FAZER LOGINOnce
Oliver fue incapaz de quitarse del rostro la estúpida sonrisa que se le había implantado en los labios después de escuchar a Eliot. Él realmente creía en su potencial. La idea le calentaba el pecho desde dentro, como una brasa encendida que se negaba a apagarse. Durante toda la cena se sintió como si flotara en una nube de algodón, ingrávido, etéreo, como si en cualquier momento alguien fuera a despertarlo de aquel sueño. La pasta era deliciosa, con un suave sabor a mantequilla que le acarició el paladar, cremosa y reconfortante. El vino, del que solo bebió media copa por miedo a decir algo de lo que pudiera arrepentirse, era dulce y terroso, con un sabor intenso que, pensó, debía ser similar al sabor de Eliot. La idea apareció de manera tan espontánea que Oliver casi se atragantó con el siguiente bocado. ¿El sabor de Eliot? ¿En serio? ¿Qué clase de pensamiento era ese? Pero ya era tarde. La semilla estaba plantada, y cada vez que Eliot llevaba la copa a sus labios, Oliver no podía evitar mirar, imaginar, desear. Hablaron sobre el artículo de Mitch acerca de la economía en los países menos desarrollados y sobre las teorías conspirativas de los «lobos de Wall Street» acerca de los mercados europeos. Eliot escuchaba con atención, interrumpía solo para hacer preguntas precisas, para desafiar sus argumentos de esa manera que Oliver había aprendido a apreciar. Oliver se sentía cómodo. Demasiado cómodo. Hablar con Eliot se había convertido en algo extrañamente natural. Podía expresar sus opiniones sin miedo a equivocarse y, aunque Eliot cuestionaba algunos de sus argumentos, Oliver nunca sentía que lo hiciera para hacerlo quedar mal. Era como un baile, un intercambio, una conversación entre iguales. Entonces, en algún momento de la cena y de la conversación, Oliver estiró el brazo para darle énfasis a uno de sus comentarios, gesticulando con entusiasmo mientras hablaba sobre las fluctuaciones del mercado asiático. La manga de su sudadera se levantó lo suficiente para que la marca de la quemadura, justo por encima de la muñeca, quedara expuesta. Eliot la vio. Su expresión cambió durante un microsegundo. Algo oscuro, visceral, cruzó sus facciones a la velocidad de la luz. Una sombra casi imperceptible. Pero para Oliver, que llevaba años observándolo en secreto, que había memorizado cada uno de sus gestos, cada matiz de su voz, no pasó desapercibido. —¿Por qué no te trataste eso? —cuestionó, atrapando su mano entre las suyas antes de que Oliver pudiera retirarla. El contacto fue eléctrico. Los dedos de Eliot, largos y firmes, envolvieron su muñeca con una gentileza que contrastaba con la dureza de su pregunta. Oliver sintió el pulso acelerársele bajo esa presión, traicionero, revelador. Eliot inclinó la mano para examinar más de cerca la herida, roja y ligeramente supurante, una mancha fea sobre la piel pálida de Oliver. —No duele… —mintió Oliver, la voz apenas un susurro. Eliot frunció ligeramente el ceño, un pliegue apenas perceptible entre sus cejas. Hizo un gesto con la mano y la mujer amable de la entrada, Elena, se acercó a la mesa con una impecable sonrisa. Al ver la herida, soltó una frase en italiano que Oliver no entendió, pero que sonaba a preocupación mezclada con regaño. Para su sorpresa, Eliot respondió en un italiano fluido y perfecto, las palabras rodando de su lengua con una musicalidad que Oliver nunca le había escuchado. Intercambió unas palabras con la mujer y ella asintió antes de retirarse, lanzándole a Oliver una mirada cálida y cómplice. Eliot no soltó su mano. Oliver bajó la mirada hacia sus dedos entrelazados con los de Eliot, hacia el contraste entre su piel más clara y la de él, ligeramente bronceada. Era una escena completamente inocente. Y, sin embargo, su cerebro parecía empeñado en convertir aquel simple contacto en el acontecimiento más importante de la noche. Podía sentir cada punto de presión, cada línea de su palma, el calor que irradiaba de su piel. Un minuto después, Elena volvió cargando una pequeña caja con una cruz roja en la tapa. Se la entregó a Eliot con una reverencia casi teatral y los dejó solos, desapareciendo tras la puerta de la cocina. Con manos increíblemente firmes, Eliot sacó una pomada para quemaduras que olía suavemente a aloe y hierbas, un aroma fresco y limpio. Tomó apenas una fina capa con dos dedos y, con un cuidado que hizo que Oliver se mordiera el labio, la aplicó sobre la herida. Oliver contuvo el aliento. No por el dolor. Por la delicadeza. Los dedos de Eliot se deslizaban sobre su piel con una lentitud casi reverente, extendiendo la pomada en círculos suaves, asegurándose de cubrir cada centímetro de la quemadura. El contacto era suave, tierno, y Oliver sintió que se le erizaba la piel de todo el brazo. Eliot parecía capaz de analizar contratos millonarios con la misma precisión con la que ahora trataba una pequeña quemadura en su muñeca. Sus movimientos eran exactos, calculados, pero había algo en ellos que trascendía lo meramente práctico. Después cubrió la zona con un apósito, presionando los bordes con cuidado para que se adhiriera bien. Satisfecho, guardó todo en su sitio y se limpió las manos con una toalla desinfectante. —No vuelvas a ser tan descuidado contigo mismo —lo reprendió. No había dureza en su voz. Solo esa clase de preocupación que Eliot parecía incapaz de admitir que sentía. Esa mezcla de autoridad y cuidado que Oliver había aprendido a reconocer en los pequeños gestos, en las miradas robadas, en los silencios compartidos. Oliver, ardiendo, con la boca seca y la vergüenza pintada en el rostro como un mapa de color, llenó su copa de vino hasta la mitad y, en un acto más de rebeldía que de valor, se la llevó a la boca, bebiendo como si fuera agua, el líquido se deslizó por su garganta en un intento de apagar el fuego interior. —¿Qué acabo de decirte? Eliot le arrebató la copa de las manos con un movimiento rápido y se terminó el vino él mismo, sus labios tocando el borde donde los de Oliver habían estado apenas segundos antes. Oliver parpadeó. Acaba de tocar el mismo sitio donde mis labios... —A veces… —respiró hondo, aprovechando su momento de rebeldía, sintiendo el coraje líquido del vino aún en su sistema— eres simplemente demasiado —confesó, las palabras escapándose antes de que pudiera detenerlas. Eliot arqueó una ceja, sus ojos azules fijos en los de Oliver con una intensidad que hacía difícil mantener la mirada. —¿Qué significa eso? —cuestionó, sinceramente curioso, inclinando ligeramente la cabeza. Oliver sostuvo su mirada durante un instante. Por una vez, tenía algo que Eliot no podía analizar. Un secreto. —Solo eso… —dijo en tono misterioso, esbozando una media sonrisa. Disfrutó de aquella pequeña victoria. Por una vez, podía dejar a Eliot con una duda cuya respuesta solo él conocía. Un misterio que Oliver guardaría celosamente, como un tesoro. Hundió el tenedor en su tiramisú y se llevó el bocado a la boca bajo la intensa mirada de Eliot, que no se apartaba de su rostro. El sabor del café y el mascarpone se derritió en su lengua. Oliver tuvo que concentrarse en el postre para no sonreír. --- Al salir del restaurante, el aire frío era todavía más despiadado que antes. El viento cortaba como cuchillas diminutas, buscando cualquier rendija de piel expuesta. Oliver se encogió dentro de su vieja sudadera y se frotó las manos para recuperar algo de calor, el aliento formando nubes de vapor frente a su rostro. Entonces, el abrigo de Eliot cayó sobre sus hombros. El peso de la lana lo envolvió, cálido y pesado, como una caricia inesperada. Oliver levantó la mirada, encontrándose con esos ojos azules que lo observaban desde arriba. —Si te enfermas, no serás capaz de ir a la entrevista. ¿Era eso una explicación? ¿Una justificación? ¿O un simple acto de caballerosidad? No importaba. Oliver descubrió que había tenido razón. El abrigo gris oscuro de lana era cálido, quizás porque todavía guardaba el calor de su dueño, quizás porque estaba tejido con la esencia misma de Eliot. Oliver no dudó. Deslizó los brazos por las mangas y se envolvió en la lana como si fuera el mejor de los refugios, como si fuera una fortaleza contra el mundo. Olía a él. Perfecto. Masculino. Eliot. Oliver cerró los ojos durante un segundo y respiró discretamente, dejando que el aroma lo inundara, que se grabara en su memoria. Definitivamente iba a conservar aquel recuerdo mucho después de devolver el abrigo. El viaje hasta los departamentos Park transcurrió en un agradable silencio, roto solo por el rumor del motor y el susurro de la calefacción. Oliver miraba al frente, aunque por su visión periférica podía distinguir el perfil de Eliot, concentrado en la carretera y en el poco tráfico nocturno. La luz de los faros ocasionalmente iluminaba su rostro, revelando la línea de su mandíbula, la curva de sus labios. Las luces de la ciudad se reflejaban sobre el parabrisas y desaparecían detrás de ellos, como estrellas fugaces que se perdían en la noche. Oliver pensaba en la entrevista. En la pasantía. En el señor Douglas. En su madre. Y, sobre todo, en el hecho de que Eliot había ido personalmente a buscarlo a la cafetería para asegurarse de que entendiera que aquella oportunidad era real. Que no era un sueño, ni una broma, ni un capricho pasajero. Cuando estacionó frente al edificio, Oliver miró la fachada familiar. Los ladrillos rojos, las ventanas iluminadas, el árbol de magnolia en la entrada. Había llegado el momento de decidir. —Enviaré la solicitud antes de dormir —aceptó finalmente, tratando de que no se notara la emoción que le vibraba en la voz, ese temblor de esperanza que amenazaba con desbordarse. Eliot asintió. Como si hubiera sabido desde el principio que terminaría aceptando. Como si nunca hubiera albergado ninguna duda. Oliver desabrochó el cinturón de seguridad y se inclinó hacia adelante para devolver el abrigo a su dueño, pero la mano de Eliot en su brazo lo detuvo. —Quédatelo. Me lo puedes devolver otro día. Oliver dudó solo un segundo. Era un abrigo demasiado caro. Podía notarlo en el peso de la lana, en la suavidad del forro, en los botones de cuerno perfectamente pulidos. Pero era el abrigo de Eliot. Con su aroma. Con su calor. Con su presencia envuelta alrededor de Oliver como una promesa. Asintió. —Gracias por todo —dijo, y las palabras le supieron a poco, insuficientes para expresar todo lo que sentía en ese momento. Salió del auto y el aire frío le mordió las mejillas, pero el abrigo lo mantenía caliente, protegido. Cruzó la entrada del edificio y, justo antes de desaparecer en el interior, se giró. Justo a tiempo para ver a Eliot alejarse en su lujoso sedán, las luces traseras haciéndose cada vez más pequeñas hasta desaparecer en la noche. Oliver permaneció allí unos segundos, solo, en el umbral, abrazado al abrigo. El viento jugaba con su cabello, pero él no sentía el frío. Solo el peso de la lana sobre sus hombros. Solo el aroma de Eliot envolviéndolo. Sonrió. Ese hombre, definitivamente, sería su perdición.Catorce Cuando finalmente salió de la cafetería, la campana sonó detrás de él por última vez, un tintineo metálico que se perdió en la noche. Sintió que estaba dejando allí una parte de sí mismo. Era una sensación extraña, casi parecida a despedirse de una casa en la que hubiera crecido, de una habitación donde se hubieran grabado los mapas de su adolescencia y juventud. El aroma a café, el sonido de la máquina de espresso, la campana sobre la puerta y hasta las manchas que nunca conseguían desaparecer por completo del suelo formaban parte de una rutina que había llegado a conocer de memoria, una coreografía de gestos y sonidos que ya formaban parte de su ADN. El aire frío de la noche le golpeó el rostro, cortante como una navaja, y por mera inercia se encogió sobre sí mismo, los hombros elevándose hacia las orejas. Entonces escuchó una voz. —¿Siempre dejas que la gente tenga tanta confianza contigo? Oliver dio un sobresalto. Eliot estaba apoyado contra la pared lateral de la ca
Trece «Su solicitud ha sido aceptada». La frase brillaba en la pantalla como una constelación recién descubierta. «Presentarse el próximo miércoles para la firma de contrato». Oliver parpadeó. Leyó de nuevo. Las palabras no cambiaban. «Su pasantía dará inicio a partir del próximo lunes». Era lunes por la tarde y Oliver seguía frente a su viejo portátil, el ventilador zumbando con esfuerzo, leyendo y volviendo a leer el correo electrónico que le había enviado Catherine Jones. Ya lo había abierto tantas veces que conocía cada una de las palabras de memoria, pero aun así regresaba a la pantalla como si en algún momento las letras fueran a cambiar y alguien fuera a decirle que había sido un error, que lo sentían, que se habían equivocado de destinatario. Aceptado. La palabra todavía le resultaba extraña cuando la relacionaba consigo mismo. Como un traje que no terminaba de quedarle bien, como un idioma que apenas empezaba a aprender. Una parte de él aún no podía creer que lo hubi
Doce Tal como había dicho que haría, Oliver envió la solicitud para la pasantía antes de meterse en la cama. El sonido del ratón al hacer clic en «Enviar» resonó en el silencio de su habitación como un disparo. Después dejó el portátil a un lado y se quedó mirando el techo durante varios minutos, la oscuridad punteada por los reflejos de las farolas que se filtraban entre las cortinas. El abrigo de Eliot estaba colgado en la puerta de su armario, una silueta oscura e inmóvil que parecía respirar en la penumbra. Oliver lo había dejado ahí a propósito. Desde su cama podía verlo. Era absurdo, lo sabía. Un simple abrigo no debería significar tanto. Era solo tela, botones, forro. Pero cada vez que sus ojos se posaban sobre él, Oliver casi podía sentir la presencia de Eliot justo ahí, como si todavía estuviera sentado frente a él en aquel restaurante italiano, observándolo con aquellos ojos analíticos que parecían descubrir cosas que nadie más veía. Cosas que ni siquiera Oliver sabía q
Once Oliver fue incapaz de quitarse del rostro la estúpida sonrisa que se le había implantado en los labios después de escuchar a Eliot. Él realmente creía en su potencial. La idea le calentaba el pecho desde dentro, como una brasa encendida que se negaba a apagarse. Durante toda la cena se sintió como si flotara en una nube de algodón, ingrávido, etéreo, como si en cualquier momento alguien fuera a despertarlo de aquel sueño. La pasta era deliciosa, con un suave sabor a mantequilla que le acarició el paladar, cremosa y reconfortante. El vino, del que solo bebió media copa por miedo a decir algo de lo que pudiera arrepentirse, era dulce y terroso, con un sabor intenso que, pensó, debía ser similar al sabor de Eliot. La idea apareció de manera tan espontánea que Oliver casi se atragantó con el siguiente bocado. ¿El sabor de Eliot? ¿En serio? ¿Qué clase de pensamiento era ese? Pero ya era tarde. La semilla estaba plantada, y cada vez que Eliot llevaba la copa a sus labios, Oliver
Diez Los días siguientes se deslizaron en una especie de neblina pesada y espesa, como si el mundo entero hubiera sido envuelto en algodón. Oliver estaba distraído todo el tiempo. En la universidad, varios de sus profesores le llamaron la atención por no responder cuando se dirigían a él, su nombre flotando en el aire sin encontrar eco en su conciencia. Durante los descansos, más de una vez Robert le lanzó todo tipo de cosas a la cabeza para sacarlo de su ensueño. Y en el trabajo, terminó quemándose una mano con el vapor de la máquina, el dolor agudo arrancándole un siseo mientras el señor Douglas le lanzaba una mirada preocupada desde la barra. Y, por supuesto, todo era culpa de una sola persona. Eliot Humbert. Su propuesta era insuperable. El sueldo, escandalosamente alto en comparación con lo que ganaba en la cafetería, casi obsceno. El horario flexible, que le permitiría seguir asistiendo a clases. El seguro médico familiar, que cubriría a su madre. Y, por si fuera poco, la
Nueve La fiesta transcurrió en una especie de idílico ambiente de felicidad, como si el mundo hubiera decidido concederles una noche perfecta. La música había subido un poco de volumen a medida que avanzaba la noche, pero seguía siendo lo bastante baja como para que las conversaciones no se perdieran entre las canciones. Las luces colgadas sobre el jardín proyectaban pequeños círculos dorados sobre el césped y las terrazas, mientras el agua de la piscina reflejaba sus destellos y los devolvía en ondas temblorosas sobre las paredes de piedra, creando un efecto hipnótico, casi mágico. Alguien había encendido unas antorchas alrededor de la zona del jardín, y el aroma del carbón, la carne asada y las bebidas dulces se mezclaba con el del jazmín en una sinfonía olfativa que Oliver inhaló profundamente, dejando que lo envolviera. Las conversaciones se superponían unas a otras, acompañadas por carcajadas repentinas, salpicaduras de agua y el sonido de algún vaso chocando contra otro en un







