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Capítulo 2

Autor: Catalina Ramírez
La noche en que le arrebataron a su primer hijo, más de dos años atrás, Leonor ya había pensado en morir.

Era la única hija del gran canciller Valdés. Desde pequeña había estudiado los clásicos y su talento era célebre en toda la capital. Si el ascenso del nuevo emperador no hubiera sumido la corte en la incertidumbre, y si su padre no la hubiera enviado al palacio con el argumento de que los funcionarios civiles debían estrechar sus lazos con el soberano, ella habría podido casarse con algún joven instruido y llevar una vida apacible y digna.

Nunca había querido entrar al palacio.

Sin embargo, el nuevo emperador acababa de pacificar el imperio por la fuerza de las armas, la corte seguía dividida y el país no gozaba todavía de estabilidad.

Su padre encabezaba a los funcionarios civiles, de modo que aquella unión simbolizaba la alianza entre la Corona y sus ministros. Leonor aceptó. En lo más profundo de su corazón también albergaba una esperanza secreta que no se atrevía a examinar: alguna vez había admirado de verdad a Alejandro.

Había admirado al general que regresó victorioso de la frontera norte, al héroe que sofocó la rebelión y compareció ante la corte, lleno de vigor juvenil, para recibir el homenaje de los ministros. Entró al palacio creyendo que quizá obtendría de él un poco de afecto sincero.

La ilusión murió cuando llevaba cuatro meses de embarazo. Oculta tras una formación rocosa de los jardines imperiales, lo oyó decirle a Isabela:

—No te preocupes. En mi corazón solo existes tú. Leonor está aquí únicamente para dar herederos a la familia imperial. En cuanto nazca el niño, lo pondremos bajo tu cuidado.

Cada palabra desgarró sus ilusiones como una cuchillada. Aquella noche permaneció sentada en sus aposentos hasta el amanecer, sin derramar una sola lágrima. No se había casado con un héroe. Se había convertido en una pieza política, en un vientre.

Quiso morir, pero el imperio apenas empezaba a estabilizarse y la corte continuaba en tensión. En aquella corte, el suicidio de una consorte se consideraba un delito que también podía acarrearle un castigo a su padre. Fingir su muerte y huir habría destruido la concordia que él tanto esfuerzo había invertido en construir. No tuvo más remedio que resistir dentro del palacio. Después del nacimiento de su hijo, su única esperanza era acudir a presentar sus respetos a la emperatriz y oír sus balbuceos detrás del biombo. Hasta una silueta borrosa le bastaba para soportar un día más.

Ahora habían transcurrido tres años desde su llegada al palacio. Ya había dado a luz también a una niña y ambos niños eran reconocidos como hijos legítimos de la emperatriz. El imperio estaba en paz, la corte era estable y la pieza política había cumplido su función. Había dejado descendencia para la Corona y ya no se sentía obligada a seguir viviendo por el imperio. Aun así, debía evitar que cualquier decisión suya perjudicara a su padre.

Tendida en la cama, contó los días. Su padre regresaría a la capital una semana después, al concluir una inspección por las provincias del sur.

Durante tres años, él había apaciguado a los funcionarios civiles y depurado la administración en nombre de Alejandro, mientras ella representaba dentro del palacio el papel de la consorte dócil. Padre e hija, él desde el gobierno y ella desde el palacio, habían sostenido la imagen de armonía entre el soberano y su ministro. Ahora todo estaba en orden y ella ya no era necesaria.

Tres días más tarde se celebró con gran pompa el primer mes de vida de la princesa. El salón principal del Palacio de la Corona resplandecía de luces y casi todas las damas de las familias de mayor rango asistieron al banquete.

Alejandro entró junto con Isabela, llevando en brazos al príncipe mayor. El niño de dos años vestía una pequeña túnica color miel y rodeaba el cuello del emperador con los brazos.

—Papá.

Cuando Isabela extendió las manos, el pequeño se lanzó obediente a sus brazos.

—Mamá.

Parecían una familia feliz. Leonor bajó la mirada y tomó su taza. El líquido quemaba, pero el temblor de sus dedos no se debía al calor.

—Así que viniste —comentó la emperatriz con una sonrisa—. Creí que tu salud no te permitiría asistir.

—Hoy celebramos el primer mes de vida de la princesa. Por supuesto que debía venir.

Leonor se levantó e hizo una reverencia sin que le temblara la voz.

—Me alegra. Gabriel, ven a saludar a Leonor.

El pequeño príncipe bajó de la silla y corrió hacia Leonor. La miró como si fuera una desconocida.

—Gabriel, ella es Leonor —le explicó Isabela.

El niño parpadeó.

—Hola, Leonor.

Las manos de Leonor temblaron dentro de las mangas, pero ella sonrió.

—Tienes excelentes modales.

—Toma asiento —indicó Alejandro. Su mirada se detuvo un instante en ella y enseguida se apartó.

El banquete continuó. Las invitadas prodigaban elogios: la princesa era hermosa como una muñeca, la emperatriz era una madre amorosa y Su Majestad, un soberano sabio. Leonor permaneció en silencio, probó apenas algunos bocados y no saboreó ninguno.

Después de varias rondas de vino, Isabela dijo de pronto:

—Ahora que lo pienso, Leonor es la madre biológica de la princesa y todavía no la ha sostenido en brazos, ¿verdad?

El salón quedó en silencio. Leonor levantó la vista y se encontró con la sonrisa de Isabela.

—Hoy cumple su primer mes. Ya es hora de que la cargues un momento.

Isabela se levantó con la niña y caminó hacia ella. Todas las invitadas volvieron la cabeza. Leonor se puso de pie y extendió los brazos.

Leonor apenas alcanzó a sentir el calor de la niña entre sus brazos cuando esta rompió en un llanto agudo. Isabela la recuperó de inmediato y empezó a mecerla.

—Ya, ya. No llores. Estoy aquí contigo.

De manera extraña, el llanto disminuyó apenas volvió a los brazos de Isabela. En el salón surgieron murmullos.

—Quien le cría termina teniendo un lugar más importante que quien le dio la vida.

—La consorte es muy joven. Ni siquiera sabe cargar a una niña.

Cada comentario se clavó como una aguja en el corazón de Leonor. Permaneció de pie con los brazos aún en la misma postura, pero vacíos.

—No te ofendas —dijo Isabela mientras calmaba a la bebé—. La princesa desconfía de los extraños.

—Fui torpe y la asusté —respondió Leonor, bajando la mirada—. Le agradezco todo el esfuerzo que dedica a criarla.

Después se volvió hacia Alejandro.

—Majestad, no me siento bien. Quisiera retirarme.

Él contempló su rostro pálido y vaciló.

—Puedes irte. Descansa.

—Gracias.

Leonor hizo una reverencia y salió. Sentía las miradas a su espalda: algunas compasivas, otras burlonas y otras llenas de satisfacción por su desgracia.

Ya había oscurecido cuando abandonó el Palacio de la Corona. Clara la sostuvo del brazo.

—Mi señora, volvamos.

—Sí.

Después de unos pasos, Leonor se detuvo y miró hacia atrás. Las ventanas del salón brillaban y dejaban escapar risas. Vio a Alejandro acercarse a Isabela y agacharse para mirar a la niña; Isabela alzó el rostro y le sonrió, mientras Gabriel se aferraba a una de sus piernas.

Parecían una verdadera familia. Pero aquella felicidad pertenecía a otros. No tenía nada que ver con ella.

Leonor volvió la cabeza y siguió caminando.

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