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Florecita de Maizal
Florecita de Maizal
Author: Joseph LaGranje

Capítulo 1

Author: Joseph LaGranje
Cada vez que caía la noche, mi deseo sexual se desataba; era como si un mar de serpientes me recorrieran el cuerpo y me provocaran una comezón insoportable que no hacía más que aumentar mi deseo.

Desde que mi esposo murió en un accidente y dejé de recibir sus caricias, me volví cada vez más insaciable; probé todos los objetos gruesos de la casa, uno tras otro.

Ahora estoy en la plenitud de la vida y mis necesidades han llegado a tal extremo que interfieren con mi vida diaria y me mantienen entre el tormento y el placer.

Ese día fui a mi tierra para cortar unos elotes y llevarlos a casa. Apenas entré al maizal, me sentí poseída; la mirada se me nubló y todo mi cuerpo ardió de deseo.

Supe que ese extraño padecimiento había vuelto. Me bajé los pantalones a toda prisa y me puse a restregarme contra el tallo de maíz, pero era demasiado delgado para mí.

Sin embargo, no había nada más a la mano, así que tuve que conformarme con eso.

La comezón que me recorría el cuerpo me convirtió en otra persona y, en lo más intenso del deseo, mi respiración comenzó a escucharse en el maizal.

Moví las caderas sin parar para frotarme. El placer me nubló la mente y sentí que mi florecita por fin encontraba alivio.

El deseo carnal me hizo llorar y me enrojeció los ojos mientras seguía frotándome contra el grueso tallo de maíz. Hacerlo al aire libre me resultaba excitante.

Era como si en todo el mundo no quedara nadie más que yo; me entregué sin control y por fin pude desahogarme ahí.

Me quedé tendida en el maizal, algo agotada, sin saber cuántos tallos de maíz había aplastado. De pronto creí escuchar a un tipo tragar saliva y el sonido de un cierre al bajarse.

Mientras me entregaba al placer, sentí una mirada ardiente fija en mí, pero no fui capaz de contenerme. Al mirar a través del ralo maizal, alcancé a ver unas manos largas y claras moviendo de arriba abajo una cabeza de hongo.

Tragué saliva sin querer; jamás había visto una cabeza de hongo tan enorme, mucho más impresionante que la de mi difunto esposo.

Me quedé mirando como embobada desde el maizal. Si un hongote tan grande me entrara ahí, ¡me volvería loca de placer!

En ese maizal solo estábamos él y yo; ¿habrá visto lo caliente que estuve hace un momento? Con solo pensarlo, volví a humedecerme, lista para que me hiciera suya. Me dio vergüenza, pero también me sentí coqueta; jamás imaginé que a mi edad todavía pudiera provocar una reacción así.

Cuando me puse de pie para verle bien la cara, él se fue a toda prisa. Me frustré; si hubiera podido hacerlo con él, ¡seguro que me habría dejado la florecita molida!

Corté unos cuantos elotes al azar y, al marcharme, bajé la mirada hacia la tierra mojada; no pude evitar sonrojarme.

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