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Capítulo 4

Penulis: Beatriz Aguilar
Todos pensaban que yo era obediente, sensata y completamente incapaz de alejarme de Killian. Por eso, pudieron regalar mi ceremonia de unión con tanta facilidad, despojarme de mi vestido e incluso entregar por un simple capricho la casa que compartiríamos como compañeros.

A la mañana siguiente, Killian me envió un mensaje de texto: «Zane me dijo que fuiste a la residencia anoche. Daisy solo se quedará por un tiempo. No te pongas celosa por algo tan estúpido».

Unos minutos después, llegó otro: «Tengo la mañana libre. ¿No habíamos quedado en visitar a la loba Brielle después de la ceremonia?».

Brielle fue mi primera mentora en la industria de la moda. Era una de las diseñadoras con mayor experiencia de la comunidad licántropa y una de las pocas reconocidas por los círculos de la moda humana.

Siete años atrás, fue la primera en decirme que no debía pasarme la vida diseñando en secreto para Daisy bajo el pretexto de los supuestos intereses familiares. Me aconsejó poner mi nombre, Freya, en cada una de mis creaciones. En aquel entonces, ella admiraba mucho a Killian; decía que un Alfa dispuesto a esperar abajo de mi taller hasta la medianoche solo para acompañarme a casa jamás podría carecer de amor en su corazón.

Me quedé mirando la pantalla sin responder. Sin embargo, al final terminé cambiándome de ropa y fui sola a su taller. No lo hice porque tuviera alguna esperanza respecto a Killian, sino para darle un cierre digno a estos siete años de devoción ciega.

Cuando me senté frente a ella, ya me tenía preparado un expreso con cruasanes calientes. Junto a la bandeja había un estuche alargado de terciopelo.

—¿Dónde está Killian?

—Quizás atrapado en el tráfico.

Brielle sonrió.

—La primera vez que vino contigo, su aroma era tan feroz como el de un Alfa que acababa de ganar una guerra territorial. Recuerdo haber pensado que estabas loca por atreverte a amar a un lobo como él. —Se acomodó la bufanda de seda—. Pero después, lo vi apoyado en su auto, esperándote bajo la lluvia durante cuatro horas. Cuando al fin bajaste, te envolvió los hombros con su chaqueta y te protegió del agua hasta llegar al vehículo. Ahí me di cuenta de que ese Alfa frío sí tenía un corazón.

Entrecerré los ojos para ocultar mis emociones. Killian no apareció sino hasta una hora más tarde, cuando por fin me llamó. De fondo se oía el caos mezclado con los sollozos aterrorizados de Daisy.

—Freya, ¿estás ahí? —La preocupación en su voz era incontrolable—. Lo siento. Detectamos el rastro de un renegado en la frontera. Daisy se asustó y se encerró en el baño, así que no puedo dejarla sola. Discúlpate con Brielle de mi parte, dile que la próxima vez iremos juntos.

No respondí. Al otro lado de la línea, se escuchó el llanto de mi gemela:

—Killian, tengo mucho miedo...

—Estoy aquí —respondió él con un tono suave, uno que jamás había usado conmigo. Luego, siguió hablándome—: Freya, no hagas un berrinche. ¡Hoy no! Daisy está destrozada; ¡ahora no estoy de humor para tus dramas!

Cortó la llamada. Brielle me miró.

—¿Qué ocurre, cariño?

Apreté la taza de café con fuerza y la lágrima que había estado conteniendo se me escapó.

—Ya no quiero a Killian.

No me preguntó por qué; se limitó a empujar la caja de terciopelo hacia mí. La abrí. En su interior había una cinta métrica de cuero con los bordes desgastados por el tiempo, aunque las marcas aún permanecían claras.

—En mi juventud, la usé para tomar las medidas de la mitad de la nobleza licántropa —dijo—. Pensé en entregártela el día en que te convirtieras en Luna.

Cerré la caja y sonreí.

—Entregármela ahora me parece perfecto.

Tras salir del taller de Brielle, no regresé al territorio de la manada, sino que me dirigí directo a la estación central de trenes. Tres días atrás, un exclusivo taller independiente de alta costura en Ciudad Nova me había enviado un correo electrónico en el que decían que aceptaron mi solicitud para el puesto de diseñadora residente e, incluso, ya me tenían preparado un apartamento privado y un taller. En aquel momento no me decidía a irme, pero ahora ya no tenía razones para dudar.

Mientras esperaba el tren, abrí el chat familiar. Killian acababa de publicar un video de Daisy acurrucada en el sofá de terciopelo de la residencia, envuelta en el chal de cachemira que yo había mandado a confeccionar a medida y sosteniendo una taza de sopa caliente. Killian estaba sentado detrás de ella, acariciándole el cabello con sus manos anchas y usando su poder de Alfa para calmarla.

El mensaje decía: « Espero que la tormenta pase pronto. Ruego para que su loba descanse toda la noche».

Mi madre comentó abajo: «Killian es un Alfa muy responsable. Dejar a Daisy con él nos da tranquilidad».

Mi tía añadió: «Así luce una verdadera familia».

Leí aquellas palabras una a una antes de salir del chat grupal. Eliminé a Killian, bloqueé a mis parientes y corté mi enlace mental con la familia. Por último, le saqué la tarjeta SIM al teléfono y la lancé a la papelera del andén.

El altavoz de la estación anunció el abordaje del tren hacia Ciudad Nova. Sola y con mi única maleta, subí al tren.

Según me enteré tiempo después, a las ocho de esa misma noche, Killian por fin se despegó de Daisy y manejó hasta mi antiguo taller. Llevaba una caja de crepas de arándanos, ya que creía que seguía siendo mi postre favorito.

Al abrir la puerta, su aroma de Alfa inundó el lugar al instante.

—Freya, vine a disculparme...

El taller estaba oscuro y completamente vacío. Habían arrancado de las paredes los bocetos de mi colección para novias, la mitad de los armarios estaban abiertos y los estantes vacíos.

Killian se quedó inmóvil en el umbral. La caja se le resbaló de los dedos y se estrelló contra el suelo.

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