LOGINValentina Montesinos
Después de salir del Hospital San Román, lo único que deseaba era llegar a casa, encerrarme en mi habitación y pensar. Necesitaba estar sola, lejos de médicos, diagnósticos y palabras que todavía no conseguía asimilar. Lupus. Esa palabra parecía perseguirme desde que había abandonado el consultorio del doctor Mendiola. La llevaba en la cabeza mientras conducía de regreso a la mansión y, por más que intentaba pensar en otra cosa, siempre terminaba regresando a la misma pregunta: ¿cómo iba a decírselo a Christian? No sabía cómo abordar el tema, ni siquiera sabía si debía hacerlo. El doctor había insistido en que debía estar acompañada en mi próxima consulta, pero yo no conseguía imaginarme sentada frente a él diciéndole que estaba enferma, mucho menos explicándole que mis riñones ya presentaban un deterioro importante y que, si el tratamiento no funcionaba, podía terminar necesitando diálisis o incluso un trasplante. Durante el camino había intentado convencerme de que debía contarle la verdad, porque era mi esposo y tenía derecho a saberlo, pero otra parte de mí seguía aferrándose a la idea de que quizá podía manejarlo sola. Tal vez, si el tratamiento funcionaba, nadie tendría que enterarse. Tal vez podía seguir siendo la mujer saludable y perfecta que todos esperaban que fuera. Apenas crucé las puertas de la mansión, dejé mi bolso sobre una pequeña mesa del recibidor y me dispuse a subir directamente a nuestra habitación. No quería hablar con nadie. Ni siquiera quería pensar. Solo necesitaba acostarme, cerrar los ojos y fingir durante unas horas que mi vida seguía siendo la misma que había sido la mañana anterior. Pero apenas avancé unos pasos, escuché algo que me hizo detenerme. Eran risas. Risas que provenían del salón principal. Me quedé inmóvil durante unos segundos, intentando reconocer aquellas voces. Una de ellas era inconfundible. La voz de Santi. Sonreí por instinto al reconocerlo, pero aquella sonrisa desapareció lentamente cuando escuché una segunda voz. Christian. Hacía tanto tiempo que no escuchaba a mi esposo reír de aquella manera que durante un instante pensé que quizá había imaginado el sonido. Di un paso hacia el salón y después otro, mucho más despacio, mientras una extraña curiosidad se apoderaba de mí. Mis pasos se volvieron silenciosos casi por instinto y, cuando llegué al marco de la puerta, me detuve antes de entrar. La escena frente a mí me dejó sin respiración. Christian estaba sentado en el suelo junto a Santi y Briana. Habían formado un pequeño círculo alrededor de los juguetes del niño y parecían estar jugando con ellos como si no existiera nada más importante en el mundo. Pero no fue Santi quien consiguió llamar mi atención. Fue Christian. Mi esposo tenía una sonrisa en el rostro. Una sonrisa sincera. No aquella pequeña mueca educada que utilizaba durante las reuniones familiares ni aquella expresión indiferente que tantas veces había visto durante nuestros desayunos. Era una sonrisa amplia, relajada, completamente diferente al hombre que yo conocía dentro de nuestra habitación. Sus ojos parecían iluminarse mientras escuchaba algo que Santi decía y, por un momento, lo vi como siempre había soñado verlo. Como un esposo. Como un padre. Como el hombre con quien algún día imaginé tener una familia. Sentí que mi pecho se comprimía de inmediato y tuve que tragar saliva para contener el dolor que comenzaba a crecer dentro de mí. Aquella escena era exactamente la que había imaginado tantas veces durante los primeros meses de nuestro matrimonio. Christian sentado en el suelo junto a nuestros hijos, riendo mientras yo los observaba desde algún rincón de la habitación. Había imaginado una casa llena de voces, juguetes, fotografías y momentos que algún día recordaríamos con cariño. Pero aquella familia que tantas veces había soñado no existía. Y, de alguna manera cruel, parecía estar sucediendo frente a mis ojos, solo que yo no formaba parte de ella. Briana estaba sentada junto a él y sonreía mientras Santi intentaba explicarle alguna de las reglas de su juego. En un momento, ella se inclinó ligeramente hacia Christian y apoyó una mano sobre su hombro. El gesto fue pequeño, casi insignificante, pero para mí se sintió como si alguien hubiera hundido algo afilado directamente en mi pecho. Sus dedos permanecieron allí durante unos segundos, acariciando ligeramente la tela de su camisa, y Christian ni siquiera pareció incómodo con aquella cercanía. Al contrario, giró el rostro hacia ella y le dedicó otra de esas sonrisas que yo llevaba dos años esperando recibir. Bajé la mirada por un instante, intentando controlar la humedad que comenzaba a acumularse en mis ojos, pero volví a mirarlos casi de inmediato. No podía apartar la vista. Era como observar algo que me dolía y, aun así, no podía dejar de hacerlo. Tragué saliva con amargura y apoyé discretamente una mano contra la pared para sostenerme. Todavía llevaba conmigo las palabras del doctor, todavía tenía en la cabeza la posibilidad de un tratamiento que podía no funcionar y la imagen de una máquina de diálisis que no conseguía sacar de mis pensamientos. Había salido del hospital preguntándome cómo iba a enfrentar aquello sola, cómo iba a explicarle a Christian que quizá algún día necesitaría que alguien me ayudara a sobrevivir. Y ahora, al verlo sentado junto a Briana y Santi, riendo como si aquella fuera la familia que siempre había querido, una idea dolorosa se abrió paso dentro de mí. Quizá aquella era la familia que Christian merecía. Una familia normal. Una esposa saludable. Una mujer que pudiera darle hijos y acompañarlo sin convertirse en una preocupación constante. Bajé la mirada hacia mis manos, recordando el diagnóstico que todavía parecía imposible de aceptar, y sentí que mis ojos comenzaban a arder. Quizá por eso no podía decírselo. Quizá, después de todo, Christian no necesitaba saber que su esposa estaba enferma.Valentina MontesinosLlamé a la señora Martha desde la sala de estar mientras Santi continuaba jugando en el suelo con sus dinosaurios. Ella era una de las empleadas de mayor confianza de la mansión Kuri y, desde que había llegado a aquella casa, se había encargado de estar pendiente de todo lo que pudiera necesitar, aunque con el tiempo había terminado convirtiéndose en una de las pocas personas dentro de aquella enorme mansión con las que realmente podía hablar sin sentir que debía medir cada una de mis palabras. Cuando apareció frente a mí, le pedí con una sonrisa que por favor preparara dos tazas de té acompañadas de algunas galletas y, después, que llevara a Santi un rato al jardín para que pudiera jugar. La mujer asintió de inmediato y se acercó al pequeño, quien protestó un poco al principio porque todavía quería continuar con su juego, pero terminó aceptando cuando Martha le prometió que podrían llevar algunos de sus dinosaurios al jardín. Lo observé alejarse junto a ella hast
Valentina MontesinosLlamé a la señora Martha desde la sala de estar mientras Santi continuaba jugando en el suelo con sus dinosaurios. Ella era una de las empleadas de mayor confianza de la mansión Kuri y, desde que había llegado a aquella casa, se había encargado de estar pendiente de todo lo que pudiera necesitar, aunque con el tiempo había terminado convirtiéndose en una de las pocas personas dentro de aquella enorme mansión con las que realmente podía hablar sin sentir que debía medir cada una de mis palabras. Cuando apareció frente a mí, le pedí con una sonrisa que por favor preparara dos tazas de té acompañadas de algunas galletas y, después, que llevara a Santi un rato al jardín para que pudiera jugar. La mujer asintió de inmediato y se acercó al pequeño, quien protestó un poco al principio porque todavía quería continuar con su juego, pero terminó aceptando cuando Martha le prometió que podrían llevar algunos de sus dinosaurios al jardín. Lo observé alejarse junto a ella hast
Valentina MontesinosDespués de salir del Hospital San Román, lo único que deseaba era llegar a casa, encerrarme en mi habitación y pensar. Necesitaba estar sola, lejos de médicos, diagnósticos y palabras que todavía no conseguía asimilar. Lupus. Esa palabra parecía perseguirme desde que había abandonado el consultorio del doctor Mendiola. La llevaba en la cabeza mientras conducía de regreso a la mansión y, por más que intentaba pensar en otra cosa, siempre terminaba regresando a la misma pregunta: ¿cómo iba a decírselo a Christian? No sabía cómo abordar el tema, ni siquiera sabía si debía hacerlo. El doctor había insistido en que debía estar acompañada en mi próxima consulta, pero yo no conseguía imaginarme sentada frente a él diciéndole que estaba enferma, mucho menos explicándole que mis riñones ya presentaban un deterioro importante y que, si el tratamiento no funcionaba, podía terminar necesitando diálisis o incluso un trasplante. Durante el camino había intentado convencerme de
Me encontraba sentada frente al escritorio del doctor Mendiola, con las manos entrelazadas sobre mi regazo mientras intentaba mantener la calma. Desde que había entrado al consultorio había sentido una presión extraña en el pecho, una sensación que no conseguía explicar y que se hacía más intensa cada vez que el doctor desviaba la mirada hacia los documentos que tenía frente a él. El sonido de las hojas al moverse parecía demasiado fuerte dentro de aquel pequeño consultorio y, por alguna razón, cada vez que pasaba una página sentía que mi corazón comenzaba a latir un poco más rápido. El doctor llevaba varios minutos revisando mis resultados y yo no sabía si aquello era una buena o una mala señal. Finalmente, dejó los papeles sobre el escritorio, entrelazó sus manos y levantó la mirada hacia mí.—Valentina, quiero que primero mantengas la calma.Sentí que mis dedos se apretaban unos contra otros.—¿Es algo grave?El doctor guardó silencio durante unos segundos antes de responder.—Tus
Aquella mañana me encontraba sentada junto a Christian en la mesa del comedor, aunque la distancia entre nosotros parecía mucho más grande que los pocos centímetros que separaban nuestras sillas. Frente a mí había un desayuno que apenas había tocado. Desde que había despertado, las náuseas habían regresado y, aunque intentaba ignorarlas, el simple aroma del café y de los alimentos me revolvía un poco el estómago. Tomé un pequeño sorbo de jugo y dejé nuevamente el vaso sobre la mesa, tratando de concentrarme en cualquier otra cosa que no fuera aquella sensación desagradable. A mi lado, Christian parecía completamente ajeno a mi malestar. Deslizaba un dedo por la pantalla de su teléfono mientras tomaba su café con la otra mano, revisando quién sabe qué asuntos de la empresa. Ni siquiera había levantado la mirada hacia mí desde que nos sentamos. Lo observé de reojo durante unos segundos y suspiré. Era curioso cómo podía estar tan cerca de él y, al mismo tiempo, sentir que se encontraba a
Desperté con una extraña sensación de vacío en el estómago. Durante unos segundos permanecí con los ojos cerrados, intentando recordar dónde estaba, hasta que una ligera sensación de mareo me obligó a incorporarme lentamente sobre la cama. Llevé una mano a mi frente y respiré profundo, esperando que aquella sensación desapareciera, pero en su lugar una pequeña oleada de náuseas hizo que cerrara los ojos nuevamente. Tragué saliva y esperé unos segundos antes de atreverme a moverme. No era la primera vez que me ocurría. Últimamente esos pequeños malestares se habían vuelto más frecuentes, aunque prefería no pensar demasiado en ello. Quizá solo estaba cansada. Había dormido poco la noche anterior y, después de todo, no había sido precisamente una noche fácil. Me quedé sentada al borde de la cama y bajé la mirada hacia mis manos. Fruncí ligeramente el ceño al notar que mis dedos se veían un poco más hinchados de lo normal. Giré las manos frente a mí, observándolas con detenimiento, como s







