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Cuatro

Author: Ichigo Ichie
last update publish date: 2026-09-24 10:35:15

Cuatro

El campus universitario era como un mundo aparte, un ecosistema con su propio código secreto, que olía a café quemado de la cafetería, a hierba recién cortada que los jardineros acababan de podar, y a esa ansiedad colectiva que flotaba en el aire como polen invisible. Los estudiantes iban y venían con sus mochilas al hombro, algunos con cara de haber dormido tres horas, otros con la energía del que acaba de tomar su tercer espresso.

Oliver descansaba bajo la sombra de un roble viejo y alto, tan antiguo que parecía haber visto generaciones enteras de estudiantes pasar por sus raíces. Intentaba sumergirse en un nuevo capítulo del libro de Vontz, pero no era fácil. Había tenido que recorrer media ciudad para encontrar ese maldito libro. La señora tras el mostrador de la librería del campus, una mujer de gafas de carey que olía a papel viejo y a tabaco, le había dicho que no era un libro muy popular debido a sus opiniones poco convencionales. «Demasiado controvertido para los anaqueles principales», había dicho con un dejo de desaprobación. Eso había llevado a que lo retiraran de casi todas las librerías.

Por suerte, Oliver había encontrado una copia gastada en una librería fuera del campus, un lugar diminuto escondido entre una lavandería y una tienda de discos de vinilo. El libro tenía algunas anotaciones en los márgenes, garabatos de alguien que había discutido con el autor página tras página, y Oliver sentía que estaba teniendo una conversación silenciosa con un desconocido apasionado.

Así que ahí estaba, absorbiendo cada palabra como si fuera oro líquido, con las piernas estiradas sobre la hierba y la espalda apoyada contra el tronco rugoso del roble. Los lentes de lectura le presionaban el puente de la nariz, dejando dos pequeñas marcas rojas que él ignoraba por completo.

Robert, tumbado sobre la hierba a su lado, devoraba un sándwich de pollo con la dedicación de un hombre que no había comido en días, mientras jugaba algún juego tonto en su celular con la otra mano. No hablaban. No les hacía falta. Podían estar sumergidos cada uno en su propio universo paralelo y, aun así, la confianza y la cercanía entre ellos eran palpables, como un cable invisible que los conectaba.

Una cercanía cultivada durante poco más de ocho años, entre juegos infantiles en el patio del colegio, pijamadas donde veían películas de terror hasta las tres de la mañana, caídas en bicicleta que terminaban con rodillas raspadas y curitas de superhéroes, risas tan fuertes que sus madres tenían que llamarlos al orden, secretos susurrados en la oscuridad de la habitación de Robert y una lealtad que llevaban tatuada en la piel sin necesidad de agujas ni tinta.

Robert había sido el primero en notar la forma en que Oliver miraba a Eliot. Tenían trece años entonces, y Eliot, veintitrés. Robert había notado los sonrojos repentinos, los cambios en la respiración de Oliver cada vez que su hermano mayor entraba en una habitación, la forma en que sus ojos verdes seguían a Eliot como si fueran imanes. No dijo nada. No era necesario. Pero desde entonces, cada vez que podía, le señalaba a cualquier «chico guapo» que veía por el colegio, en un intento tierno y desesperado de desviar su atención hacia lo que él consideraba un puerto más seguro. Menos helado. Menos complicado.

—Leer a esos viejos aburridos no hará que le gustes al robot —gruñó Robert con su habitual tono despectivo, sin levantar la vista del celular.

No era que le cayera mal Eliot. Era, más bien, que no entendía la indiferencia de su hermano mayor. Robert era cálido, extrovertido, siempre rodeado de gente. Eliot era... bueno, Eliot.

—No es un robot —lo defendió Oliver, pasando una página con dedos cuidadosos.

Robert chasqueó la lengua y terminó su sándwich de un último bocado. Luego puso los ojos en blanco con un dramatismo digno de un actor de telenovela.

—Claro que no —dijo, su voz cargada de sarcasmo—. Es más bien un témpano de hielo vestido de Armani. Con patas. Y sin corazón.

Oliver no pudo evitar reír ante la comparación. Una risa genuina que le sacudió los hombros e hizo que el libro se moviera en su mano.

Bajó el libro, se quitó los lentes de lectura y recordó a Eliot bajo la luz de la cocina: el torso descubierto, la piel tostada brillando bajo la luz artificial, sus labios rozando el cristal del vaso de zumo. Recordó su voz, suave, baja, íntima, diciendo su nombre como si fuera un secreto. Y su pregunta en el auto, esa curiosidad inesperada que había hecho que Oliver se sintiera, por primera vez, como alguien digno de ser visto.

Miró la portada del libro. Aún no sabía por qué Eliot se lo había recomendado. Lo estaba probando, quizás. O quizá había sido simplemente un consejo casual entre personas que navegaban las mismas aguas intelectuales. No estaba seguro. Pero esperaba con ansias la próxima vez que se cruzaran. Entonces podría decirle que había leído a Vontz, que había disfrutado cada página, que había subrayado frases enteras con lápiz. Entonces tal vez, solo tal vez, Eliot volvería a mirarlo con ese interés recién descubierto.

—Entonces… —la voz de Robert lo sacó de sus pensamientos como un cubo de agua fría—. La fiesta en casa del hermano de Chloe, ¿irás conmigo?

Oliver suspiró. Siempre había una fiesta. Siempre había un plan social del que escapar.

—Tengo que trabajar… —intentó zafarse, con la esperanza de que Robert mordiera el anzuelo.

—Es el viernes, tu día libre.

La sonrisa de su amigo fue casi lobuna al dejarlo sin excusas para huir de ser sociable. Robert conocía su horario mejor que él mismo, el muy traidor.

—Un par de horas. Nada más —concedió Oliver, levantando una mano en señal de rendición—. Si volvemos después de medianoche, mi madre llamará al ejército, a la Guardia Nacional y a tus padres.

—Lo último es lo único que me da miedo —bromeó Robert, poniéndose de pie con un movimiento ágil.

Se sacudió el polvo imaginario de los jeans y fijó su mirada, de un azul más cálido que el de Eliot, más parecido al color del cielo en primavera, en el libro que descansaba sobre el regazo de Oliver.

—No sé qué le ves —dijo, y esta vez su tono fue infinitamente más serio de lo habitual. Tanto que Oliver alzó la mirada, sorprendido por la gravedad en la voz de su amigo—. Solo es un idiota en traje que se cree el rey del mundo.

Oliver bajó la mirada hacia el libro abierto, hacia las palabras de Vontz que ya no lograba leer. Sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa, tímida y secreta, como si contuvieran el más íntimo de los tesoros.

—El corazón quiere lo que el corazón quiere… —susurró, casi para sí mismo.

Robert soltó una palabrota que hizo que una chica que pasaba cerca girara la cabeza con expresión escandalizada. Luego, sin previo aviso, le lanzó a la cabeza la servilleta arrugada que antes había contenido su almuerzo.

—Si comienzas a hablar de lo guapo que es, voy a golpearte…

—Es muy guapo —provocó Oliver, una sonrisa malvada apareciendo en su rostro—. Tiene esos hombros anchos, y esa mandíbula definida, y cuando usa gafas de lectura parece un profesor sexy de…

No alcanzó a terminar la frase.

Robert cayó sobre él como un peso muerto, y ambos rodaron por la hierba en una maraña de brazos y piernas, una pelea de cosquillas, empujones y pellizcos que hizo que Oliver soltara el libro y perdiera los lentes en el proceso. Los dos reían, igual que cuando tenían diez años, sin preocupaciones, sin amores imposibles, sin témpanos de hielo vestidos de Armani.

Solo ellos dos, rodando por el césped del campus, bajo la sombra de un roble que había visto muchas cosas, pero quizás no tantas risas como aquellas.

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