LOGINEmma solo quería escapar de un pasado lleno de dolor y encontrar un lugar seguro donde empezar de nuevo. Nunca imaginó que su destino la llevaría a convertirse en la niñera de un niño callado y herido… ni mucho menos a vivir bajo el mismo techo que Alejandro, el hombre que cambiaría su vida para siempre. Él es frío, distante y poderoso. Ella es joven, inocente y terca. Alejandro no confía en nadie y Emma no quiere volver a enamorarse. Pero cada mirada robada, cada roce accidental y cada promesa silenciosa hacen imposible ignorar la atracción que nace entre ellos. Lo que comenzó como un refugio pronto se convierte en un amor prohibido, marcado por secretos del pasado y un deseo que ninguno de los dos puede detener. Emma sabe que acercarse demasiado a Alejandro puede romperle el corazón… pero también es la única forma de volver a sentirse viva. ¿Podrá el amor sanar sus heridas o el peso de los secretos los separará para siempre?
View MoreLa mañana llegó sin sobresaltos.No hubo prisas, ni alarmas estridentes, ni discusiones pequeñas por cosas sin nombre. La casa despertó como despiertan los hogares que ya no están en guerra consigo mismos: despacio, con ruidos suaves, con una especie de respiración compartida.Emma fue la primera en abrir los ojos.Alejandro dormía a su lado, de espaldas, con una mano estirada sobre la almohada vacía que ella había dejado al levantarse. Emma lo observó un momento largo, sin nostalgia ni temor. Lo miró con una calma nueva, una que no necesitaba asegurarse de nada.No pensó: ¿seguirá aquí mañana?Pensó: está aquí ahora.Eso era suficiente.Se levantó y caminó descalza hasta la cocina. Preparó café, no por rutina sino por gusto. El aroma llenó el espacio con una familiaridad que ya no dolía. Mientras el agua hervía, escuchó pasos pequeños.Sofía apareció en la puerta, despeinada, con el rostro aún marcado por el sueño.—¿Hoy es sábado? —preguntó.Emma sonrió.—Sí.Sofía suspiró, como si
La casa estaba en silencio, pero no era un silencio vacío.Era un silencio lleno de respiraciones tranquilas, de rutinas cumplidas, de cuerpos que sabían dónde descansar. Sofía dormía en su cuarto, con un libro abierto sobre el pecho. Isabella lo hacía en la cuna, con una mano cerrada como si todavía sostuviera algo invisible.Emma apagó la última luz del pasillo y se quedó un segundo apoyada en la pared.Cansada.No exhausta. No rota.Cansada de verdad.Alejandro apareció detrás de ella, descalzo, con la camiseta arrugada y el rostro sin defensas.—¿Estás bien? —preguntó.Emma asintió.—Sí. Solo… estoy sintiendo el día.Alejandro no dijo nada. Se apoyó a su lado. Compartieron el peso del muro, como habían compartido tantas otras cosas.—Antes —dijo él, después de un momento—, el cansancio me daba miedo.Emma giró un poco la cabeza.—¿Por qué?—Porque pensaba que era el inicio del final —respondió—. Que cuando uno se cansaba… era porque ya no quería.Emma cerró los ojos.—A mí también
La decisión de reorganizar la casa no nació de una conversación profunda ni de una crisis puntual. Fue algo más sencillo.—Este mueble ya no tiene sentido aquí —dijo Emma, una mañana, señalando la estantería junto a la ventana.Alejandro levantó la vista desde el suelo, donde Isabella pataleaba sobre una manta.—Nunca lo tuvo —respondió—. Solo estuvo ahí porque siempre estuvo ahí.Emma sonrió. Esa respuesta contenía más verdad de la que parecía.Mover cosas. Eso estaban haciendo. Pero no se trataba solo de muebles.La casa llevaba años adaptándose a ellos, a sus etapas, a sus silencios, a sus expansiones y retrocesos. Ahora, por primera vez en mucho tiempo, sentían que podían decidir juntos cómo querían habitarla.Alejandro tomó la estantería por un lado, Emma por el otro. No coordinaron demasiado, pero el movimiento salió fluido.—Cuidado —dijo él—. Creo que está más pesada de lo que parece.—Como todo lo que se queda demasiado tiempo en el mismo lugar —respondió Emma.La dejaron apo
El día empezó sin anuncio.No hubo un despertar distinto ni una luz especial entrando por las ventanas. El reloj sonó a la misma hora, la cafetera hizo el mismo ruido, y la casa respiró como lo hacía siempre. Pero Emma lo notó desde el primer gesto: el cuerpo no estaba en guardia.Se levantó antes que Alejandro, por costumbre más que por necesidad. Caminó descalza hasta la cocina, abrió la nevera, sacó la leche, los huevos, el pan. Rutina pura. Sin épica.Y aun así, algo era distinto.No sentía ese nudo anticipado en el pecho. Esa tensión invisible que la acompañaba incluso cuando nada ocurría. Hoy, el silencio no pesaba. Acompañaba.Escuchó pasos detrás de ella.—Buenos días —dijo Alejandro, con la voz aún dormida.Emma giró apenas la cabeza.—Buenos días.No se sobresaltó. No midió el tono. No buscó señales ocultas.Alejandro se acercó a la cafetera y empezó a prepararlo sin preguntar. Emma observó ese gesto pequeño —él recordando cómo le gustaba el café, cuántas cucharadas, cuánta












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