LOGINNeriah
Nunca debí haber dejado la fiesta.
El aire dentro de esa casa me ahogaba, cargado de conversaciones vacías y risas demasiado forzadas. Cada sonido resonaba como un eco vacío, cada sonrisa como una máscara desincarnada. Los perfumes demasiado dulces mezclados con las volutas de tabaco me daban náuseas. Necesitaba escapar de esta jaula dorada, de este teatro donde se actuaba sin nunca realmente vivir.
Así que, sin hacer ruido, me deslicé fuera del salón, huyendo de las miradas educadas y de los comentarios disfrazados de cumplidos. La puerta se cerró detrás de mí, y me encontré sola con la noche.
El jardín me recibió con una frescura casi divina. La luz de la luna, de un rojo profundo, bañaba cada hoja, cada piedra, como un aura sobrenatural. El suelo bajo mis pies descalzos era duro y fresco, crujía suavemente bajo mis pasos, mientras un olor salvaje a musgo húmedo y jazmín me envolvía. El aire parecía vibrante, cargado de un silencio casi sagrado, como si el mundo contuviera el aliento.
Fue allí, en esa calma cargada de espera, que lo vi.
Una silueta esbelta se dibujaba contra el viejo muro de piedra, separando el jardín de los oscuros bosques. Permanecía en la sombra, casi invisible, una sombra en movimiento, una presencia a la vez enigmática y magnética. Nuestros miradas se cruzaron, y una corriente eléctrica atravesó el espacio que nos separaba.
Sus ojos. Estaban lejos de cualquier color humano, ni azules, ni verdes, ni grises. Una luz incandescente ardía en ellos, una llama dulce-amarga, salvaje y contenida, que parecía prometer tanto la destrucción como la revelación. Esos ojos llevaban la pesada carga de siglos de dolores y secretos, con una intensidad casi insoportable.
No retrocedí.
Permanecí inmóvil, suspendida en ese instante como atrapada en una red invisible. Había algo en su mirada que me absorbía, que desgarraba el velo de mi armadura, que hacía nacer en mí una quemadura sorda, una tensión dulce-amarga.
Se giró lentamente hacia mí, sus rasgos revelándose poco a poco en la sombra, una belleza dura y salvaje, a la vez aterradora y fascinante. Su rostro llevaba la marca de una bestia, con mandíbulas firmes, pómulos altos, y una mandíbula esculpida por la prueba. Su piel era clara, casi translúcida, contrastando con sus ojos ardientes. Su cabello, negro como la tinta, enmarcaba su rostro desordenado, captando la luz roja de la luna y dándole un aura irreal.
Podía ver cada detalle, cada matiz: las finas arrugas en las comisuras de sus ojos, testigos de una vida intensa; la ligera cicatriz en su barbilla, indicio de un pasado violento; la tensión en sus músculos bajo el tejido oscuro de su camisa, recordando una potencia contenida, lista para explotar.
Su aliento era calmado pero profundo, y su voz, cuando habló, era grave, casi un susurro cargado de una fuerza primitiva.
—No deberías estar aquí.
Esa simple frase me hizo estremecer. No por miedo, no. Más bien una especie de reconocimiento doloroso. Como si, de alguna manera, fuéramos dos almas destinadas a chocar, aunque el mundo a nuestro alrededor quisiera separarnos.
No respondí. Mis labios permanecían cerrados, congelados en una inmovilidad casi irreal. Sentía el calor de su presencia expandiéndose en el aire, envolviendo mi cuerpo como un abrazo invisible.
Luego avanzó, lentamente, cada paso cargado de promesa y peligro. El aire se espesoró a nuestro alrededor, cargado de una energía casi palpable, una vibración suave y punzante que danzaba en mi piel, serpentearía en mis venas. Un calor sordo e imperioso, que ardía sin nunca tocarme directamente, un fuego interior que se encendía al contacto de su mirada.
Rozó mi brazo. Solo un simple roce, una caricia apenas perceptible. Sin embargo, eso fue suficiente para desencadenar una descarga eléctrica en todo mi cuerpo, un incendio invisible que consumía lentamente cada partícula de mí, encendiendo una llama de una intensidad nueva, brutal y frágil a la vez.
Sus ojos se oscurecieron, ganados por una salvajería contenida, como si él también sintiera la quemadura que nacía entre nosotros, ese vínculo indefinible, hecho de deseo y misterio.
—¿Sientes eso? murmuró, la voz vibrante de una tensión apenas contenida.
Solo pude asentir con la cabeza, incapaz de encontrar una palabra.
—Sí.
El silencio se estiró, pesado y cargado de esa tensión eléctrica que parecía querer desgarrarnos o unirnos. Estábamos suspendidos en un hilo frágil, dos almas atrapadas en un instante fuera del tiempo, dominadas por una fuerza mucho mayor que nuestra voluntad.
Luego, tan repentinamente como había aparecido, se alejó, desapareciendo en la densa sombra de los árboles, como una aparición fugaz, dejando tras de sí una promesa muda, un estruendo sordo en mi corazón.
Permanecí allí, inmóvil, consciente de que este encuentro robado iba a alterar todo lo que creía saber sobre mí misma, sobre el mundo, y sobre lo que realmente deseaba.
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Kael
Esa noche, todo lo que quería era huir.
Huir de este círculo asfixiante de sonrisas falsas, de luces artificiales, de palabras vacías. Pero cuando la vi, esa silueta frágil y decidida alejándose hacia el jardín, algo dentro de mí se rompió.
La seguí sin pensar, empujado por una fuerza invisible que no comprendía.
Ella estaba allí, descalza, un desafío silencioso en la mirada. Una belleza salvaje, indomable, un misterio que ardía por desentrañar.
Me apoyé contra el muro frío, fijando esa sombra que no quería desaparecer.
Luego levantó los ojos hacia mí.
Un destello atravesó mi cuerpo.
La electricidad de ese momento era casi insoportable, como si dos polos opuestos de un mismo imán se repelieran y se atrajeran al mismo tiempo.
Le dije que no debería estar allí.
Pero era yo quien no debería estar allí.
Me acerqué, con la respiración entrecortada, la voz ronca.
Le pregunté si sentía ese fuego. Ese vínculo.
Ella respondió que sí.
Y en ese preciso instante, supe que nada volvería a ser como antes.
Este encuentro fugaz y robado sería el punto de partida de un camino donde deseo, dolor y pasión se mezclarían en un incendio devorador, hasta el olvido.
Esa noche, bajo la luz roja y cruel de la luna, nuestras almas se encontraron, sin saberlo.
Y la primera quemadura echó raíces, profunda e irreversible.
NeriahSiento mis manos arder, no como un calor de fiebre, sino como si el aire mismo se hubiera transformado en metal fundido y quisiera hundirse en mi piel, colonizar mis venas, estallar mis huesos, y cuanto más aprieto a Liam contra mí, más siento ese fuego trepar, enrollarse, morder mi carne desde dentro. Su aliento quebrado golpea contra mi cuello, cada inspiración entrecortada me atraviesa como una cuchilla desafilada, sus dedos se crispan en mi cintura, sus garras a medio replegar se aferran a mi piel, y sé que no solo me retiene: se aferra para sobrevivir. Y sin embargo, en su debilidad, aún murmura una fuerza, como si su miedo me alimentara.Kael lo siente, Kael lo sabe. Sus ojos dorados se entrecierran, un brillo felino y salvaje late en sus pupilas, su respiración se vuelve jadeante, cada aliento arrancado de su garganta como un gruñido a punto de estallar. Sus colmillos brillan bajo la luz crepitante de la barrera, un destello animal, húmedo, insoportable. Su voz escapa ro
NeriahEl silencio no se sostiene, late, vibra, se resquebraja como una piel demasiado tensa bajo el calor, y detrás de él ya siento la rabia de Kael enrollarse, viva, lista para estallar. Sus músculos tensos contra la onda invisible de su madre parecen cuerdas a punto de romperse, sus venas hinchadas laten bajo su piel, su aliento es una cuchilla que desgarra el aire. No retrocede del todo, se dobla, espera, acecha.Liam gime contra mí, su mano tiembla en mi cintura, respira a sacudidas, su pecho sacudido por espasmos dolorosos, pero se aferra. Siento sus garras casi convertidas de nuevo en dedos hundirse en mi piel, como si temiera que yo desapareciera. Su calor contra mi pecho es lo único que aún me mantiene en pie.Kael alza los ojos hacia su madre, y en esa mirada veo un odio casi puro, ardiente, y una herida más antigua, más profunda, que hace temblar sus labios.—¿Crees que podrás retenerme eternamente? ¿Crees que podrás quebrarme como a él?Su voz es un gruñido sordo, casi un
NeriahKael avanza; cada paso resuena como un martillazo en mis sienes. La piedra vibra bajo sus pies como si el suelo mismo cediera a su rabia. Sus hombros, hinchados por la furia; sus puños, tan apretados que los nudillos se le vuelven blancos; y sus ojos, de un oro demente, me clavan como dos cuchillos a punto de hendirme. Ya no respira: resopla, ruge, y cada aliento es una advertencia.Liam, contra mí, intenta incorporarse. Sus músculos aún tiemblan, sus dedos ganchudos, que se desmoronan en dedos de hombre, me aprietan la piel con una fuerza desesperada. Su pecho, agitado a sacudidas, choca con mi hombro; su aliento me quema la nuca, pero insiste, forcejea, y su voz ronca estalla como una brasa bajo la lluvia.—Como le pongas un dedo encima… Kael…Su hermano suelta una carcajada, una risa negra, agrietada, que ya no tiene nada de humana, un destello de desprecio que desgarra la noche.—¿Tú? ¿Otra vez amenazándome? Mírate. Te mantienes en pie porque ella te impide pudrirte, respir
NahiaSalgo con un movimiento brusco, casi instintivo, sin pensar, sin siquiera darme la vuelta. El aire de la habitación me quema los pulmones, mis pies descalzos resbalan a medias sobre el parqué, y el latido de mi corazón cubre todo lo demás, incluso la lluvia, incluso las voces que quizá intentan llamarme. No quiero oírlas. Ahora no. A ellos no.—¿Adónde crees que vas así? —dice uno de los dos.—Acabarás por pertenecernos, querida.Los oigo reír a mi espalda.Corro por el pasillo como si la propia casa quisiera retenerme, cada puerta me roza, cada sombra se alarga a mi paso, y cuando encuentro una habitación al azar, la primera cuyo pomo cede bajo mis dedos temblorosos, me arrojo dentro y cierro la puerta de golpe.El ruido seco resuena en mis sienes.Giro la llave dos veces, con un gesto torpe, rápido, y me apoyo contra la madera fría, jadeante. El silencio vuelve a caer brutalmente a mi alrededor, espeso, casi pesado. Solo la lluvia continúa, fuera, golpeando el mundo como para
NahiaMe quedo sentada en el borde de la cama, las sábanas tibias y arrugadas bajo mis manos, y siento la humedad de la habitación mezclarse con mi propio nerviosismo. Cada crujido del suelo resuena como un tambor en mi pecho, cada respiración de la casa me parece exagerada, como si contuviera el aliento para no revelar lo que aún ignoro. La lluvia tamborilea contra los cristales y se cuela en pequeñas gotas por las rendijas del marco, y adivino, tras ese telón de agua, la ciudad temblando bajo la misma tormenta.Me arrodillo un instante para deslizar las manos bajo mis rodillas, como para contener el torrente de preguntas que aflora: ¿adónde han ido? ¿Por qué este silencio? ¿Y cuándo volverán? Un miedo fino pero tenaz se aferra a mí, el de un contacto demasiado cercano, demasiado súbito, que podría engullirme si no me preparo.Un ruido casi imperceptible me sobresalta. La puerta de entrada se cierra levemente. El corazón se me encoge, el estómago se me anuda. Han vuelto. La reticenci
LioraLo intentamos todo: regateamos el aire, ofrecemos respuestas huecas, argumentamos mentiras, Maya se venda la calma, habla bajo, raciona las palabras como si cada sílaba pudiera salvar una vida.—Se marcharán con lo que quieren —dice, y hay en su frase un espesor que tiene tanto de resignación como de desafío, pero Sombre y Ténèbre no escuchan las promesas fáciles, vienen a por otra cosa, vienen a marcar, a recordar que existen líneas que no se cruzan sin que el mundo pague el precio.Cuando Sombre se inclina hacia Liora, es la ternura lo que hiela la sangre, no hay brutalidad gratuita, solo una demostración controlada, sabe exactamente hasta dónde llegar para que el deseo de resistirse se atasque, y Liora muerde, pellizca, se agarra, y sin embargo la mano que la sujeta no tiembla, la mantiene como se encierra una llama para que no consuma todo alrededor, oigo chirriar sus dientes, oigo su aliento que se retuerce, y comprendo que la violencia de los gemelos no es más simple que u







