FAZER LOGINNueve
La fiesta transcurrió en una especie de idílico ambiente de felicidad, como si el mundo hubiera decidido concederles una noche perfecta. La música había subido un poco de volumen a medida que avanzaba la noche, pero seguía siendo lo bastante baja como para que las conversaciones no se perdieran entre las canciones. Las luces colgadas sobre el jardín proyectaban pequeños círculos dorados sobre el césped y las terrazas, mientras el agua de la piscina reflejaba sus destellos y los devolvía en ondas temblorosas sobre las paredes de piedra, creando un efecto hipnótico, casi mágico. Alguien había encendido unas antorchas alrededor de la zona del jardín, y el aroma del carbón, la carne asada y las bebidas dulces se mezclaba con el del jazmín en una sinfonía olfativa que Oliver inhaló profundamente, dejando que lo envolviera. Las conversaciones se superponían unas a otras, acompañadas por carcajadas repentinas, salpicaduras de agua y el sonido de algún vaso chocando contra otro en un brindis improvisado. Robert sopló las velas entre aplausos y vítores, su rostro iluminado por el resplandor anaranjado de las llamas antes de que se apagaran en una nube de humo. Chloe fue la primera en intentar robarle un poco de pastel y terminó con una mancha de crema en la nariz, blanca y espesa. Robert protestó, ella se rio, y en cuestión de segundos varios de sus amigos comenzaron a lanzarse pequeños trozos de postre mientras Allena fingía escandalizarse, llevándose las manos a las mejillas, antes de entrar nuevamente en la casa sacudiendo la cabeza. Sus padres se retiraron poco después, despidiéndose con besos y abrazos, dejando al grupo de jóvenes solos para que disfrutaran del resto de la celebración. La noche era joven y prometía más horas de risas y despreocupación. Eliot permanecía en el mismo sillón exterior, con la mirada perdida en la tableta que sostenía sobre el regazo, la luz azulada iluminando su rostro desde abajo. Parecía completamente ajeno al caos que se desarrollaba a su alrededor, como una isla de calma en medio de la tormenta festiva. Oliver, agotado, buscó la esquina más alejada del grupo y se sentó en la orilla de la piscina, con los pies dentro del agua. El contacto frío contra su piel caliente le arrancó un suspiro de alivio. Su batería social estaba en ceros. Había llegado al punto en que incluso las conversaciones que normalmente disfrutaba comenzaban a sentirse como ruido, como estática en una radio mal sintonizada. El agua fresca alrededor de sus tobillos resultaba mucho más atractiva que cualquier otra cosa. Se inclinó ligeramente hacia atrás, apoyando las manos sobre la piedra húmeda, y dejó escapar un suspiro largo y profundo. Por fin podía respirar. —Tu táctica de ignorarme no está siendo nada discreta. Oliver se sobresaltó. Incluso cuando sabía que Eliot estaba ahí, a un par de metros, su voz baja y grave consiguió sorprenderlo. No había escogido aquel lugar para descansar pensando en él. Por supuesto que no. ¿Qué clase de loco hacía cosas como esas? —No te estoy ignorando —respondió sin girarse, la voz más tensa de lo que pretendía. No quería mirarlo. Porque, con aquel atuendo relajado de piscina —los pantalones de lino, la camisa abierta, el cabello ligeramente despeinado—, Eliot se veía mortalmente mejor. Y Oliver ya había tenido suficiente por una noche. Detrás de él, la gravilla crujió bajo el peso de unos pasos. El sonido era inconfundible, cada pisada medida y segura. Oliver sintió el calor de Eliot antes de que su sombra lo cubriera parcialmente, y su presencia se convirtió, de manera casi absurda, en el único punto tangible de su atención. Podía sentir la electricidad en el aire, el modo en que su piel se erizaba en respuesta. —Has pasado seis veces frente a mí —dijo Eliot, su voz teñida de un divertimento apenas perceptible—. Dos de esas veces fingiste tropezar con una piedra imaginaria. La tercera, te tiraste agua mineral sobre la camisa... Oliver cerró los ojos. Lo había visto todo. Todo. Cada movimiento torpe, cada excusa patética, cada intento fallido de parecer natural. —Yo no... no te estoy ignorando —se defendió, encogiéndose sobre sí mismo, mientras el color subía lentamente por su cuello hasta instalarse en sus mejillas, incendiándole la piel. Eliot guardó silencio un instante. Un silencio que pesaba, que exigía ser llenado. —Hoy no trabajas. Con una lentitud casi exasperante, se sentó a su lado, a menos de un metro de distancia. Oliver sintió que el espacio entre ambos se reducía de pronto a algo demasiado pequeño, demasiado íntimo. Podía percibir el calor que irradiaba su cuerpo, el aroma de su colonia mezclado con el aire nocturno. —Pedí el día libre. A cambio, cubriré el turno el próximo viernes —explicó, sorprendido de que Eliot conociera su horario de trabajo en la cafetería. ¿Cómo lo sabía? ¿Se lo había mencionado Robert? ¿O Eliot había preguntado? Aunque tampoco era tan extraño. Quizás lo había mencionado alguna vez, de pasada, sin darle importancia. Quizás Eliot recordaba más cosas de él de las que Oliver imaginaba. La idea le produjo un pequeño estremecimiento, un cosquilleo que le recorrió la columna vertebral. —Estás desperdiciando tu tiempo. Eliot lo miró. Oliver no recordaba haber visto en qué momento se había quitado las gafas de sol. Sus ojos azules estaban ahora completamente expuestos, fijos en él con una intensidad que hacía difícil respirar. —Y tu potencial. Oliver dejó escapar una pequeña risa sin humor, amarga como hiel. —No todos nacimos con una cuenta de banco con seis ceros a nuestro nombre —se quejó, encogiéndose de hombros después para restarle importancia al asunto. Pero las palabras le sabían a derrota—. Es algo temporal. Para pagar las facturas y ahorrar... Al fondo, Robert soltó una carcajada tan fuerte que varios de sus amigos lo siguieron, una ola de risas que se extendió por el jardín. La música cambió de canción, una melodía más lenta y melancólica. Alguien volvió a meterse en la piscina y el agua salpicó el borde donde ellos estaban sentados, salpicaduras frías que Oliver apenas sintió. Eliot guardó silencio durante un momento que a Oliver le pareció demasiado largo, aunque, curiosamente, no incómodo. Era un silencio lleno, denso, como el aire antes de una tormenta. Discretamente, Oliver observó su perfil. Las luces del jardín delineaban el contorno de su rostro, creando sombras que acentuaban sus ángulos: la mandíbula fuerte, la nariz recta, los labios ligeramente entreabiertos. El reflejo de la luna temblaba sobre la superficie de la piscina y proyectaba destellos plateados sobre ellos, bañándolos en una luz irreal, de ensueño. Por un instante, todo el bullicio de la fiesta pareció alejarse, como si el mundo se hubiera reducido a aquel momento, a aquel espacio compartido. Oliver se preguntó si Eliot era consciente de la facilidad con la que podía alterar su mundo sin siquiera intentarlo. Si sabía que su sola presencia bastaba para desordenar sus pensamientos, para acelerarle el pulso, para hacerle olvidar cómo respirar. —Hay una vacante abierta en la sección de pasantías de Humbert Corp. —dijo entonces. Su voz volvió a adquirir ese tono neutro y profesional que Oliver conocía tan bien, pero había algo diferente, un matiz apenas perceptible que Oliver no supo identificar. —El sistema de selección es... complicado. Pero una recomendación personal del director podría inclinar la balanza a tu favor. Oliver giró la cabeza tan rápido hacia Eliot que su cuello crujió en reprimenda y un dolor agudo le recorrió el hombro. —¡Ay! Se llevó una mano al cuello, masajeándose el punto dolorido. Eliot arqueó una ceja, una curva perfecta que Oliver habría encontrado divertida en otras circunstancias. —¿Me estás ofreciendo trabajo? —cuestionó, la voz apenas un susurro. —Te estoy presentando una oportunidad. —¿Por qué? Eliot no respondió de inmediato. En lugar de eso, miró hacia su hermano y su grupo de amigos. Robert estaba intentando convencer a Saul de entrar en la piscina mientras Chloe y Celeste se reían de ellos desde el borde, sus voces llegando amortiguadas por la distancia. La expresión de Eliot no cambió, pero algo en su postura pareció relajarse apenas, un leve descenso de los hombros. Después, su mirada azul hielo regresó a los ojos verdes de Oliver. —Porque eres inteligente y leal —respondió por fin, cada palabra medida, precisa—. Porque tu análisis de Keynes es lo más refrescante que he escuchado en años. Oliver se quedó inmóvil. El mundo se detuvo. Era un halago. Definitivamente era un halago. El mejor que le habían hecho en toda su vida. Y, como si alguien hubiera encendido un reflector directamente sobre su rostro, Oliver se iluminó en rojo. El calor le subió desde el pecho hasta la punta de las orejas, incendiándole cada centímetro de piel en el camino. Bajó la mirada hacia el agua, donde la luna se reflejaba temblorosa, intentando inútilmente esconder la sonrisa que amenazaba con escapársele. Sus dedos jugaban nerviosamente con el borde de la piedra. —Pero el señor Douglas... La emoción y su sentido del deber burbujeaban como ríos de lava dentro de sus venas, chocando entre sí, creando un remolino de sentimientos encontrados. —Él me dio trabajo cuando nadie más quiso contratarme por ser muy joven. No puedo simplemente abandonarlo así... Eliot soltó un sonido que fue una mezcla entre una risa y un bufido exasperado, un sonido tan poco característico que Oliver levantó la mirada. —Tu lealtad sigue estando mal encaminada. Aquellas palabras le resultaban extrañamente familiares. Como un eco de algo que ya había escuchado antes, en otro momento, en otro lugar. Eliot se puso de pie con un movimiento fluido, elegante, y volvió a colocarse las gafas de sol, aunque la noche ya había caído por completo. El gesto era casi teatral, una forma de poner distancia entre ellos. —El plazo para presentar la solicitud cierra el miércoles. Asegúrate de enviar la tuya, Oliver. Y eso último definitivamente había sido una orden. Dicha con la misma autoridad tranquila con la que dirigía su imperio, con la misma seguridad que Oliver había aprendido a reconocer y, secretamente, a admirar. Oliver lo observó alejarse. La música volvió a ocupar el espacio que Eliot había dejado atrás, llenando el vacío con sus acordes. Robert seguía riendo con sus amigos, las luces continuaban balanceándose sobre sus cabezas como estrellas cautivas, y la piscina seguía reflejando la luna como si nada hubiera sucedido. Pero para Oliver, algo acababa de cambiar. Podía sentirlo en el aire, en la forma en que su corazón latía, en el cosquilleo que le recorría la piel. No sabía si aquello era una oportunidad profesional. No sabía si estaba preparado para trabajar en Humbert Corp., para caminar por esos pasillos de mármol, para sentarse en esas oficinas de vidrio y acero. Ni siquiera sabía por qué Eliot parecía creer tanto en él, por qué se tomaba la molestia de ofrecerle algo que otros matarían por tener. Solo sabía una cosa. Eliot Humbert acababa de decirle que veía potencial en él. Que era inteligente. Que era leal. Que su análisis de Keynes era refrescante. Y Oliver sospechaba que tardaría mucho tiempo en dejar de pensar en esas palabras. Que las repetiría en su mente una y otra vez, como un mantra, como una oración, como prueba de que no era invisible para aquellos ojos azul hielo. Se quedó allí sentado, con los pies aún en el agua, la noche envolviéndolo como un manto, y sonrió. Una sonrisa pequeña, tímida, esperanzada.Catorce Cuando finalmente salió de la cafetería, la campana sonó detrás de él por última vez, un tintineo metálico que se perdió en la noche. Sintió que estaba dejando allí una parte de sí mismo. Era una sensación extraña, casi parecida a despedirse de una casa en la que hubiera crecido, de una habitación donde se hubieran grabado los mapas de su adolescencia y juventud. El aroma a café, el sonido de la máquina de espresso, la campana sobre la puerta y hasta las manchas que nunca conseguían desaparecer por completo del suelo formaban parte de una rutina que había llegado a conocer de memoria, una coreografía de gestos y sonidos que ya formaban parte de su ADN. El aire frío de la noche le golpeó el rostro, cortante como una navaja, y por mera inercia se encogió sobre sí mismo, los hombros elevándose hacia las orejas. Entonces escuchó una voz. —¿Siempre dejas que la gente tenga tanta confianza contigo? Oliver dio un sobresalto. Eliot estaba apoyado contra la pared lateral de la ca
Trece «Su solicitud ha sido aceptada». La frase brillaba en la pantalla como una constelación recién descubierta. «Presentarse el próximo miércoles para la firma de contrato». Oliver parpadeó. Leyó de nuevo. Las palabras no cambiaban. «Su pasantía dará inicio a partir del próximo lunes». Era lunes por la tarde y Oliver seguía frente a su viejo portátil, el ventilador zumbando con esfuerzo, leyendo y volviendo a leer el correo electrónico que le había enviado Catherine Jones. Ya lo había abierto tantas veces que conocía cada una de las palabras de memoria, pero aun así regresaba a la pantalla como si en algún momento las letras fueran a cambiar y alguien fuera a decirle que había sido un error, que lo sentían, que se habían equivocado de destinatario. Aceptado. La palabra todavía le resultaba extraña cuando la relacionaba consigo mismo. Como un traje que no terminaba de quedarle bien, como un idioma que apenas empezaba a aprender. Una parte de él aún no podía creer que lo hubi
Doce Tal como había dicho que haría, Oliver envió la solicitud para la pasantía antes de meterse en la cama. El sonido del ratón al hacer clic en «Enviar» resonó en el silencio de su habitación como un disparo. Después dejó el portátil a un lado y se quedó mirando el techo durante varios minutos, la oscuridad punteada por los reflejos de las farolas que se filtraban entre las cortinas. El abrigo de Eliot estaba colgado en la puerta de su armario, una silueta oscura e inmóvil que parecía respirar en la penumbra. Oliver lo había dejado ahí a propósito. Desde su cama podía verlo. Era absurdo, lo sabía. Un simple abrigo no debería significar tanto. Era solo tela, botones, forro. Pero cada vez que sus ojos se posaban sobre él, Oliver casi podía sentir la presencia de Eliot justo ahí, como si todavía estuviera sentado frente a él en aquel restaurante italiano, observándolo con aquellos ojos analíticos que parecían descubrir cosas que nadie más veía. Cosas que ni siquiera Oliver sabía q
Once Oliver fue incapaz de quitarse del rostro la estúpida sonrisa que se le había implantado en los labios después de escuchar a Eliot. Él realmente creía en su potencial. La idea le calentaba el pecho desde dentro, como una brasa encendida que se negaba a apagarse. Durante toda la cena se sintió como si flotara en una nube de algodón, ingrávido, etéreo, como si en cualquier momento alguien fuera a despertarlo de aquel sueño. La pasta era deliciosa, con un suave sabor a mantequilla que le acarició el paladar, cremosa y reconfortante. El vino, del que solo bebió media copa por miedo a decir algo de lo que pudiera arrepentirse, era dulce y terroso, con un sabor intenso que, pensó, debía ser similar al sabor de Eliot. La idea apareció de manera tan espontánea que Oliver casi se atragantó con el siguiente bocado. ¿El sabor de Eliot? ¿En serio? ¿Qué clase de pensamiento era ese? Pero ya era tarde. La semilla estaba plantada, y cada vez que Eliot llevaba la copa a sus labios, Oliver
Diez Los días siguientes se deslizaron en una especie de neblina pesada y espesa, como si el mundo entero hubiera sido envuelto en algodón. Oliver estaba distraído todo el tiempo. En la universidad, varios de sus profesores le llamaron la atención por no responder cuando se dirigían a él, su nombre flotando en el aire sin encontrar eco en su conciencia. Durante los descansos, más de una vez Robert le lanzó todo tipo de cosas a la cabeza para sacarlo de su ensueño. Y en el trabajo, terminó quemándose una mano con el vapor de la máquina, el dolor agudo arrancándole un siseo mientras el señor Douglas le lanzaba una mirada preocupada desde la barra. Y, por supuesto, todo era culpa de una sola persona. Eliot Humbert. Su propuesta era insuperable. El sueldo, escandalosamente alto en comparación con lo que ganaba en la cafetería, casi obsceno. El horario flexible, que le permitiría seguir asistiendo a clases. El seguro médico familiar, que cubriría a su madre. Y, por si fuera poco, la
Nueve La fiesta transcurrió en una especie de idílico ambiente de felicidad, como si el mundo hubiera decidido concederles una noche perfecta. La música había subido un poco de volumen a medida que avanzaba la noche, pero seguía siendo lo bastante baja como para que las conversaciones no se perdieran entre las canciones. Las luces colgadas sobre el jardín proyectaban pequeños círculos dorados sobre el césped y las terrazas, mientras el agua de la piscina reflejaba sus destellos y los devolvía en ondas temblorosas sobre las paredes de piedra, creando un efecto hipnótico, casi mágico. Alguien había encendido unas antorchas alrededor de la zona del jardín, y el aroma del carbón, la carne asada y las bebidas dulces se mezclaba con el del jazmín en una sinfonía olfativa que Oliver inhaló profundamente, dejando que lo envolviera. Las conversaciones se superponían unas a otras, acompañadas por carcajadas repentinas, salpicaduras de agua y el sonido de algún vaso chocando contra otro en un




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