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Capitulo 2

last update Data de publicação: 2023-01-27 22:29:05

El espejo del recibidor devolvió la imagen de una mujer que, pese al cansancio acumulado en las ojeras que el corrector apenas lograba disimular, mantenía la mirada firme. Ciara se alisó las solapas de la blusa de seda marfil, ajustó el talle de su falda lápiz color carbón y dejó escapar una exhalación pausada. Se acomodó un mechón rebelde detrás de la oreja y se regaló una sonrisa tenue frente a su propio reflejo.

—Lo vas a hacer increíble —se susurró a sí misma, buscando en su voz un eco de convicción que aplacara el temblor latente en sus manos.

Hacía exactamente una semana que había cruzado por primera vez el imponente umbral de mármol y cristal de la sede central de Müller Enterprises. Siete días de un ritmo frenético, de aprender a velocidad luz la arquitectura de una corporación multimillonaria y de adaptarse al pulso de un hombre que parecía gobernar su imperio con una precisión quirúrgica. Era lunes, el inicio de una nueva batalla semanal, y la rutina exigía estar al pie del cañón mucho antes de que el sol terminara de despuntar sobre los rascacielos.

A paso silencioso para no alterar la penumbra de la casa, descendió a la cocina. Con la destreza que da la costumbre, revisó el mesón: el termo con leche tibia, la lonchera de Bella con sus sándwiches cortados en triángulos sin orilla y la nota adhesiva fluorescente sobre la cafetera para Leah. «Hay avena en la nevera. No olvides peinar a Bella y, por lo que más quieras, no lleguen tarde. Te vigilo. Cia».

Echó un vistazo rápido al interior de las habitaciones. Bella dormía plácidamente, abrazada a su oso de peluche desgastado con la mitad de la manta caída sobre el suelo. Ciara se inclinó, la arropó hasta los hombros y le depositó un beso imperceptible en la sien.

Luego se asomó al caos del cuarto de Leah, donde su hermana quinceañera descansaba boca abajo, desparramada como si la propia gravedad la hubiera derrotado a mitad de la noche. Ciara negó con la cabeza, aguantando una sonrisa irónica, antes de cerrar la puerta sin hacer ruido.

Salió al aire gélido del amanecer mientras enviaba un mensaje de texto rápido al grupo familiar que, con absoluta certeza, Leah no leería hasta pasadas las nueve de la mañana.

El frío de la calle le caló directo en los huesos, provocándole una salva de estornudos que le entumecieron la punta de la nariz. Se refugió presurosa en la cabina de su modesto sedán, frotándose las manos sobre el volante antes de encender el motor y poner rumbo al distrito financiero.

El trayecto a esa hora era una línea recta de faros rojos y asfalto húmedo. Al llegar al imponente complejo de Müller Enterprises, aparcó en la zona asignada a empleados, ajustó su abrigo largo y cruzó la entrada principal.

—Buenos días, Roberto. Buenos días, Elena —saludó con una sonrisa cálida a los guardias de seguridad y a la recepcionista del turno matutino, deslizando su credencial de acceso por el lector biométrico.

—Buenos días, señorita Haslye. Mucha suerte hoy —respondió Roberto con una inclinación respetuosa.

El ascensor privado la catapultó hacia el piso cuarenta y cinco, el ático corporativo donde el silencio olía a dinero, cuero importado y distinción.

Al salir a la recepción ejecutiva, Ciara dejó su bolso sobre el escritorio de caoba, encendió el terminal de trabajo y extrajo de su bolso el recipiente térmico que había preparado minuciosamente la noche anterior, junto al frasco de cristal hermético con su propio preparado de café con especias.

Se dirigió a la oficina principal. La puerta de roble macizo cedió con un chasquido sutil. El espacio era vasto, dominado por ventanales que abarcaban de piso a techo con una vista panorámica impresionante de la ciudad que comenzaba a despertar entre la niebla. Pero lo que detuvo a Ciara por un instante no fue la vista, sino la atmósfera retenida en el aire.

El lugar olía inconfundiblemente a él: una mezcla embriagadora de madera de roble, notas ahumadas, ámbar y un perfume de diseñador que parecía impregnar hasta el último rincón de la estancia.

Ciara cerró los ojos un segundo y aspiró hondo, dejando que el aroma se le instalara en el pecho y le encendiera una chispa de calidez que no tenía derecho a sentir.

Aún le costaba procesar cómo su vida había dado un giro drástico en tan solo seis días. Su mente, de forma inevitable, retrocedió hasta la mañana de su primer lunes.

Recordaba el pánico escénico que la atenazaba, la certeza de que un tropezón en ese empleo significaría el desastre financiero definitivo para su familia. Recordaba cómo Bella, en un gesto de pura inocencia infantil, la había ayudado a hornear un pastel casero de vainilla y canela la noche previa, empaquetándolo cuidadosamente en un tazón azul, mientras Leah las observaba desde la barra con gesto de profunda incredulidad y sueño acumulado.

«Si ese magnate te despide por llevarle pastel, al menos habrás muerto con dignidad repostera», había sentenciado Leah esa madrugada entre bostezos.

Ciara había colocado el pastel y una taza humeante sobre el escritorio de Dominick antes de que él llegara, retirándose presurosa al baño de la planta para retocarse el peinado. Cuando regresó a su puesto, la luz del intercomunicador ya parpadeaba.

Al entrar a la oficina, se encontró a Dominick Müller de pie tras su escritorio, vistiendo un traje gris a medida que remataba su imponente figura de casi un metro noventa. En su rostro no estaba la mueca severa de los reportes financieros, sino una expresión indescifrable, acompañada de una ligera curvatura en sus labios bien perfilados.

—Buenos días, señor Müller. ¿En qué puedo ayudarle? —había dicho ella, conteniendo el aliento ante la resonancia de su presencia.

Dominick señaló el plato con la porción de bizcocho y la taza de porcelana.

—Buenos días, señorita Haslye —respondió él, con esa voz profunda y rasposa que le provocó a Ciara un estremecimiento involuntario desde la nuca hasta la espalda—. ¿Ha sido usted quien ha dejado esto aquí?

Un nudo se le formó en la garganta. Aclaró su voz antes de responder, temiendo haber cometido un error garrafal de etiqueta corporativa.

—Así es, señor. Quería... bueno, quería empezar con buen pie la semana, pero si le parece una falta de respeto o una intromisión, puedo retirarlo de inmediato...

—¿Usted misma preparó este bizcocho y este café para mí? —interrumpió él. Su tono no denotaba molestia, sino un asombro genuino.

Ciara asintió en silencio, viendo cómo el ejecutivo rodeaba el escritorio con pasos lentos y decididos. Dominick tomó el tenedor de plata, cortó un bocado del pastel y se lo llevó a la boca. Ciara permaneció inmóvil, observando la línea de su mandíbula marcada mientras saboreaba la mezcla de canela y vainilla. Esos ojos grisáceos, intensos como una tormenta en el mar, se clavaron directamente en los suyos, atravesándola de parte a parte.

—Si le he molestado, yo...

—Nada de eso —habló él con una rapidez inusual, aclarándose la garganta como si lo hubieran atrapado con la guardia baja—. Está... está absolutamente delicioso. Honestamente, no recuerdo cuándo fue la última vez que probé algo elaborado con tanto esmero.

La satisfacción le infló el pecho a Ciara. Siempre había encontrado consuelo en la cocina, pero escuchar un elogio sincero de un hombre acostumbrado a los restaurantes con estrellas Michelin le produjo un cosquilleo electrizante.

—Me alegra que sea de su agrado, señor —musitó ella con timidez.

Dominick tomó la taza de café, dando un sorbo pausado sin apartar la mirada de sus ojos azul eón. Tener la atención absoluta de un hombre de sus proporciones, de cabello negro espeso, rasgo esculpidos y una elegancia nativa, era una prueba de fuego para los nervios de cualquier mujer.

Ciara sintió un calor súbito subirle por el cuello. Sabía que no era la mujer más despampanante del mundo ni poseía la figura de las modelos que solían frecuentar las revistas de negocios, aunque era consciente de sus propias virtudes: sus curvas bien definidas, su piel clara y esa expresividad natural que la hacía transparente.

Pero bajo la mirada de Dominick, por un breve y peligroso instante, se sintió deslumbrante.

—Si no necesita nada más, me retiro a mi puesto —dijo ella, dando media vuelta para encaminarse a la salida. Sentía la presión de su mirada clavada en la espalda hasta que su voz la detuvo en seco.

—Señorita Haslye.

Ciara giró sobre sus talones.

—¿Sí?

Dominick la observaba con una sonrisa ladina, una que acentuaba un leve hoyuelo en su mejilla izquierda y le restaba diez años de frialdad corporativa.

—Espero tener, de ahora en adelante, la costumbre de desayunar este bizcocho con este café tan delicioso. Si es necesario, añadiré una bonificación especial a su salario para cubrir los ingredientes...

—No hace falta, señor Müller —respondió ella, dejando escapar una sonrisa franca—. Lo haré con mucho gusto.

Se contemplaron durante unos segundos en un silencio cargado de una tensión extraña pero reconfortante.

—Que tenga buen provecho —añadió ella posando la mano en el pomo de la puerta.

Antes de que cruzara el umbral, Dominick volvió a carraspear.

—Llámeme Dominick —soltó él, apoyándose con elegancia contra el borde de su escritorio—. Cuando estemos a solas, prefiero que me llame Dominick.

Ciara sostuvo la puerta, mirándolo a los ojos con una chispa de audacia inesperada.

—En ese caso, usted llámeme Ciara.

Aquel recuerdo aún lograba sacarle un suspiro en el presente. Sacudió la cabeza para volver a la realidad. Dominick Müller no solo era un jefe exigente; era un hombre sumamente complejo, sorprendentemente amable con su personal y dotado de un sentido del humor reservado que solo mostraba a cuentagotas.

Durante su tercera jornada, había presenciado cómo Rosa, una joven pasante del departamento de contabilidad, tropezó en el pasillo y derramó sin querer un termo de café hirviendo sobre la americana de diseñador de Dominick. En lugar de estallar en ira como cualquiera habría esperado de un CEO multimillonario, él se había limitado a calmar a la chica, que temblaba a punto de romper en llanto, preguntándole si se había quemado la piel y pidiéndole con voz serena que fuera a tomarse un vaso de agua.

Pero el recuerdo que de verdad le robaba el aliento —y que le hacía arder las mejillas en la soledad de la oficina— había ocurrido el jueves por la tarde. Bruno, el jefe de seguridad y mano derecha de Dominick, un hombre corpulento de mirada impenetrable, había traído un traje de repuesto para el jefe tras una reunión de emergencia. Como Bruno debía atender una llamada urgente, le pidió a Ciara que le entregara la funda a Dominick en su despacho privado adjunto.

Ciara había llamado a la puerta, pero al no obtener respuesta y asumir que el lugar estaba vacío, giró el pomo y entró. La imagen la dejó paralizada: Dominick estaba de espaldas, quitándose la camisa manchada. La luz de la tarde perfilaba los músculos esculpidos de su espalda, los deltoides marcados y una cintura estrecha que descendía hacia sus pantalones de vestir. Al girarse bruscamente por el ruido, Ciara se topó de frente con un torso ancho, fibroso y cubierto por un intrincado diseño de tatuajes en el pecho y el brazo izquierdo que mezclaban motivos geométricos con símbolos antiguos.

La sorpresa de ambos duró un segundo interminable. Dominick, lejos de cubrirse o reaccionar con molestia, la contempló con una diversión contenida al notar cómo los ojos de su secretaria se abrían de par en par y cómo el rubor le cubría el rostro por completo hasta la raíz del cabello.

«¿Le gusta lo que ve, señorita Haslye?», le había preguntado él con una voz tan baja y sugerente que a Ciara se le había congelado la sangre.

«Yo... el traje... Bruno... lo siento», había balbuceado ella, dejando la funda sobre el sofá antes de huir en retirada rápida mientras escuchaba la carcajada grave de Dominick a sus espaldas.

—Basta, Ciara. Es tu jefe, compórtate —se reprendió a sí misma en voz baja, tragando saliva para ahuyentar las fantasías inapropiadas que amenazaban con apoderarse de su mente.

Acomodó con cuidado una generosa porción de pastel de chocolate amargo en un plato de porcelana fina, preparó la taza favorita de Dominick con café recién colado y dejó todo listo sobre la bandeja de plata de la cafetera ejecutiva. Volvió a su puesto de trabajo justo a tiempo. Se concentró en revisar la bandeja de entrada, redactar borradores de contratos y clasificar la correspondencia prioritaria.

Un cuarto de hora después, el murmullo característico del ascensor privado anunció la llegada del dueño del imperio.

Ciara fingió estar profundamente abstraída en la pantalla de su ordenador, tecleando con firmeza ficticia. Dominick pasó a paso firme frente a su escritorio. Sin detenerse del todo, dejó caer sobre la mesa de Ciara una bolsa de papel kraft marrón con el sello impreso de la cafetería más exclusiva de la zona bancaria.

Le dedicó una mirada de reojo cargada de complicidad, esbozó una sonrisa fugaz y se adentró en su oficina, cerrando la puerta tras de sí.

Ciara parpadeó confusa. Tomó la bolsa, deshizo el doblez y un aroma celestial a mantequilla hojaldrada y café espumoso invadió su espacio. En el interior había un vaso térmico gigante con capuchino repleto de canela y dos croissants artesanos perfectamente dorados y crujientes.

La comisura de sus labios se elevó de forma inevitable. ¿Cómo demonios sabía él que el capuchino con canela y los croissants crujientes eran su debilidad absoluta? ¿O se trataba de una simple y milagrosa coincidencia?

Tomó la tableta corporativa con el orden del día, respiró hondo para serenar su pulso y avanzó hacia el despacho principal. Tras llamar dos veces, abrió la puerta. Dominick ya estaba sentado tras su escritorio, ajustándose las gafas de montura negra para la lectura mientras se llevaba a la boca el primer bocado del pastel de chocolate que ella le había servido.

—Buenos días, señor Müller —dijo ella, ajustándose ligeramente las gafas sobre el puente de la nariz—. Muchas gracias por el desayuno.

Dominick masticó con pausada satisfacción, tragó y se limpió la esquina de los labios con una servilleta de tela antes de dedicarle una sonrisa abierta.

—Buenos días, señorita Haslye. No hay nada que agradecer. De igual manera, espero que lo disfrute. Es una pequeña muestra de gratitud por consentirme por las mañanas.

—Cree que lo disfrutaré bastante, la verdad —admitió ella con franqueza, haciendo avanzar la agenda en la pantalla digital—. ¿Repasamos el programa de hoy?

—Adelante.

—A las diez en punto tiene la reunión de reestructuración con el señor Heladio. A las doce, la junta extraordinaria con el comité directivo. Asimismo, la señorita Lara ha llamado a primera hora para confirmar si asistirá a la comida familiar que... —Ciara se detuvo en seco al notar el cambio drástico en la expresión de su jefe.

La calidez del rostro de Dominick se evaporó al instante, sustituida por una frialdad rígida y una marcada línea de tensión entre sus cejas.

—Dile a Lara que no iré —interrumpió él con voz tajante y desprovista de matices—. Y asegúrate de remarcarle que no llame a Isabella para averiguar si llevaré a Adriano conmigo. La respuesta es un no rotundo. ¿Queda claro?

—Entendido, señor —asintió Ciara, anotando la restricción con rapidez para no alimentar la tirantez del ambiente—. Hay un asunto más. La señorita Villavige ha llamado en tres ocasiones esta mañana exigiendo saber cuándo tendrá un espacio en su agenda para recibirla... —Ciara ahogó un suspiro y, sin poder evitarlo, rodó los ojos con evidente fastidio antes de murmurar para sí misma—: Insoportable...

Un silencio sepulcral cayó sobre la oficina. Ciara abrió los ojos de par en par al darse cuenta de que no lo había dicho solo en su mente, sino que las palabras habían salido perfectamente audibles de su boca.

—¿Disculpe? —preguntó Dominick, reclinándose en su sillón de piel.

Ciara alzó la vista despavorida. Dominick la observaba con las cejas elevadas y una sonrisa contenida que amenazaba con írsele de las manos. El pánico le heló las ideas; sintió cómo el alma abandonaba su cuerpo por unos segundos. Aclaró su garganta a toda prisa, apretando la tableta contra su pecho.

—¡Ah! Eh... no, señor. No quise decir... me refería a que el clima... el clima afuera está sumamente insoportable hoy —improvisó atropelladamente, forzando una sonrisa torpe que solo consiguió hacer más evidente su metedura de pata.

«Bravo, Ciara. Acabas de llamar insoportable a la prometida de tu jefe multimillonario. Ve preparando tus cosas en una caja de cartón», se recriminó internamente.

Dominick la sostuvo con la mirada unos segundos más, dejando escapar una risita baja que resonó en el despacho antes de suspirar y apoyarse en los apoyabrazos de su sillón como un rey contemplando a sus súbditos.

—Sí... concuerdo absolutamente con usted, señorita Haslye. El clima con respecto a ese tema en particular suele ser bastante insoportable.

Ciara soltó una exhalación contenida, sin poder creer que se hubiera salvado de milagro.

—Por favor, póngase en contacto con la señorita Villavige y infórmele que lamentablemente hoy tampoco podré atenderla —continuó Dominick, recuperando la serenidad—. Tengo compromisos ineludibles por la tarde. Iré a la escuela de mi hijo a pasar tiempo con él.

Ciara no pudo evitar que una sonrisa genuina de aprobación se le dibujara en el rostro. Le agradaba profundamente ver la prioridad absoluta que aquel hombre rudo y poderoso le daba al pequeño Adriano.

—¿Algo más en la lista? —inquirió él.

—Eso sería todo por la jornada de hoy, señor Müller —respondió ella, guardando la tableta bajo el brazo. Dominick asintió, tomando el último trozo del pastel de chocolate con evidente gusto.

—En ese caso, puede retirarse a su escritorio a disfrutar de su capuchino y sus croissants, Ciara. Si requiero algún documento adicional, la llamaré por el intercomunicador.

—Muchas gracias, Dominick. Con su permiso.

Salió de la oficina con el corazón palpitándole a buen ritmo. Se acomodó en su puesto de trabajo, saboreando el café espumoso y el hojaldre crujiente mientras realizaba sus tareas con una eficiencia renovada.

El reloj digital de la recepción marcaba exactamente las 7:00 p.m. cuando Ciara guardó los últimos expedientes en los archivadores de seguridad. La jornada había sido intensa, un desfile incesante de llamadas, firmas de contratos e informes financieros. Le dolían la espalda y las pantorrillas tras horas de caminar de un lado a otro sobre sus tacones de aguja.

Se despidió de la oficina con un suspiro de alivio, abordó el ascensor y descendió al estacionamiento subterráneo.

El aire frío del exterior la recibió en cuanto cruzó la bahía de salida. Caminó hacia su viejo automóvil, sacó las llaves del bolso y abrió la puerta del conductor. Lanza el abrigo y el bolso al asiento del copiloto, apoyándose contra la carrocería para soltarse el cabello del recogido ajustado y frotarse los hombros fatigados.

—Así que ya se nos va a casa, señorita Haslye —resonó una voz masculina y profunda justo detrás de ella.

El susto fue tan repentino que Ciara dio un brinco, sobresaltada, y se golpeó la parte superior de la cabeza con violencia contra el marco metálico del coche.

—¡Mierda! —chilló, llevándose las manos a la coronilla mientras el dolor le sacaba una mueca de agonía.

—¡Cielos! Lo lamento muchísimo —Dominick se adelantó con rapidez, acortando la distancia entre ambos hasta quedar a escasos centímetros de su cuerpo—. ¿Se ha hecho daño? Deje que la revise.

—No... creo que no... ¡ay! En realidad no lo sé —balbuceó ella, abrumada por la cercanía física.

Sin pedir permiso, Dominick sujetó su mentón con gentileza y le inclinó la cabeza hacia abajo para examinar la zona afectada. La proximidad era abrasadora. La frente de Ciara terminó chocando suavemente contra el firme pecho engalanado por la tela fina de la camisa de Dominick. En un movimiento instintivo para no perder el equilibrio, Ciara posó sus manos a los costados de la cintura de su jefe, sintiendo la dureza de sus músculos bajo la tela.

Sintió cómo el torso de Dominick se congelaba de golpe. Él dejó de respirar por un segundo entero mientras sus dedos masculinos y cálidos le apartaban el cabello con delicadeza en busca de algún chichón o herida. Finalmente, ajustó el agarre y le tomó las mejillas con ambas manos, obligándola a alzar la cara para mirarla directamente a los ojos. El calor de sus palmas en el rostro de Ciara provocó que a ella se le encendiera la piel.

—No parece haber sangre ni inflamación severa, solo un buen golpe —dictaminó él, sin soltarle el rostro del todo. Su mirada gris paseó por los labios de Ciara antes de regresar a sus ojos azules—. Estás bien.

—Eh... sí. Vale... gracias —consiguió formular ella, sintiéndose repentinamente sofocada y moviéndose ligeramente para romper el contacto.

—Mil disculpas, Ciara. De verdad, mi intención jamás fue asustarte. Solo quería despedirme adecuadamente antes de que te fueras, ya que...

—¡¿Pero qué demonios significa esto?! —un grito agudo y destemplado cortó el aire del estacionamiento como un latigazo.

Ciara y Dominick voltearon al mismo tiempo. A pocos metros de distancia, avanzando con pasos agigantados y taconazos enfurecidos, se aproximaba una mujer rubia, despampanante, vestida con un conjunto de diseñador en tono rosa pálido y gafas de sol gigantes que se acababa de despojar de un tirón. Sus ojos llenos de ira pasaban de Ciara a Dominick y de Dominick a Ciara.

—¿Bianca? —frunció el ceño Dominick, adoptando una postura de absoluta frialdad mientras daba un paso al frente para colocar parcialmente a Ciara a sus espaldas—. ¿Qué demonios haces tú aquí a estas horas?

La mujer avanzó hacia él como un toro embravecido en mitad de un ruedo.

—¡No me vengas con rodeos ahora, Dominick! ¿Por esto es que no me contestas las malditas llamadas ni te dignas a responder un solo mensaje desde el jueves? ¡¿Por qué estoy aquí?! ¡Estoy aquí porque me llevas ignorando días enteros mientras me dejas tirada como si no fuera nada!

Ciara sintió una punzada incómoda en el estómago. Un vago recuerdo de la tarde del jueves cruzó su mente: Dominick saliendo de su despacho tras cambiarse de ropa, mostrándole una sonrisa divertida antes de ignorar por completo las tres llamadas entrantes del contacto "Bianca" en su teléfono móvil.

—Creo haber sido bastante claro cuando te dije por la mañana que hoy pasaría la tarde exclusivamente con mi hijo Adriano... —respondió Dominick con un tono helado que habría congelado a cualquiera.

—¡Mentira! —le gritó ella en la cara, gesticulando de forma histérica—. ¡Eres un mentiroso! ¿Qué estabas haciendo toqueteando a esa mujer en mitad del estacionamiento? ¿Quién es ella? ¿Tu nueva zorra de turno? ¿Por eso me ignoras? ¡¿Por una empleada de poca monta?! —Bianca hizo un ademán brusco para abalanzarse hacia Ciara—. ¡Contéstame! ¿Es por esta perra cualquiera?

Aquello fue demasiado para la paciencia de Ciara. Antes de que Dominick pudiera intervenir, la voz de la joven secretaria resonó clara, firme y cargada de un desprecio absoluto.

—Cualquiera será usted, señorita Villavige, que tiene el descaro de acostarse con el chofer privado del señor Müller mientras ostenta el título de su prometida en los eventos sociales —la cara de Bianca se desconfiguró por completo, perdiendo todo el color en un segundo—. Así que no venga a tacharme a mí de lo que usted demuestra ser con creces. Es una maldita hipócrita.

—¡Maldita perra! —chilló Bianca, fuera de sí.

—Mejor que usted, sin duda alguna —gruñó Ciara, sosteniéndole la mirada sin dar un solo paso atrás.

Bianca amagó con lanzarle un zarpazo a la cara, pero Dominick intervino con la rapidez de un depredador. La sujetó firmemente por la muñeca en el aire, interceptando el golpe antes de que rozara a Ciara, y la empujó hacia atrás con la fuerza suficiente para hacerla tambalear.

—¡Dominick! —chilló la rubia, tomándolo de las solapas del abrigo con desesperación mientras fingía romper en llanto—. ¡No le creas! ¡Es mentira! Yo jamás te sería infiel, tú sabes perfectamente cuánto te amo. Es esta maldita zorra que se está inventando calumnias espantosas para que me dejes y quedarse ella contigo...

—Qué nivel de cinismo maneja usted —soltó Ciara, cruzándose de brazos—. Aún recuerdo a la perfección cómo la señorita Lara y yo la pescamos besándose apasionadamente con el chofer en el área de carga el martes pasado. Y si no dije nada antes fue por respeto al señor Müller, no porque le tuviera miedo a sus amenazas.

—¡¿Estás saliendo con ella?! —le gritó Bianca a Dominick, ignorando la acusación y cambiando de estrategia con una histeria desenfrenada—. ¡Es tu amante, ¿verdad?! ¡Es una de tus tantas perras con las que me engañas! ¡¿Cómo pudiste hacerme esto?! ¡¿Cómo pudiste hacerme esta bajeza?!

Ciara apretó la mandíbula, sintiendo que la rabia le quemaba la garganta. Estaba a punto de dar un paso al frente para ponerle las manos encima a la mujer cuando Dominick apretó el agarre sobre el brazo de Bianca con una violencia contenida que hizo que a la rubia se le cortara la respiración.

—¡Tú eres la única perra aquí! —le rugió Dominick directamente en el rostro, con una voz tan potente y cargada de furia reprimida que hizo eco en todo el recinto subterráneo. Bianca abrió los ojos de par en par, aterrorizada ante la mirada asesina de su prometido—. ¡Tú eres la única basura en esta historia, no ella! ¡Deja de hacerte la maldita víctima de una vez por todas! ¡Deja tu papel de loca desquiciada, ten un mínimo de dignidad o amor propio y desaparece de mi vista! —Dominick acortó la distancia hasta que su rostro quedó a escasos milímetros del de la rubia, hablándole con una agresividad letal—. Esa mujer a la que te atreves a tachar de zorra no es ninguna amante ni ninguna perra. Es la única mujer en meses que no me mira como si fuera un trofeo corporativo o una maldita tarjeta de crédito ambulante. Es una mujer jodidamente excepcional con la que puedo hablar diez minutos y saber que me escuchará y me dará un consejo honesto, a diferencia de ti, que solo sirves para malgastar mi dinero y arruinarme la existencia. ¡Ciara es mil veces más mujer de lo que tú serás en toda tu miserable vida y me importa un carajo haberla conocido hace apenas dos semanas!

Ciara se quedó helada en su sitio, incapaz de articular palabra o mover un solo músculo. Las palabras de Dominick, pronunciadas con un dolor y una convicción brutales, le impactaron en el centro del pecho como un impacto directo.

Bianca comenzó a temblar visiblemente mientras las lágrimas de verdad arruinaban su maquillaje. Dominick la mantenía acorralada con la mirada, respirando agitadamente.

Ciara, al ver las marcas rojas que los dedos de él estaban dejando en el brazo de la mujer, reaccionó. Se acercó despacio a Dominick y posó su mano sobre su antebrazo tenso, acariciándolo con lentitud para transmitirle calma.

—Suéltala... le estás haciendo daño, Dominick —susurró Ciara con el corazón en la garganta. Bianca sollozaba de dolor—. Por favor, suéltala.

Dominick tardó unos segundos en procesar la voz de Ciara. Giró la cabeza hacia ella, sus ojos grises aún encendidos en ira, pero al sentir el contacto suave de sus dedos en su piel, la tensión de sus hombros comenzó a ceder. Soltó el brazo de Bianca bruscamente, como si al tocarla se estuviera contaminando con algo repugnante.

—Lárgate —le ordenó él con voz helada mientras Bianca caía de rodillas sobre el concreto, sollozando y sujetándose el brazo lesionado—. Desaparece de mi vida hoy mismo, porque si me vuelvo a cruzar contigo en cualquier lugar, me encargaré personalmente de destruirte. Nos vamos, Ciara.

Con un movimiento firme pero infinitamente delicado, Dominick sujetó a Ciara por la cintura y la alejó de la escena. Ciara echó una última mirada hacia atrás, viendo a Bianca llorar desconsoladamente sobre el suelo del estacionamiento. Le carcomía un sentimiento amargo de incomodidad, pero el agarre de Dominick no admitía réplicas.

Al salir a la calle principal, el aire nocturno golpeó a Ciara, haciéndola tiritar de frío. En la acera, aparcado frente a la entrada ejecutiva, aguardaba un majestuoso Rolls-Royce Phantom personalizado en un tono azul grisáceo deslumbrante. Bruno, el jefe de seguridad, estaba de pie junto a la portezuela del copiloto. Al verlos aproximarse, hizo un asentamiento de cabeza respetuoso hacia su jefe y luego dirigió una breve mirada a Ciara.

—Señor. Señorita Ciara —saludó el hombre de seguridad con una inclinación sutil.

—Hola, Bruno... —respondió Ciara con un hilo de voz.

Dominick no se detuvo. Miró fijamente a Bruno y pronunció una serie de instrucciones en un idioma extranjero, seco y gutural, que a Ciara le pareció alemán.

—Bring Bianca hier raus und werde alles los —ordenó Dominick con tono autoritario. (Saca a Bianca de aquí y deshazte de todas sus pertenencias).

Bruno echó una ojeada hacia el estacionamiento subterráneo y luego miró de reojo a Ciara antes de preguntar en el mismo idioma:

—Was machen wir mit ihr? (¿Qué haremos con la señorita Ciara?).

Dominick estrechó a Ciara contra su costado, resguardándola del viento nocturno con posesividad instintiva.

—Yo me encargo de ella —respondió Dominick en español. Luego, volviendo al tono imperativo en alemán, miró a su hombre de confianza a los ojos—: Fabricio ermorden. (Elimina el contrato de Fabricio).

—Entendido, señor —asintió Bruno antes de dar media vuelta y adentrarse en el edificio.

Dominick abrió la puerta del Rolls-Royce, ayudó a Ciara a acomodarse en el mullido asiento de piel beige y cerró la portezuela con un golpe sordo. Rodeó el capó a pasos largos y se posicionó en el asiento del conductor. El silencio en el interior del vehículo de lujo era absoluto, roto únicamente por el murmullo casi imperceptible del motor V12 al ponerse en marcha.

Ciara intentaba procesar el vendaval de emociones que acababa de presenciar. La ruptura brutal, los insultos, las palabras que Dominick le había dedicado frente a su exprometida... Todo parecía extraído de una novela de ficción.

—Yo... lamento profundamente todo lo que acaba de ocurrir ahí abajo, señor Müller —comenzó a decir ella, rompiendo la tirantez—. Le prometo que no diré una sola palabra de esto a nadie en la empresa...

Dominick giró la cabeza hacia ella, regalándole una sonrisa cansada pero genuina que le suavizó las facciones.

—Quien debería pedirte mil disculpas soy yo, Ciara. Lamento terriblemente que te hayas visto envuelta en un espectáculo tan bochornoso y que esa mujer se haya atrevido a faltarte al respeto de esa manera sin ningún derecho. Lamento haberte metido en mis problemas personales.

—No se preocupe... aunque siento haber sido el detonante con la señorita Villavige —admitió ella apenada—. Apenas llevo una semana trabajando para usted y siento que he venido a poner de cabeza su vida privada.

—No te culpes por nada de esto. De todas formas, tenía planeado terminar esa farsa de relación hoy mismo —soltó él con ligereza, buscando cambiar el tono de la conversación—. Pero basta de hablar de temas desagradables.

—Entiendo... ¿Prefiere que lo deje solo? Puedo tomar mi coche e irme a casa...

—Quédate —pidió él de inmediato. Extendió su mano derecha y la posó sobre la rodilla de Ciara. El contacto, incluso a través de la tela de la falda, envió una descarga eléctrica por los muslos de la joven—. Déjame invitarte a tomar un trago. Es lo mínimo que puedo hacer para compensar el mal rato.

Ciara sintió un nudo en la garganta. La calidez de su palma sobre su pierna amenazaba con hacerle perder el hilo de sus pensamientos.

—Lo siento mucho, pero no puedo aceptar —dijo ella con suavidad, retirando delicadamente la mano de Dominick de su rodilla—. Debo regresar a mi casa. Mis hermanas me están esperando.

Dominick la contempló con curiosidad.

—Llama a tus padres y avísales que llegarás un poco más tarde.

Ciara negó con la cabeza antes de dejar escapar un suspiro cargado de melancolía.

—Ellas solo me tienen a mí. Mi madre nos abandonó cuando éramos muy niñas y mi padre falleció hace dos años.

La expresión de Dominick cambió drásticamente. La frialdad corporativa dio paso a una sombra de empatía y respeto absoluto. Ciara se removió en el asiento, incómoda por haber revelado detalles tan íntimos de su vida privada en un momento de vulnerabilidad.

—Lo lamento muchísimo, Ciara... no lo sabía —musitó él, pasándose una mano pesada por el rostro.

Se mantuvieron en silencio durante un par de minutos. El único sonido era el suave murmullo de la calefacción del vehículo. Ciara miró por la ventana, considerando la oferta. Necesitaba un respiro, un momento de desconexión de la abrumadora realidad de sus deudas y responsabilidades, pero sus hermanas eran su prioridad innegociable.

—Podría aceptarle ese trago... —habló ella al fin, rompiendo la calma—, pero con una condición: necesito ir a mi casa primero, verificar que mis hermanas estén bien y cenadas, y solo después podríamos salir.

Dominick sonrió de medio lado, una sonrisa que le iluminó los ojos grises.

—Me parece un trato perfecto.

Ciara dejó escapar una risita contenida ante la rapidez de su respuesta.

—¿Te importaría darme la dirección de tu casa?

—Vine en mi coche, Dominick. No puedo dejarlo abandonado en el estacionamiento de la empresa overnight.

Dominick sacó su teléfono móvil del bolsillo interno de su americana, tecleó un mensaje veloz y volvió a guardarlo.

—Bruno se encargará de llevar tu coche a tu casa y estacionarlo en tu garaje sin un solo rasguño.

—Preferiría que no —repuso ella con firmeza—. No me gusta que desconocidos manejen mi auto. Es muy viejo y tiene sus mañas. Puedo ir conduciendo mi vehículo y usted puede seguirme en el suyo.

Dominick la observó detenidamente durante unos segundos, evaluando su determinación, antes de encogerse de hombros con elegancia.

—Si de esa manera te sientes más segura y cómoda... como ordene, señorita Haslye.

Ciara le dedicó una sonrisa agradecida, abrió la portezuela del Rolls-Royce y descendió del vehículo de lujo. Caminó de vuelta hacia su viejo sedán, sintiendo la mirada de Dominick escoltándola en todo momento. A fin de cuentas, se dijo a sí misma mientras encendía el motor, un trago no le hacía daño a nadie. ¿Qué era lo peor que podía pasar? Solo sería una bebida amigable con su jefe.

Ciara estacionó su auto frente al pequeño garaje de su casa modesta. Al mirar por el retrovisor, vio cómo el imponente Rolls-Royce de Dominick se detenia junto a la acera, destacando como un monumento de lujo en mitad del barrio de clase media baja.

Descendió de su vehículo y se acercó a la ventanilla del coche de su jefe.

—Subiré un segundo a revisar que todo esté en orden con las niñas y bajo de inmediato para que nos vayamos —anunció ella desde la ventana.

Dominick le dedicó una sonrisa encantadora y le guiñó un ojo con abierta complicidad.

—Tómate el tiempo que necesites. Yo aquí espero.

El gesto provocó que a Ciara se le atascara el aire en la garganta. Se giró bruscamente, mordiéndose el labio inferior para contener una sonrisa nerviosa, y apresuró el paso hacia la puerta principal de su hogar.

Insertó la llave, giró la cerradura y entró a la vivienda. Pero al alzar la vista hacia la ventana lateral del recibidor, se detuvo en seco, atónita.

—¿Pero qué demonios estás haciendo? —exclamó.

Leah estaba intentando colarse por la ventana del marco de la sala, con la mitad del cuerpo aún suspendida en el aire exterior. Su hermana quinceañera le dedicó una sonrisa de absoluta inocencia mientras terminaba de pasar una pierna y aterrizaba sobre el parqué. Vestía una camiseta de color vino tinto, una chaqueta de cuero desgastada, pantalones negros ajustados y botas militares.

—¡Llegas antes de lo previsto, Cia! —anunció Leah con desfachatez, sacudiéndose el polvo de los pantalones—. ¿Qué tal el trabajo? ¿Hay chismes jugosos en la alta sociedad o nada de nada? —se apoyó contra el marco de la puerta sin perder la sonrisa burlona.

Ciara se cruzó de brazos, clavándole una mirada acusadora que habría hecho temblar a cualquiera.

—¿De dónde demonios vienes a estas horas, Leah?

—No vengo... voy entrando que es diferente —corrigió la adolescente con aire filosófico.

—¿De dónde vienes? —repitió Ciara, manteniendo la postura rígida.

Leah echó una ojeada por la ventana hacia la calle y sus ojos se abrieron como platos al distinguir el vehículo estacionado afuera.

—¿De quién es esa nave espacial que está aparcada en la acera? —preguntó, cambiando drásticamente de tema y sacando medio cuerpo por la ventana para examinar el coche—. ¿Eso es un Rolls-Royce Phantom?

—Sí, lo es —respondió Ciara entre dientes.

—¿A quién le robaste eso o qué? ¿Por fin conseguiste un Sugar Daddy millonario que nos saque de pobres?

Ciara rodó los ojos con desesperación. Agarró a Leah de la solapa de su chaqueta de cuero y la arrastró en silencio hacia el pasillo de los dormitorios.

—¡Oye! ¡Suéltame que soy una artista incomprendida! —protestó Leah en un susurro.

—¡Cállate! —la reprendió Ciara en voz baja.

Abrió con cuidado la puerta del cuarto de Bella. La niña descansaba profundamente en su cama, abrazada a su peluche de la suerte. Ciara sonrió con ternura, se acercó a la cama y le depositó un beso en la frente antes de salir en silencio.

arrrastró a Leah hasta su propia habitación, cerrando la puerta tras de sí.

Ciara se dirigió al armario a toda prisa. Se quitó los tacones de oficina que le estaban martirizando los pies y se calzó unos botines de tacón ancho mucho más cómodos pero igualmente elegantes. Se arregló el vestido ocre y se alisó el cabello.

Leah la observaba desde el marco de la puerta con los brazos cruzados y una curiosidad insaciable.

—¿Vas a salir a estas horas de la noche?

—Sí.

—¿Vas a salir con el imbécil de Williams? —preguntó la adolescente con una mueca de disgusto explícita—. Ese tipo no me cae nada bien, Ciara. Es un interesado...

—No voy a salir con Williams —la interrumpió Ciara, ajustándose el cinturón del vestido—. Voy a salir con el dueño del auto de afuera. ¿Acaso Williams tiene un Rolls-Royce de medio millón de dólares?

Leah la miró con cara de aburrimiento absoluto.

—Vale, soy estúpida, no hace falta que me lo refriegues en la cara —de pronto, la adolescente unió los puntos en su mente y abrió la boca de par en par—. Espera... ¿el del auto es...?

—Mi jefe.

Leah soltó un grito ahogado, la empujó suavemente para asomarse por la ventana y luego se giró hacia Ciara con una expresión de pura coquetería y júbilo.

—¡Alabado sea el Señor! ¡Por fin iluminaste tu mollera, hermana! —exclamó dramáticamente alzando las manos al techo—. ¡Adiós a la pobreza! ¡Hola a la alta sociedad!

—¡Leah, cállate la boca! —le dio un manotazo cariñoso en la cabeza mientras la menor se desternillaba de risa—. ¡Te va a escuchar desde la calle!

—¡Pues que me escuche! Es más... —Leah se acomodó la chaqueta de cuero con elegancia impostada—. Voy a salir a presentarme formalmente con mi futuro cuñado.

La adolescente echó a andar hacia la salida, pero Ciara la atrapó de la parte trasera de la chaqueta, sacándole otra carcajada frenética.

—¡Compórtate de una buena vez! ¡Tienes quince años, no nueve! ¡Esa es Bella! —se quejó Ciara, empujándola de vuelta al interior de la casa—. Te vas a quedar aquí, te vas a meter a la cama y mañana primera hora vamos a tener una conversación muy seria sobre tus escapadas nocturnas. No creas que se me ha olvidado.

—Sí, sí, lo que tú digas y las chanclas de Moisés —hizo un gesto de desdén con la mano—. ¡Disfruta tu vida de multimillonaria! —añadió Leah mientras Ciara la empujaba suavemente hacia la puerta de su cuarto—. ¡Asegúrate de arrancarle un pelo de la cabeza para hacerle un amarre definitivo!

​—¡Vete a dormir de una buena vez, Leah Margareth Haslye Robert!

​La quinceañera le sacó la lengua entre risitas hasta que Ciara le cerró la puerta en la cara. Ciara se llevó las manos al rostro, soltando un suspiro de pura vergüenza, y caminó hacia la entrada principal. Cruzó el pequeño jardín y se dirigió directamente hacia el copiloto del Rolls-Royce.

​Al abordar el vehículo de lujo, no se atrevió a mirar a Dominick a la cara por unos segundos. Pero él se encargó de romper el hielo con una sonrisa divertida.

​—No sabía que profesaras la brujería en tus tiempos libres, Ciara...

​—Oh, por el amor de Dios... por favor ignora a Leah —pidió ella, cubriéndose la cara con las manos en un gesto de absoluta pena—. Siempre anda diciendo disparates sin filtro alguno...

​Dominick restó importancia al asunto con un leve movimiento de cabeza mientras encendía el motor y ponía el coche en marcha.

​—No te preocupes. Se nota a leguas que es una chica increíblemente divertida y astuta.

​—Sí... —musitó Ciara con ternura—. La verdad es que no sé de dónde saca tanto humor con todo lo que hemos pasado. Siempre se las arregla para hacernos reír a Bella y a mí. Así es mi hermana.

​El Rolls-Royce se detuvo frente a la entrada privada de Noir, uno de los clubes nocturnos más exclusivos y restringidos de la capital. Dominick descendió primero y le ofreció la mano a Ciara para ayudarla a bajar. Al cruzar las puertas doradas, el retumbo de la música electrónica de vanguardia y las luces de neón envolvieron el ambiente. La multitud en la pista principal era densa, pero los guardaespaldas de Dominick abrieron paso con firmeza respetuosa.

​Ascendieron por una escalinata de mármol negro hacia la zona VIP, un espacio elevado, reservado y considerablemente más tranquilo. Se acomodaron en un reservado de piel oscura con vista panorámica a la pista de baile.

​Una camarera de uniforme impecable se aproximó de inmediato a la mesa.

​—Buenas noches, señor Müller. ¿Qué desean ordenar? —preguntó la joven con una inclinación deferente.

​—Un whisky escocés sin hielo. ¿Y para la señorita?

​—Una margarita clásica estará perfecto, gracias —respondió Ciara.

​La camarera anotó la orden y se retiró con premura. Ciara dejó caer la espalda contra el respaldo de piel y cerró los ojos un instante. El cansancio de la jornada comenzaba a pesarle en los párpados.

​—¿Así que solo vinimos a beber en un ambiente elegante? —inquirió ella, abriendo los ojos para contemplar a Dominick.

​Él esbozó una sonrisa lánguida, apoyando el brazo sobre el respaldo del sofá, peligrosamente cerca de los hombros de Ciara.

​—¿Hay alguna otra cosa que le gustaría hacer a la señorita Haslye?

​Ciara sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal ante el matiz sugerente de la pregunta. «Con usted, probablemente muchas cosas inapropiadas...», pensó para sus adentros.

​—Hablemos —propuso ella para desviar la tensión.

​—¿De qué te gustaría hablar?

​—¿De qué le gustaría hablar a usted, señor Müller?

​Dominick ladeó la cabeza, observándola con fijeza antes de dejar escapar una risa baja.

​—Podríamos empezar porque cumplas tu

promesa y me llames Dominick. No estamos en la oficina ni en horario de trabajo.

​—¿Quiere decir que esta noche podemos tratarnos simplemente como dos conocidos?

​—Por supuesto —se encogió él de hombros—. Aunque, si soy sincero, sé muy poco sobre ti fuera de tu currículum vitae.

​—¿De verdad quiere conocerme?

​—Eres mi secretaria ejecutiva. Te encargas de gestionar mi agenda y mi vida profesional, así que me parece justo conocer a la mujer detrás del cargo.

​Ciara se mordió el labio inferior mientras contemplaba los destellos multicolores que se proyectaban sobre la pista de baile. Nunca en su vida se había abierto con un desconocido. Sus únicas confidentes reales eran sus hermanas, pero había temas maduros que no podía discutir con una niña de nueve años ni con una adolescente de quince.

​¿Qué de malo podía tener desahogarse un poco con un hombre brillante que, en ese preciso instante, no actuaba como su superior jerárquico, sino como Dominick? Un extraño elegante en un club nocturno, y ella simplemente Ciara Haslye.

​—De acuerdo. Empecemos por lo básico: tengo veinticinco años y soy la tutora legal y responsable absoluta de mis dos hermanas menores, cosa que ya sabes —comenzó ella. Él asintió con atención—. ¿Tienes hermanos?

​—Sí, dos menores. Ya conociste a Lara en la oficina, y tengo un hermano que vive en el extranjero. Y tengo veintiocho años —comentó él con tono divertido.

​—Mis hermanas se llaman Leah y Bella. Leah tiene quince y Bella cumplirá diez muy pronto.

​—Mi hijo Adriano tiene cinco años recién cumplidos —añadió él con una chispa de orgullo en la mirada.

​—Bella es una niña dulce y muy tranquila. Le encanta ayudarme a preparar los pasteles los fines de semana —Dominick la escuchaba con evidente interés—. Dice que cuando sea grande quiere abrir su propia cadena de reposterías.

​—Con la maestra que tiene en casa, no me cabe duda de que será la mejor repostera de la ciudad —dijo él, tomando el vaso de whisky que la camarera acababa de servir y dando un trago pausado.

​—Ojalá que sí... ¿Y usted? ¿Qué tiene para contarme sobre su vida privada?

​Dominick contempló el cristal de su vaso durante unos segundos antes de volver a clavar sus ojos grises en ella.

​—Bueno... me divorcié hace tres años de la madre de Adriano. Fue un acuerdo mutuo; el amor de pareja se extinguió por completo y solo quedó el respeto por el bienestar de nuestro hijo. Desde entonces he estado completamente soltero, cosa que ya pudiste comprobar hoy con el desastre de Bianca. ¿Y tú, Ciara? ¿Tienes a alguien en tu vida?

​El sonido de su nombre en la voz grave de Dominick le provocó un vuelco en el estómago. Rió con una mezcla de nerviosismo y franqueza.

​—No tengo novio. No tengo tiempo ni energía para una relación formal. La única interacción cercana que mantengo es con un vecino, y es estrictamente sexo casual —Dominick alzó levemente las cejas, sorprendido por la crudeza de la confesión—. Sin sentimientos de por medio, sin compromisos. Solo una vía de escape física de vez en cuando.

​—Me parece una opción bastante madura e inteligente si ambas partes están de acuerdo —dictaminó él.

​—Sí. Me siento cómoda con ese arreglo. No busco complicaciones románticas en mi vida.

​Siguieron bebiendo. A la primera margarita le siguió una segunda y luego un trago de tequila reposado. El alcohol comenzó a hacer su trabajo, entorpeciendo levemente sus reflejos pero desinhibiendo su mente por completo.

​—Aunque... si soy honesta, sí hay algo que deseo desesperadamente en este momento —admitió ella, dando un sorbo a su copa mientras Dominick la observaba con abierta fascinación.

​—¿Qué es?

​—Poder saldar de una vez por todas la deuda pendiente del hospital y pagar los meses atrasados del colegio privado de las niñas —soltó ella. El alcohol había derribado sus filtros emocionales.

​Dominick frunzó el ceño, mostrando una profunda confusión.

​—¿Tienes una deuda hospitalaria?

​Ciara dejó escapar una risa amarga.

​—Mi padre enfermó de cáncer de próstata hace tres años. Las complicaciones fueron brutales y el seguro médico básico no cubrió ni la mitad de los tratamientos ni los días de terapia intensiva. La deuda ascendió a casi un millón de dólares —confesó con un nudo en la garganta—. ¿Y sabes cuál es la verdadera ironía de la vida, Dominick? ¡Que mi padre falleció de todos modos!

​—Cielos... ¿Y no tienes a ningún familiar o familiar lejano que te eche una mano con esa carga?

​—Nadie. Solo somos las niñas y yo —Ciara rebuscó en su bolso, extrajo una carta de notificación arrugada y se la entregó a Dominick—. Y para rematar, esa es la última advertencia de la dirección del colegio de las niñas. Si no liquido la deuda del semestre antes de la próxima semana, las expulsarán de las aulas.

​Dominick desplegó el papel y leyó el contenido con la mandíbula apretada y la mirada sombría.

​—A veces... a veces desearía que mi madre jamás hubiera regresado a nuestras vidas —murmuró Ciara, mirando fijamente el fondo de su copa.

​Dominick alzó la vista de la hoja.

​—¿A qué te refieres?

​—Mi madre nos abandonó a mi padre y a mí cuando yo apenas tenía seis años. Desapareció sin dejar rastro —explicó Ciara, mientras la vista se le tornaba ligeramente borrosa por las lágrimas contenidas—. Cuando yo cumplí los quince, se apareció de repente en la casa con dos niñas pequeñas: Leah, de siete años, y Bella, que era solo una bebé de meses. Se quedó con nosotros exactamente tres días. Al cuarto día, volvió a hacer las maletas y se marchó para siempre, dejándome a sus dos hijas pequeñas. Lo único bueno es que mi padre, con ese corazón enorme que tenía, las acogió y las crió como si llevaran su propia sangre. Son mis medias hermanas, pero para mí son mis hijas. Cuando mi padre enfermó, tuve que abandonar la universidad para trabajar en dos sitios al mismo tiempo y pagar los medicamentos. Él murió y jamás pude retomar mis estudios.

​El espacio VIP pareció quedarse en absoluto silencio. Dominick la observó durante varios segundos en un mutismo cargado de una emoción indescifrable. Extendió la mano, le tomó el rostro con infinita ternura y, con la yema de su pulgar, le secó con suavidad una lágrima rebelde que se le había escapado por la mejilla.

​—Eres una mujer absolutamente admirable, Ciara —dijo él con una voz profunda y sincera que le encogió el corazón—. Muy pocas personas habrían tenido la valentía y la nobleza de asumir las responsabilidades que tú echaste sobre tus hombros por tus hermanas.

​Ciara hizo un puchero involuntario, sintiéndose vulnerable como una niña pequeña bajo el contacto de sus manos.

​—Intenté volver a la facultad... pero trabajar doce horas diarias, mantener una casa y criar a dos niñas no deja espacio para nada más. Tuve que abandonar mis sueños. Y Leah... Leah tuvo que madurar a la fuerza antes de tiempo para ayudarme a cuidar de Bella. Ambas nos desvivimos para que la pequeña tenga una infancia feliz y no sienta las carencias.

​Dominick dejó escapar un suspiro pesado.

Sin pedir permiso, tiró suavemente de ella hacia su pecho y la envolvió en un abrazo protector y cálido. Ciara no se resistió. Apoyó la cabeza contra su hombro, cerró los ojos y dejó que el aroma a roble y el calor de su cuerpo la reconfortaran. Necesitaba desesperadamente ese abrazo, desahogar el peso de una armadura que llevaba años cargando en soledad.

​Dominick le acarició el cabello con parsimonia mientras ella se recuperaba. Minutos después, entre la bruma del alcohol y la calidez del momento, la tristeza dio paso a una euforia leve. Ciara se rió de un comentario ingenioso de Dominick, e impulsados por el ritmo de la música, terminaron bajando a la pista VIP a bailar.

Ciara se dejó llevar por el movimiento, riendo abiertamente mientras Dominick la tomaba de las manos y la guiaba con una soltura sorprendente para un hombre de su porte.

​El viaje de regreso fue un borrón de luces distorsionadas de la ciudad. Ciara descansaba la cabeza contra el respaldo del copiloto del Rolls-Royce mientras Bruno conducía con precisión impecable.

​—Espero que te la hayas pasado de maravilla hoy, Dominick... —murmuró ella con la voz arrastrada por el alcohol.

​Dominick, sentado a su lado, la observó con una calidez inédita en sus ojos grises y soltó una risa baja.

​—No tienes idea de cuánto, Ciara. Ha sido la mejor noche que he tenido en años.

​El vehículo de lujo se detuvo frente a la casa de los Haslye. Bruno descendió rápidamente para abrir la puerta. Dominick ayudó a Ciara a ponerse en pie, pero sus piernas tiritaron por el mareo. En ese preciso instante, el rugido de un motor de motocicleta cortó la quietud de la calle. Una moto deportiva se estacionó bruscamente en la entrada.

​Una figura mediana vestida totalmente de negro descendió de la motocicleta, chocó los puños con el motociclista y caminó hacia la casa con una mochila colgada al hombro. Al sacarse el casco, la melena rebelde de Leah quedó al descubierto. La adolescente caminaba con absoluta naturalidad hasta que divisó a Ciara tambaleándose junto al multimillonario.

​Ciara frunció el ceño con dramatismo ebrio.

​—¿Leah?... —preguntó—. ¿Qué demonios haces tú en la calle a estas horas?

​Leah guardó las llaves de la casa —de las cuales colgaba una navaja táctica plegable— y examinó a Dominick de arriba a abajo con una mirada analítica.

​—¿Te están secuestrando o te están ayudando a entrar a la casa? —preguntó Leah hacia Ciara, para luego dirigirse a Dominick—. Habla ahora o calla para siempre, jefazo.

​Los párpados de Ciara pesaban una barbaridad. Dominick cruzó unas palabras tranquilizadoras con la quinceañera. Leah asintió con una sonrisa satisfecha y se acercó a sostener a su hermana mayor por la cintura.

​—Vale, estás completamente borracha, Cia. Vamos adentro. Yo me encargo de ella —dijo Leah, mirando a Dominick—. Muchas gracias por traerla sana y salva, jefazo.

​—No hay nada que agradecer. Y por favor, llámame Dominick —respondió él con cortesía.

​—De acuerdo, Dominick. Tengan buena noche antes de que esta mujer se me desmaye en los brazos —dijo Leah cargando el peso de su hermana.

​Ciara giró la cabeza con dificultad hacia Dominick, quien la contemplaba mordiéndose ligeramente el labio inferior con una expresión de ternura y deseo contenido.

​—Buenas noches, Dominick... —alcanzó a balbucear ella antes de que Leah la arrastrara hacia el interior de la vivienda.

​Subieron las escaleras a duras penas. Leah la guio hasta su dormitorio y la dejó caer sobre la cama. Con destreza rápida, le desabrochó los botines, le quitó el vestido ocre y le enfundó una camiseta holgada de algodón para dormir.

​Cuando terminó de acomodarla bajo las cobijas, Leah dejó escapar un suspiro cansado y se sentó en el borde del colchón, contemplando a su hermana mayor con una sonrisa llena de afecto y triunfo.

​—Competí en las carreras callejeras clandestinas de la zona industrial esta noche —confesó Leah en un murmullo travieso—. Gané el primer lugar y el dinero suficiente para pagar la cuenta completa del colegio de Bella y el mío. Ya no tienes que preocuparte por eso, Cia.

​Ciara, entre la bruma del sueño y el alcohol, entreabrió los ojos.

​—¿Por qué... por qué me lo dices ahora?...

​—Porque estás tan borracha que mañana no vas a recordar nada de esto —respondió Leah, guiñándole un ojo antes de inclinarse y depositarle un beso cariñoso en la frente—. Descansa, hermanita. Por cierto, tu jefazo te dejó dicho que mañana tienes el día completamente libre. Y hay que admitir que el tipo está ridículamente guapo, la verdad.

​Ciara dejó escapar una risita boba mientras Leah apagaba la luz y salía del dormitorio, cerrando la puerta despacio. Ciara se quedó contemplando las sombras del techo. La imagen de los ojos grises de Dominick, el recuerdo de su abrazo reconfortante y la calidez de su voz resonaron en su mente antes de que el sueño reparador la sumergiera en la inconsciencia.

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Último capítulo

  • Imperfecta Tentación   Capítulo 32

    Draben.El sonido del oleaje rompiendo contra los acantilados de la isla era lo único que llenaba el vacío de la estancia. Dentro de la casa, el aire estaba cargado, denso como el vaho antes de una tormenta.Mis ojos estaban en la nada, me encontraba sentado en el extremo del sofá, con la espalda rígida y las manos entrelazadas con tanta fuerza que mis nudillos habían perdido el color. Llevaba ya demasiado tiempo en este lugar, mucho y eso no me gustaba. No había forma de salir de aquí, y no tenía manera de comunicarme con el exterior ya que el idiota de mi hermano me había quitado el celular.En pocas palabras, estaba secuestrado.—Draben, por favor... come algo. No has probado nada desde que te levantaste.La voz de Ciara era suave, casi un susurro. Ella se acercó con paso lento, sosteniendo una pequeña bandeja con frutas y agua. Al sentir su presencia, me tense. No moví mis ojos pero podía ver exactamente todo lo que ella estaba haciendo. Cuando ella intentó sentarse a mi lado, a

  • Imperfecta Tentación   Capítulo 31

    Draben.Mi cabeza duele y abro los ojos al despertar.Me cuesta unos minutos acostumbrarme a estar despierto, miro a mi alrededor notando que estoy en lo que parece una habitación, a mis oidos llega el sonido de olas lo cual me confunde al igual que el olor salado que hay en el aire.Me levanto de la cama notando que tengo puesta un pijama, recueedo muy bien me acerco a una de las tantas puertas que hay en la habitación y me encuentro con un ventanal y por el noto que estamos en una la playa.Cierro los ojos unos minutos sosteniendome de las puertas de ese lugar, respiro profundo antes de cerrarlas y salir de la habitación y caminar por la casa que conozco perfectamente.Esto es ridículo.Bajo las escaleras notando que la casa sigue decorada igual que la ultima vez que estuve aquí. No hay nadie en este lugar y llega un momento en el que pienso que estoy solo en este lugar pero el ruido en la cocina me hace saber que no es así.Al llegar a la cocina me encuentro a Ciara junto a Domini

  • Imperfecta Tentación   Capitulo 30

    Draben.Subo las escaleras de la mansión lo más rápido que puedo mientras mi corazón retumba como un loco dentro de mi pecho.A la mierda, que más da.Dominick ya me abandono una vez y no morí por eso.A Ciara la podré olvidar.Nadie muere por un maldito corazón roto.Me desahogo de la corbata de mi traje mientras observo que cerca no haya nadie. Ignoro el nudo en mi garganta que hace que se me haga difícil ignorar el dolor que estoy experimentando al saber que tendré que irme para así alejarme de esos dos.Malditasea el día que me enamore de esa mujer.Malditasea el día en el que la cague.Sostengo la tela en mi mano parpadeando varias veces para quitarme las lágrimas que a fuerza quieren salir. Tomo respiraciones profundas mientras doy pasos largos entrando a uno de los pasillos que me llevarán a las habitaciones.Haré una pequeña maleta donde meteré algo de ropa y me ire a alguna de las mansiones que tengo, me quedaré lo que haga falta hasta poder acomodar mis jodidos sentimientos

  • Imperfecta Tentación   Capítulo 29

    Shananet.Cuando me enamore de Dominick y supe quién era sabía que mi vida no volvería a tener paz.Ser pareja de un mafioso te marca de forma inimaginable, te cambia la vida y la forma de ver a las personas, empiezas a notar aquello que las autoridades y demás personas de poder tratan de ocultar.Sabía muy bien que estar con él me traería problemas pero el amor que sentía por el me hizo llenarme de valor y enfrentarme a eso, tuve días felices y dias tristes a su lado, y que alejarme de mi familia para que no salieran afectados ya que yo era su talon de Aquiles.Pero cuando quede embarazada de nuestros hijos... No pude seguir en ese mundo y al parecer él tampoco, puesto que dejo todo para criar a nuestros bebés en un buen ambiente.Fui feliz esos días, teniendo una vida normal sin el miedo de que lastimaran a mis niños, y quería que tanta felicidad fuera eterna, pero al lado de aquel hombre no podría suceder, así que nos divorciamos cuando supimos que el amor que nos teníamos ya no ex

  • Imperfecta Tentación   Capitulo 28

    Draben.Jadeo mientras observo mis manos manchadas de sangre, el traje negro está cubriéndome por completo el cuerpo mientras hay un olor putrefacto en el aire, miro a mi alrededor encontrando una puerta y al pasarla pierdo la visión unos minutos.Camino entre la oscuridad mientras de fondo suena una canción que nunca había escuchado pero se me hace conocida. La oscuridad va cambiando y se convierte en una campo abierto donde los árboles están a los lados y frente a mi encuentro a una mujer que me da la espalda.Su cabello café cae como una cascada por su espalda cubriéndole hasta la cadera, lleva un vestido blanco y parece moverse de un lado al otro, como si bailará dejándose llevar por el viento.Una sonrisa cree en mis labios y al dar el primer paso un calor agradable me cubre, el traje negro y las manos manchadas de sangre desaparecen, ahora tengo una camisa blanca con un pantalón beige.La castaña gira y me encuentro a Ciara, apenas sus ojos avellana chocan con los míos sonríe en

  • Imperfecta Tentación   Capítulo 27

    Dominick.La situación con mis hijos no me a dejado dormir los últimos dias del mes.Aún no encuentro rastro de ellos no de su madre, lo cual significa que aquella rata que no nos a dejado en paz desde hace ya tiempo me los a quitado y los tiene en quien sabe dónde.Se que debo confiar en Draben pero por más que sea mi hermano y tenga buena gente no me sirve de nada si a un no me a dado información que me diga si mis hijos están bien o no.Mis ojos van hacia la niña de cabello negro y ojos celestes que está jugando en la alberca, Ciara está con ella y ambas se ven felices.Bella..Esa pequeña niña se a convertido en alguien muy importante para mí en estos meses, toda la pequeña familia de Ciara se a vuelto preciada para mí.Leah esta loca, pero es una chica con la cual puedo contar para esta idea loca de tener a Ciara y a Draben juntos. Aún no puedo comprender como mi hermano ya con su edad puede considerar a esa chica como su mejor amiga.Ambos están igual de locos.Ciara alza la vis

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