INICIAR SESIÓNLa noticia de la deposición llegó a la residencia de campo mientras Leonor leía bajo el sol del patio. Clara entró a toda prisa con una carta secreta y una alegría imposible de ocultar.—¡Mi señora, llegó información del palacio! Su Majestad depuso a la emperatriz. Isabela perdió todos sus títulos y fue encerrada en el pabellón del destierro.Leonor no apartó los ojos del libro.—Entiendo.—¿No está contenta?—Claro que sí. ¿Por qué no habría de estarlo?Sin embargo, en su rostro no había alegría.—Ahora todo cambiará —insistió Clara—. El príncipe y la princesa podrán reconocerla como su madre ante todos. Cuando pase un poco de tiempo y se calmen los rumores, quizá usted pueda regresar…—¿Regresar? —la interrumpió Leonor—. ¿Al palacio, para seguir siendo su consorte?Clara no encontró respuesta.Leonor cerró el libro y contempló la nieve que aún quedaba entre las ramas desnudas.—¿Crees que gané?—¡Por supuesto! La emperatriz cayó, Su Majestad le concedió un título póstumo y sus hijos
Tres días después, Esteban se recuperó oficialmente de su enfermedad y acudió al palacio. Alejandro lo recibió en el Palacio de la Serenidad.El cabello de Esteban parecía mucho más blanco de lo que Alejandro recordaba. Tenía los ojos inyectados en sangre y el rostro agotado.—Lamento profundamente su pérdida —dijo Alejandro, sirviéndole el agua con sus propias manos.Esteban agradeció el gesto, pero no tocó la taza.—¿Qué desea de mí?Tras un breve silencio, Alejandro preguntó:—¿Ya sabe que le concedí a Leonor un título póstumo de emperatriz y ordené levantar un sepulcro simbólico en el mausoleo imperial?—Sí. En nombre de mi hija, le agradezco a Su Majestad esta gracia.—Yo… quisiera saber más de ella. ¿Cómo era antes de entrar al palacio?Esteban alzó los ojos y lo miró con una expresión compleja.—¿Qué desea saber?—Cualquier cosa. Lo que le gustaba, lo que detestaba, cómo pasaba los días… Quiero conocerla.Esteban lo observó largamente antes de responder.—Leonor fue inteligente
Alejandro comenzó a soñar con Leonor cada vez con más frecuencia.A veces la veía recién llegada al palacio, vestida de verde claro bajo un ciruelo. Ella alzaba el rostro para contemplar las flores y, al oír sus pasos, se volvía con una sonrisa que dejaba ver el pequeño hoyuelo de la mejilla izquierda.Otras veces estaba embarazada y leía junto a la ventana con una mano sobre el vientre, bañada por una luz serena. También la veía arrodillada en la nieve, temblando de frío y agotamiento.Pero la pesadilla más frecuente era el incendio del Palacio del Silencio. Alejandro estaba fuera y observaba cómo el edificio se derrumbaba entre las llamas. Leonor permanecía de pie ante una ventana, mirándolo sin llorar ni gritar. Él intentaba correr para salvarla, pero tenía los pies clavados al suelo y solo podía verla desaparecer en el fuego.Entonces despertaba cubierto de sudor frío, con un dolor en el pecho que le impedía respirar.Aquella noche volvió a soñar lo mismo. Al otro lado de las llama
Aquella noche, Alejandro instaló a los dos niños en el ala lateral del Palacio de la Serenidad.Gabriel aún no cumplía tres años, pero ya comprendía algunas cosas. Cuando su tutora lo llevó, no lloró ni hizo berrinche; se limitó a observar a su padre con unos ojos negros y cautelosos.—Papá… —lo llamó en voz baja.Alejandro se agachó y lo alzó en brazos. El niño seguía siendo pequeño y ligero entre sus brazos.Recordó el día en que nació. Al salir de la habitación con el recién nacido, había escuchado detrás de él los gritos desesperados de Leonor. Entonces creyó que ella no sabía comportarse. Ahora comprendía que era el dolor de una madre a quien arrancaban a su hijo.—Gabriel, ¿sabes quién era la consorte Leonor?El niño inclinó la cabeza.—¿La señora que venía a saludar? Mamá no me dejaba verla.A Alejandro se le hizo un nudo en la garganta.—Leonor era tu mamá, Gabriel.El niño lo miró, confundido.—¿Y mamá?—Isabela te crio, pero fue Leonor quien te llevó en el vientre y te dio la
Alejandro se estremeció de pies a cabeza.—¡La mirabas de otra manera! Fruncías el ceño cuando la veías arrodillada en la nieve. Sus lágrimas te inquietaban. También me enteré de cómo te enfureciste cuando te dijo que admitieras más consortes. ¿Creías que podías ocultármelo? ¡No podías engañarme!Las lágrimas rodaban por el rostro de Isabela, pero ella seguía riendo.—¿Sabes por qué insistí en tener un segundo hijo? No porque quisiera criarlo. ¡Quería humillarla! Quería obligarla a acostarse con un hombre que no sentía nada por ella y hacer que le arrebataran también a ese bebé en cuanto naciera. Quería que comprendiera que siempre sería un instrumento y que jamás obtendría tu corazón.Avanzó un paso y clavó los ojos en él.—Pero lo consiguió. Ahora está muerta y tú sufres por ella, investigas su muerte y vienes a pedirme cuentas. Dime algo: si siguiera viva, ¿habrías terminado por deponerme por ella?Él observó la locura de su mirada y sintió que ya no reconocía a la mujer frente a él
Diez días después del incendio, la investigación llegó a una conclusión.Arrodillado en el Palacio de la Serenidad, Tomás informó de cada hallazgo. La orden de cerrar el Palacio del Silencio había sido emitida por Isabela y llevaba su sello. Ella también había dispuesto los azotes; la gobernanta que supervisó el castigo confesó que la instrucción exacta fue "golpéenla sin piedad".Lo más grave era que se habían encontrado rastros de aceite inflamable en la madera carbonizada. El incendio no había sido accidental.—¿Identificaron a quien lo provocó? —preguntó Alejandro con una frialdad inquietante.—Uno de los guardias de la puerta confesó que, poco antes de medianoche, la gobernanta personal de la emperatriz entró sola al Palacio del Silencio con una canasta de alimentos. Salió con la canasta vacía cuando comenzaron los primeros gritos de alarma. —Tomás apoyó la frente en el suelo—. La detuvimos y ya confesó.—Habla.—La emperatriz le ordenó hacerlo. En el fondo de la canasta había esc







