muy frío y desea que vaya a probarla para que entre en calor. Los pequeños también lo esperan.

Alejandro se puso de pie y volvió a mirarla. Leonor ya había cerrado los ojos, como si se hubiera dormido otra vez. Al llegar a la puerta, se volvió.

—Isabela no puede tener hijos. Siempre me sentiré en deuda con ella. Tú sabes ser razonable; intenta comprenderla. Descansa y recupérate. Si vuelves a quedar embarazada, te permitiré criar a ese hijo.

Leonor no respondió. Volvió a abrir los ojos y contempló el dosel hasta que dejaron de oírse los pasos de Alejandro. Mucho después, preguntó en voz baja a su doncella Clara Ríos:

—Ya han pasado tres años desde la coronación, ¿verdad?

—Sí, mi señora.

—¿El imperio está en paz?

—La frontera norte está segura y las inundaciones del sur ya fueron controladas. En la corte, el gran canciller dirige a los funcionarios civiles. Aunque de vez en cuando discuten con los militares, la situación general es estable.

Leonor esbozó una sonrisa desolada.

—Qué bien —dijo—. Por fin puedo morir.

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