LOGINLas puertas dobles de la unidad de cuidados intensivos se abrieron con un sonido neumático, rompiendo la tensión del pasillo. El médico a cargo, con la bata blanca arrugada por las largas horas de guardia y el rostro fatigado, caminó directamente hacia donde se encontraban Alejandro y Ana Victoria. Al verlo acercarse, Alejandro dejó caer el vaso de café sobre el bote de basura cercano y dio un paso al frente con el corazón en la garganta. Ana Victoria se puso de pie de inmediato, apretando las manos a la altura del pecho. —Doctor... ¿cómo está mi hijo? —preguntó Alejandro, con la voz quebrada y la súplica marcada en los ojos. El médico se detuvo frente a ellos y se retiró el tapabocas, dejando ver una expresión severa pero moderadamente aliviada. —Señor Del Castillo, hemos terminado la última revisión de la madrugada —empezó a explicar el especialista, mirando alternativamente a ambos—. La hemorragia interna está completamente controlada. Los signos vitales de Diego se han est
Victoria le sirvió a Fernando su vaso de agua y le entregó las pastillas, asegurándose de que las tomara a tiempo antes de ofrecerle un té caliente. Tan pronto como él se recostó en el sofá para descansar y la atención se alejó de ella, Victoria caminó a pasos silenciosos hacia el estudio del fondo de la casa. Cerró la puerta de madera a sus espaldas y se apoyó contra el escritorio, soltando el aire que llevaba atorado en los pulmones. Negó con la cabeza una y otra vez, incapaz de salir de su asombro. —De tantos muchachos en el mundo... tenía que ser el hijo de Alejandro —murmuró para sí misma en un susurro incrédulo. No había un solo rastro de afecto en su pensamiento, sino una absoluta perplejidad. Le parecía un chiste pesado del destino que el muchacho del que Ana Victoria estaba enamorada fuera la sangre de aquel hombre con el que su familia había tenido tantos roces e historia en el pasado. Se pasó la mano por la frente, respirando profundo para asimilar la ironía de la situac
El sol comenzaba a despuntar entre los rascacielos de Nueva York, pero dentro del hospital la luz tenue mantenía la misma atmósfera helada. Ana Victoria continuaba sentada junto a la cama de Diego, sosteniéndole la mano con delicadeza mientras miraba el subir y bajar constante de su pecho. Su teléfono celular vibró sobre la mesa de noche, rompiendo el silencio del cuarto. Al ver la pantalla, apretó los labios. Era su madre, Victoria. Para no hacer ruido dentro de la habitación de cuidados intensivos, Ana Victoria soltó la mano de Diego con lentitud, caminó hacia la puerta y salió al pasillo despejado antes de contestar. —¿Mamá? —dijo en un hilo de voz cansada. —¡Ana Victoria! Por fin me respondes, hijita —exclamó Victoria al otro lado de la línea, con un tono lleno de alivio y angustia contenida—. Llevo horas intentando comunicarme contigo. Vi la hora en Nueva York y sé que allá ya es de mañana, pero te estuve llamando anoche y nada. Tuve un mal presentimiento todo el tiempo,
Marcos permaneció inmóvil en el umbral de las escaleras de emergencia, con la espalda pegada a la pared fría y el pulso retumbándole en los oídos. Pasaron varios minutos agonizingly lentos hasta que la puerta de la habitación se abrió. Ana Victoria salió con paso cansado, limpiándose los ojos, y caminó hacia el fondo del pasillo para buscar un vaso con agua en la sala de estar. El corredor quedó completamente desierto. Era la única oportunidad que tendría. Sin pensarlo dos veces, Marcos salió del hueco de la escalera y avanzó a pasos veloces pero silenciosos por el piso brillante. Cada metro que recorría le exigía un esfuerzo sobrehumano para no romper a llorar ahí mismo. Al llegar a la habitación de Diego, se pegó al muro para no ser visto desde los ángulos del pasillo y se asomó al amplio ventanal de cristal que daba al interior de la recámara. La escena que vio al otro lado del vidrio le atravesó el alma como una daga incandescente. Diego yacía inmóvil sobre la cama de ho
El frío de la madrugada se filtraba por las rendijas de las paredes desconchadas, pero en la penumbra de la habitación Marcos no sentía más que un ardor sofocante en el pecho. Caminaba de un lado a otro, dando pasos torpes y desesperados que hacían crujir los pedazos de madera y vidrio roto que él mismo había esparcido horas atrás por el piso. Se llevaba las manos a la cabeza, tirándose del cabello con rabia, incapaz de sacarse de la mente la imagen del disparo. El estruendo seguía retumbando en sus oídos. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver a Diego cayendo al suelo, el impacto de la bala en su pecho y el charco de sangre extendiéndose sobre el concreto del estacionamiento. —¡Yo no quería! ¡Yo no quería, carajo! —grito en un susurro ronco, ahogando un sollozo seco mientras se apoyaba contra la pared húmeda. La locura que lo había arrastrado al estacionamiento para destruir a Alejandro se había transformado en un remordimiento feroz. No le importaba Alejandro, no le impor
Pasaron casi tres horas que se sintieron como años. La luz tenue de la sala de espera y el zumbido constante de los monitores a lo lejos mantenían el ambiente en una tensión insoportable. Ana Victoria no había soltado la mano de Alejandro en ningún momento; ambos permanecían sentados en la banca de plástico, inmóviles, con los ojos fijos en la entrada del corredor quirúrgico. De pronto, el sonido metálico de las puertas dobles abriéndose rompió el silencio de la sala. El cirujano salió al pasillo, y la mirada seria en su rostro hizo que a Alejandro y a Ana Victoria se les detuviera el corazón de golpe. Ambos se pusieron de pie como impulsados por un resorte, dando varios pasos apresurados hacia él. —¿Doctor? —preguntó Alejandro con la voz completamente ahogada, apretando las manos en puños—. ¿Cómo está mi hijo? ¿Cómo está Diego? El médico se detuvo frente a ellos y suspiró hondo, mirando el rostro desencajado del padre y las lágrimas silenciosas que rodaban por las mejillas de







