FAZER LOGINTres
El silencio dentro del auto era absoluto, pero no resultaba pesado. Era un silencio denso, vibrante, como el aire antes de una tormenta. Oliver miraba fijamente el paisaje que pasaba a toda velocidad por la ventana, los árboles y edificios difuminándose en manchas de color, intentando inútilmente controlar el latido acelerado de su corazón. Cada pulsación resonaba en sus oídos como un tambor lejano. Eliot, a su lado, mantenía la mirada fija en la calle, ambas manos en el volante, los dedos largos y elegantes envueltos en el cuero negro. Las venas se marcaban apenas bajo su piel tostada, un mapa sutil de vida bajo esa superficie perfecta. El espacio entre ellos era tan diminuto que Oliver podía sentir el calor que irradiaba del cuerpo de Eliot. Una presencia que llenaba el coche por completo, que se infiltraba en cada rincón, que envolvía a Oliver como una manta invisible. Podía oler su colonia, un aroma grabado en su memoria desde que fue consciente de que ese hombre le gustaba. Pero había también algo más profundo, más animal, que hacía que su estómago diera un vuelco. —Vives en los edificios Park —no era una pregunta. La voz de Eliot rompió el silencio como una piedra en un estanque. Oliver sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. ¿Cómo lo sabía? ¿Robert se lo había dicho? ¿O acaso...? —Sí, con mi madre —se apresuró a responder, su voz sonando extrañamente aguda, casi infantil, y odió ese tono inmediatamente. El auto siguió avanzando, pasando de largo la parada de autobús con su marquesina azul y blanca donde Oliver solía bajarse siempre. No dijo nada. Una parte de él quería señalar el error, corregir el rumbo. La otra, la más oscura, la que guardaba en el pecho como un secreto vergonzoso, quería que ese viaje fuera interminable. Que el sedán negro siguiera rodando hasta el fin del mundo, mientras el calor de Eliot lo envolvía y su perfume se quedaba atrapado en su ropa para siempre. —¿Desde cuándo en Economía tienen que leer a Keynes? —cuestionó Eliot. Su tono era plano, analítico, pero había algo debajo, una curiosidad que Oliver no supo identificar. Oliver se quedó helado. Un escalofrío trepó por su espalda, erizándole la piel. Keynes. La biografía del economista. Uno de los tres libros que cargaba en su mochila, ese tomo gastado que había comprado en una librería de segunda mano. «El hoyo negro del aburrimiento», según Robert, que prefería los cómics y los videojuegos. ¿Cómo...? ¿Cuándo había visto Eliot el libro? La idea de que justo él, el esquivo e inalcanzable Eliot Humbert, hubiera notado algo tan mundano, tan suyo, era a la vez aterradora y electrizante. Como si hubiera estado observándolo sin que Oliver lo supiera. Como si existiera, aunque fuera por un instante, en el radar de ese hombre. —No es por la escuela —confesó al fin, apretando aún más su mochila contra el pecho, como si así pudiera resguardar sus secretos, sus vulnerabilidades—. Me gustan las biografías. Saber cómo pensaban las personas que cambiaron la historia. Por el rabillo del ojo, vio el perfil de Eliot. Su mandíbula ligeramente tensa, el ceño fruncido en lo que Oliver interpretó como sorpresa. ¿Por su respuesta? ¿O quizás por su sinceridad, por haberse atrevido a confesar algo tan íntimo? —¿No crees que eso confunde tu perspectiva? —dijo Eliot, y esta vez había una nota de genuino cuestionamiento en su voz, un interés que Oliver nunca había escuchado antes. Oliver lo sintió casi como un desafío. Una puerta que se abría, una invitación a cruzar un umbral. Giró la cabeza para mirarlo de frente, aunque Eliot seguía concentrado en la carretera, sus ojos azules fijos en el asfalto que se deslizaba bajo ellos. —Solo una persona de mente influenciable pensaría de esa forma —declaró, su voz más firme y valiente de lo que él se sentía por dentro—. Solo es otro punto de vista. Leer cómo piensan los demás no significa que abandones el tuyo. Significa que entiendes mejor el tablero en el que juegas. El silencio que siguió fue diferente. Más denso, más cargado. Oliver podía ver claramente cómo Eliot sopesaba su respuesta, cómo la giraba en su mente como una joya ante la luz. Y por alguna razón, eso drenó de golpe su valor repentino. Casi quiso fundirse con el asiento de cuero, desaparecer detrás de su vieja mochila, arrepentido de haber hablado con tanta seguridad. El auto finalmente se detuvo frente a los edificios Park, exactamente en la entrada del edificio en el que Oliver vivía. El motor ronroneó un momento antes de quedar en silencio. —Así que solo es otro punto de vista —Eliot se giró por fin hacia él, sus ojos azules escaneando el rostro de Oliver con una intensidad que lo dejó sin aliento. Lo estaba reevaluando, como si lo viera por primera vez después de años de invisibilidad—. Interesante. La palabra cayó entre ellos como el primer rayo de una tormenta, creando ondas expansivas que Oliver sintió en lo más profundo de su pecho. Interesante. Él. Oliver. Interesante para Eliot Humbert. Sintió que su valentía se aplastaba contra el suelo del sedán, reducida a polvo. Un rubor caliente y vergonzoso le subió por el cuello, incendiando sus mejillas, tiñendo sus orejas de un carmesí imposible de ocultar. Asintió torpemente, incapaz de formar palabras. —Gracias por traerme —murmuró a toda prisa, la voz apenas un susurro. Se desabrochó el cinturón de seguridad con dedos torpes y salió del auto como si estuviera huyendo de un incendio. Sus pies golpearon el pavimento, la mochila colgando precariamente de un hombro. —Lee a Mitchell Vontz cuando termines con Keynes —dijo Eliot antes de que la puerta se cerrara. Oliver se giró, sorprendido. Eliot lo miraba a través del vidrio, su expresión ilegible. Oliver asintió de nuevo, un movimiento rápido, casi inconsciente. La puerta se cerró con un suave clac. El auto no se movió; el motor rugía casi sin hacer ruido, una bestia dormida lista para despertar. Oliver podía sentir la mirada azul hielo fija en su nuca, quemando su espalda, atravesando la tela de su camisa mientras caminaba hacia la puerta de cristal del edificio. Abrió y entró. Solo entonces, cuando el vidrio empañado lo separó de esa mirada, el vehículo se puso en marcha, perdiéndose como un fantasma entre las calles de la ciudad. Oliver soltó todo el aire de golpe, apoyando la frente contra el marco frío de la puerta. Su corazón galopaba desbocado, sus manos temblaban y una sonrisa tonta e imborrable se extendía por su rostro. Ese «interesante» flotaba entre sus pensamientos como un nuevo faro al que aferrarse, una luz en medio de la niebla. Y, por primera vez en cinco años, Oliver sintió que tal vez no era tan invisible como había creído.Catorce Cuando finalmente salió de la cafetería, la campana sonó detrás de él por última vez, un tintineo metálico que se perdió en la noche. Sintió que estaba dejando allí una parte de sí mismo. Era una sensación extraña, casi parecida a despedirse de una casa en la que hubiera crecido, de una habitación donde se hubieran grabado los mapas de su adolescencia y juventud. El aroma a café, el sonido de la máquina de espresso, la campana sobre la puerta y hasta las manchas que nunca conseguían desaparecer por completo del suelo formaban parte de una rutina que había llegado a conocer de memoria, una coreografía de gestos y sonidos que ya formaban parte de su ADN. El aire frío de la noche le golpeó el rostro, cortante como una navaja, y por mera inercia se encogió sobre sí mismo, los hombros elevándose hacia las orejas. Entonces escuchó una voz. —¿Siempre dejas que la gente tenga tanta confianza contigo? Oliver dio un sobresalto. Eliot estaba apoyado contra la pared lateral de la ca
Trece «Su solicitud ha sido aceptada». La frase brillaba en la pantalla como una constelación recién descubierta. «Presentarse el próximo miércoles para la firma de contrato». Oliver parpadeó. Leyó de nuevo. Las palabras no cambiaban. «Su pasantía dará inicio a partir del próximo lunes». Era lunes por la tarde y Oliver seguía frente a su viejo portátil, el ventilador zumbando con esfuerzo, leyendo y volviendo a leer el correo electrónico que le había enviado Catherine Jones. Ya lo había abierto tantas veces que conocía cada una de las palabras de memoria, pero aun así regresaba a la pantalla como si en algún momento las letras fueran a cambiar y alguien fuera a decirle que había sido un error, que lo sentían, que se habían equivocado de destinatario. Aceptado. La palabra todavía le resultaba extraña cuando la relacionaba consigo mismo. Como un traje que no terminaba de quedarle bien, como un idioma que apenas empezaba a aprender. Una parte de él aún no podía creer que lo hubi
Doce Tal como había dicho que haría, Oliver envió la solicitud para la pasantía antes de meterse en la cama. El sonido del ratón al hacer clic en «Enviar» resonó en el silencio de su habitación como un disparo. Después dejó el portátil a un lado y se quedó mirando el techo durante varios minutos, la oscuridad punteada por los reflejos de las farolas que se filtraban entre las cortinas. El abrigo de Eliot estaba colgado en la puerta de su armario, una silueta oscura e inmóvil que parecía respirar en la penumbra. Oliver lo había dejado ahí a propósito. Desde su cama podía verlo. Era absurdo, lo sabía. Un simple abrigo no debería significar tanto. Era solo tela, botones, forro. Pero cada vez que sus ojos se posaban sobre él, Oliver casi podía sentir la presencia de Eliot justo ahí, como si todavía estuviera sentado frente a él en aquel restaurante italiano, observándolo con aquellos ojos analíticos que parecían descubrir cosas que nadie más veía. Cosas que ni siquiera Oliver sabía q
Once Oliver fue incapaz de quitarse del rostro la estúpida sonrisa que se le había implantado en los labios después de escuchar a Eliot. Él realmente creía en su potencial. La idea le calentaba el pecho desde dentro, como una brasa encendida que se negaba a apagarse. Durante toda la cena se sintió como si flotara en una nube de algodón, ingrávido, etéreo, como si en cualquier momento alguien fuera a despertarlo de aquel sueño. La pasta era deliciosa, con un suave sabor a mantequilla que le acarició el paladar, cremosa y reconfortante. El vino, del que solo bebió media copa por miedo a decir algo de lo que pudiera arrepentirse, era dulce y terroso, con un sabor intenso que, pensó, debía ser similar al sabor de Eliot. La idea apareció de manera tan espontánea que Oliver casi se atragantó con el siguiente bocado. ¿El sabor de Eliot? ¿En serio? ¿Qué clase de pensamiento era ese? Pero ya era tarde. La semilla estaba plantada, y cada vez que Eliot llevaba la copa a sus labios, Oliver
Diez Los días siguientes se deslizaron en una especie de neblina pesada y espesa, como si el mundo entero hubiera sido envuelto en algodón. Oliver estaba distraído todo el tiempo. En la universidad, varios de sus profesores le llamaron la atención por no responder cuando se dirigían a él, su nombre flotando en el aire sin encontrar eco en su conciencia. Durante los descansos, más de una vez Robert le lanzó todo tipo de cosas a la cabeza para sacarlo de su ensueño. Y en el trabajo, terminó quemándose una mano con el vapor de la máquina, el dolor agudo arrancándole un siseo mientras el señor Douglas le lanzaba una mirada preocupada desde la barra. Y, por supuesto, todo era culpa de una sola persona. Eliot Humbert. Su propuesta era insuperable. El sueldo, escandalosamente alto en comparación con lo que ganaba en la cafetería, casi obsceno. El horario flexible, que le permitiría seguir asistiendo a clases. El seguro médico familiar, que cubriría a su madre. Y, por si fuera poco, la
Nueve La fiesta transcurrió en una especie de idílico ambiente de felicidad, como si el mundo hubiera decidido concederles una noche perfecta. La música había subido un poco de volumen a medida que avanzaba la noche, pero seguía siendo lo bastante baja como para que las conversaciones no se perdieran entre las canciones. Las luces colgadas sobre el jardín proyectaban pequeños círculos dorados sobre el césped y las terrazas, mientras el agua de la piscina reflejaba sus destellos y los devolvía en ondas temblorosas sobre las paredes de piedra, creando un efecto hipnótico, casi mágico. Alguien había encendido unas antorchas alrededor de la zona del jardín, y el aroma del carbón, la carne asada y las bebidas dulces se mezclaba con el del jazmín en una sinfonía olfativa que Oliver inhaló profundamente, dejando que lo envolviera. Las conversaciones se superponían unas a otras, acompañadas por carcajadas repentinas, salpicaduras de agua y el sonido de algún vaso chocando contra otro en un







