El amanecer en la metrópoli no comenzaba con el suave destello del sol, sino con un gris plomizo que se filtraba pacientemente a través de las cortinas automatizadas de la residencia Müller. Dominick abrió los ojos mucho antes de que sonara la alarma.
Permaneció inmóvil durante largos minutos, observando el techo perfectamente pulido de su habitación, sintiendo el vacío característico que solía acompañar cada una de sus mañanas. Un cansancio denso y persistente habitaba en sus músculos, no por falta de descanso, sino por el peso de las responsabilidades que caían sobre sus hombros día tras día. Con un suspiro ahogado, estiró los brazos y se pasó las palmas de las manos por el rostro, intentando sacudirse las sombras del sueño.
Se levantó de la cama con movimientos metódicos y automáticos. Cada paso dentro de aquella enorme casa parecía resonar en una calma casi sepulcral. Se adentró en el baño principal, donde el mármol frío bajo sus pies descalzos le devolvió un toque de realidad.
Accionó la llave de la ducha matutina y dejó que el agua caliente cayera torrencialmente sobre sus espaldas cansadas, liberando el vapor que pronto empañó los enormes espejos. Mientras el agua corría, Dominick cerró los ojos, intentando despejar su mente de los estados financieros, los contratos pendientes y las reuniones corporativas que le aguardaban.
Tras cepillarse los dientes y arreglarse con cuidado minucioso, caminó hacia el vestidor. Aquel espacio era una representación exacta de su existencia: impecable, ordenado y carente de colores estridentes. Escogió uno de sus trajes a medida en tono gris marengo, una camisa blanca perfectamente almidonada y una corbata de seda oscura. La ropa actuaba como una armadura contra el mundo exterior.
Ajustó el broche de su reloj de pulsera en la muñeca izquierda —un movimiento que realizaba de manera casi obsesiva— y finalmente abandonó la estancia.
Al cruzar los pasillos, la casa se mantenía en un silencio sepulcral. El color gris dominaba los muros, los muebles y las obras de arte abstracto que decoraban las paredes. No había calidez, pero había orden. Había una paz calculada, casi quirúrgica, que Dominick disfrutaba por encima de cualquier cosa, pues el caos era algo que jamás se permitía tolerar.
—Buenos días, señor Müller —saludó Bruno, el chofer, aguardando junto a la puerta principal con la postura erguida que lo caracterizaba.
—Buenos días, Bruno —respondió Dominick con un leve asentimiento de cabeza, manteniendo la distancia profesional de siempre.
Se adentró en el interior del automóvil negro, cuyo cuero olía a pulcritud y lujo discreto. Mientras el motor comenzaba a rugir suavemente sobre el asfalto, Dominick extrajo el teléfono móvil del bolsillo de su saco. Abrió la aplicación de seguridad del edificio corporativo y observó las cámaras en tiempo real de su piso. Una leve sonrisa, casi imperceptible, curvó la comisura de sus labios al enfocar la pantalla.
Allí estaba ella. Ciara, su castaña asistente, acababa de entrar a la oficina. La observó ordenar los documentos sobre el escritorio, acomodar el tintero y ajustar la silla con ese cuidado minucioso que la caracterizaba. Al finalizar, la joven contempló el espacio limpio con una amplia y luminosa sonrisa de satisfacción.
Dominick se acomodó contra el respaldo del asiento y cerró los ojos un instante. La simple imagen de Ciara lograba alterar el ambiente gélido que solía rodearlo. Pensó en el delicioso aroma del café recién preparado que ella siempre le tenía listo, en el maravilloso sabor del pastel que a veces llevaba para compartir y, de manera inevitable, en la anatomía de su cuerpo. Recordó lo inquietantemente bien que le sentaba aquel vestido cenizo que solía llevar, una prenda ajustada que delineaba con elegancia cada curva de su figura.
—Hemos llegado, señor —anunció la voz de Bruno, interrumpiendo abruptamente el hilo de sus pensamientos.
Dominick abrió los ojos, recobró la compostura en un milisegundo y ajustó el botón superior de su saco. Bajó del vehículo con paso firme y se adentró en el imponente rascacielos que llevaba la marca de su familia. Saludó a la recepcionista con una inclinación formal de cabeza y caminó hacia los ascensores. Sentía una sutil ansiedad en el pecho, un deseo irracional por llegar a su planta y encontrarse con la mirada de su asistente. Presionó el botón del panel táctil y esperó a que las puertas de acero pulido comenzaran a cerrarse.
—Permiso... —una voz aguda irrumpió en el vestíbulo justo antes de que el ascensor se sellara.
Una joven de cabello pelirrojo logró colarse en el habitáculo. Al percatarse de la presencia del hombre alto y dominante a su lado, sus ojos se abrieron con desmesura.
—S-Señor Müller... —balbuceó, ajustando la carpeta que llevaba contra el pecho.
—Buenos días, señorita Warthyn —respondió él con tono neutro. Recordó de inmediato que se trataba de una de las pasantes del departamento de finanzas, quien parecía sonrojarse cada vez que cruzaban miradas en el edificio.
—Lamento la molestia, no quería interrumpir su viaje, yo...
—Suba, no hay ningún problema —interrumpió Dominick, manteniendo la vista al frente.
La muchacha mordió su labio inferior visiblemente nerviosa mientras las puertas de bronce y cristal se cerraban nuevamente. El marcador digital empezó a iluminar los pisos en ascenso. Dominick tamborileó los dedos sobre el muslo, dominado por una creciente impaciencia.
Quería ver a Ciara. Su mente, traicionera y persistente, lo arrastró de pronto al recuerdo de la semana pasada, cuando la joven asistente, en un momento de vulnerabilidad tras una larga jornada, le confesó parte de su pasado familiar.
Aquella historia aún le provocaba una amarga agitación en el estómago. ¿Qué clase de madre era capaz de abandonar a sus propias hijas a su suerte? Y peor aún, ¿cómo era posible desentenderse de dos pequeñas e inocentes criaturas dejándolas a cargo de una muchacha de apenas quince años y de un hombre que ni siquiera era su padre biológico?
Dominick apretó la mandíbula al reflexionar sobre la sociedad actual. Sabía bien, por los reportes ejecutivos y las noticias que leía a diario, que aquello no era un caso aislado. Las historias de abandono, negligencia o incluso la venta de menores por sumas miserables de dinero se repetían con una frecuencia alarmante en los sectores más vulnerables.
La impotencia lo carcomía. Si aquellas personas no deseaban asumir la responsabilidad de la maternidad, ¿por qué no recurrían a los métodos anticonceptivos? ¿Por qué no interrumpían el embarazo a tiempo? ¿Qué tan difícil podía ser actuar con un mínimo de racionalidad?
Un profundo suspiro se le escapó del pecho al sentir cómo la frustración y la molestia se apoderaban de su estado de ánimo. Recordó las lágrimas amargas que recorrieron las mejillas de Ciara cuando se lo contó, y ese recuerdo intensificó el enojo en su interior. "Vaya que mi padre tenía razón", pensó con amargura. Su progenitor solía repetirle una máxima fría pero certera: las personas que aparentan ser más felices y que ríen con mayor frecuencia suelen ser las que llevan las cicatrices más profundas en el alma.
Se llevó dos dedos al puente de la nariz, presionando con suavidad para mitigar el dolor de cabeza incipiente. Debía buscar la forma de aliviar aquella pesada carga de las espaldas de Ciara. Convenciéndose a sí mismo de que lo hacía por razones estrictamente profesionales, se dijo que necesitaba a su asistente concentrada al cien por ciento en el trabajo de la empresa, sin distracciones emocionales.
—Señor Müller... ¿se encuentra bien? —preguntó Rose, la pasante pelirroja, observándolo de reojo con evidente preocupación.
Dominick giró levemente la cabeza y dibujó una sonrisa cortés, pero distante.
—Por supuesto.
—¿Seguro? No es mi intención ser entrometida, pero se nota un poco tenso...
—Estoy bien, señorita Warthyn —sentenció él, posando una mano firme sobre el hombro de la joven para dar por terminada la conversación.
La muchacha volvió a sonrojarse intensamente y entreabrió los labios para agregar algo más, pero el tintineo del ascensor anunció la llegada al piso ejecutivo. Las puertas se abrieron de par en par.
La mirada de Dominick viajó de inmediato hacia el pasillo principal. Allí estaba Ciara. Hoy llevaba su largo cabello castaño suelto, cayendo en suaves ondas sobre sus hombros. Para Dominick, verla era comparable a una tormenta fresca en medio de un desierto sofocante; su sola presencia le devolvía el aire. Los ojos avellana de la joven se posaron sobre él con una sonrisa cálida que se congeló en un instante al reparar en la mano de Dominick aún apoyada sobre el hombro de la pasante. Ciara frunció levemente el ceño, mostrando un destello imperceptible de incomodidad, antes de enmascarar su expresión y volver a fijar la vista en su jefe.
Fue un movimiento tan veloz que Dominick apenas pudo procesar la reacción de su asistente.
—Que tenga un buen día, señor Müller —dijo la joven Rose, sacándolo de su abstracción.
—Igualmente, señorita Warthyn —respondió él.
La pasante le sonrió a la asistente, se puso de puntillas y dejó un rápido beso en la mejilla de Ciara.
—Buen día, Ciara.
—Buen día, Rose —contestó la castaña, manteniendo los ojos fijos en Dominick mientras pronunciaba aquellas palabras.
Un silencio denso y cargado de tensión no verbal se instaló entre el ejecutivo y su asistente. Dominick se aclaró la garganta, rompiendo el hechizo.
—¿Viene, señorita Haslye? —preguntó señalando el interior de la oficina.
—Lo lamento, señor, pero olvidé unos informes importantes en la oficina de Teo —respondió ella con una sonrisa excesivamente profesional y distante—. Iré en un momento.
—La necesito aquí para que organice mis documentos —insistió él, frunciendo el ceño ante la evasiva.
—He organizado absolutamente todo antes de que usted llegara, señor. Encontrará su agenda impecable sobre su escritorio. Solo me tomaré tres minutos. Que tenga buen día.
Sin esperar una respuesta, Ciara dio media vuelta con elegancia y caminó a paso ligero por el pasillo. Las puertas del ascensor se cerraron de golpe. Dominick apretó los puños con fuerza a los costados de su cuerpo, sintiendo una punzada de irritación e impotencia ante la actitud evasiva de su asistente.
—Eso sería todo por el día de hoy, caballeros —anunció Dominick, poniéndose de pie al término de una extenuante reunión de negocios. Se acercó al ejecutivo principal y estrechó su mano con firmeza.
—Agradecemos infinitamente su tiempo y su consideración, señor Müller —respondió el hombre maduro, tomando su portafolios antes de abandonar la sala de juntas.
—Gracias a ustedes —asintió Dominick, observándolo salir por la pesada puerta de madera.
Cuando la estancia quedó completamente vacía, Dominick caminó de regreso a su escritorio y se dejó caer sobre el sillón de piel. Se desató el nudo de la corbata con frustración y se quitó el saco, arrojándolo sobre el respaldo. Desabrochó los dos primeros botones de su camisa blanca para poder respirar con mayor libertad. La jornada había sido sofocante. Se dirigió hacia el mueble bar, se sirvió un vaso de whisky en las rocas y caminó hacia los enormes ventanales que ofrecían una vista panorámica de los rascacielos de la ciudad.
Permaneció allí, observando el horizonte sin fijar la vista en nada en particular, buscando aplacar la inquietud que lo dominaba. De pronto, la vibración de su teléfono móvil sobre la mesa de cristal rompió la quietud. Dejó el vaso a un lado y tomó el aparato. Al encender la pantalla, una fotografía enviada por la niñera le dibujó una amplia y sincera sonrisa en el rostro: su pequeño hijo aparecía corriendo por el jardín portando un pijama de dinosaurio azul, mientras un cachorro de pelaje dorado lo perseguía dando saltos torpes. La calidez inundó su pecho por un instante, recordándole la razón de cada uno de sus esfuerzos.
—¡Señor Müller! —una voz sofocada y temblorosa irrumpió en la oficina sin previo aviso.
Dominick se giró sobre sus talones abruptamente. Ciara estaba de pie bajo el marco de la puerta. Su rostro, habitualmente lleno de vida, lucía completamente pálido; su respiración era agitada y sus ojos reflejaban un pánico primario. La sonrisa de Dominick se borró al instante, reemplazada por una profunda mueca de alarma.
—¿Qué sucede, Ciara? —preguntó dando un paso hacia ella. Notó de inmediato que llevaba su bolso colgado al hombro y su abrigo entre las manos.
—Necesito... necesito irme ahora mismo —dijo ella al borde del colapso emocional—. Una de mis hermanas tuvo un accidente en el colegio...
Dominick no lo pensó dos veces. Soltó el vaso de whisky sobre la mesa con brusquedad y tomó su saco del sillón.
—¿Está ingresada en el hospital? —inquirió con voz decidida.
—No... no lo sé. Me llamaron del instituto.
—Vamos, la llevo yo mismo.
Los ojos avellana de Ciara se abrieron de par en par, parpadeando con incredulidad.
—¿Qué? No... señor, no puede...
—Dije que la llevo, Ciara. Un taxi tardará una eternidad en llegar hasta esta zona y usted está demasiado alterada para ponerse al volante. Estoy seguro de que manejaría como una loca en ese estado —argumentó él, acortando la distancia—. Prefiero manejar yo.
—Pero... el trabajo, los inversionistas, sus llamadas...
—Resolveré el trabajo más tarde. Eso no importa ahora. Vamos.
Sin esperar su consentimiento, Dominick la tomó firmemente del antebrazo y la guio fuera de la oficina hacia el ascensor privado. Durante el descenso, Ciara se llevó una mano a la boca, mordiéndose las uñas con desesperación. Sus hombros temblaban levemente y el aire entraba con dificultad a sus pulmones. Dominick la observaba de reojo, sintiendo cómo la angustia de ella comenzaba a contagiársele de manera inevitable.
Llegaron al estacionamiento subterráneo. Subieron al vehículo negro y, tras recibir las indicaciones atropelladas de Ciara sobre la ubicación del colegio, Dominick aceleró el motor, saliendo a toda velocidad hacia las calles transitadas.
—¿Cuál de sus dos hermanas es la que sufrió el accidente? —preguntó mientras esquivaba el tráfico con destreza.
—La pequeña... Bella —contestó ella con la mirada fija en el parabrisas, totalmente absorta en su tormento mental—. Al parecer un chico la empujó... o algo así. No me dieron muchos detalles por teléfono...
Dominick la observó unos segundos. Ciara movía la pierna de arriba abajo en un tic nervioso e incontrolable, mientras su pecho subía y bajaba aceleradamente.
—Seguro que se encuentra bien. Intente mantener la calma —murmuró él con voz pausada, tratando de brindarle un ancla de firmeza.
Ciara no respondió; simplemente apretó las manos sobre su regazo. Dominick aumentó la velocidad respetando la seguridad y, tras diez minutos de tensión insoportable, estacionó el vehículo frente a la fachada del Instituto Defrynt.
Desde la posición del auto, la vista hacia el patio central era clara. Un numeroso grupo de estudiantes de secundaria se encontraba reunido en círculo, gritando y azuzando una pelea. A través del tumulto, Dominick pudo divisar el momento exacto en que una jovencita era empujada violentamente contra el suelo.
Al caer, sus gafas salieron volando por el pavimento. La muchacha se giró, sobándose la mejilla lastimada, e intentó ponerse de pie con dificultad.
—¿Qué demonios está...?
—Leah... —murmuró Ciara a su lado. La palidez de su rostro se intensificó al reconocer a su otra hermana. Sin esperar a Dominick, abrió la puerta del copiloto y echó a correr desesperada hacia el patio.
Dominick bajó de inmediato y la siguió a paso firme, abriéndose camino entre los estudiantes que observaban el espectáculo.
—¡Fenómeno! —gritaba una rubia vestida con el uniforme escolar, flanqueada por dos muchachos de aspecto intimidante—. ¡Das verdadero asco!
La joven del suelo —vestida con pantalón negro, zapatillas deportivas y una sudadera gris holgada— volvió a ser empujada. La rubia se le acercó con la intención de propinarle una patada en el rostro, pero la chica pelinegra demostró una agilidad sorprendente: giró sobre el asfalto, enganchó el pie de la agresora y la jaló con fuerza, haciendo que la rubia cayera de espaldas contra el suelo lanzando un chillido de dolor.
—¡Pues este fenómeno te va a romper la cara, estúpida rubia plástica! —exclamó Leah poniéndose de pie de un salto, con la mirada ardiendo en rabia pura.
—¡Maldita perra! —uno de los muchachos que acompañaba a la rubia avanzó con el puño levantado para golpearla.
Sin embargo, Leah esquivó el impacto agachándose con rapidez y le plantó un puñetazo certero en el mentón, seguido de un gancho de izquierda en la mejilla que hizo tambalear al agresor.
El otro joven, de cabello castaño, intentó interceptarla por la espalda, pero Leah dio un giro veloz, le barrió los pies y le propinó una patada en pleno rostro antes de que cayera al suelo. Los alumnos que observaban la escena retrocedieron espantados ante la ferocidad de la muchacha. Leah se echó el cabello negro hacia atrás, respirando agitadamente.
—¡Venga! ¿Acaso ya no pueden caminar? —desafió con la voz entrecortada por la adrenalina.
Dos chicas más intentaron abalanzarse sobre ella, pero Leah las recibió a golpes con una destreza violenta y desmedida.
—¡Eres una asquerosa al igual que tu hermana mayor! —le gritó una de las caídas mientras se limpiaba la sangre del labio—. ¡No me sorprendería nada que esa zorra se acueste con su jefe para mantenerlas!
Aquellas palabras hicieron que Leah perdiera por completo el control. Se abalanzó sobre la muchacha, la tomó con ferocidad del cabello y le estampó la cabeza contra su propia rodilla antes de derribarla sobre el asfalto. A la otra estudiante la sujetó por el mentón y estrelló su cabeza contra el muro de ladrillos del patio en tres ocasiones consecutivas.
—¡Leah, basta! —gritó Ciara al llegar al círculo de estudiantes.
La pelinegra giró la cabeza bruscamente hacia la voz de su hermana. Al enfocarla, Dominick pudo notar un detalle impactante: la joven poseía heterocromía; un ojo de tonalidad azul intensa y el otro de un color café oscuro.
—¿Ciara...? —balbuceó la muchacha, desconectándose un segundo de la realidad.
—¡Maldita loca! —gritó un muchacho alto que aprovechó su distracción para sujetarle el cabello por detrás y tirarla salvajemente contra el piso, asestándole una patada en el costado que la hizo girar sobre el polvo.
Leah se encogió sobre sí misma emitiendo un gemido de dolor, sobándose el estómago. Pero la pausa duró apenas un instante. Rápida como un felino, se giró, embistió las piernas del muchacho y cayó encima de él. Dominick se quedó paralizado ante la crudeza de la escena: la adolescente comenzó a golpear el rostro del joven con una furia descontrolada. Le sujetó la cabeza por las sienes y comenzó a estampársela contra el asfalto una y otra vez, completamente cegada por la rabia.
Los estudiantes rodeaban la escena filmando con sus teléfonos móviles. Ciara, desesperada, le arrebató el teléfono a uno de los chicos y lo arrojó contra el suelo, destruyéndolo. Acto seguido, la castaña intentó abalanzarse sobre su hermana para separar los puños de Leah del rostro sangriento del muchacho, pero Dominick intervino a tiempo, rodeando la cintura de Ciara con sus brazos y tirando de ella hacia atrás.
—¿¡Qué hace!? ¡Suélteme! —chilló Ciara forcejeando contra el agarre de su jefe.
—La va a lastimar si se mete ahora —sentenció Dominick con voz firme sobre su oído—. ¿Su hermana sufre de algún trastorno o ataques de ira?
—¿¡Qué!? —Ciara lo miró desconcertada, con los ojos anegados en lágrimas—. ¡No! ¡Ella no es así!
Dominick comprendió que la situación demandaba acción inmediata. Soltó a Ciara y avanzó con paso decidido hacia la pelinegra. Se agachó, sujetó a Leah por los hombros con fuerza calibrada y la arrancó de encima del muchacho semiconsciente.
—¡Hijos de puta! ¡Todos ustedes son unos malditos hijos de perra! —gritaba la joven fuera de sí, pataleando en el aire e intentando zafarse del agarre de hierro de Dominick—. ¡Suéltame!
—Tienes que respirar —habló Dominick con una calma calculada, manteniendo sus brazos firmes alrededor del torso de la joven—. Estás demasiado alterada, detente ahora mismo.
—¡Golpearon a mi hermanita! —rugió Leah, retorciéndose con violencia—. ¡Que me sueltes, joder!
—¡Leah! —Ciara corrió hacia ellas, se hincó frente a la chica y le tomó las mejillas con fuerza—. ¿¡Qué demonios te pasa!? ¿¡Acaso estás completamente loca!?
Ante la presencia y los gritos de su hermana mayor, la fuerza salvaje de Leah pareció evaporarse de golpe. Se desinfló entre los brazos de Dominick, por lo que el hombre la liberó gradualmente. La muchacha pestañeo varias veces, mirando el entorno con una expresión de desconcierto absoluto, como si acabara de despertar de un trance sombrío.
Sus ojos recorrieron a los estudiantes heridos, la sangre en el suelo y finalmente se posaron en Dominick y en su hermana.
—Ciara... yo...
—¡Casi matas a esos chicos, Leah! —recriminó Ciara con la voz quebrada por el llanto y la histeria.
—Ciara, por favor, no deberías gritarle en este estado... —intervino Dominick tratando de apaciguar el ambiente.
—¿¡Es que no te das cuenta de que pueden denunciarte!? —continuó Ciara, ignorando por completo la advertencia de Dominick—. ¿¡Cómo vamos a hacer si terminas en la cárcel, dime!? ¡Tenemos una deuda monumental en el jodido hospital! ¡No puedes actuar como un animal!
—Ellos... ellos golpearon a Bella... —murmuró Leah con un hilo de voz, señalando hacia el edificio escolar.
—¡No me importa! —espetó Ciara dando un paso hacia ella. Leah retrocedió de inmediato, mostrando una sombra de puro terror en la mirada—. ¿No entiendes la gravedad de esto? ¡Puedes ir a prisión! ¡Puedes arruinar tu vida para siempre!
Leah apretó los puños con fuerza, temblando de rabia e impotencia. De pronto, empujó a Ciara a un lado, recogió su mochila del suelo y echó a correr a toda velocidad hacia los límites del plantel.
—¡Leah! —gritó Ciara intentando ir tras ella.
Dominick la tomó con rapidez del brazo, deteniendo su paso.
—Déjela ir por ahora. No logrará razonar con ella en este estado —dijo él.
En ese instante, una mujer madura vestida con un traje sastre sumamente riguroso avanzó por el pasillo exterior con expresión de absoluta indignación, acompañada por dos profesores.
—¡Ustedes! —exclamó la mujer con voz chillona—. ¿Qué significa esta barbarie? ¡Miren cómo han dejado a los estudiantes!
—Estamos aquí por la pequeña Bella Haslye —interpuso Dominick, dando un paso al frente con una postura imponente que hizo retroceder instintivamente a la mujer—. Exigimos saber qué ocurrió con ella.
—Acompañen a la enfermería inmediatamente —ordenó la mujer con frialdad.
Dominick tomó a Ciara de la mano, sintiendo lo helada que estaba, y la guio siguiendo los pasos de la autoridad escolar. Ingresaron al área médica. Sobre una de las camillas se encontraba una pequeña niña de apenas nueve años. Tenía los brazos cubiertos de hematomas oscuros y una marca roja de una bofetada sobre la mejilla derecha. Lo que provocó que la mandíbula de Dominick se tensara de ira fue ver la gasa y los puntos de sutura que le habían colocado sobre la ceja izquierda. La niña tenía los ojos azules profundamente hinchados por el llanto y la comisura del labio partida.
—¡Bella! —chilló Ciara corriendo hacia la camilla.
La pequeña, al ver a su hermana mayor, rompió en un llanto desgarrador y se refugió en su pecho.
—Cariño... mi amor, ¿qué te hicieron? —susurró Ciara besándole la frente con desesperación.
—Los... los niños grandes me pegaron, Ciara... —articuló la niña entre sollozos convulsivos—. Me duele mucho mi barriguita y mis brazos...
—¿Niños grandes? —preguntó Ciara con el corazón encogido. La pequeña asintió.
—Los mismos que son malos con Leah... Dijeron que somos unas pobres muertas de hambre y dijeron palabras muy feas... Me pegaron y dijeron que merecíamos morirnos, que mamá nos abandonó porque somos unos fenómenos y porque no tenemos papá...
Dominick apretó los puños a sus espaldas con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La crueldad infantil y la negligencia de aquel lugar superaban cualquier límite tolerable. Ciara abrazó a la pequeña contra su pecho, llorando en silencio mientras levantaba la vista hacia Dominick con una súplica silenciosa.
—Llévala al hospital, por favor... —susurró la castaña.
—Por supuesto —asintió él de inmediato.
En ese momento, la directora del instituto irrumpió en la enfermería con el rostro desencajado por la rabia.
—¡Exijo una explicación inmediata por la conducta salvaje de su otra hermana, señorita Haslye!
Ciara se puso de pie, encarándola con la poca fuerza que le quedaba.
—¡Ellos golpearon a mis hermanas primero! ¡Bella solo tiene nueve años y mire cómo la han dejado!
—¡No tiene pruebas de absolutamente nada! —gritó la directora levantando un dedo acusador—. ¿Y su hermana Leah? ¡Es una salvaje sin educación! ¡Casi mata a golpes a tres de nuestros alumnos! ¡Hemos tolerado demasiado la presencia de sus hermanas en esta institución, señorita Haslye!
—Nosotras pagamos la matrícula y la colegiatura puntual... No puede expulsarlas así como así...
—Mire cómo lo hago. A partir de este preciso instante, Leah y Bella Haslye quedan formalmente expulsadas de esta institución.
Dominick dio un paso al frente, interponiéndose físicamente entre la Directora y Ciara. Su presencia imponente y la frialdad calculadora de sus ojos provocaron que la mujer ahogara las palabras en su garganta.
—Ciara —dijo él con tono sereno pero mortalmente peligroso—. No pierda el tiempo discutiendo con esta mujer. De igual forma presentaremos una denuncia penal contra la institución y contra los padres de cada uno de los estudiantes involucrados por agresión física a dos menores de edad.
La directora palideció levemente, pero intentó sostener la mirada.
—¿Disculpe?
—Lo que ha oído —continuó Dominick con una voz que helaba la sangre—. La institución y su personal docente omitieron el deber de socorro y protección hacia una niña de nueve años violentada por adolescentes de diecisiete. Y respecto a la otra menor, fue víctima de un ataque tumultuario. Los cargos legales van a ser devastadores. Les quitaremos la licencia educativa y me encargaré personalmente de que los responsables terminen tras las rejas.
—Pero... ¿¡pero quién se cree usted para decir semejante estupidez!? —chilló la mujer tratando de recuperar el dominio—. ¡En esta institución estudian las familias más influyentes y poderosas del país! ¡Usted no es nadie para amenazarnos!
Dominick dejó escapar una sonrisa gélida, carente de cualquier atisbo de humor.
—Veo que no está al tanto de quién soy yo ni para quién trabaja la señorita Haslye, así que se lo voy a aclarar para que lo tenga muy presente —dijo fijando sus ojos grises en la mujer—. Mi nombre es Dominick Müller. La mujer a la que le está gritando es mi asistente personal. Y le aseguro que el poder económico de los padres de sus alumnos es una absoluta miseria comparado con el mío.
Un murmullo de asombro se extendió entre los profesores y los alumnos que observaban desde el pasillo. La Directora se quedó petrificada, abriendo la boca sin que saliera sonido alguno, con el rostro completamente lívido.
—Por esa razón —agregó Dominick acomodándose los puños de la camisa—, le sugiero que comience a empacar sus pertenencias y las de su cuerpo docente en cajas de cartón. A partir de hoy, usted deja de ser la Directora de este instituto y las puertas de este lugar serán clausuradas por la vía legal. Que tenga un buen día.
Giró sobre sus talones, tomando a Ciara suavemente por la cintura.
—Señor Müller... —murmuró la castaña, todavía en estado de shock.
—Cargue a su hermana. Nos vamos al hospital ahora mismo.
Dominick caminó hacia la camilla de la pequeña Bella. La niña, al verlo acercarse, le extendió los bracitos con absoluta confianza. Una calidez inesperada cruzó el pecho del hombre. La levantó con sumo cuidado para no lastimarla y la acomodó contra su hombro.
—¿Te duele mucho la barriguita, pequeña? —preguntó con una suavidad en la voz que jamás utilizaba en el mundo corporativo.
—Un poquito... —susurró la niña con un pequeño puchero—. ¿Tú eres el jefazo del que me habló Leah?
Dominick dejó escapar una leve risa mientras caminaban hacia la salida.
—¿Y tú eres la pequeña chef que le ayuda a Ciara a preparar los bizcochos de chocolate?
La niña sonrió con entusiasmo a pesar de sus heridas.
—¡Sí! Un placer conocerte, jefazo.
—El placer es mío —respondió Dominick, permitiendo que la niña sujetara su mano.
Por fuera, Dominick Müller mantenía una postura impecable y serena, pero por dentro ardía en una furia contenida. No podía concebir cómo las instituciones destinadas a proteger a los inocentes se convertían en verdaderos nidos de negligencia y abuso. Se juró a sí mismo que nadie volvería a tocar a esas niñas mientras estuvieran bajo su sombra.
Dominick condujo hacia el Centro Médico de la ciudad. Ciara viajaba en el asiento trasero manteniendo a Bella abrazada contra su pecho, susurrándole palabras de aliento mientras le revisaba con delicadeza cada hematoma. El trayecto transcurrió en un silencio tenso, roto únicamente por el murmullo de los vehículos en la avenida.
Al llegar a las urgencias del hospital, el personal médico reaccionó con inusitada rapidez al ver descender a Dominick Müller. Una camilla fue dispuesta de inmediato para la pequeña Bella, internándola en el área de pediatría mientras Ciara era conducida hacia la recepción para completar el papeleo de ingreso.
Dominick aprovechó el instante para apartarse hacia un pasillo lateral y extraer su teléfono privado. Presionó el botón de llamada rápida.
—Señor —respondió la voz impertérrita de Bruno al cabo del segundo tono.
—Bruno, necesito que movilices a nuestro equipo legal e instructores de seguridad de inmediato. Envía una patrulla de la policía central al Instituto Defrynt. Quiero a la directora y a los profesores involucrados rindiendo declaración hoy mismo. Investiga si la firma tiene algún contrato comercial activo con los padres de los estudiantes involucrados en la agresión. Si es así, cancélalos inmediatamente.
—Entendido, señor. ¿Algo más?
—Presenta una demanda formal por lesiones graves contra los agresores. Asegúrate de comprar al juez de la causa si es necesario; quiero la pena máxima permitida para esos jóvenes y una indemnización económica sustancial a favor de la familia de Ciara. Además, despliega a tu gente para localizar a la otra hermana, Leah Haslye. Quiero saber exactamente dónde está y que esté protegida.
—Me pongo a ello en este instante, señor Müller.
Tras colgar, Dominick marcó un número internacional que no utilizaba desde hacía bastantes años. Esperó pacientemente mientras la señal cruzaba la línea encriptada.
—Vaya, vaya... El gran chico Müller —respondió una voz femenina, arrastrada y con un claro tono sarcástico desde el otro lado—. ¿A qué debo el milagro? ¿Cuánto ha pasado desde la última vez que te acordaste de mí? ¿Cinco años? ¿Siete?
—Seis años, Death —corrigió Dominick sin cambiar el tono firme—. Necesito un favor urgente.
—Claro, cómo no... Para variar. Habla rápido.
—Necesito que hagas una transferencia bancaria inmediata por un millón de dólares a la cuenta del Hospital Central a nombre de la paciente Bella Haslye y su tutora legal.
Al otro lado de la línea se escuchó el tecleo frenético de un teclado de alto rendimiento, seguido por el sonido de alguien sorbiendo un sorbo de café.
—Nombre completo de la tutora —pidió la mujer con tono aburrido.
—Ciara Mery Haslye Robert.
Transcurrieron unos segundos cargados de tecleos continuos.
—Hecho. La deuda previa ha sido cancelada en su totalidad y hay un fondo de reserva para cualquier tratamiento futuro. ¿Se puede saber a quién le estás pagando las cuentas médicas con tanta generosidad, Dominick?
—Puedes averiguarlo por ti misma si te lo propones —respondió él.
—Sí, pero prefiero ahorrarme la fatiga de rastrear tu vida personal. Habla.
—Es para mi asistente personal. Eso es todo lo que vas a saber. Gracias, Death.
—¿Para qué están las mejores amigas del pasado si no es para mover un par de millones? Cuídate, Müller —se despidió la mujer antes de cortar la comunicación.
Dominick guardó el teléfono en el bolsillo interior de su saco y caminó de regreso a la sala de espera. Ciara se encontraba sentada en uno de los sillones individuales, con las manos entrelazadas sobre las rodillas y la mirada perdida en el suelo de baldosas. Tenía las mejillas húmedas y los ojos profundamente enrojecidos de tanto llorar. Ya no tendría que preocuparse nunca más por los cobradores ni por las deudas médicas que asfixiaban su existencia.
Se acercó a ella a paso lento. Al sentir su sombra, Ciara levantó la mirada.
—Puede regresar a su casa si lo desea, señor Müller —dijo con la voz rasgada por la emotividad—. No quiero seguir siendo una molestia para usted. Le prometo que compensaré cada hora perdida de trabajo en cuanto...
—Deténgase —interrumpió Dominick tomando asiento en el sillón contiguo y sujetando la mano de la joven entre las suyas—. No tiene que compensar absolutamente nada, Ciara. Me ofrecí a acompañarla porque quise hacerlo. Usted no es una molestia.
El labio inferior de la castaña comenzó a temblar descontroladamente. Se llevó la mano libre a la cara para ocultar un nuevo brote de llanto, tratando en vano de mantener la compostura.
—Yo... no sé cómo pagarle todo lo que ha hecho hoy por nosotras, Dominick... Esto es demasiado. De verdad, debería irse a descansar...
—No me voy a ir a ninguna parte —dijo él con firmeza, estrechando su mano con mayor fuerza—. El médico nos dará el parte oficial de Bella en unos minutos, iremos juntos a la comisaría a formalizar la denuncia y, cuando todo esto termine, las llevaré a ambas a comer el helado que le prometí a su hermana.
Ciara lo miró a los ojos durante varios segundos. Una mezcla de incredulidad, gratitud y alivio puro se reflejó en sus orbes avellana. Dejó escapar una pequeña risa ahogada entre lágrimas y, sin poder contenerse por más tiempo, se cubrió el rostro con ambas manos. Dominick pasó su brazo por encima de los hombros de la joven y la atrajo hacia su pecho, permitiendo que ella se desahogara plenamente contra la tela de su camisa. Sentir el calor de su cuerpo y el leve perfume a vainilla que despreocupadamente emanaba de su piel provocó un vuelco en el corazón del ejecutivo.
—¿Familiares de la pequeña Bella Haslye? —anunció el médico pediatra saliendo del área de urgencias.
Ambos se pusieron de pie de inmediato. Ciara se limpió las mejillas con la manga de su abrigo.
—Soy su hermana mayor y tutora legal —articuló la joven.
—Señorita Haslye, hemos realizado las radiografías correspondientes. Su hermana presenta dos costillas fisuradas, además de múltiples contusiones en extremidades y rostro. Requerirá reposo absoluto y cuidados especiales durante al menos dos meses —explicó el médico con gravedad—. ¿Nos podría indicar cómo se produjeron semejantes lesiones?
—Fue... un incidente en su colegio —respondió Ciara con la voz temblorosa.
—En ese caso, por protocolo médico, debemos notificar a las autoridades policiales para que se inicie una investigación formal, si usted está de acuerdo.
Ciara dudó un instante. El temor a las represalias y la angustia por los costos judiciales volvieron a cruzar por su mente. Miró a Dominick. Él la observaba con una sonrisa serena y un asentimiento de cabeza cargado de absoluta seguridad. Ciara tomó aire, sintiendo cómo el miedo se disipaba al saberse respaldada.
—Sí —asintió con firmeza hacia el doctor—. Vamos a poner la denuncia formal.
El automóvil negro de Dominick se detuvo suavemente frente al modesto portal de la casa de Ciara. En el asiento trasero, la pequeña Bella terminaba de saborear un barquillo de helado de chocolate que Dominick le había comprado al salir de la clínica.
—Muchas gracias por todo, señor Müller —expresó la niña con la boquita manchada de sirope.
—No hay de qué, Bella. Y recuerda que puedes llamarme Dominick —respondió él girándose en su asiento con una calidez inusual.
La niña, apoyándose con cuidado para no lastimarse las costillas, se inclinó hacia el asiento delantero y depositó un tierno beso en la mejilla del hombre.
—Pórtate bien y descansa mucho —añadió Dominick con una sonrisa genuina.
—Usted también. ¡Adiós, Dominick! —exclamó la pequeña agitando su manita antes de bajar del vehículo con la ayuda cuidadosa de su hermana mayor.
Ciara ayudó a Bella a dar los primeros pasos hacia la entrada. Sin embargo, el momento se vio interrumpido por el rugido de un motor de alta cilindrada. Una motocicleta negra de diseño deportivo estacionó bruscamente sobre la acera. Del vehículo bajaron dos personas portando cascos oscuros. Al quitárselos, Dominick reconoció de inmediato la mata de cabello negro de Leah.
El muchacho que manejaba la moto —un joven de cabello castaño y aspecto despreocupado— se quitó el casco y le dedicó una sonrisa burlona a la adolescente, provocando que Leah rodara los ojos y le diera un manotazo juguetón en el pecho.
—¡Aidan! —chilló Bella al reconocer al joven de la motocicleta.
El muchacho sonrió abiertamente hacia la pequeña. Bella intentó dar unos pasos rápidos, pero Ciara la sujetó del hombro con delicadeza.
—¡Leah! ¡El señor Dominick me compró un helado enorme por haber sido tan valiente en el doctor! —presumió la niña con entusiasmo.
Leah frunció el ceño con extrañeza.
Al levantar la mirada y enfocar el lujoso auto negro estacionado frente a su casa, alzó las cejas con evidente sorpresa. Dominick notó que la muchacha llevaba ambas manos firmemente vendadas y un parche de gasa sobre el pómulo izquierdo. La adolescente hizo un gesto de interrogación con la cabeza. Dominick, desde el interior del vehículo, hizo sonar la bocina con dos toques suaves en señal de saludo.
El joven llamado Aidan se acercó a la pequeña Bella, la tomó en brazos con destreza levantándola apenas unos centímetros para no lastimarla y le dio una vuelta en el aire antes de plantar un beso afectuoso en la frente de Leah.
—¡Adiós, Aidan! —despidió la niña mientras el muchacho subía nuevamente a la motocicleta, guiñándole un ojo a Leah. La pelinegra volvió a rodar los ojos, aunque una chispa de afecto cruzó su mirada.
Las dos hermanas menores se adentraron en la vivienda. Aidan saludó a Ciara desde la distancia con un gesto de mano y aceleró perdiéndose en la esquina.
Quedaron únicamente Dominick y Ciara en la penumbra de la calle. La joven asistente se mordió el labio inferior, sumida en un mar de emociones encontradas, antes de regalarle una sonrisa sincera y luminosa.
—De verdad... muchas gracias por todo lo que ha hecho hoy por nosotras, Dominick. No tengo palabras.
—No tiene nada que agradecer, Ciara. Para mí ha sido un verdadero placer ayudarla —respondió él devolviéndole la mirada—. Quiero que se tome la semana entera libre para cuidar a Bella y estar al pendiente de los trámites legales.
—No, por favor, ¿cómo cree? Tengo que presentarme a trabajar mañana mismo, hay demasiados pendientes...
—No se lo estaba consultando, señorita Haslye —interpuso Dominick con tono autoritario pero suave—. Es una orden directa. Regresará a la oficina el jueves de la próxima semana.
Ciara se quedó en silencio un instante, haciendo una pequeña mueca de resignación antes de rodar los ojos con diversión.
—Está bien... Nos vemos el jueves, señor Müller —dijo caminando hacia la puerta de entrada.
Dominick bajó del vehículo, tomó el bolso de cuero que Ciara había olvidado en el asiento del copiloto y caminó a paso firme hacia donde ella se encontraba.
—¿No se le olvida algo? —preguntó detenimiento a un par de pasos de distancia.
Ciara se giró bruscamente. Al verlo tan cerca de ella en el pequeño espacio del porche, su cuerpo entero se tensó de manera visible. Dominick tuvo que morderse el labio por dentro para no sonreír ante el efecto que causaba en ella. Le extendió el bolso de cuero.
—Gracias... —murmuró ella extendiendo la mano.
En el instante en que las yemas de sus dedos rozaron la piel de la mano de Ciara, un chispazo de corriente pareció recorrer el brazo de Dominick. Una calidez intensa y sobrecogedora lo invadió por completo; era como si miles de pequeñas agujas de electricidad recorrieran su columna vertebral. Sus miradas se congelaron la una en la otra. Ciara entreabrió los labios, conteniendo el aliento, como si ella también hubiera experimentado la misma descarga eléctrica.
Los ojos de Dominick descendieron de manera inevitable hacia los labios rosados y carnosos de su asistente, sintiendo un impulso primitivo y feroz por inclinarse y besarla allí mismo, bajo la sombra del porche.
"Es tu asistente, Dominick. Mantén el control", se repitió mentalmente como un mantra de autocontrol.
Se aclaró la garganta con suavidad, haciendo un esfuerzo sobrehumano por apartar la vista de su boca y volver a fijar sus ojos grises en la mirada avellana de la joven.
—Hasta el jueves... —pronunció, tomándose un segundo deliberado para saborear cada sílaba del nombre— Ciara.