LOGINAlexander se llevó la mano libre al cabello, peinándose hacia atrás con un gesto de profunda frustración al escuchar aquel nombre que tanto daño había causado en el pasado.—Así que volvió el muy desgraciado... —Murmuró Alexander con evidente fastidio—. Se desaparece durante años y regresa a alterar la paz de esta casa.Carlos dio un paso hacia él, sosteniéndole la mirada con absoluta honestidad.—Solo quiero saber si cuento con su apoyo, señor Blackwood. Con el apoyo de la familia.Alexander miró fijamente al oficial. La dureza en su rostro se suavizó gradualmente al ver la sinceridad con la que el policía hablaba sobre su prima. Dejó el vaso vacío sobre el escritorio y caminó hacia él, colocando una mano firme sobre su hombro.—Julieta es como una hermana para mí, Carlos —expresó Alexander con voz sincera—. Si ella misma te dio el permiso y la apertura para que la cortejes, yo jamás me voy a oponer. Lo único que te pido, como el hombre de esta casa, es que no la hagas sufrir. Juliet
Alianzas en la penumbra y latidos divididosEl despacho de Alexander Blackwood permanecía sumido en una penumbra elegante, apenas fracturada por las luces cálidas de las lámparas de pie que proyectaban sombras largas sobre las paredes tapizadas de madera fina. Al cerrar la doble puerta, el bullicio y la tensión que reinaban en el salón de la mansión parecieron disiparse por completo, dejando un silencio denso y confidencial.Alexander caminó con pasos pausados hacia el mueble bar de caoba. Tomó una licorera de cristal cortado y vertió un chorro generoso de whisky de color ámbar en dos vasos de fondo grueso. Se giró sin prisa y caminó hacia la zona de los sillones, tendiéndole uno de los vasos al oficial de policía.Carlos lo tomó por la base, ofreciendo una breve inclinación de cabeza.—Gracias, señor Blackwood —dijo el oficial, apretando el cristal con firmeza.Alexander caminó hacia su imponente escritorio, apoyó el torso contra el borde de la madera y cruzó las piernas, sosteniend
Tormenta en la mansión y un juramento de fuegoEl imponente vestíbulo de la mansión Blackwood se hallaba sumido en un silencio denso y abrumador, apenas interrumpido por el leve chisporroteo de la chimenea encendida en la sala principal. El ambiente se sentía tenso, cargado de una anticipación sofocante.Alrededor de los elegantes sillones de terciopelo se encontraban reunidos todos los miembros de la familia. Julieta permanecía de pie cerca de la ventana, con los brazos cruzados y el rostro demudado por la preocupación; el oficial Carlos aguardaba erguido a un costado, con una carpeta bajo el brazo y una expresión de evidente incomodidad; mientras que Victoria y Arturo ocupaban el sofá central, sumidos en una penumbra de silencio y desazón. En el centro de la estancia, Elena caminaba de un lado a otro con pasos inquietos, con las manos entrelazadas y la mirada clavada en el suelo.El pesado portal de entrada se abrió de golpe, anunciando la llegada de Alexander. Sus pasos firmes y ap
Alexander contempló la tinta verde sobre la piel y sostuvo la mirada inquisitiva de la mujer.—Entonces debes picar bastante duro para dejar a tus enemigos completamente neutros, ¿oh me equivoco?La Cobra soltó una risita seca, entrecerrando los ojos con apreciación.—Siempre hago bien mi trabajo, guapo. Nunca dejo a un enemigo de pie si me dan la oportunidad.—Me alegra oír eso —dijo Alexander, dando un paso casi imperceptible hacia ella y bajando el tono de voz para que solo ella pudiera escucharlo—. Porque resulta que tengo un trabajo para ti.La mujer alzó una ceja, interesada de inmediato. La postura desafiante dio paso a una actitud analítica y calculadora.—¿Un trabajo? —preguntó La Cobra en un murmullo—. A ver... habla. ¿Qué hay que hacer?Alexander se acercó un poco más, manteniendo una expresión serena que contrastaba drásticamente con la oscuridad de sus palabras.—Se trata de una nueva reclusa que acaba de ingresar. Quiso matarme a mí y destruir a mi familia, y ahora está
El precio de la lealtad y el eco de la venganzaEl silencio en el elegante bufete de abogados resultaba asfixiante, ensordecido únicamente por el leve zumbido del sistema de aire acondicionado y el rítmico repicar del reloj de pared. Tras el amplio escritorio de caoba, el abogado penalista alineaba con parsimonia una carpeta de documentos, evitando sostener la mirada del hombre que permanecía sentado frente a él.Alexander Blackwood mantenía la espalda rígida contra el respaldo de cuero. Las venas de su cuello se marcaban por la tensión reprimida, y sus nudillos permanecían blancos mientras apretaba las manos con tal fuerza sobre los brazos del sillón que el tapiz amenazaba con rasgarse.—Dígame que es mentira... —pronunció Alexander con una voz grave, baja y cargada de una amenaza implícita—. Flor Valentí no pudo haber hecho algo así.El abogado exhaló un suspiro pesado, entrelazó las manos sobre la mesa y negó con la cabeza lentamente, mostrando una genuina contrariedad.—Lo siento
Matías dejó escapar una risita baja y ahogada desde su posición, disfrutando en silencio del colapso del operativo policial.Carlos finalizó la llamada bruscamente, guardó el teléfono y dejó salir un largo suspiro de pura frustración. Con los hombros caídos y una expresión de derrota absoluta, se giró hacia los subordinados que custodiaban al detenido.—Quítenle las esposas —ordenó Carlos con la voz apagada.Los agentes lo miraron atónitos, dudando por un segundo antes de procesar la instrucción.Elena dio un salto de la silla, llevándose las manos a la cabeza mientras la desesperación se apoderaba de su voz.—¿Qué?... ¡¿Cómo que le quiten las esposas?! —gritó Elena, con la voz quebrada por la indignación—. ¡Oficial Carlos, por favor! ¿Qué clase de broma de mal gusto es esta? ¡Es un criminal!El oficial Carlos eludió la mirada de Elena por un segundo, sintiendo el peso de la vergüenza, y volvió a dirigirse a los agentes con firmeza.—Abran el candado... El señor Matías Bermúdez queda







