LOGINAlejandro se quedó solo en la penumbra de la sala, escuchando los pasos distantes de Diego cerrando la puerta de su habitación. La impotencia lo devoraba por dentro. Atrapado entre la terquedad de su hijo por casarse y la extorsión impasible de Andrea, sintió que el suelo se le hundía bajo los pies. Sin saber qué más hacer ni a quién recurrir, tomó las llaves del auto y salió de la casa antes de perder por completo el control. A la mañana siguiente, Alejandro citó a Andrea en una cafetería apartada en las afueras de la ciudad. El lugar estaba semiestéril, apenas ocupado por un par de desconocidos. Cuando Andrea se sentó frente a él, lucía una sonrisa socarrona, segura de que tenía el sartén por el mango. —Sabía que terminarías buscándome, Alejandro —dijo ella, apoyando los codos sobre la mesa sin disimular su cinismo—. ¿Trajiste el dinero? Alejandro sacó un sobre de papel manila del interior de su saco y lo deslizó sobre la mesa, manteniéndolo bajo su mano. —Aquí hay una parte
Diego salió del edificio del corporativo y, mientras caminaba hacia su auto, marcó el número de Ana Victoria. Ella contestó al primer timbre con voz dulce. —Hola, mi amor, ¿cómo estás? —saludó Ana Victoria con alegría. —Hola, mi vida —respondió Diego, subiendo a su vehículo—. Hablé con mi papá sobre la mujer de ayer. Me explicó que es una ex-empleada de la empresa. Según él, la despidieron hace años por fraude, estuvo en la cárcel y ahora volvió para exigir dinero amenazando con inventar chismes a la prensa. Ana Victoria escuchó con atención al otro lado de la línea. —Bueno... suena lógico. Al menos ya sabes quién es. —Eso dice él —suspiró Diego, apoyando los brazos en el volante—, pero la verdad hay algo que no me hace cuadrar las cosas. Hay algo en la forma en que ella me miró y en el nerviosismo de mi papá que simplemente no me deja creerle del todo. Siento que me está ocultando algo más. —Si tienes dudas, no te quedes con eso, pero tampoco te angusties antes de tiempo,
Alejandro continuaba petrificado junto a su escritorio, sujetando el teléfono con los nudillos blancos por la presión, cuando la puerta de la oficina se abrió sin previo aviso. Diego entró a paso firme. Al ver el rostro pálido de su padre y la forma agitada en que respiraba, se detuvo un segundo antes de avanzar hasta quedar frente a él. —¿Qué te pasa, papá? —preguntó Diego, fijando la mirada en sus ojos—. Estás blanco. ¿Quién te acaba de llamar? Alejandro guardó torpemente el teléfono en el bolsillo de su saco y trató de recomponer la postura, bajando las manos para disimular el temblor. —Nadie importante, Diego —respondió con la voz ligeramente rasposa—. Asuntos del trabajo, nada de qué preocuparse. —No me mientas —sentenció Diego sin bajar el tono—. Llego y te encuentro helado, con la mano temblando. Es la misma mujer de ayer, ¿verdad? Te volvió a buscar. Alejandro apretó los labios, acorralado por la mirada perspicaz de su hijo. —Diego, te pedí que no te involucraras en es
Por la tarde, antes de la cita, Diego llamó a Ana Victoria por celular. Estaba inquieto mientras caminaba de un lado a otro en su departamento. —Ana Victoria, antes de vernos necesito contarte algo raro que pasó hoy —dijo Diego al teléfono. —¿Qué pasó, Diego? Suenas preocupado. —Fui a la oficina de mi papá y había una mujer hecha un desastre. Mi papá la estaba sacando a la fuerza con la seguridad. Me dijo que era una loca inestable que se había metido, pero no le creí. La mujer me miró fijo y le dijo a mi papá: "¿No le vas a decir quién soy?". Siento que me oculta algo. —Diego, no te desclaves la cabeza ahora —respondió ella—. Si tu papá no te dijo nada, habla bien con él mañana. No dejes que eso te arruine la noche. —Tienes razón. Nos vemos al rato. Cuando llegó la noche, Diego la citó en la azotea del restaurante, un lugar reservado solo para ellos, decorado con decenas de flores frescas y una vista impresionante de la ciudad iluminada. Ana Victoria quedó maravillada al
Alejandro sintió cómo la sangre se le helaba en las venas, pero la indignación le ganó al temor. Dio dos pasos al frente, acortando la distancia con Andrea, y la miró con absoluto desprecio. —No te voy a dar ni un solo centavo, Andrea —sentenció Alejandro con voz baja y tajante—. Eres una descarada. Después de abandonar a Diego cuando era un niño, ¿tienes el cinismo de aparecerte a chantajearme con su vida? ¡Lárgate de mi oficina antes de que haga que la seguridad te saque a la fuerza! Andrea soltó una carcajada destemplada que reflejó lo acorralada que estaba. —Hazlo, llama a la seguridad si quieres —respondió ella con la mirada fija y llena de rabia—. Pero ten por seguro que de aquí me voy directo a buscar a Diego. No me voy a ir de esta ciudad con las manos vacías, Alejandro. —¡Dije que te largues! —exigió él, tomándola del brazo para empujarla firmemente hacia la salida del despacho. En ese preciso instante, la puerta se abrió de golpe. —Papá, vine a buscar los docum
Fernando bajó la mirada, derrotado por las palabras de su hijo menor. El silencio se prolongó durante unos segundos eternos en los que apretó los puños, masticando el orgullo que durante años lo había dominado. Cuando finalmente volvió a levantar la cabeza, sus ojos se fijaron en Ana Victoria. —Solo espero que ese chico no te haga sufrir —dijo Fernando con la voz quebrada y la guardia baja—. Es lo único que me importa, hija. Sin agregar una palabra más, se acercó a ella y la envolvió en un abrazo apretado. Ana Victoria cerró los ojos, sintiendo cómo la tensión acumulada durante días se disolvía en los brazos de su padre. Al separarse, Fernando tomó de los hombros a Fernandito, dándole una leve palmadita de orgullo en la espalda, y caminó hacia la salida. Victoria le dedicó una última mirada cálida a su hija antes de seguir a su esposo junto al menor de la familia rumbo al aeropuerto. Ana Victoria se quedó parada en el pasillo, con una sonrisa que no cabía en su rostro y lágrim







