LOGINMe quedé en el tercer banco desde atrás, las manos trabadas tan fuerte alrededor del programa que el papel se desgarró bajo mis uñas, y miré al hombre que solía llamarme su promesa para siempre prometerle para siempre a otra mujer.El vestido blanco de Mira se aferraba a la curva suave de su estómago. No escondido. Ni siquiera intentándolo. El bulto se sentaba ahí bajo el encaje como un pequeño secreto orgulloso por fin permitido a respirar. Hace dos meses se había quedado en mi salón, los ojos húmedos, la voz temblando, diciéndome que lo sentía, que solo habían sido unas pocas veces, que estaba embarazada. Me había sentido hueca entonces. Vacía. Hoy el vacío tenía dientes.—Te tomo, Mira, como mi esposa legalmente casada…Su voz se transmitió. Estable. Cálida. La misma voz que solía murmurar promesas asquerosas contra mi cuello en la oscuridad. Me pregunté cuántas de esas noches ocupadas había pasado dentro de ella mientras yo esperaba despierta con comida para llevar enfriándose. Cu
La noche siguiente Jenna se fue a la cama a las diez y media con su melatonina habitual y los tapones para los oídos.Lucy esperó hasta que la luz del pasillo de arriba se apagó. Luego bajó descalza, llevando solo una camiseta oversized que apenas le llegaba a la parte de arriba de los muslos, exactamente como Dominic había ordenado. Sin bragas. El aire fresco de la casa le besó la piel todavía tierna de su culo y la costura mojada de su coño con cada paso.La puerta del lavadero ya estaba entreabierta. La única luz venía de la bombilla pequeña sobre las máquinas. Dominic estaba de espaldas contra la lavadora, los brazos cruzados, todavía completamente vestido con los vaqueros oscuros y la camiseta negra que había llevado a la cena. Sus ojos la rastrearon en el segundo en que entró.—Cierra la puerta.Lo hizo. El clic suave sonó final.—Camiseta fuera. De rodillas.Lucy se subió la camiseta por la cabeza y la dejó caer. Completamente desnuda, se hundió en el suelo de hormigón delante
Los pasos en las escaleras fueron lentos y desiguales.Dominic se congeló hondo dentro de Lucy, cada centímetro grueso todavía enterrado en su coño. Su mano se quedó clavada sobre su boca. Los ojos de Lucy estaban abiertos de par en par, el cuerpo rígido, el coño todavía aleteando del orgasmo que acababa de destrozarla. Por encima de ellos el crujido suave del séptimo escalón sonó, luego el octavo.La voz de Jenna se deslizó abajo, espesa de sueño.—¿Dom? ¿Sigues despierto?El corazón de Lucy se estrelló tan fuerte que estaba segura de que su hermana lo oiría. La polla de Dominic se contrajo dentro de ella. No se salió. En vez de eso se inclinó más pesado sobre su espalda, la boca contra su oído, y susurró tan bajo que apenas era aire.—Ni un puto sonido.Se quedó enterrado hasta el fondo mientras los pies desnudos de Jenna llegaban al fondo de las escaleras. La lámpara del salón todavía estaba encendida. El vestido y la tanga de Lucy yacían en un montón negro pequeño en la alfombra.
Debería haberse levantado.En vez de eso abrió la boca, se inclinó hacia delante y tomó la cabeza gruesa entre los labios.El sabor de él —piel limpia y sal— le inundó la lengua. La mano de Dominic se posó en la parte de atrás de su cabeza, no forzando, solo descansando ahí como una reclamación. Hundió las mejillas y chupó, los ojos aleteando cerrados, mientras su mano libre se alzó para envolver la base que no podía meter. Era más grande que cualquiera de los chicos del colegio. La mandíbula ya le dolía y apenas había tomado la mitad.—Joder —murmuró por encima de ella—. Mírate. La hermanita de Jenna de rodillas en el salón, el pintalabios por toda mi polla.Lucy gimió alrededor de él. La vibración le hizo contraer las caderas. Lo tomó más hondo, luchando contra la arcada, hasta que la nariz le rozó el pelo recortado en la base y las lágrimas le picaron los ojos. Cuando se echó atrás, una hebra gruesa de saliva conectó su labio inferior a la cabeza brillante.Los dedos de Dominic se
Lucy Parker empujó la puerta principal abierta a la 1:07 de la madrugada e inmediatamente se arrepintió de cada decisión que la había llevado aquí.La casa estaba oscura excepto por la única lámpara que todavía ardía en el salón. Se quitó los tacones de una patada, las correas baratas de plástico clavándose en las ampollas de sus tobillos, e intentó cerrar la puerta en silencio. El cerrojo todavía hizo clic demasiado alto en el silencio.Tenía veintiún años, tres meses en su tercer año en State, y actualmente vivía en la habitación de invitados de su hermana mayor Jenna porque los dormitorios se habían inundado y Jenna había insistido. Jenna tenía treinta y cuatro, organizada, perfecta. Su marido, Dominic Kane, tenía treinta y seis, un metro noventa de control callado, y la razón por la que Lucy había pasado los últimos ocho meses tomando duchas más largas de lo necesario.Se había dicho a sí misma que tendría cuidado. Se había dicho a sí misma que la forma en que los ojos de Dominic
Volvieron la noche siguiente. Y la noche después de esa. Y cada noche que Emily se quedaba en el campus.Los mensajes de Jake nunca cambiaban —Prepárate. Desnuda— y siempre lo estaba. Puertas sin cerrojo. Luces bajas. Cuerpo ya latiendo. Mi marido todavía estaba «viajando». Emily todavía creía que su novio estaba enterrado en la biblioteca. La mentira se sostenía porque necesitaba que se sostuviera, porque en el segundo en que la puerta se cerraba y esos cuerpos jóvenes y duros llenaban mi salón dejaba de ser Claire la esposa invisible y me convertía en el juguete secreto y goteante del equipo.Para la tercera noche había ocho de ellos.No perdían tiempo con besos suaves o palabras dulces. Sudaderas y pantalones de chándal caían al suelo en el momento en que el cerrojo hacía clic. Pollas ya gruesas y goteando. Manos ya en mí: tirándome del pelo, abriéndome el culo, pellizcándome los pezones hasta que gemía. Jake me empujaba de rodillas en el vestíbulo y me follaba la garganta mientras







