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Capítulo 11

Author: Echo
La pantalla no se apagó. Los siguientes videos eran todavía más impactantes. Isabella no solo había maltratado a Rose; había atormentado a casi todas las jovencitas de escasos recursos en la escuela.

En las imágenes, se veía cómo empujaban a una chica pelirroja por las escaleras, quien se fracturó el brazo al caer. A una joven asiática le marcaron la cara con una pluma. A otra chica negra le quitaron la ropa y la obligaron a arrodillarse en la nieve mientras suplicaba piedad. Cada parte era una prueba contundente de sus crímenes.

Isabella gritó fuera de sí, tratando de correr hacia la consola de control, pero los guardias de seguridad la sujetaron.

—¡Basta! ¡Apaguen eso!

De pronto, un grito de odio surgió entre la multitud.

—¡Fue ella! ¡Ese es el monstruo!

Una mujer de mediana edad, que vestía el uniforme de los meseros, salió de entre los invitados y se lanzó contra Isabella, agarrándola con fuerza del cabello.

—¡Mi hija se mató por tu culpa! ¡Tenía solo dieciséis años!

Entonces, más empleados del lugar se abalanzaron hacia el frente.

—¡Mi hijo está en silla de ruedas por lo que hiciste!

—¡Le arruinaste la vida a mi hermana!

Eran los familiares de las víctimas. Alguien los había informado y se habían infiltrado entre el personal de la boda, esperando justamente este momento. Rodearon a Isabella. Su vestido carísimo terminó desgarrado y su maquillaje impecable se arruinó por los rasguños. Gritaba pidiendo ayuda, pero nadie movió un dedo para defenderla.

Dante se quedó paralizado mientras los videos se repetían en su mente. Recordó la desesperación de Rose en el hospital, cómo luchaba mientras se la llevaban a la fuerza y el miedo que mostraba cada vez que tenía a Isabella enfrente. Rose nunca había mentido. Los verdaderos villanos eran ellos. Él y Marco no habían sido jueces justos; habían sido los cómplices de un monstruo.

Dante habló con un gruñido.

—... Nos usaste.

Isabella, con el cabello hecho un desastre y la cara hinchada, logró zafarse de la gente. Al ver que Dante caminaba hacia ella, un destello de esperanza cruzó por sus ojos.

—¡Ayúdame! ¡Esta gente está loca!

Intentó refugiarse en sus brazos, pero él la empujó con tanta fuerza que ella terminó en el suelo. Dante la miró con los ojos ardiendo de furia.

—¿Crees que te voy a seguir protegiendo? ¿Qué pensabas? ¿Que éramos tus juguetitos para vengarte?

Marco la observaba con un gesto de asco.

—¡No! ¡No fue así! —chilló Isabella—. ¡Rose me puso una trampa!

Dante pateó una silla que estaba cerca, derribándola.

—¡Cierra la boca! Las pruebas están ahí mismo. ¿Hasta cuándo vas a seguir mintiendo?

El sonido de las patrullas se escuchaba cada vez más cerca; alguien había llamado a la policía. Una docena de oficiales entró al salón y tomó el control de la situación rápidamente. Arrestaron a Isabella y, mientras le ponían las esposas, ella seguía gritando maldiciones. Aquella boda espectacular se había convertido en un caos patético y humillante.

En ese momento, los celulares de Dante y Marco vibraron al mismo tiempo. Era un mensaje de Rose. No tenía palabras, solo era una foto: un ultrasonido y un documento del hospital que decía: “Paciente Rose Rivera, 8 semanas de embarazo, interrupción voluntaria del embarazo”.

A Dante le empezó a temblar la mano y el celular estuvo a punto de resbalársele. Marco vio la imagen y se quedó helado. Recordó que Rose había estado vomitando esa noche y la manera en que se apretaba el vientre. Su voz fue apenas un susurro entrecortado.

—Estaba... estaba embarazada...

No cabía duda de que era su hijo. Dante marcó el número de Rose, pero la línea ya no existía. Lo intentó una y otra vez, pero todas las llamadas se cortaban.

Mientras tanto, en el Aeropuerto Internacional O'Hare, Rose estaba sentada en la sala de espera mirando su celular. Sabía que Dante y Marco estarían tratando de comunicarse con ella desesperadamente, carcomidos por el arrepentimiento. Pero ya era muy tarde.

Rose se tocó el vientre con suavidad. El bebé ya no estaba, pero le quedaba un dolor fuerte, un recordatorio constante de todo lo que había tenido que soportar. El anuncio para abordar resonó por toda la terminal. Rose se puso de pie, partió su tarjeta SIM a la mitad y tiró el celular a un bote de basura.

A partir de este día, Rose Rivera sería un fantasma en Chicago. Caminó hacia la puerta de embarque sin mirar atrás, con una silueta decidida que marcaba el final de su historia en esa ciudad.
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