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Cinco

Author: Ichigo Ichie
last update publish date: 2026-09-24 11:04:04

Cinco

El viernes llegó con una rapidez abrumadora, como un tren de carga que Oliver no había visto venir hasta que ya estaba encima de él. Robert se quedaría a dormir en casa de Oliver; eso fue lo que su amigo les había dicho a sus padres, con esa facilidad para mentir que Oliver siempre envidiaba y nunca lograba imitar.

Eran las ocho menos diez cuando llegaron a la dirección que Chloe le había enviado por mensaje a Robert. Oliver iba vestido con sus tenis de siempre, esos que ya mostraban el desgaste de caminar demasiado por una ciudad que nunca dormía, sus mejores jeans, y una camisa azul cielo prestada por su mejor amigo. La tela olía ligeramente al suavizante que usaban en la mansión Humbert, y cada vez que Oliver inhalaba ese aroma, sentía que llevaba un pedazo de otro mundo cosido a su piel.

El lugar era un lujoso apartamento en el piso treinta. Las vistas desde allí eran increíbles: la ciudad se extendía como un manto de luces parpadeantes, un océano de neón y ventanas iluminadas que parecían estrellas caídas. La música resonaba por cada rincón, vibrando en el pecho de Oliver como un segundo corazón, y en las mesas dispuestas a lo largo del salón, en lugar de comida, había una amplia variedad de botellas. Cada una exhalaba un olor a alcohol más potente que la anterior, mezclándose en un cóctel nauseabundo que hacía que Oliver quisiera taparse la nariz.

Robert se integró de inmediato, bebiendo sin reparo todo lo que Chloe le servía con una sonrisa coqueta. A su amigo le gustaba ella desde que habían iniciado la universidad y se la había encontrado en la cafetería, derramando café sobre sus apuntes de cálculo. Y por la forma en que ella se colgaba de su brazo apenas lo veía, Oliver podía decir que la atracción era mutua, un imán invisible que los acercaba cada vez más.

Oliver, por el contrario, se recluyó en un rincón, observando a los demás como un antropólogo estudiando una tribu desconocida. Pensó que debería haber traído su libro para continuar con la lectura, para tener algo a qué aferrarse en medio de aquel caos. No era su ambiente. Nunca lo había sido. Las fiestas siempre lo hacían sentir como un pez fuera del agua, boqueando en busca de aire.

Las horas pasaron lentas, como gotas de miel espesa. La música cambió una y otra vez, de ritmos electrónicos a baladas lentas, y los asistentes a la fiesta comenzaron a desaparecer entre las habitaciones y los pasillos, emparejándose como animales en un arca. Oliver miró la hora en su desgastado reloj de pulsera.

12:48 a. m.

Se suponía que volverían antes de la medianoche. Su madre iba a matarlo.

Miró su teléfono. La pantalla permanecía negra, muerta como una estrella apagada. Debió haberlo cargado antes de salir, pero la prisa y los nervios lo habían hecho olvidar.

Buscó a Robert con la mirada entre el mar de cabezas que se mecían al ritmo que marcaba el DJ. No lo encontró por ningún lado. Un pequeño nudo de preocupación comenzó a instalarse en su estómago, apretándose como un puño cerrado.

Guardó el teléfono en el bolsillo y se deslizó entre los cuerpos sudorosos, esquivando codos y copas que amenazaban con derramarse. Una chica se abrazó a él, balbuceando algo sobre bailar y su canción favorita, su aliento cargado de vodka. Oliver se soltó como pudo, murmurando disculpas, y continuó buscando a su amigo.

Lo encontró en uno de los baños.

Robert estaba tirado sobre el suelo frío de baldosas blancas, ebrio hasta los pies, la camisa manchada y el cabello revuelto. Parecía un muñeco de trapo abandonado.

—Maldición… Robert… —gruñó Oliver, agachándose rápidamente para asegurarse de que respiraba.

Lo hacía. Su pecho subía y bajaba con un ritmo irregular, pero constante. El alivio apenas duró un segundo antes de ser reemplazado por una oleada de pánico práctico.

Con esfuerzo, Oliver lo abrazó por debajo de los brazos y tiró de él con todas sus fuerzas. Robert masculló algo ininteligible, un sonsonete de quejas borrachas; sus pies apenas conseguían sostenerlo, arrastrándose como los de un zombi. Oliver le pasó un brazo por la cintura, se echó el brazo pesado de su amigo sobre los hombros y, como pudo, lo sacó del baño, del pasillo y del departamento.

Necesitaban llegar a casa.

Usando toda su fuerza y resistencia, cargó con el peso muerto de Robert hasta el elevador. Lo metió dentro con cuidado, apoyándolo contra la pared de metal, y presionó el botón para bajar. Las puertas se cerraron con un sonido sordo, y el ascensor comenzó su descenso con un zumbido mecánico.

Apoyados contra la pared, Oliver sacó su teléfono, que seguía muerto, inútil como una piedra.

—Maldición…

Buscó entre los bolsillos de Robert hasta encontrar su teléfono. Por suerte, no había cambiado la contraseña desde que Oliver se la había visto teclear hacía meses. Desbloqueó la pantalla y buscó alguna aplicación de servicio de taxis. Por supuesto, no había ninguna. Robert nunca planeaba con anticipación; siempre confiaba en que el universo resolvería sus problemas.

Pensó en llamar a su madre, pero ella seguramente les contaría después a los padres de Robert el estado en el que los había encontrado. No quería imaginarse las consecuencias: la decepción en los ojos de Allena, el silencio reprobador de Philip.

Y entonces, un contacto pareció brillar bajo la fría luz del elevador.

Mr. Robot.

No hacía falta ser un genio para saber a quién tenía guardado Robert bajo ese nombre. Oliver se quedó mirando la pantalla durante unos segundos, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.

Eliot.

Solo pensar en llamarlo hizo que la preocupación por Robert se mezclara con un nerviosismo completamente distinto, una electricidad que le recorría la columna vertebral. Su pulso se aceleró. De todas las personas a las que podía recurrir, precisamente tenía que ser él. El universo tenía un sentido del humor cruel.

Pero Robert necesitaba ayuda. Robert estaba ahí, tambaleándose contra la pared del ascensor, vulnerable y borracho perdido.

Oliver respiró hondo, el aire entrando en sus pulmones como un acto de fe. Presionó el icono de llamada y esperó, el teléfono caliente contra su oreja.

Solo sonaron dos tonos antes de que una voz familiar respondiera al otro lado.

—¿Has visto la hora? —La voz de Eliot sonaba exasperada, pero no sorprendida. Como si estuviera acostumbrado a recibir llamadas de emergencia a altas horas de la noche—. ¿Qué hiciste esta vez?

Oliver sintió que la garganta se le cerraba, las palabras atascadas como espinas.

—Soy Oliver… —murmuró, su voz apenas un susurro tembloroso.

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea. Un silencio que Oliver sintió eterno. Después, el sonido de ropa moviéndose, de alguien levantándose de la cama.

—¿Dónde están? ¿Robert está bien?

—Está bien… —se apresuró a responder Oliver, las palabras saliendo atropelladas—. Bueno, está borracho. Muy borracho. En una fiesta, bebió de más… No sabía a quién llamar. Mi teléfono está muerto, y no hay taxis, y no quería llamar a mi madre porque…

Se detuvo, consciente de que estaba divagando. Sentía las mejillas calientes, ardientes, y odiaba que incluso a través de una llamada telefónica Eliot pudiera hacerle perder toda capacidad de pensar con claridad.

—Mándame la ubicación y espérenme ahí.

Era una orden tan firme, tan absoluta, que Oliver asintió instintivamente, incluso cuando Eliot no podía verlo.

La llamada terminó con un clic seco.

Oliver envió la ubicación con dedos temblorosos y, una vez que las puertas del elevador se abrieron en el lobby, arrastró a Robert, aún inconsciente y murmurando incoherencias, hacia afuera. No se dirigió a la entrada principal, que estaba a unos veinte metros, sino al rellano de las escaleras, buscando un lugar más tranquilo donde esperar. Lejos de las miradas curiosas, lejos de los grupos de fumadores que se arremolinaban en la entrada.

Sentó a Robert contra la pared, asegurándose de que no se cayera, y se quedó allí, de pie, mirando la puerta de cristal del lobby. Los minutos pasaron lentos, cada uno una eternidad.

Exactamente doce minutos después, la puerta del lobby se abrió y Eliot apareció al otro lado.

Oliver sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

No iba vestido de Armani.

Llevaba jeans oscuros que se ajustaban a sus caderas y una camiseta negra, simple, que se ceñía a sus músculos como una segunda piel. Tenía el cabello ligeramente despeinado, como si hubiera estado durmiendo, y sus ojos azules escanearon el lobby con una eficiencia fría antes de fijarse en ellos.

Oliver apenas tuvo tiempo de asimilar la imagen antes de que Eliot los viera y se acercara con pasos largos y decididos. Sin esfuerzo aparente, se agachó, levantó a Robert como si pesara plumas, y lo cargó hasta su sedán negro, estacionado frente a la entrada del edificio.

Oliver se adelantó corriendo para abrir las puertas: primero la del edificio, luego la del auto. Cuando Robert estuvo acomodado en el asiento trasero, su respiración profunda y regular, Oliver se quedó de pie en la acera, sin saber qué hacer con las manos ni dónde mirar.

La presencia de Eliot lo hacía sentirse torpe, demasiado grande para su propio cuerpo, demasiado consciente de cada movimiento que hacía.

—Sube, Oliver —ordenó Eliot, su voz firme y sin dejar espacio para la réplica.

Oliver tragó con fuerza, sintiendo el nudo en la garganta. Se deslizó dentro del vehículo, y se abrochó el cinturón de seguridad con manos temblorosas.

Se sentía infinitamente avergonzado. Porque, de alguna manera, el universo parecía conspirar para que Eliot lo viera siempre en sus peores momentos. Primero en pijama de dinosaurios, ahora arrastrando a su hermano borracho como un alma en pena.

Mientras el auto se ponía en marcha y la ciudad comenzaba a desfilar por la ventana, Oliver se preguntó si alguna vez podría estar a la altura de la mirada de Eliot. Si alguna vez podría ser algo más que el desastre que siempre parecía ser cuando él estaba cerca.

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