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Diez

Author: Ichigo Ichie
last update publish date: 2026-09-28 21:23:48

Diez

Los días siguientes se deslizaron en una especie de neblina pesada y espesa, como si el mundo entero hubiera sido envuelto en algodón.

Oliver estaba distraído todo el tiempo. En la universidad, varios de sus profesores le llamaron la atención por no responder cuando se dirigían a él, su nombre flotando en el aire sin encontrar eco en su conciencia. Durante los descansos, más de una vez Robert le lanzó todo tipo de cosas a la cabeza para sacarlo de su ensueño. Y en el trabajo, terminó quemándose una mano con el vapor de la máquina, el dolor agudo arrancándole un siseo mientras el señor Douglas le lanzaba una mirada preocupada desde la barra.

Y, por supuesto, todo era culpa de una sola persona.

Eliot Humbert.

Su propuesta era insuperable.

El sueldo, escandalosamente alto en comparación con lo que ganaba en la cafetería, casi obsceno. El horario flexible, que le permitiría seguir asistiendo a clases. El seguro médico familiar, que cubriría a su madre. Y, por si fuera poco, la oportunidad de estar junto a él todos los días, de respirar su mismo aire, de ver esos ojos /azules hielo/ azul hielo cada mañana.

Era casi demasiado bueno para ser verdad.

Pero Oliver no podía pensar únicamente en los beneficios.

Él pensaba en las personas.

En el señor Douglas y la deuda que tenía con él, en cómo aquel hombre le había dado una oportunidad cuando nadie más lo hizo. En su madre, que últimamente tosía con más frecuencia debido a sus turnos dobles en el hospital, el sonido raspante filtrándose a través de las paredes delgadas de su apartamento. Si aceptaba la pasantía, no podría ayudarla en casa como hacía ahora, y ella terminaría cargándose de trabajo hasta caer rendida.

También pensaba en lo injusto que era conseguir una oportunidad así solo por ser el amigo del hermano del jefe.

Y, más que nada, se hundía en su propia miseria de inseguridad.

Porque, por mucho que quisiera aquella oportunidad, una parte de él seguía preguntándose si realmente la merecía.

Si Eliot veía algo en él que nadie más había visto.

O si simplemente se había equivocado.

---

Aquella noche, terminó su trabajo en la cafetería media hora más tarde de lo habitual.

Hacía frío afuera, un frío cortante que se colaba hasta los huesos, y él solo llevaba una vieja sudadera con capucha, gastada y delgada, que apenas servía como protección. Después de guardar las últimas cosas, se aseguró de que todo estuviera apagado antes de salir, el chasquido de la cerradura resonando en la calle vacía.

Apenas había puesto un pie afuera cuando un aroma familiar lo golpeó directamente.

Ese perfume.

Esa mezcla de sándalo, cuero y algo indefinible que Oliver había aprendido a reconocer ciegamente.

Oliver levantó la mirada.

Miró hacia el estacionamiento lateral.

Y ahí estaba Eliot.

De pie junto a su auto, iluminado por la tenue luz de una farola, con un abrigo de lana que le llegaba a medio muslo y que, a los ojos de Oliver, parecía la cosa más cálida del mundo. Su aliento formaba pequeñas nubes de vapor en el aire frío.

—¿Ya cenaste? —preguntó.

No saludó.

No se movió.

Simplemente esperó su respuesta, sus ojos fijos en Oliver a través de la penumbra.

Oliver negó con la cabeza, sintiendo cómo el aire frío chocaba con fuerza contra su cuerpo, haciéndole estremecer.

—Vamos.

Fue una orden.

Dicha con esa autoridad tranquila que era tan Eliot.

Y, por supuesto, Oliver la acató sin réplica.

Se acercó al auto y se deslizó en el asiento del pasajero. Eliot encendió el motor y reguló la calefacción, moviendo las rejillas de ventilación para que el aire cálido apuntara directamente hacia Oliver, asegurándose de que la temperatura alcanzara un punto agradable antes de ponerse en marcha.

Condujo en silencio.

La ciudad pasaba por el costado como una mancha borrosa de luces y sombras, farolas que se encendían y apagaban al pasar, neones que pintaban el asfalto de colores. Oliver mantuvo las manos entrelazadas sobre el regazo, los nudillos blancos por la tensión, demasiado consciente de la presencia de Eliot a su lado y de la pregunta que llevaba días evitando.

¿Iba a insistir?

¿Había ido hasta la cafetería solamente para hablar de la pasantía?

Finalmente, se detuvieron frente a un pequeño local situado a un costado de un enorme edificio que servía como estacionamiento. La fachada era modesta, casi escondida, con un letrero de madera desgastada que anunciaba «Trattoria da Elena».

Oliver miró el establecimiento con curiosidad.

No era la clase de lugar que habría asociado con Eliot.

—Vamos —repitió Eliot, esta vez en un tono más suave, casi íntimo.

Eliot bajó del auto y Oliver lo siguió, el frío mordiéndole las mejillas.

El restaurante era de cocina italiana tradicional. Apenas seis mesas con manteles de cuadros rojos y blancos llenaban el pequeño salón, y una chimenea encendida proyectaba una luz cálida y danzante sobre las paredes de ladrillo visto. Velas parpadeaban sobre cada mesa, creando sombras que se movían lentamente.

El aroma a pan recién horneado, ajo y hierbas impregnaba el aire, envolviéndolo como un abrazo.

Era acogedor.

Íntimo.

Completamente distinto a los restaurantes elegantes y silenciosos que Oliver imaginaba que Eliot frecuentaba, con sus manteles impolutos y sus camareros de guantes blancos.

En la entrada, una mujer de sonrisa amable y mirada comprensiva los saludó con naturalidad, como si los estuviera esperando.

Conocía a Eliot.

—Buenas noches, señor Humbert —dijo, con un ligero acento italiano.

—Buenas noches, Elena.

La mujer les sonrió, una sonrisa que tenía algo de maternal, y los llevó hasta una mesa junto a la chimenea, donde el calor del fuego acariciaba la piel. Antes de retirarse, les sirvió una copa del vino de la casa, un tinto oscuro que Oliver observó sin atreverse a tocar.

Eliot ordenó el especial del día para ambos, sin consultarle, y Oliver descubrió que no le importaba.

Oliver apenas había tocado su copa cuando Eliot habló.

—No enviaste tu solicitud.

Eliot tomó un pequeño sorbo de vino, sus dedos largos y elegantes alrededor del tallo de la copa.

Había apenas un leve rastro de reproche en su voz, como una grieta mínimamente perceptible en su fachada de control.

Oliver sintió que el estómago se le encogía, un nudo apretándose en algún lugar entre el pecho y el vientre. Había sabido que esa conversación llegaría. Solo había esperado poder retrasarla un poco más.

¿Cómo podía rechazar a ese hombre, precisamente a él, cuando había estado soñando con una oportunidad así desde que tenía trece años? Cuando cada fibra de su ser gritaba que dijera que sí, que aceptara, que se lanzara al vacío.

Nervioso, se frotó las manos sobre el pantalón, sintiendo la tela áspera bajo sus dedos.

—No puedo simplemente abandonar al señor Douglas —comenzó a explicar, sorprendido por la claridad con la que consiguió ordenar sus pensamientos a pesar del caos interior—. Él me dio trabajo cuando nadie más quiso contratarme. Me enseñó todo lo que sé sobre el oficio. Le debo... le debo algo más que irme sin más.

Hizo una pausa, tragó saliva.

—Y mi madre ha estado enferma... El horario no me permitiría ayudarla como lo hago ahora. Por la noche, cuando llego a casa, puedo asegurarme de que haya comido, de que tome sus medicamentos. Si llego más tarde, no sé...

Otra pausa. La voz se le quebró ligeramente.

—Y no quiero robarle la oportunidad a alguien más solo por ser amigo de... Robert.

Eliot no dijo nada.

Sus ojos azules permanecieron fijos en Oliver, inmóviles, como si estuviera tratando de descifrar el verdadero significado de sus palabras, de leer entre líneas lo que Oliver no se atrevía a decir.

Oliver bajó la mirada hacia la superficie de la mesa, hacia las vetas de la madera.

El silencio comenzó a pesarle, denso como una manta húmeda.

—El señor Douglas recibió catorce solicitudes de empleo la semana pasada.

Oliver abrió mucho los ojos, la sorpresa golpeándolo como una ola.

¿Cómo sabía Eliot esa información?

Ni siquiera él lo sabía.

—Tu madre sufre de cansancio crónico y una infección pulmonar —continuó Eliot, desmoronando uno a uno los argumentos que Oliver había utilizado para negarse, como si fueran castillos de naipes—. Con tu sueldo en Humbert Corp., podría dejar su doble turno. Eso significaría más horas de descanso, que es precisamente lo que necesita para recuperarse.

La voz de Eliot no varió de tono. Seguía siendo esa mezcla de hielo y precisión.

—Y el seguro médico familiar cubriría no solo sus revisiones mensuales, sino también el tratamiento completo, incluyendo los medicamentos que ahora mismo está pagando de su bolsillo.

Oliver se quedó en shock.

No podía decir nada.

Las palabras se habían quedado atascadas en su garganta, formando un nudo imposible de deshacer.

Eliot había investigado.

Había investigado todo.

No había hecho una oferta al azar y esperado que Oliver aceptara por capricho o impulso. Había analizado su situación, había buscado soluciones, había encontrado respuestas a preguntas que Oliver ni siquiera sabía cómo formular. Y, de alguna manera, había conseguido información que ni siquiera Oliver sabía cómo obtener.

Aquello debería haberlo asustado.

Debería haber sentido que alguien había invadido su privacidad, que había traspasado límites.

En cambio, una parte de él se sintió extrañamente... cuidado.

Como si alguien, por primera vez en mucho tiempo, se hubiera tomado la molestia de mirarlo realmente.

Eliot bebió otro trago de vino, el líquido oscuro brillando a la luz de la chimenea.

—La absurda idea de que te estoy brindando esta oportunidad solo por ser el amigo de mi hermano es un insulto.

La mirada de Eliot se afiló, volviéndose cortante como un cuchillo.

Una arruga apareció sobre el puente de su nariz, un pliegue de irritación.

Estaba molesto.

Y Oliver descubrió, con una mezcla de temor y fascinación, que prefería mil veces la frialdad habitual de Eliot —esa distancia calculada, ese hielo protector— a ser la causa de aquella expresión de decepción.

La comida llegó.

Una pasta Alfredo con pollo para cada uno, humeante, el queso fundido brillando bajo la luz tenue. El aroma era celestial, pero Oliver apenas lo registró.

Oliver miró su plato.

Luego a Eliot.

Después volvió a mirar el plato, como si la comida pudiera decirle qué debía responder.

—Lo siento... —susurró finalmente, la voz apenas un hilo de aire.

Eliot dejó los cubiertos sobre el plato con un sonido metálico suave.

—Eres inteligente, Oliver.

Oliver levantó la mirada, encontrándose con esos ojos azules que parecían ver a través de él.

—Tu percepción, tu intuición, tus calificaciones sobresalientes... son cosas que quiero explotar.

Eliot se inclinó hacia él, apenas lo suficiente para que Oliver sintiera el calor de su presencia envolverlo, para que el aroma de su colonia llenara sus sentidos.

Oliver dejó de respirar durante un segundo.

—No hago esto por nepotismo ni por caridad.

Cada palabra parecía cuidadosamente escogida, pesada, significativa.

—Creo que serás un activo eficiente para mi corporación.

Oliver tragó saliva.

Un activo.

Eficiente.

Eliot tenía una manera tan peculiar de convertir un cumplido en algo casi clínico, casi frío.

Y, aun así, Oliver sabía lo que había detrás de aquellas palabras.

Eliot confiaba en su capacidad.

Eliot quería verlo intentarlo.

Eliot creía que podía llegar lejos.

La respiración de Oliver se volvió más lenta, más superficial, cuando Eliot añadió:

—Quiero saber hasta dónde puede llevarte tu potencial.

Durante un segundo, la mirada de Eliot descendió hacia sus labios.

Fue tan rápido que Oliver se preguntó si realmente había sucedido, si no había sido producto de su imaginación, de sus deseos secretos.

Pero ya era demasiado tarde.

Su cuerpo había reaccionado antes que su razón.

El calor le subió al rostro, incendiándole las mejillas, las orejas, el cuello.

Y, de pronto, la pasta frente a él dejó de ser lo más interesante de aquella mesa.

Porque, en ese momento, Oliver supo que no importaba cuánto intentara negarlo, cuánto se repitiera a sí mismo que debía ser prudente, que debía proteger su corazón.

Ya era demasiado tarde.

Estaba perdido.

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