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Capítulo 4

Autor: Catalina Ramírez
Antes del amanecer del día siguiente llegó la gobernanta del Palacio de la Corona. Afirmó que Su Majestad había salido disgustado de los aposentos de la consorte la noche anterior, sin duda porque Leonor lo había atendido mal. La emperatriz quería enseñarle a comportarse.

Una fina capa de nieve cubría los caminos del palacio y el viento de la mañana cortaba la piel. Cuando Leonor llegó a la explanada frente a la residencia de la emperatriz, Isabela ya la esperaba bajo la galería, envuelta en una capa de piel y sosteniendo un pequeño brasero de mano. Varias damas de la corte que habían acudido a presentar sus respetos y numerosos sirvientes presenciaban la escena.

—¿Reconoces tu falta? —preguntó Isabela con lentitud—. Dicen que ayer contradijiste al emperador y lo hiciste enfurecer. ¿Es cierto?

Leonor se arrodilló.

—Jamás me atrevería.

—Me informaron que anoche Su Majestad salió de tus aposentos con muy mal semblante. Como consorte, tu deber es aliviar sus preocupaciones, no causarle disgusto. ¿Qué castigo mereces?

—Soy torpe. Le ruego que me instruya.

—¿Torpe? ¡Yo diría que calculadora! Su Majestad se dignó a visitarte y, en lugar de agradecérselo, lo provocaste hasta hacerlo marcharse furioso. ¿Es esa la educación de tu familia? ¿Esa es la virtud de la mujer a la que llaman la más instruida de la capital?

Leonor mantuvo la cabeza baja y apretó ligeramente las manos dentro de las mangas.

—Veo que no aceptas lo que dije —se burló Isabela—. Ya que no aprendiste las normas, hoy te las enseñaré personalmente. Te quedarás de rodillas en este camino y recitarás cien veces los preceptos sobre humildad, fidelidad y virtud. No te levantarás hasta terminar. Así todos verán lo que les ocurre a quienes faltan al respeto al emperador y a mí.

El viento helado barría la explanada. Los sirvientes que pasaban no se atrevían a mirar de frente, pero todos podían ver a la consorte arrodillada sobre la piedra helada.

Leonor enderezó la espalda y comenzó a recitar con voz firme. El frío le entumecía las rodillas y le ponía los labios morados, pero ella no se detuvo.

Pasó una hora. Luego otra.

Al principio Isabela escuchó entretenida. Cuando comprendió que Leonor podía recitar cada línea sin equivocarse, su rostro se ensombreció. La enfurecía aún más que algunas damas de la corte y algunos funcionarios del palacio miraran a Leonor con una compasión que apenas lograban disimular.

—¡Basta! —la interrumpió de golpe—. Te sabes los libros de memoria, pero nunca has puesto en práctica sus enseñanzas. Tu padre, el gran canciller Valdés, presume de ser guía de los eruditos del imperio. ¿Así educó a su hija? Si crio a una mujer incapaz de comprender su deber y de respetar al soberano, él también es culpable de negligencia.

Leonor levantó la mirada de inmediato. Podía soportar las humillaciones contra ella, pero no que acusaran injustamente a su padre.

Miró directamente a Isabela. Su voz estaba ronca por el frío y la sed, pero conservaba una dignidad inquebrantable.

—Aceptar cualquier corrección que usted quiera imponerme es mi deber. Sin embargo, mi padre ha servido toda su vida al soberano y al imperio. Trabaja día y noche para mantener estable la corte y apaciguar a los funcionarios civiles, sin descuidar sus funciones ni un solo momento. No puedo aceptar lo que acaba de decir. Temo que semejante acusación ofenda a un ministro leal y dañe la reputación de Su Majestad como soberano justo.

—¿Te atreves a responderme?

Isabela se levantó hecha una furia, cruzó la distancia entre ambas y le descargó una bofetada.

El chasquido resonó en toda la explanada. El golpe le hizo girar la cabeza a Leonor y le dejó en la mejilla la marca roja de los dedos de Isabela. Leonor volvió lentamente el rostro hacia Isabela. Un hilo de sangre asomaba por la comisura de sus labios, pero no apartó los ojos de la emperatriz.

—¡Qué hija tan leal! ¡Qué lengua tan insolente! —Isabela respiraba agitadamente—. ¡Guardias…!

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