LOGINDesperté con una extraña sensación de vacío en el estómago. Durante unos segundos permanecí con los ojos cerrados, intentando recordar dónde estaba, hasta que una ligera sensación de mareo me obligó a incorporarme lentamente sobre la cama. Llevé una mano a mi frente y respiré profundo, esperando que aquella sensación desapareciera, pero en su lugar una pequeña oleada de náuseas hizo que cerrara los ojos nuevamente. Tragué saliva y esperé unos segundos antes de atreverme a moverme. No era la primera vez que me ocurría. Últimamente esos pequeños malestares se habían vuelto más frecuentes, aunque prefería no pensar demasiado en ello. Quizá solo estaba cansada. Había dormido poco la noche anterior y, después de todo, no había sido precisamente una noche fácil. Me quedé sentada al borde de la cama y bajé la mirada hacia mis manos. Fruncí ligeramente el ceño al notar que mis dedos se veían un poco más hinchados de lo normal. Giré las manos frente a mí, observándolas con detenimiento, como si al hacerlo pudiera encontrar una explicación. Intenté cerrar los dedos y sentí una pequeña tirantez. Suspiré. Seguramente desaparecería durante el día. Eso quería creer.
Levanté la mirada cuando escuché el sonido de la puerta del baño abrirse. Christian salió completamente cambiado, con el cabello todavía ligeramente húmedo y perfectamente peinado hacia atrás. Llevaba una camisa blanca impecable y unos pantalones oscuros que se ajustaban perfectamente a su figura. Por un momento olvidé la sensación de malestar que recorría mi cuerpo y simplemente lo observé. Siempre me pasaba. No importaba cuánto tiempo hubiera pasado desde nuestra boda, ni cuántas veces me hubiera recordado que debía dejar de hacerlo; cuando Christian estaba cerca, mis ojos terminaban buscándolo sin que pudiera evitarlo. Había algo en él que me atraía incluso cuando sabía que acercarme demasiado solo terminaría haciéndome daño. Era alto, de espalda ancha y con esos rasgos definidos que hacían que su rostro pareciera todavía más serio cuando estaba molesto. Su cabello negro contrastaba con la piel ligeramente bronceada de su rostro y sus ojos... esos ojos profundos que tantas veces había intentado descifrar y que, después de dos años, seguían siendo un misterio para mí. Lo amaba. Dios, cuánto lo amaba. Quizá ese era mi mayor problema. Porque podía pasarme horas observándolo desde la distancia, admirando cada pequeño detalle de él, mientras que para Christian mi presencia parecía convertirse en algo que debía soportar. —¿Dormiste bien? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio. Christian ni siquiera levantó la mirada mientras tomaba su reloj de la mesa de noche. —Sí. Una sola palabra. Siempre había sido así. Asentí lentamente, aunque él ni siquiera parecía estar prestando atención. —¿Necesitas ayuda con la corbata? Por fin levantó la mirada hacia mí. Sus ojos se encontraron con los míos durante apenas unos segundos y sentí ese pequeño vuelco en el pecho que, por desgracia, todavía provocaba en mí. Bajé la mirada rápidamente para que no pudiera darse cuenta. —No —respondió mientras tomaba la corbata entre sus manos—. Puedo hacerlo solo. —Claro —murmuré. Me quedé sentada sobre la cama mientras él se colocaba frente al espejo. Lo observé a través del reflejo, intentando que pareciera que no lo hacía. Christian comenzó a ajustar su corbata con aquella tranquilidad que siempre parecía acompañarlo. Sus movimientos eran precisos, seguros, como todo lo que hacía. A veces me preguntaba cómo era posible que alguien pudiera parecer tan inalcanzable incluso estando a unos cuantos metros de distancia. Quise levantarme. Quise acercarme a él, ayudarlo como lo haría cualquier esposa con su marido, acomodarle la corbata, arreglar el cuello de su camisa, quizá incluso darle un beso antes de que saliera de casa. Pero no lo hice. No podía. Christian había construido una distancia entre nosotros mucho antes de que yo aprendiera a reconocerla, y con el tiempo había entendido que intentar atravesarla solo hacía que él se alejara todavía más. Así que me limité a observarlo. Lo vi tomar el saco que había dejado preparado sobre una silla y colocárselo con elegancia. Después volvió a mirarse en el espejo y acomodó ligeramente las mangas de su camisa. Yo seguía mirándolo desde la cama, preguntándome si alguna vez él me había observado de la misma manera. Si alguna vez había pensado que me veía bonita al despertar. Si alguna vez había sentido deseos de acercarse a mí. Si alguna vez había tenido ganas de besarme sin que yo tuviera que ser quien diera el primer paso. Probablemente no. La realidad era que ni siquiera podía recordar la última vez que Christian había buscado mi cercanía por iniciativa propia. Después de darme una ducha y sentir que el agua caliente había conseguido aliviar un poco aquella sensación de malestar que me acompañaba desde que había despertado, regresé a la habitación para arreglarme. Elegí un pantalón beige de tela ligera y una camisa blanca de mangas tres cuartos, perfecta para el clima caluroso de aquella mañana. No tenía ningún compromiso importante, pero después de tantos años había aprendido que, como señora Kuri, siempre debía estar presentable. Me sequé el cabello y, después de aplicar un poco de maquillaje, tomé el peine para recogerlo en una coleta baja. Estaba terminando de acomodar algunos mechones cuando la pantalla de mi celular se encendió sobre el tocador. Al principio pensé que se trataba de algún mensaje, pero cuando vi el nombre del Hospital San Román en la pantalla, sentí que mi corazón daba un pequeño vuelco. Dejé el peine sobre el tocador y tomé el teléfono entre mis manos. Durante unos segundos dudé antes de responder. —¿Bueno? —¿La señora Valentina Montesinos? —preguntó una voz femenina al otro lado de la línea. —Sí, soy yo. —Buenos días, señora Montesinos. Le habla la asistente del doctor Mendiola, del Hospital San Román. Me comunico con usted para informarle que los resultados de los exámenes que se realizó anteriormente ya están listos. Sentí que mi cuerpo se tensaba de inmediato. —¿Ya están listos? —pregunté, intentando que mi voz no delatara la preocupación que comenzaba a apoderarse de mí. —Sí, señora. El doctor desea hablar personalmente con usted sobre los resultados. Tragué saliva. Había intentado no pensar demasiado en aquellos estudios desde que me los había realizado. Había querido convencerme de que todo estaba bien, que los mareos, las náuseas y aquel cansancio que últimamente parecía no desaparecer eran consecuencia de haber estado durmiendo poco o quizá simplemente del estrés. Pero en el fondo sabía que algo no estaba bien. Mi cuerpo llevaba semanas intentando decirme algo y yo había decidido ignorarlo. —¿Cuándo tendría disponibilidad el doctor para atenderme? La asistente hizo una pequeña pausa. —Precisamente hoy tiene un espacio disponible. A las diez de la mañana, si le resulta conveniente. Miré el reloj que estaba sobre el tocador. Todavía tenía tiempo. —Está bien —respondí después de unos segundos—. Gracias. Ahí estaré. —Perfecto, señora Montesinos. El doctor Mendiola la estará esperando. —Gracias. La llamada terminó y bajé lentamente el teléfono. Me quedé inmóvil durante unos segundos, observando la pantalla apagada entre mis manos. Después inhalé profundamente y dejé escapar el aire con lentitud. No sabía por qué, pero una sensación de angustia comenzó a instalarse en mi pecho. Quizá porque, por primera vez, ya no podía seguir fingiendo que aquellos síntomas no significaban nada. Cerré los ojos por un instante. —Por favor, que no sea nada grave —susurré. No podía ser un embarazo. Eso era imposible. Durante los últimos meses había llegado a preguntarme si quizá aquella era la razón de mis malestares, pero me había realizado una prueba de protocolo y había dado negativo, por supuesto. Hacía seis meses que Christian no me tocaba. Bajé la mirada. Sentí una presión en el pecho al recordar aquella realidad que durante tanto tiempo había intentado aceptar. Seis meses desde la última vez que Christian había buscado mi cercanía. Seis meses desde la última vez que había permitido que nuestros cuerpos se acercaran de aquella manera. Llevé ambas manos hasta mi rostro y cerré los ojos con pesadez. En realidad, solo habían existido dos ocasiones en las que Christian había buscado mi cama con una intención que iba más allá de dormir. Dos únicas veces en dos años de matrimonio. Las dos habían ocurrido porque su familia y allegados habían comenzado a presionarnos con comentarios con la idea de tener un heredero. Christian había llegado a mi habitación aquella noche sin decir demasiado. Recuerdo perfectamente lo nerviosa que me sentí, porque aunque era mi esposo, seguía sintiendo que estaba frente a un extraño. Aun así, una parte de mí había albergado una pequeña esperanza. Tal vez aquello significaba que finalmente estaba comenzando a verme como su esposa. Tal vez después de aquella noche algo cambiaría entre nosotros. Pero no cambió nada. Y cuando los meses pasaron sin que llegara el embarazo, tampoco volvimos a intentarlo. Me llevé una mano al pecho y respiré profundamente. No sabía qué era peor.Christian KuriUn movimiento cerca de la puerta me hizo volver la cabeza.El despacho se abrió de pronto y Santi entró con una enorme sonrisa.—¡Tío, tío!La expresión del pequeño me provocó una punzada de nostalgia. Tenía algunos gestos de Marcelo, sobre todo cuando sonreía. Por un instante, fue como si estuviera viendo a mi hermano de niño.Me acerqué y lo recibí entre mis brazos. Lo levanté del suelo mientras él rodeaba mi cuello con los suyos.—Hola, campeón.—¡Te encontré!Sonreí y le di un beso en la mejilla.—¿Y eso? ¿Me estabas buscando?—Mi nana me dijo que estabas aquí. Quise venir a saludarte.—Hace apenas un rato que nos vimos.—Si, es verdad —se río, era la inocencia de un niño.Solté una pequeña carcajada. Santi me abrazó con más fuerza y apoyó la cabeza en mi hombro.No pude evitar sonreírle con ternura, aunque seguía consciente de la presencia de Briana a unos pasos de nosotros.—¿Y qué haces por aquí? —pregunté.El pequeño se separó lo suficiente para mirarme a la car
Christian KuriMe quedé observando a Briana sin saber qué responder.La mujer que tenía delante acababa de confesar que había utilizado una fotografía de mi esposa para provocar un escándalo y que, detrás de aquella decisión, estaban los sentimientos que aseguraba conservar por mí.No conseguía creerlo.Briana había sido una de las personas en las que más confiaba. Después de la muerte de Marcelo, había procurado que nunca le faltara nada. La consideraba parte de mi familia y, aunque nuestras vidas habían tomado caminos distintos, jamás imaginé que pudiera traicionarme de aquella manera.La lealtad siempre había sido innegociable para mí.No toleraba las mentiras ni las traiciones. Quien decidía cruzar esa línea debía asumir las consecuencias, sin importar quién fuera.Pero esta vez era diferente.Briana no era una empleada desleal ni un socio que hubiera intentado aprovecharse de mi confianza. Era la esposa de mi hermano, la madre de su hijo y una mujer a la que había prometido prote
Christian KuriLa residencia de mi madre apareció frente a mí pocos minutos después de abandonar la avenida principal.Estacioné el automóvil cerca de la entrada y bajé sin perder tiempo. Todavía tenía demasiadas cosas dando vueltas en la cabeza y ninguna me permitía encontrar una explicación razonable para lo que acababa de descubrir.Cuanto más lo pensaba, menos sentido tenía.Atravesé la entrada principal y encontré a una de las empleadas domésticas acomodando unos arreglos florales sobre una mesa.—Buenas tardes, señor Christian.—¿Mi madre está en casa?La mujer dejó lo que estaba haciendo y se acercó.—No, señor. La señora Lucrecia salió.Asentí.—¿Y Briana?—Está en la habitación del pequeño Santi. Se encuentran jugando.—Ve a buscarla. Dile que la espero en el despacho de mi padre.—Por supuesto, señor.La empleada se retiró mientras yo continuaba hacia el pasillo.No tenía intención de prolongar aquella conversación más de lo necesario. Quería escuchar una explicación y, sobr
Christian KuriBajé las escaleras de dos en dos.La noticia sobre Briana continuaba dando vueltas en mi cabeza, mezclándose con las palabras de Valentina. No conseguía comprender cómo ambas situaciones habían terminado por estallar aquella misma noche.Tenía que ser un error, pero mi equipo de trabajo era exacto yo mismo les exigía esa perfeccion en el trabajo.Briana había sido parte de nuestra familia durante años. Después de la muerte de Marcelo, me había encargado de que no les faltara nada a ella y a Santi. Había procurado estar presente cuando me necesitaban, incluso cuando mis propias responsabilidades apenas me dejaban tiempo para descansar.Y ahora las investigaciones indicaban que ella podría estar detrás de la fotografía.¿Qué pretendía conseguir?¿Acaso no había pensado en las consecuencias?Crucé la entrada de la mansión y encontré a mi chofer cerca de la puerta.—Señor, ¿necesita que lo lleve a alguna parte?—Conduciré mi auto.El hombre pareció sorprendido.—¿Va a condu
Christian KuriEl teléfono comenzó a sonar justo cuando estaba a punto de responderle a Valentina.Saqué el dispositivo del bolsillo y revisé la pantalla. Isabella Ferrer.Contesté de inmediato.—Habla.—Señor Kuri, disculpe que lo interrumpa. Tenemos novedades sobre la investigación de la fotografía.Mi expresión cambió.—Te escucho.—El equipo de seguridad informática consiguió rastrear la dirección IP desde la que se envió la imagen. El mensaje fue enviado mediante una cuenta secundaria vinculada a un dispositivo móvil.—¿Y?Hubo una breve pausa al otro lado de la línea.—Los datos recopilados hasta el momento apuntan a una persona.—Dime quién.—Briana Kuri.Me quedé inmóvil.Durante unos segundos, las palabras de Isabella parecieron perder todo sentido. Miré hacia un punto indefinido de la habitación, tratando de procesar lo que acababa de escuchar.¿Briana?Mi cuñada.La mujer a la que había protegido todo este tiempo. —¿Estás segura? —pregunté finalmente.—Es lo que indican lo
Valentina MontesinosEl silencio dentro del automóvil se había vuelto incómodo.Desde que Christian terminó su llamada telefónica, apenas había pronunciado unas palabras. Yo tampoco tenía demasiado interés en iniciar una conversación. Después de lo ocurrido en el cementerio, prefería mantenerme tranquila y evitar otra discusión.Sin embargo, algunas partes de aquella llamada habían llamado mi atención.Había escuchado que hablaba de una fotografía, de un medio de comunicación y de una cantidad de dinero bastante elevada. También había mencionado algo sobre impedir una publicación.Supuse que se trataba de algún asunto relacionado con sus empresas. Christian siempre había sido muy cuidadoso con la imagen de Grupo Kuri y sabía que no le agradaba que los medios difundieran información que pudiera perjudicar sus negocios.No le pregunté nada.No tenía motivos para involucrarme en sus asuntos empresariales, así que continué mirando por la ventanilla hasta que el automóvil se detuvo frente







