Al día siguiente, después de enterrar a mi abuela, llegué arrastrando los pies a la mansión de Dante, sintiéndome agotada. En cuanto puse la llave en la cerradura, escuché risas que venían del interior.Abrí la puerta. Había tres personas en la sala: Dante, Marco e Isabella.Se les borró la risa en cuanto me vieron. El aire, pesado por el olor a champaña y a perfume caro, hizo que se me revolviera el estómago.—Ya regresaste —Dante se puso de pie, con esa sonrisa amable que alguna vez amé dibujada—. Ven, deja que te presente.Me quedé pasmada junto a la puerta.—Él es mi hermano gemelo, Marco.Mi mirada se dirigió al hombre que ya conocía. La sonrisa salvaje que mostró en el club había desaparecido, reemplazada por una máscara de cortesía y amabilidad.—Hola, mi querida... cuñada —me tendió la mano, viéndose de lo más acogedor.Recordar las cosas que había hecho con él hizo que se me apretara el estómago. Luché contra las náuseas y asentí con rigidez.—Y ella es mi... amiga, Isabella —
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