Más de dos años atrás, cuando nació su primogénito, Leonor tampoco alcanzó a verlo. Alejandro tomó al recién nacido en brazos y, antes de llevárselo, le dijo:—Desde hoy, este niño será el hijo legítimo de Isabela. No te hagas ilusiones.Por entonces aún le quedaban fuerzas para llorar y suplicar. Había intentado bajar de la cama para seguirlo, pero las damas de palacio la sujetaron con firmeza. Después aprendió a obedecer. Cada día acudía a presentar sus respetos a Isabela con la única esperanza de oír, al otro lado de un biombo, los balbuceos de su hijo. Al principio Alejandro se lo permitió; más tarde, Isabela alegó que su hijo necesitaba tranquilidad y Leonor ni siquiera pudo seguir escuchándolo detrás del biombo.Ahora también se habían llevado a su hija recién nacida.Permaneció inmóvil sobre la cama, todavía manchada de sangre tras el parto. Ya ni siquiera podía llorar. Antes de que terminara su recuperación posparto, la gobernanta de Isabela fue a ordenarle que reanudara las vi
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