Inicio / Romance / INVIERNO HEREDADO / Memorias de un Invierno Alpino

Compartir

INVIERNO HEREDADO
INVIERNO HEREDADO
Autor: Coral

Memorias de un Invierno Alpino

Autor: Coral
last update Fecha de publicación: 2026-10-03 22:42:05

Invierno / Febrero 2016

Región de Salzkammergut / Schloss Hallstatt

​El picadero cubierto olía a cuero húmedo, viruta de pino y al frío metálico que se filtraba a través de los altos ventanales góticos. A sus nueve años, Ciro Von Seidl no montaba por pasatiempo; lo hacía con la rigidez y el control milimétrico de quien entendía que cualquier descuido era una debilidad inaceptable. Su postura sobre el caballo era perfecta, casi antinatural para su edad.

​—Von Seidl.

​La voz del director resonó seca, cortando el eco de los cascos sobre la arena. Ciro detuvo al animal con un leve movimiento de riendas, sin brusquedades. Al pie de la barrera de madera no estaba el preceptor habitual, sino dos hombres con trajes oscuros y abrigos largos que desentonaban por completo con la atmósfera académica del internado. Detrás de ellos, con el rostro surcado por una tristeza contenida que apenas lograba disimular bajo su habitual porte severo, aguardaba Siegmund.

​Ciro los observó desde la altura de la silla. Su mente, hiperactiva y fría, calculó las variables en fracciones de segundo: el tipo de vehículo oscuro aparcado al otro lado de los jardines principales, la rigidez en los hombros de Siegmund y la total ausencia de su padre. Llevaba casi un año en el internado; en todo ese tiempo, su padre solo lo había visitado dos veces, y de forma muy breve.

​—Su equipaje ya está listo, joven Ciro —dijo el director, con una formalidad helada que rozaba la incomodidad—. Tiene salida inmediata. Su abuelo lo espera.

​Ciro no preguntó nada. No hizo falta. Simplemente desmontó con elegancia, dejó las riendas en manos del mozo de cuadra y caminó hacia Siegmund sin emitir una sola palabra. Pasó junto al director sin dedicarle ni un destello de atención y se deslizó al interior del vehículo oscuro que aguardaba con el motor encendido. El calor artificial del habitáculo contrastaba de inmediato con la helada brisa de la abadía.

​Siegmund ocupó el asiento delantero, girándose apenas lo suficiente para mirarlo a través del retrovisor con una expresión rota, cargada de una pesadumbre que no supo cómo disimular del todo.

​El auto comenzó a deslizarse en silencio por los caminos empedrados de la región de Salzkammergut, dejando atrás los contornos góticos de Schloss Hallstatt. Ciro mantuvo las manos cruzadas sobre las rodillas, con la rigidez de un adulto en miniatura. Tras varios kilómetros de un denso silencio que pesaba como plomo, el niño rompió la quietud con voz clara, completamente desprovista de temblor:

​—¿Por qué no vino él?

​Siegmund tragó saliva con dificultad. Sabía que mentirle a Ciro era un ejercicio inútil; su mente siempre iba tres pasos por delante.

​—Tu padre no pudo viajar, joven Ciro —respondió Siegmund con voz ronca, midiendo cada palabra—. Por eso me envió a buscarte. Quiere verte. En Viena. Está… esperando en la mansión.

​La respuesta flotó en el aire, exigiendo una decodificación inmediata. Ciro apretó ligeramente los nudillos. Desde los años en los que viajaba con él a Zúrich, Alemania o Inglaterra, recordaba perfectamente las últimas veces que lo había visto: el rostro demacrado, la fatiga oculta tras la elegancia de los abrigos largos y, de golpe, el aislamiento en el internado cuando cumplió los ocho años, bajo la premisa de que su padre necesitaba espacio y descanso. Nunca le habían dicho el nombre exacto de la enfermedad, pero su inteligencia superdotada ataba cabos. La palabra «esperando» significaba que el hilo seguía intacto. Tras un año entero de destierro, su mente se aferró a la posibilidad más lógica y luminosa: el aislamiento había terminado, su padre había mejorado y lo llamaban para retomar su vida juntos.

​Ciro no hizo más preguntas. Apartó la mirada del asiento delantero y la fijó en la ventanilla lateral.

​Afuera, el paisaje de febrero se desdibujaba en una acuarela de grises y blancos rotos. Dejaron atrás los lagos alpinos de aguas oscuras y turbias, custodiados por abetos cargados de nieve pesada que parecían estatuas silenciosas bajo un cielo plomizo. La carretera serpenteaba cortando campos yermos y laderas heladas, mientras la escarcha dibujaba formas geométricas sobre el cristal del auto. Ciro observaba aquel mundo desolado pasar a toda velocidad, sintiendo que cada kilómetro recorrido hacia Viena lo devolvía, por fin, a los brazos de su padre.

​La mansión de los Von Seidl en Viena no era un hogar; era un mausoleo de piedra, caoba y silencio donde la muerte de Diego se respiraba en el aire antes de cruzar la puerta principal.

​Beatriz los recibió al pie de la gran escalinata. Su rostro, tallado por los años de sostener una dinastía sobre los hombros, mostró un atisbo de genuino quebranto al ver al niño. Lo tomó brevemente de los hombros con sus manos enguantadas, transmitiéndole un afecto seco, utilitario, desprovisto de dramatismo. No hubo gritos ni consuelo blando; la matriarca sabía que las lágrimas eran un lujo que los herederos de los astilleros no podían permitirse.

​Al fondo del pasillo, dos médicos salieron de la habitación principal en completo silencio. Sus rostros confirmaban lo inevitable. Ciro detuvo el paso. Un segundo antes, en el asiento del auto, su mente se aferraba a la esperanza de que el aislamiento hubiera terminado; en ese instante, al ver la mirada baja de los galenos, aquel frágil castillo de naipes se derrumbó por completo. Sin embargo, su mandíbula se tensó con una rigidez antinatural. No permitió que sus ojos se humedecieran.

​Empujó la puerta y entró.

​La habitación olía a medicamentos pesados, sábanas almidonadas y al sutil aroma a sal y madera barnizada que siempre acompañaba a Diego. Sobre los estantes y escritorios descansaban maquetas de yates de lujo y cascos de buques de carga, los gigantes de acero que la familia gobernaba.

​En la cama, su padre yacía consumido por las complicaciones del cáncer: la piel translúcida, los ojos hundidos, el cuerpo que alguna vez lo había llevado de la mano por Inglaterra y Alemania reducido a una sombra. Diego intentó incorporarse apenas, extendiendo una mano delgada.

​—Ciro… Acércate.

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • INVIERNO HEREDADO    Causalidad de Tarabya

    En el distrito de Sarıyer, en la zona de Zekeriyaköy, no era nada nuevo ver a familias de la alta sociedad pasar sus vacaciones en sus fincas o villas. Propiedades que podían estar completamente deshabitadas por meses y cobrar vida en ciertas estaciones del año. ​Ciro, que había regresado del aeropuerto, descansaba en el jardín de su villa privada escuchando el sonido del bosque que lo rodeaba, repitiendo una y otra vez en su memoria el ligero temblor de su objetivo. ​—No tienes ni idea de lo que te espera —murmuró a la nada con un tono peligroso. ​—¡Walter! ​—Sí, señor. ​—Informa a Öztürk que tengo treinta minutos para escuchar su propuesta. The Grand Tarabya Hotel, 2:00 p. m. ​—Enseguida. ​—¿Paul? ​—A su orden. ​—Que la lancha rápida esté lista para mi retorno. ​—Entendido. ​No había tiempo que perder, sino hilos que mover. ​En el distrito de Maslak, Arkan vio su teléfono vibrar y el número que figuraba en la pantalla. Dejó que sonara un segundo más y atendió

  • INVIERNO HEREDADO    Aleación femenina

    A varios kilómetros del centro financiero, la dinámica dentro del auto era completamente diferente.​ Elif no dejaba de mover sus piernas cruzadas, debatiéndose entre preguntarle a su madre por aquel hombre o soltar de una vez el resultado de su examen para aplicar por una carrera no convencional en un área diferente. ​—Mamá —tanteó el terreno un poco nerviosa, bajando el volumen de la música. ​—Dime —respondió Melani. ​—No creo que estudiar finanzas realmente sea para mí. ​Su madre escuchó, apenas se giró para verla y no dijo nada; esperó a que continuara. ​—Digo... no soy tonta. Papá está preparando a mi hermano para asumir la empresa en el futuro, ¿y qué hay de mí? Me hace estudiar una carrera que al final no voy a poder ejercer. Mi abuela también lo dice... ​—Elif —interrumpió Melani, aparcando el auto frente a una tienda de moda y dándole toda su atención—, ¿qué es lo que te preocupa realmente? ¿Quieres que tu padre te nombre a ti como su sucesora? ​—Es lo que me cor

  • INVIERNO HEREDADO    El relevo

    No hubo palabras. Ni un saludo, ni un gesto de cortesía corporativa. Ciro no era de improvisar; optó por lo único seguro: desvió la mirada y continuó su camino hacia el ascensor privado sin mirar atrás. Su mente era un torbellino de desconcierto; necesitaba desaparecer de ahí antes de que esa variable imprevista terminara de dinamitar sus planes. ​A pocos metros, Elif se quedó completamente paralizada. El impacto de tener frente a frente a ese joven de ojos azules —un depredador con una belleza tan oscura como magnética— la dejó sin aliento. El hecho de que él la hubiera ignorado por completo, pasando de largo como si fuera una sombra molesta, lejos de repelerla, encendió una chispa de curiosidad rabiosa y desconcierto. ¿Quién demonios se creía para ignorarla de esa manera? ​Antes de que pudiera procesar la avalancha de sensaciones, el eco de unos pasos pesados resonando por el pasillo la sacó del trance. Creyendo que se trataba de su padre y temiendo una reprimenda por seguir vag

  • INVIERNO HEREDADO    El crujir de la armadura

    ​—La junta solo estará para aprobar mi decisión. No permitiré objeciones de minoría. ​—Muy bien. Tienes mi respaldo. Pero no olvides que se debe caminar antes de correr —aconsejó el anciano. ​—No sé lo que es eso. ¿Alguna vez me lo permitiste, abuelo? ​El silencio del estudio llenó el ambiente de forma incómoda. El patriarca carraspeó ignorando la pregunta, se levantó con dificultad y abandonó la habitación. ​Ciro lo siguió con la mirada. ¿Por qué sigues esperando lo que no hay? se preguntó apretando el puño. Ni una palabra de cariño había recibido de parte de él a lo largo de los veinte años, solo un asentimiento de aprobación por superar cada reto enmascarado como educación. ​Un hombre con muchos vacíos difícilmente podría ser bueno. Y como bien dijo, en las reuniones posteriores nadie le contradijo; todos se sometieron a él, incluso sus consejeros, quienes descubrieron que el joven jamás se había confiado plenamente de ellos. ​Mientras muchos jóvenes de su edad disfruta

  • INVIERNO HEREDADO    La armadura de hielo

    De regreso en Schloss Hallstatt, el peso de su nueva realidad se abatió sobre él como una losa de plomo. El viejo Hans había dejado algo muy claro antes de enviarlo de vuelta: la seguridad del chico era absoluta. Nadie en el internado podía tocarlo, ni levantarle la mano, ni cruzar una línea física sin atenerse a las catastróficas consecuencias de desafiar a los Von Seidl. El apellido funcionaba como un campo de fuerza invisible. ​Pero esa protección blindada solo empeoró las cosas. ​Al saber que Diego Von Seidl, el implacable “tiburón” que había dominado y aplastado a la competencia había muerto, dejando a su único y polémico hijo completamente solo, los demás herederos y vástagos de la alta sociedad europea vieron en Ciro una pieza codiciada y a la vez un blanco perfecto. Nadie se atrevía a empujarlo en los pasillos o a buscarle una pelea física que atrajera la furia del viejo Hans; en su lugar, la guerra se volvió cien veces más cruel: psicológica. ​Las mesas del comedor se a

  • INVIERNO HEREDADO    El corazón de un traidor

    ​El niño dio dos pasos al frente y se detuvo al pie de la cama. Quería correr hacia él, hundir el rostro en su pecho y suplicarle que no lo dejara solo en aquel mundo hostil, pero la coraza helada que había construido en el internado se cerró a su alrededor como una armadura de hierro. Mantuvo los brazos rígidos a los costados, con una dureza en la mirada que quebró el alma de Diego. Su hijo se negaba a llorar frente a él. ​—Ven aquí, hijo —repitió Diego con voz quebrada, cargada de un dolor que iba mucho más allá de la enfermedad al ver que su propia sangre lo miraba como a un extraño blindado. ​Ciro se acercó lo suficiente para permitir el contacto, pero su cuerpo no cedió; se mantuvo tenso, insensible, un niño de nueve años obligado a ser una estatua de piedra. Diego lo rodeó con lo poco que le quedaba de fuerza, sabiendo que el tiempo se escurría entre los dedos. ​—Sé que te envié lejos… No fue porque no te quisiera —susurró Diego contra su cabello, con la respiración pesada

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status