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Capitulo 3

Penulis: Nancy Rdz
last update Tanggal publikasi: 2026-09-16 16:49:32

Aquella mañana me encontraba sentada junto a Christian en la mesa del comedor, aunque la distancia entre nosotros parecía mucho más grande que los pocos centímetros que separaban nuestras sillas. Frente a mí había un desayuno que apenas había tocado. Desde que había despertado, las náuseas habían regresado y, aunque intentaba ignorarlas, el simple aroma del café y de los alimentos me revolvía un poco el estómago. Tomé un pequeño sorbo de jugo y dejé nuevamente el vaso sobre la mesa, tratando de concentrarme en cualquier otra cosa que no fuera aquella sensación desagradable. A mi lado, Christian parecía completamente ajeno a mi malestar. Deslizaba un dedo por la pantalla de su teléfono mientras tomaba su café con la otra mano, revisando quién sabe qué asuntos de la empresa. Ni siquiera había levantado la mirada hacia mí desde que nos sentamos. Lo observé de reojo durante unos segundos y suspiré. Era curioso cómo podía estar tan cerca de él y, al mismo tiempo, sentir que se encontraba a kilómetros de distancia. Yo sabía que no debía mirarlo tanto, pero era algo que no podía evitar. Me gustaba observarlo cuando él no se daba cuenta, memorizar cada pequeño gesto suyo, la forma en que fruncía ligeramente el ceño cuando algo en su teléfono no era de su agrado, la manera en que sostenía la taza de café y hasta ese pequeño movimiento que hacía con la mandíbula cuando estaba concentrado. Quizá porque era la única forma que tenía de sentirme cerca de él sin que Christian me apartara.

Bajé la mirada hacia mi plato y tomé los cubiertos entre mis dedos, aunque apenas había comido un par de bocados. Finalmente, decidí que no podía seguir guardándome aquello. Dejé los cubiertos a un lado y respiré profundamente antes de hablar.

—Hoy voy a ir al hospital.

El dedo de Christian se detuvo sobre la pantalla.

Por primera vez desde que habíamos comenzado a desayunar, levantó la mirada hacia mí.

Una de sus cejas se elevó ligeramente.

—¿Al hospital?

Asentí.

—Sí.

Sus ojos recorrieron mi rostro durante unos segundos y después preguntó:

—¿Estás enferma?

No había preocupación en su voz.

Ni siquiera curiosidad.

Sonaba más bien incrédulo, como si le resultara extraño que yo tuviera una razón para acudir a un hospital.

Apreté ligeramente la servilleta entre mis dedos.

—Últimamente me he sentido mal del estómago —respondí, intentando mantener la calma—. Tal vez sea un virus.

Christian entrecerró ligeramente los ojos.

—¿Desde cuándo?

La pregunta me tomó desprevenida.

Lo miré por un instante.

No esperaba que preguntara algo más.

—Desde hace unos días.

Mentí.

No sabía exactamente desde cuándo había comenzado a sentirme diferente. Quizá llevaba semanas sintiendo que algo no estaba bien, pero no quería decirle eso. No todavía. No quería preocuparlo, aunque una parte de mí sabía que aquella no era la verdadera razón por la que había decidido ocultarle mis síntomas.

Simplemente no quería que pensara que estaba enferma, y pasará de ser una esposa invisible, a una carga molesta en su vida. 

Christian dejó el teléfono sobre la mesa y tomó nuevamente su taza de café.

—Deberías cuidarte más.

Aquellas palabras tan sencillas me sorprendieron.

No porque fueran especialmente cariñosas, sino porque era lo más parecido a una preocupación que había recibido de él en mucho tiempo.

—Lo haré —respondí suavemente.

Christian abrió la boca para decir algo más, pero en ese instante el sonido de su teléfono interrumpió la conversación.

La pantalla se iluminó sobre la mesa.

Christian llevó el teléfono a su oído y, en cuanto respondió, pude notar cómo su expresión cambiaba por completo. El semblante que había mantenido durante el desayuno desapareció de inmediato y sus facciones se tensaron mientras escuchaba a la persona al otro lado de la línea. 

—¿Cómo dices? —preguntó con urgencia.

Me quedé observándolo en silencio, intentando descubrir qué estaba ocurriendo por la expresión de su rostro. Christian guardó silencio durante unos segundos, escuchando atentamente lo que le decían al otro lado de la línea, hasta que finalmente volvió a hablar.

—¿Está bien?... Sí, sí, voy enseguida, por favor, mantén la calma todo estará bien.

Colgó y se quedó inmóvil durante un instante, pasando una mano por su rostro antes de soltar un suspiro. Después tomó la servilleta que había dejado sobre la mesa, se limpió los labios y la dejó caer sin demasiado cuidado, poniéndose de pie inmediatamente. Lo observé confundida mientras tomaba su teléfono y comenzaba a buscar algo en la pantalla. Había algo en sus movimientos que me decía que aquello era importante, algo que había conseguido borrar por completo cualquier rastro del cansancio que había mostrado unos minutos antes.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Christian levantó la mirada hacia mí.

—Santi ha tenido una caída en la escuela. Pasaré por Briana para ir al colegio por él.

Sentí que mi pecho se encogía al escuchar el nombre de mi sobrino. Santi era apenas un niño y, aunque técnicamente era parte de la familia Kuri, para mí había terminado convirtiéndose en alguien mucho más especial. Era probablemente el único miembro de aquella familia con quien realmente disfrutaba convivir. Su sonrisa siempre conseguía arrancarme una sonrisa a mí también y, cada vez que tenía oportunidad, buscaba pasar tiempo con él. Por eso la preocupación apareció inmediatamente en mi rostro.

—¿Está bien? —pregunté.

Christian negó ligeramente con la cabeza.

—No lo sé. Solo me dijeron que se cayó y que se golpeó.

—Espero que no sea nada grave.

—Yo también.

Tomó las llaves de su automóvil y se dirigió hacia la salida. Yo seguí cada uno de sus movimientos con la mirada, sintiendo una extraña mezcla de preocupación por Santi y aquella sensación incómoda que aparecía cada vez que veía la rapidez con la que Christian respondía cuando se trataba de Briana. No importaba la hora, no importaba lo que estuviera haciendo, siempre parecía encontrar tiempo para ella. Y aquella mañana no era diferente. Ni siquiera había terminado su desayuno cuando ya estaba dispuesto a abandonar la casa para ir a buscarla.

—Christian...

Se detuvo antes de cruzar la puerta y giró ligeramente el rostro hacia mí.

—¿Sí?

Por un momento quise pedirle que me avisara cómo estaba Santi. Quise decirle que yo también podía acompañarlo, que podía ir con él al colegio, que no tenía ningún inconveniente en hacerlo. Incluso pensé en preguntarle si necesitaba que preparara algo para cuando regresaran, pero al final me quedé callada. Había aprendido que ofrecerme demasiado podía resultar incómodo para él.

—Nada. Ve —respondí finalmente.

Christian asintió y salió de la casa con la misma urgencia con la que había comenzado a moverse desde que recibió aquella llamada.

Me quedé observando la puerta cerrada durante unos segundos antes de apoyar ambas manos sobre el respaldo de mi silla. Sentí un pequeño suspiro escapar de mis labios y bajé la mirada hacia la mesa, donde todavía permanecía mi desayuno prácticamente intacto. No sabía por qué aquellas dos palabras habían salido de mi boca, pero cuando me di cuenta ya las había pronunciado.

—Siempre, Briana...

Murmuré aquello para mí, casi como si decirlo en voz alta pudiera aliviar la sensación que comenzaba a formarse dentro de mi pecho. No quería ser una esposa celosa, mucho menos una de esas mujeres que imaginaban cosas donde no las había, pero era difícil no notar la manera en que Christian se comportaba cuando se trataba de su cuñada. Siempre estaba disponible para ella. Siempre tenía tiempo para ayudarla. Siempre encontraba alguna razón para pasar por su casa o acompañarla, incluso cuando yo llevaba horas esperándolo en la nuestra. Demasiadas tardes en casa de Briana, demasiadas llamadas, demasiadas atenciones. Intenté convencerme de que aquello era completamente normal. Después de todo, era la viuda de su hermano fallecido y Santi era su sobrino. Era lógico que se preocupara por ellos, que quisiera protegerlos y estar presente cuando algo sucedía. Eso era lo que me repetía cada vez que aquella pequeña incomodidad aparecía dentro de mí.

Me quedé mirando la puerta por la que Christian acababa de salir y sentí cómo una extraña inseguridad comenzaba a instalarse dentro de mí. No quería pensar mal de mi esposo. No quería desconfiar de él. Y mucho menos quería convertirme en una mujer que vigilara cada uno de sus movimientos.

Sin embargo, después de dos años de matrimonio, había aprendido que algunas cosas podían sentirse incluso antes de tener pruebas.

Y algo en mi interior me decía que quizá tendría que empezar a fingir que no me daba cuenta.

Porque si había algo que había aprendido durante aquellos dos años, era que en mi matrimonio había demasiadas cosas que dolían cuando decidía mirarlas demasiado de cerca.

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