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Seis

Autor: Ichigo Ichie
last update Data de publicação: 2026-09-25 01:11:07

Seis

Eliot condujo en completo silencio, con la vista fija al frente y ambas manos aferradas al volante. Las venas se marcaban más de lo habitual bajo la piel tostada de sus manos, un relieve azulado que Oliver no podía dejar de mirar, como si Eliot estuviera conteniéndose, sujetando algo con una fuerza que amenazaba con desbordarse.

Oliver no se atrevía a decir una palabra. El aire dentro del auto era espeso, cargado de una electricidad que le erizaba la piel. Podía oír su propio corazón latiendo en el silencio, un tambor acelerado que seguro Eliot también escuchaba.

Veinte minutos después, llegaron a un edificio de lujo que Oliver conocía únicamente porque Robert lo había mencionado alguna vez. Era una torre de vidrio y acero que se elevaba hacia el cielo nocturno como un dedo acusador, las luces de sus ventanas parpadeando como estrellas artificiales.

«Ahí está el laboratorio del Robot», había dicho Robert una vez, señalando el edificio con desdén mientras pasaban en el autobús.

Entraron al aparcamiento subterráneo y Eliot estacionó el auto en una plaza marcada con una placa dorada en la que figuraba su nombre: E. Humbert. El motor se detuvo con un suave ronroneo, y el silencio que siguió se hizo más denso, más pesado, como una manta de plomo sobre los hombros de Oliver.

—Ayúdame a bajarlo —habló Eliot finalmente, su voz cortando el silencio como un cuchillo.

Oliver asintió en automático, se desabrochó el cinturón de seguridad con dedos torpes y bajó del auto. El aire del garaje era fresco, olía a cemento y a gasolina. Abrió la puerta trasera y esperó a un lado mientras Eliot tiraba de Robert para sacarlo del asiento.

Su amigo murmuró alguna queja ininteligible, un sonido gutural que ninguno de los dos entendió.

Oliver lo tomó por el brazo libre y cargó con parte de su peso. El cuerpo de Robert colgaba entre ellos como un saco de patatas, pesado y sin vida. Entre los dos prácticamente arrastraron al muy inconsciente Robert hasta el ascensor, y luego hasta el último piso.

Por supuesto, Eliot no podía vivir en otro lugar que no fuera el penthouse. Las puertas del ascensor se abrieron directamente a un recibidor amplio, con suelo de mármol blanco y una lámpara de araña que lanzaba destellos de luz sobre las paredes.

Con un último esfuerzo, llevaron a Robert hasta la habitación de invitados y lo dejaron sobre la cama, que era tan grande que Oliver sintió que podía perderse en ella. Antes de salir, Oliver pudo ver a Eliot quitarle los zapatos a su hermano con movimientos cuidadosos, y cubrirlo con una manta de lana suave.

Se quedó observándolo un instante, el corazón apretado en el pecho.

Eran detalles que nadie notaba, pequeños gestos que probablemente Eliot ni siquiera consideraba importantes. Pero para Oliver eran pruebas fehacientes de un cariño fraternal que Eliot no expresaba con palabras, pero que no por eso era menos real. Un amor silencioso, hecho de actos, no de promesas.

Oliver esperó en el pasillo, sin saber qué hacer con las manos ni dónde mirar. La incertidumbre le roía el estómago.

Quizás Eliot podría pedirle un taxi para que se fuera a casa. Quizás eso sería lo mejor.

—¿Qué saben mis padres?

La pregunta repentina lo sobresaltó, haciéndolo dar un pequeño salto.

Eliot cerró la puerta de la habitación con un clic suave y caminó hacia el amplio salón. Oliver lo siguió como una polilla atraída por la llama, sus pasos apenas audibles sobre la alfombra mullida.

—Que Robert dormiría en mi casa —respondió, sintiéndose expuesto de pronto, como si hubiera confesado un crimen.

Eliot asintió, su expresión ilegible.

Al llegar a la cocina, abrió el refrigerador y sacó dos botellas de agua. Le entregó una; el frío contra sus dedos le provocó un escalofrío.

—Tu madre estará preocupada.

Era la constatación de un hecho, dicha sin emoción, pero Oliver sintió el peso de la responsabilidad caer sobre sus hombros.

Sacó su teléfono del bolsillo, la pantalla negra y muerta como un ojo vacío.

Eliot le tendió el suyo. Un aparato elegante, de vidrio y metal, que probablemente costaba lo mismo que su matrícula de un año en la universidad.

—Llámala. Dile que están conmigo, que dormirán aquí.

Oliver se quedó mortalmente quieto.

Durante un segundo no supo qué decir. Las palabras se le atascaron en la garganta como caramelos mal tragados.

Una sensación de calidez se extendió por su pecho como miel tibia, lenta y dulce. Las mariposas de su estómago no revoloteaban; estaban celebrando su propia fiesta, con fuegos artificiales incluidos, una explosión de colores que le nublaba los sentidos.

Eliot estaba pensando en él.

No solo en Robert.

En él.

—Gracias… —susurró, la voz apenas un hilo de aire.

Marcó el número de su madre con dedos temblorosos. Ella contestó después del primer tono, como si hubiera estado esperando junto al teléfono.

Oliver apenas tuvo tiempo de disculparse antes de que su madre comenzara a hablar, tan alterada que apenas le permitía responder. Su voz llegaba distorsionada a través del auricular, una mezcla de preocupación y alivio. Él intentó tranquilizarla, explicarle lo sucedido, pero las palabras se atropellaban unas con otras, formando un revoltijo incoherente.

De pronto, Eliot, que se había acercado sin que Oliver lo notara, le quitó el teléfono de la mano con un movimiento suave pero firme, y se lo llevó al oído.

—Señora Vaughn.

Oliver casi pudo escuchar el silencio del otro lado de la línea, el shock de su madre al escuchar esa voz desconocida.

—Le pido una disculpa por no haberla contactado antes. Robert y Oliver están bien. Pasarán la noche en mi departamento, si eso está bien con usted…

Hubo una breve pausa. Oliver observaba la mandíbula de Eliot, la forma en que se tensaba ligeramente mientras escuchaba.

—Gracias, señora Vaughn. Pase buena noche.

Eliot terminó la llamada, guardó el contacto con unos cuantos toques en la pantalla y dejó el teléfono sobre la barra de la cocina, el vidrio chocando contra el mármol con un sonido limpio.

Oliver lo miraba sin saber qué hacer, las manos colgando a los lados de su cuerpo, sintiéndose como un niño perdido en una tienda de caramelos.

—Siento las molestias… —susurró finalmente, con ganas de que se lo tragara la tierra, de desaparecer en una nube de humo.

—¿Por qué te estás disculpando?

Eliot lo miró de esa manera que hacía que Oliver se sintiera transparente, como si pudiera ver a través de su piel y leer cada uno de sus pensamientos.

—No eres tú quien bebió hasta perder el conocimiento.

¿Era eso un halago? ¿Una especie de cumplido disfrazado?

El color le subió inmediatamente al rostro, incendiando sus mejillas, sus orejas, incluso el nacimiento de su cuello.

—Debí pararlo… Debería haberlo sacado de ahí antes…

—Tu lealtad está mal encaminada —dijo Eliot, su voz baja y grave.

Solo un par de pasos los separaban. La distancia era mínima, pero a Oliver le parecía un abismo.

Los ojos analíticos de Eliot estaban fijos en el rostro de Oliver, escaneándolo, buscando algo que Oliver no sabía si quería que encontrara.

—Robert te arrastrará con él si lo dejas.

—Es mi mejor amigo… —lo defendió Oliver, jugando nerviosamente con la costura de la manga de la camisa prestada, el tacto de la tela bajo sus dedos era un ancla en medio de la tormenta.

Eliot dio un paso al frente.

—Eres inteligente, Oliver.

Un paso más. Ahora podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo.

—Eres leal.

Otro paso. Estaban tan cerca que Oliver podía contar las pestañas sobre los ojos azul hielo de Eliot, podía ver el pequeño lunar justo debajo de su ojo izquierdo.

El corazón le golpeaba con tanta fuerza contra las costillas que estaba convencido de que Eliot podía escucharlo.

—Sería un desperdicio que esa lealtad frenara tu potencial.

Oliver tragó saliva. La nuez de su garganta subió y bajó en un movimiento visible.

Era incapaz de bajar la mirada, atrapado en aquellos ojos azules que parecían leerlo igual que a un libro abierto, pasando página tras página sin pedir permiso.

—Estoy leyendo a Vontz… —soltó de pronto, porque no sabía qué más decir, porque las palabras se le escapaban sin control.

El cambio de tema fue tan abrupto que casi se avergonzó de sí mismo.

Sabía que Eliot no intentaba separarlo de Robert. Lo sabía porque, en el momento en que su hermano lo necesitó, no había dudado. Había llegado en doce minutos, en mitad de la noche, sin reproches, sin preguntas.

Los había rescatado.

Los había llevado a un lugar seguro.

Le había dado una coartada con su madre.

Se había asegurado de que Robert descansara cómodo y abrigado.

Oliver empezaba a entender que Eliot hablaba con hechos, con actos. Con gestos pequeños que otros pasarían por alto.

Quizás ese era su lenguaje. El lenguaje de las acciones, no de las palabras vacías.

—No creí que pudieras conseguir una copia. No fue muy bien recibido —comentó Eliot, aceptando el cambio abrupto de tema con una facilidad que sorprendió a Oliver.

—Las opiniones que no siguen el mismo patrón, por lo general, no lo son.

Eliot asintió lentamente, una chispa de algo parecido a la aprobación brillando en sus ojos.

Dio un paso atrás, rompiendo el hechizo, y bebió media botella de agua de un trago, el movimiento de su nuez subiendo y bajando hipnotizando a Oliver por un instante.

—Puedes dormir en el sofá.

Dejó la botella sobre la isla, junto al teléfono, y luego se dio media vuelta sin decir más.

Se marchó, desapareciendo dentro de la otra habitación.

La suya, intuyó Oliver.

Y una parte de él, la más curiosa y probablemente menos sensata, sintió un deseo casi infantil de saber cómo era ese lugar. Quería conocer el espacio donde Eliot dormía, descubrir qué libros tenía en su mesita de noche, qué objetos guardaba en sus cajones, cómo era su mundo cuando nadie más podía verlo. Quería saber si dejaba la ventana abierta por la noche, si dormía del lado izquierdo o derecho de la cama, si soñaba con colores o con sombras.

—No tienen dinosaurios, pero te servirán.

La voz de Eliot lo sacó de sus pensamientos, haciéndolo sobresaltarse.

¿En qué momento había vuelto? Sus pasos eran tan silenciosos como los de un felino.

—Dino…

No llegó a terminar la palabra.

Eliot le ofrecía un pantalón de pijama gris oscuro, sencillo y elegante, de esos que Oliver solo había visto en catálogos de ropa cara.

El color volvió a subirle a las mejillas, alcanzándole las orejas, que ardían como brasas, cuando recordó que Eliot lo había visto aquella noche en el espantoso pijama de dinosaurios de Robert. Los recuerdos de esa noche regresaron en oleadas: la cocina iluminada, el torso desnudo, los labios rozando el vaso.

—Gracias… —masculló, aceptando la prenda con manos temblorosas. La tela era suave, de algodón de alta calidad, y Oliver sintió que sostenía algo precioso.

Eliot lo miró durante unos segundos más de la cuenta. Sus ojos se desviaron por un instante hacia sus orejas, todavía sonrojadas, antes de regresar a su rostro. Una pequeña curva apareció en la comisura de sus labios, tan fugaz que Oliver casi pensó que lo había imaginado.

—Descansa, Oliver.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia su habitación, sus pasos seguros y tranquilos.

—Mañana, cuando te lleve a casa, hablaremos de Vontz.

La puerta se cerró con un clic suave, dejando a Oliver solo en medio de aquel salón inmenso, con el pantalón de pijama apretado contra su pecho y el corazón latiéndole tan fuerte que pensó que iba a romperle las costillas.

Se quedó allí, de pie, durante varios minutos, procesando lo que acababa de suceder. La noche había sido un torbellino de emociones, un viaje en montaña rusa del que no sabía cómo bajarse.

Finalmente, respiró hondo, el aroma del apartamento llenando sus pulmones: madera, libros, y ese olor característico de Eliot, a sándalo y roble firme, que parecía impregnar cada rincón.

Sonrió, una sonrisa pequeña y secreta, mientras se dirigía al sofá, el pantalón de pijama aún apretado contra su pecho, como si fuera el tesoro más valioso del mundo.

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