LOGINEl grito de Diego retumbó con fuerza contra las paredes de la amplia habitación, cargado de una rabia ciega y de una profunda vergüenza al verse vencido en el suelo. Sin embargo, en lugar de retroceder asustada o de obedecer su orden de marcharse, Ana Victoria avanzó con paso firme hacia él. Ignoró por completo los insultos y los manotazos al aire con los que el joven intentaba mantenerla alejada. Se arrodilló de inmediato a su lado sobre la alfombra, sintiendo que el corazón se le partía al ver los ojos de Diego anegados en lágrimas de pura frustración. —Cállate, Diego, por favor... no digas estupideces —le suplicó Ana Victoria con la voz temblorosa pero firme, pasando los brazos alrededor de su espalda y de sus hombros para ayudarlo a incorporarse—. No vine aquí a dar lástima ni a jugar a la enfermera. Vine porque te amo y porque no te voy a dejar solo tirado en el piso ni en ninguna otra parte. Diego intentó resistirse por pura cabezonería, apretando los dientes y tratando de
La mañana siguiente trajo consigo un cielo gris y pesado que parecía derramar una llovizna constante sobre las calles de la ciudad. En el pequeño apartamento de Ana Victoria, el ambiente se sentía recogido y silencioso. El olor a café recién pasado llenaba la cocina mientras la joven caminaba de un lado a otro con los brazos cruzados, mirando de vez en cuando hacia la ventana. Su madre, Victoria, la observaba desde la mesa del comedor con una mezcla de profunda compasión y firmeza maternal. Conocía de sobra la terquedad de los hombres de la familia Del Castillo y sabía el orgullo herido que ahora mismo cegaba a Diego tras el accidente. —Hija, tienes que calmarte y pensar las cosas con la cabeza fría —le dijo Victoria en un tono suave pero firme, levantándose para ponerle una mano en el hombro—. Sé cuánto lo amas y sé que te duele en el alma la manera en que te trató en el hospital, pero tienes que entender cómo funciona su mente ahora mismo. Diego acaba de perder la movilidad, se si
El grito de Diego seguía resonando en las paredes de la habitación como un eco frío y punzante. Ana Victoria se quedó inmóvil junto a la puerta, con la bolsa de fruta y flores temblando ligeramente en sus manos. Las lágrimas, que había estado conteniendo con tanta fuerza durante los últimos días, finalmente rompieron la barrera y comenzaron a deslizarse por sus mejillas en completo silencio. La herida que Diego le había abierto en el pecho era profunda, no por lo grosero de sus palabras, sino por la crueldad con la que intentaba alejarla, empujándola hacia un abismo que ella jamás había pedido cruzar. Alejandro sintió que la sangre le hervía de pura impotencia y coraje. No iba a permitir que su hijo tratara a Ana Victoria de esa manera tan cruel, escudándose en su propia desgracia para pisotear a quienes darían la vida por él. Dio dos zancadas largas hasta quedar frente a la silla de ruedas, con los ojos oscurecidos por el enojo. —¡Ya basta, Diego! ¡Basta de esta estupidez! —le rec
La lluvia fina se había vuelto un aguacero muy fuerte que golpeaba las calles de Nueva York sin compasión. El agua convertía la calle en un lodazal donde era fácil resbalar. Marcos corría como podía, con el pecho ardiéndole por el aire frío y las piernas temblando de puro cansancio. Sabía que la policía venía detrás de él, y cada sombra en los callejones oscuros le parecía un agente con el arma lista para disparar. Con la ropa completamente mojada y tiritando de frío, logró meterse entre unos botes de basura y saltar una cerca de metal que lo sacó de la zona de fábricas hacia una parte vieja de la ciudad llena de edificios abandonados y bodegas vacías. En ese lugar, en los sótanos oscuros y sucios de un viejo edificio que iban a demoler dentro de poco, vivía un viejo conocido de la calle al que todos llamaban el "Trompo". El tipo se ganaba la vida buscando cosas en la basura y cuidando autos por la zona del puerto. Marcos llegó a la puerta de madera podrida de un pequeño cuarto ba
La primera sesión de terapia física comenzó en cuanto el sol de la mañana se asentó por completo sobre las baldosas blancas del hospital. El fisioterapeuta, un especialista de movimientos seguros llamado Esteban, colocó los instrumentos sobre una mesa auxiliar antes de acercarse a la camilla con una sonrisa profesional pero empática. Sabía perfectamente que los primeros días con pacientes de lesiones medulares severas no solo requerían fuerza física, sino un manejo psicológico sumamente delicado para evitar que cayeran de nuevo en el abismo de la frustración. —Muy bien, Diego. Hoy vamos a ir paso a paso, sin presiones pero sin detenernos —explicó Esteban, ajustándose los guantes de látex con calma—. Lo primero que haremos es evaluar la tonicidad muscular de la parte superior del torso y comenzar con ejercicios de transferencia asistida hacia la silla de ruedas. Sé que la idea de sentarte ahí por primera vez da vértigo, pero es el inicio de tu independencia. Alejandro, que perman
El eco del grito de Diego aún parecía rebotar en las paredes blancas de la habitación del hospital, un recordatorio sordo y constante de la tragedia que acababa de fracturar sus vidas para siempre. Afuera, en el pasillo, el ambiente se sentía pesado, cargado con una tensión insostenible que comprimía el pecho de cualquiera que se cruzara por ahí. Alejandro caminaba de un lado a otro con pasos lentos y arrastrados, con las manos aferradas a su cabeza como si intentara contener los pensamientos oscuros que amenazaban con desbordarlo. Cada respiración le sabía a culpa. Sabía la verdad, sabía que había sido su propia expareja, la madre de su hijo, quien estaba detrás de aquel fatídico atropello, y cargar con ese secreto mientras veía a Diego destruido por dentro era una tortura sicológica que lo estaba carcomiendo segundo a segundo. Victoria se acercó a él con paso firme pero silencioso. Al ver el rostro desencajado de Alejandro, una profunda empatía se mezcló con la impotencia que la







