MasukAlejandro continuaba petrificado junto a su escritorio, sujetando el teléfono con los nudillos blancos por la presión, cuando la puerta de la oficina se abrió sin previo aviso. Diego entró a paso firme. Al ver el rostro pálido de su padre y la forma agitada en que respiraba, se detuvo un segundo antes de avanzar hasta quedar frente a él. —¿Qué te pasa, papá? —preguntó Diego, fijando la mirada en sus ojos—. Estás blanco. ¿Quién te acaba de llamar? Alejandro guardó torpemente el teléfono en el bolsillo de su saco y trató de recomponer la postura, bajando las manos para disimular el temblor. —Nadie importante, Diego —respondió con la voz ligeramente rasposa—. Asuntos del trabajo, nada de qué preocuparse. —No me mientas —sentenció Diego sin bajar el tono—. Llego y te encuentro helado, con la mano temblando. Es la misma mujer de ayer, ¿verdad? Te volvió a buscar. Alejandro apretó los labios, acorralado por la mirada perspicaz de su hijo. —Diego, te pedí que no te involucraras en es
Por la tarde, antes de la cita, Diego llamó a Ana Victoria por celular. Estaba inquieto mientras caminaba de un lado a otro en su departamento. —Ana Victoria, antes de vernos necesito contarte algo raro que pasó hoy —dijo Diego al teléfono. —¿Qué pasó, Diego? Suenas preocupado. —Fui a la oficina de mi papá y había una mujer hecha un desastre. Mi papá la estaba sacando a la fuerza con la seguridad. Me dijo que era una loca inestable que se había metido, pero no le creí. La mujer me miró fijo y le dijo a mi papá: "¿No le vas a decir quién soy?". Siento que me oculta algo. —Diego, no te desclaves la cabeza ahora —respondió ella—. Si tu papá no te dijo nada, habla bien con él mañana. No dejes que eso te arruine la noche. —Tienes razón. Nos vemos al rato. Cuando llegó la noche, Diego la citó en la azotea del restaurante, un lugar reservado solo para ellos, decorado con decenas de flores frescas y una vista impresionante de la ciudad iluminada. Ana Victoria quedó maravillada al
Alejandro sintió cómo la sangre se le helaba en las venas, pero la indignación le ganó al temor. Dio dos pasos al frente, acortando la distancia con Andrea, y la miró con absoluto desprecio. —No te voy a dar ni un solo centavo, Andrea —sentenció Alejandro con voz baja y tajante—. Eres una descarada. Después de abandonar a Diego cuando era un niño, ¿tienes el cinismo de aparecerte a chantajearme con su vida? ¡Lárgate de mi oficina antes de que haga que la seguridad te saque a la fuerza! Andrea soltó una carcajada destemplada que reflejó lo acorralada que estaba. —Hazlo, llama a la seguridad si quieres —respondió ella con la mirada fija y llena de rabia—. Pero ten por seguro que de aquí me voy directo a buscar a Diego. No me voy a ir de esta ciudad con las manos vacías, Alejandro. —¡Dije que te largues! —exigió él, tomándola del brazo para empujarla firmemente hacia la salida del despacho. En ese preciso instante, la puerta se abrió de golpe. —Papá, vine a buscar los docum
Fernando bajó la mirada, derrotado por las palabras de su hijo menor. El silencio se prolongó durante unos segundos eternos en los que apretó los puños, masticando el orgullo que durante años lo había dominado. Cuando finalmente volvió a levantar la cabeza, sus ojos se fijaron en Ana Victoria. —Solo espero que ese chico no te haga sufrir —dijo Fernando con la voz quebrada y la guardia baja—. Es lo único que me importa, hija. Sin agregar una palabra más, se acercó a ella y la envolvió en un abrazo apretado. Ana Victoria cerró los ojos, sintiendo cómo la tensión acumulada durante días se disolvía en los brazos de su padre. Al separarse, Fernando tomó de los hombros a Fernandito, dándole una leve palmadita de orgullo en la espalda, y caminó hacia la salida. Victoria le dedicó una última mirada cálida a su hija antes de seguir a su esposo junto al menor de la familia rumbo al aeropuerto. Ana Victoria se quedó parada en el pasillo, con una sonrisa que no cabía en su rostro y lágrim
En la cafetería de la clínica, Alejandro y Lorena se sentaron a una mesa pequeña con dos tazas de café sobre la mesa. Lorena lo miró en silencio unos segundos antes de hablar. —Alejandro, la tensión entre Victoria y tú se nota a kilómetros —dijo ella con calma—. ¿Qué fue lo que pasó entre ustedes? Alejandro exhaló despacio y apoyó los codos en la mesa. —Victoria y yo estuvimos casados durante tres años, Lorena —confesó Alejandro en tono bajo—. Fueron años complicados. Yo estaba cegado por el recuerdo de Andrea, la mamá de Diego. Fui ciego y torpe, no supe valorar a la gran mujer que tenía a mi lado y la rechazaba. Incluso llegué al punto de llevar a Andrea a vivir con nosotros. Victoria aguantó hasta que no pudo más y me pidió el divorcio. Fue sólo cuando la vi marcharse que me di cuenta de que realmente la amaba, pero ya era demasiado tarde. Ella rehízo su vida con Fernando, y él siempre me odió por la infelicidad que le causé a Victoria. Lorena lo escuchó con atención, asimilan
Dentro de la habitación de la UCI, los monitores comenzaron a emitir un pitido constante y suave. Fernando abrió los ojos despacio, desorientado por la luz. Al enfocar la mirada y ver a Victoria a su lado, la buscó con la voz débil. —Victoria... ¿dónde está Ana Victoria? —alcanzó a decir con un hilo de voz. —Está afuera, mi amor... preocupada por ti —respondió Victoria con voz suave pero firme, apretándole la mano—. Fernando, ¿por qué viajaste solo estando así de enfermo? Casi no la cuentas. Fernando negó levemente con la cabeza, respirando con dificultad. —No quiero al hijo de Alejandro cerca de mi hija. Ese hombre te hizo mucho daño en el pasado y no quiero que mi hija sufra lo mismo que tú. La amo demasiado para eso. —Mi amor, lo que pasó entre Alejandro y yo, como tú lo acabas de decir, es el pasado —le dijo Victoria con paciencia y ternura—. Eso no quiere decir que ese muchacho va a ser igual que su padre. Son circunstancias muy diferentes. —No, Victoria. No voy a p







