Mag-log inLos rumores comenzaron al día siguiente. No hubo ningún anuncio formal ni comunicado oficial. Pero, en una empresa como Humbert Corp, las noticias viajaban más rápido que cualquier correo interno. Bastó con que alguien viera a Eliot salir de la sala de juntas con Oliver, con que Margaret no desmintiera los rumores cuando le preguntaron al respecto y con que Duncan fuera escoltado fuera del edificio con una caja de pertenencias personales para que las especulaciones echaran raíces. "El pasante se está acostando con el jefe." "Por eso lo defendió." "Claro, cualquiera puede conseguir un puesto aquí si abre las piernas." Oliver escuchaba los susurros a su paso. Los sentía como alfileres que se le clavaban en la nuca mientras recorría los pasillos. Veía las miradas que se desviaban cuando las encontraba, las sonrisas falsas y los cumplidos que escondían veneno. Martha y Lucas, sus compañeros de departamento, de café y de chismes, fueron los peores. —Ay, Oliver —dijo Martha una m
El departamento de Eliot estaba en silencio cuando entraron. No era un silencio incómodo, sino esa clase de quietud que llega después de una jornada agotadora, cuando el cuerpo finalmente puede relajarse y el alma encuentra un respiro. Oliver dejó la chaqueta sobre el respaldo del sofá y miró a su alrededor, reconociendo cada rincón de aquel lugar que, poco a poco, comenzaba a sentir como un territorio familiar. Eliot se movió por el espacio con la economía de gestos que lo caracterizaba. Dejó las llaves en la bandeja de la entrada, se desabrochó el saco con movimientos precisos y desapareció por un momento en dirección a la habitación. Cuando regresó, llevaba una pequeña caja entre las manos. Era sencilla, de cuero negro, atada con un listón azul claro que formaba un delicado moño en la parte superior. No tenía logotipos ni marcas que revelaran su contenido. Eliot se detuvo frente a Oliver y se la tendió. —¿Qué es esto? —preguntó Oliver, sorprendido, mientras recibía la caja.
La cena fue sencilla. No hubo manteles de lino ni centros de mesa elaborados. Tampoco velas aromáticas ni vajilla costosa. Solo la mesa de cuatro plazas de siempre, el mantel de pequeñas flores que June había comprado en un mercadillo años atrás y los platos que Oliver recordaba desde su infancia. Pero Eliot estaba allí. Y eso lo hacía todo perfecto. Después de lo sucedido con Duncan en la oficina, Eliot lo había llevado directamente al estacionamiento, donde los esperaba su sedán. Para sorpresa de Oliver, en el asiento trasero había una caja blanca atada con un cordón dorado. En la tapa destacaba el logotipo de una pastelería. Oliver no había preguntado nada, aunque la curiosidad lo había acompañado durante todo el trayecto. De camino al departamento, se detuvieron en una florería. Oliver eligió un ramo para su madre, un pequeño gesto de agradecimiento por todos aquellos años, por la cena que había preparado y por tantas otras cosas que nunca sabía cómo expresar con palabras.
El plan era simple. Eliot debía volver después del mediodía. Su vuelo aterrizaría a las trece horas, estaría en la oficina antes de las dos y juntos saldrían temprano para ir a la cena de cumpleaños que organizaba su mamá. Pero el clima decidió interponerse. Una tormenta inesperada sobre la costa este retrasó todos los vuelos. Primero una hora. Luego dos. Luego tres. Oliver revisaba su teléfono cada pocos minutos, encontrando mensajes de Eliot que llegaban con retraso, llenos de frustración contenida. «La tormenta ha empeorado». «Estoy intentando conseguir un vuelo privado». «Las pistas están cerradas». «Hago lo posible para llegar...». Oliver respondía con calma fingida, diciéndole que no se preocupara, que lo importante era que llegara bien. Pero, por dentro, el peso del día anterior lo aplastaba como una losa. En la oficina, intentaba pasar desapercibido. Se movía por los pasillos como una sombra, evitando miradas, respondiendo con monosílabos cuando alguien le dirigía la
El día antes de su cumpleaños, el cielo amaneció gris.Oliver lo notó apenas abrió los ojos: esa luz opaca que se filtraba por la ventana sin el calor habitual del sol. Se quedó un momento en la cama, escuchando el rumor distante del tráfico y sintiendo el vacío a su lado, donde Eliot había estado muchas noches atrás.«Vuelvo mañana, después del mediodía».El mensaje llegó temprano, como siempre. Puntual. Eliot era puntual hasta en sus ausencias.Oliver respondió con un corazón y un «te espero», y se preparó para el día. La universidad había terminado por la semana, así que solo tenía su turno en la oficina. Un día tranquilo, pensó. Un día fácil.Llegó a Humbert Corp. a las ocho y media, saludó a la recepcionista, subió al ascensor con el café en la mano y la mente puesta en la noche siguiente. En la cena. En Eliot sentado a su mesa, frente a su madre. Estaba nervioso y emocionado a partes iguales. Era la primera vez que llevaría a un novio a casa, pero, claro, era la primera vez que
—¿Cómo estuvo tu cita con Eliot?La pregunta salió de la nada mientras Oliver y su madre recorrían los pasillos del supermercado, y lo dejó helado durante un minuto entero. Sus dedos, que habían estado a punto de alcanzar una bolsa de arroz, se quedaron suspendidos en el aire.¿Cómo lo sabía? ¿Habían dejado alguna evidencia? Repasó mentalmente la noche anterior: la cena, las velas, el broche, el empujón hacia su habitación. Sintió el calor subirle por el cuello.—¿Te molesta que salga con él? —inquirió, adaptándose al paso tranquilo de June.Ella lo miró con ternura y negó con la cabeza. Sus cabellos, apenas salpicados de canas, acompañaron el movimiento con una suavidad que Oliver siempre había asociado con su madre. Esa calma que poseía, esa aceptación incondicional que nunca había necesitado ganarse.—Por supuesto que no, cariño. —June echó al carrito de compras un par de latas de salsa para pizza, cuyo metal resonó contra el plástico—. Desde que estás con él, brillas.De nuevo, Ol
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