MasukAlma está a punto de divorciarse del hombre que nunca la amó cuando una inesperada propuesta cambia su destino. Damian, el poderoso tío de su futuro exesposo, le ofrece un matrimonio por conveniencia: ella lo ayudará a vengarse y él la protegerá de quienes intentan destruirla. Pero lo que Alma considera una simple transacción pronto se convierte en algo mucho más peligroso. Porque Damian no piensa tratarla como una esposa de mentira. Él la desea, la protege y está dispuesto a enfrentarse a su propia familia por ella. Y mientras Alma intenta descubrir qué se esconde detrás de su inesperada ternura, tendrá que preguntarse... ¿Hasta dónde llegará un hombre que juró convertirla en su esposa?
Lihat lebih banyakAlma Sinclair, revisó por última vez la decoración del jardín antes de dar un paso atrás. Los globos azules y plateados flotaban sobre las mesas, una enorme mesa de postres ocupaba el centro del lugar y, junto al pastel, un cartel con letras doradas anunciaba: "Feliz cumpleaños, Santiago".
Había pasado dos semanas organizándolo todo. Cada detalle, desde los dulces hasta los recuerdos para los invitados, había sido elegido por ella. Quería que el cumpleaños del pequeño fuera perfecto.
Se agachó frente al niño, que ya vestía un elegante conjunto azul marino.
—Qué guapo está mi campeón.
Santiago apenas levantó la vista del juguete que sostenía entre las manos.
Alma sonrió con paciencia mientras terminaba de subir la cremallera de su chaqueta.
—Recuerda no comer demasiado helado. Luego te dolerá el estómago y no podrás jugar con tus amigos.
El niño hizo una mueca de fastidio.
—Siempre dices lo mismo.
Alma intentó arreglar la cremallera de su chaqueta y le sonrió con ternura.
—Porque siempre quieres comer más de la cuenta.
—¡Eres muy mandona! Mi mamá nunca me prohíbe nada. —Santiago protestó apartándole las manos de su ropa.
Las palabras le atravesaron el pecho.
Durante cinco años había sido ella quien lo despertaba para ir al colegio, quien lo llevaba al médico cuando enfermaba, quien se quedaba despierta durante las noches de fiebre y quien celebraba cada uno de sus pequeños logros. Sin embargo, bastó una sola frase para recordarle que, por mucho amor que le hubiera dado, nunca ocuparía el lugar de la mujer que le había dado la vida.
Antes de que pudiera responder, el sonido de varios vehículos deteniéndose frente a la residencia llamó la atención de todos.
La puerta principal se abrió. Esteban entró primero.
Vestía un impecable traje oscuro y llevaba una expresión que Alma no veía desde hacía mucho tiempo. Se veía emocionado, feliz.
A su lado caminaba una mujer alta, elegante y de una belleza imposible de ignorar. Su vestido blanco resaltaba bajo la luz del mediodía, mientras una enorme sonrisa iluminaba su rostro.
Elena había regresado. La madre biológica de Santiago, la hermana adoptiva de Esteban y la joya de la familia.
Los ojos de Santiago brillaron de inmediato.
—¡Mamá! — Sin pensarlo dos veces, se soltó bruscamente de Alma.
La cremallera aún no estaba completamente cerrada y el movimiento hizo que el metal le rasgara el dorso de la mano. Alma apenas frunció el ceño por el dolor.
Una fina línea roja apareció al instante. Y sus mejillas también se tiñeron de rojo, sobre todo al ver el pequeño corriendo emocionado.
Santiago ya corría hacia Elena Sinclair con los brazos abiertos.
Ella se inclinó para recibirlo entre risas.
—Mi bebé... cuánto has crecido.
El niño la abrazó con fuerza.
—¡Te extrañé muchísimo!
Esteban Sinclair también sonrió. Con total naturalidad rodeó la cintura de Elena mientras observaba al pequeño.
—¿Y si te hubieras caído? No puedes correr así.
Su voz era tan suave que Alma tardó varios segundos en comprender que no estaba dirigida a ella. Ni siquiera había notado que tenía la mano sangrando.
Alma escondió discretamente la herida detrás de su vestido. No valía la pena llamar su atención.
Sin embargo, en ese momento los murmullos cesaron.
Todas las miradas se dirigieron hacia la entrada.
Un hombre alto acababa de cruzar la puerta.
Su traje negro entallado sobre su fornido cuerpo, la serenidad de sus pasos y la autoridad que irradiaba bastaban para hacer que el salón entero guardara silencio.
Era Damian Sinclair.
Alma sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Instintivamente dio un paso hacia atrás hasta quedar junto a una de las columnas del salón. Queriendo esconderse de aquella mirada de fuego, que sin discusión, no solamente la atravesaba a ella, sino a todo aquel que se retara a verlo.
No esperaba que llegara. En realidad, nadie lo esperaba.
Esteban fue el primero en reaccionar.
—Tío.
Incluso Elena abandonó la sonrisa relajada para saludarlo con evidente respeto.
—Tío Damian.
Ambos intercambiaron una rápida mirada de sorpresa. Damian jamás asistía a reuniones familiares.
Mucho menos a una celebración organizada por Esteban. Los invitados comenzaron a acercarse de inmediato, intentando aprovechar la oportunidad para entablar conversación con el verdadero líder de la familia.
Sin embargo, Damian levantó ligeramente una mano.
—Solo vine a entregar el regalo de Santiago. No pienso quedarme mucho tiempo.
Su tono era tranquilo, pero suficiente para detener cualquier intento de conversación.
El ambiente volvió a relajarse poco a poco. Uno de los invitados, ansioso por agradarle a la familia Sinclair, dirigió la conversación hacia Elena y Alma.
—Señorita Elena, vi su desfile en la Semana Internacional de la Moda. Fue extraordinario. Dicen que ya es una de las modelos asiáticas más importantes del momento.
Ella sonrió con modestia.
—Solo intento hacer bien mi trabajo, pero gracias por el comentario, me hace pensar que lo estoy haciendo bien.
—Precisamente por eso pensé en algo. Alma también trabaja con fotografía. ¿Por qué no colaboran algún día?
El silencio que siguió duró apenas un segundo.
Esteban soltó una leve risa.
—¿Alma? ¿hablas de Alma? —señaló con desprecio a la pobre mujer que aun estaba detrás de la viga. —Elena trabaja con fotógrafos de talla internacional. La fotografía de Alma siempre ha sido un simple pasatiempo para entretenerse en casa. No tiene sentido compararlas.
Las palabras cayeron como una bofetada.
Pero él todavía no había terminado.
—Además, alguien tiene que cuidar de Santiago. Mi madre ya está mayor y no puede hacerse cargo de todo. Alma está mucho mejor ocupándose de la casa.
Los comentarios de Esteban dejaron el ambiente sumido en un incómodo silencio. Algunos invitados intercambiaron miradas discretas, incapaces de ocultar la sorpresa. Nadie esperaba que desestimara a su propia esposa de una forma tan fría delante de todos, y mucho menos que alabara a otra mujer mientras la rebajaba sin el menor reparo.
Alma permaneció inmóvil. Ni siquiera intentó defenderse. Después de tantos años de matrimonio, comprendió que eso era todo lo que Esteban veía cuando la miraba: una mujer útil para mantener la casa en orden, cocinar, cuidar de Santiago y aliviar la carga de su madre. Nada más. Nunca la vio como la fotógrafa que había sido, ni como la mujer que había renunciado a su propia vida para construir un hogar junto a él.
Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios. Resultaba irónico recordar que, años atrás, las revistas de fotografía más prestigiosas del país la habían señalado como una de las jóvenes con mayor proyección. Había recorrido ciudades enteras persiguiendo la luz perfecta, retratando los recuerdos de las guerras y algunos rostros refugiados. Sin embargo, abandonó cada uno de esos sueños porque creyó que formar una familia junto al hombre que amaba era un proyecto mucho más valioso. Estaba convencida de que el amor era suficiente para sostener cualquier sacrificio. Qué equivocada había estado.
Sin pronunciar una sola palabra, dio media vuelta y caminó hacia la cocina. ¡Necesitaba respirar! Pero, justo antes de cruzar el umbral, sintió unos ojos fijos sobre ella.
Alzó lentamente la cabeza y se encontró con Damian.
Él seguía de pie donde estaba, observándola en silencio. No había compasión ni burla en su mirada; tampoco satisfacción al verla enfrentarse a las consecuencias de sus decisiones. Solo había una serenidad tan profunda que terminó por abrir una herida que Alma llevaba años intentando mantener cerrada.
De pronto, el bullicio de la fiesta desapareció.
En su memoria apareció de repente el accidente de aquella noche, y como eso había cambiado su vida por completo. Después llegó aquella conversación que jamás había logrado olvidar.
—Si insistes en casarte con Esteban... nunca serás feliz.
En aquel entonces interpretó esas palabras como el desprecio de un hombre poderoso hacia una mujer de origen humilde. Creyó que Damian la juzgaba por utilizar una deuda de gratitud para pedir un matrimonio concertado entre ambas familias. Herida en su orgullo, levantó la barbilla y respondió con una seguridad que hoy le parecía casi dolorosa.
—Haré que Esteban se enamore de mí.
Qué ingenua había sido. Pensó que el tiempo podía conquistar cualquier corazón, sin comprender que nadie puede obligar a otra persona a amar. Los años le enseñaron, de la forma más cruel, que el amor jamás florece donde nunca existió.
Alma desvió la mirada, incapaz de sostener los ojos de Damian un segundo más. La vergüenza le oprimía el pecho. Él había intentado advertirle, pero ella confundió su sinceridad con arrogancia y dedicó toda su juventud a demostrarle que estaba equivocado. Al final, la única equivocada había sido ella.
Poco después, Damian dejó el regalo de Santiago y abandonó la residencia con la misma discreción con la que había llegado. Los invitados comenzaron a despedirse y, uno a uno, fueron dejando la casa hasta que el jardín quedó casi vacío.
Alma organizaba los últimos platos en silencio. Cuando terminó, respiró hondo. Lo único que deseaba era subir a su habitación, cerrar la puerta y olvidarse de aquel día.
—Alma...
La voz de Elena la detuvo antes de que pudiera dar un paso más.
Al girarse, la encontró sonriéndole con absoluta naturalidad, como si nunca hubiera abandonado aquella casa y siguiera formando parte de ella.
—Hace muchos años que no paso una noche aquí —comentó con un tono despreocupado. Luego dirigió una fugaz mirada picara hacia Esteban antes de volver a fijarse en Alma—. Estaba pensando... ¿te importaría dormir hoy en otra habitación?
Alma frunció el ceño, pero Elena continuó hablando sin darle tiempo a responder.
—Quiero aprovechar para recordar los viejos tiempos con Esteban.
Cuando Damián regresó a la mansión Sinclair, supo que algo iba mal antes de cruzar por completo las puertas del vestíbulo. El silencio del servicio, las miradas esquivas y la postura rígida del mayordomo le indicaron que lo estaban esperando. Y no se equivocó.Augusto Sinclair se encontraba junto a la chimenea, impecablemente vestido, con una expresión severa que no admitía discusiones. A su lado estaba Esteban, con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa desafiante que desapareció apenas sus ojos se encontraron con los de su tío.Damián se quitó el abrigo con tranquilidad y se lo entregó a uno de los empleados. No iba a concederles la satisfacción de verlo alterado.—Ahora entiendo por qué llevas toda la tarde llamándome sin descanso, padre. —Se volvió hacia Augusto—. ¿Qué ocurre? ¿Se incendió alguna de tus empresas o simplemente decidiste que necesitabas arruinarme la noche?El patriarca no respondió a la provocación. Se apartó de la chimenea y caminó despacio hacia su hijo
Damián permanecía inmóvil al otro lado de la puerta, con una mano apoyada contra la pared y la otra cerrada en un puño. Había escuchado suficiente para saber que Esteban no pensaba marcharse sin intentar recuperar a Alma, pero lo que más le dolía no era la arrogancia de su sobrino, sino la posibilidad de que aquellas palabras consiguieran herirla cuando apenas comenzaba a recuperarse.Tuvo el impulso de abrir la puerta y poner fin a aquella conversación. Sin embargo, se contuvo. Alma le había pedido que los dejara a solas, y aunque respetar su decisión le exigía un esfuerzo casi insoportable, no estaba dispuesto a convertirse en otro hombre que decidiera por ella.Sus manos temblaron ligeramente.Todavía resonaba en su cabeza la confesión que había alcanzado a escuchar: Alma estaba enamorada de él.Respiró profundamente y cerró los ojos por un instante.Dentro de la habitación, Esteban se inclinó hacia Alma, con una expresión que pretendía transmitir arrepentimiento.—Sé que no merezc
Damián apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Esteban se adelantó y abrió la puerta de la habitación de golpe.—¡Alma!Esteban cruzó el umbral sin esperar autorización y se dirigió directamente hacia la cama. Al verla con la venda alrededor de la cabeza y el rostro todavía pálido, la expresión se le descompuso. Se inclinó sobre ella y le acarició la frente.—Alma, mi amor… ¿qué te pasó? —preguntó, con la voz cargada de una angustia que parecía genuina—. Me dijeron que sufriste un accidente. ¿Cómo pudiste terminar así?Ella se contrajo al sentir sus dedos sobre la piel y apartó la cabeza con una brusquedad que le provocó una punzada de dolor.—No me toques.Esteban se quedó inmóvil.—Alma, por favor…—He dicho que no me toques. —Su voz salió débil por el cansancio, pero firme en su intención—. Ya no soy tu amor. No vuelvas a llamarme así.Damián entró detrás de él y, al ver la mano de Esteban todavía cerca del rostro de su esposa, perdió la poca paciencia que le quedaba. Lo sujetó por
El beso de Alma todavía permanecía en los labios de Damián cuando el teléfono volvió a sonar.Él cerró los ojos un instante, frustrado por aquella interrupción, y se apartó apenas lo necesario para mirar la pantalla. Había varias llamadas perdidas y nuevos mensajes de su equipo de seguridad. No alcanzó a leerlos todos antes de que una notificación captara su atención: la noticia del accidente de su esposa comenzaba a circular en los medios.Su expresión se endureció.—¿Qué ocurre? —preguntó Alma, al notar el cambio en su rostro.Damián bloqueó el teléfono y volvió a acercarse a ella.—Nada de lo que tengas que preocuparte ahora. Necesitas descansar.—No me mientas. Te conozco lo suficiente para saber cuándo algo te molesta.Él le apartó con delicadeza un mechón de cabello de la frente.—Se ha filtrado la noticia del accidente. Parece que algunos periodistas ya saben que estás aquí.Alma soltó un suspiro y cerró los ojos brevemente.—Genial. Justo lo que necesitaba: convertirme en el e






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