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Ocho

Autor: Ichigo Ichie
last update Data de publicação: 2026-09-27 03:49:25

Ocho

La camiseta de Eliot encontró su lugar en el fondo del armario de Oliver, donde su madre no pudiera encontrarla. Doblada con un cuidado casi religioso, escondida entre un jersey de invierno que nunca usaba y una caja de zapatos vacía. A veces, cuando la noche se volvía demasiado silenciosa y sus pensamientos demasiado ruidosos, dormía abrazado a ella como parte del ritual de sus fantasías. Enterraba el rostro en la tela, inhalaba profundamente, y, por un instante, Eliot estaba allí con él.

Aunque quería, se negaba a usarla. Sabía que, si lo hacía, el aroma de Eliot desaparecería demasiado pronto, desgastado por el roce de su piel, diluido en el aire, perdido para siempre. Prefería conservarlo como un tesoro, intacto, esperando el momento en que necesitara recordar.

---

Dos semanas después, llegó el cumpleaños diecinueve de Robert, junto con la invitación para la celebración en la casa de campo de la familia Humbert.

El lugar era una cabaña de estilo mediterráneo, enclavada en las colinas como un secreto bien guardado. Tenía terrazas escalonadas que descendían suavemente hacia el valle, y una piscina infinita que parecía fundirse con el horizonte, el agua tan azul que dolía mirarla. El aire olía a jazmín recién regado y al carbón del asador, mientras una brisa ligera recorría el jardín y hacía oscilar las ramas de los árboles, creando sombras bailarinas sobre el césped.

Oliver llegó con un regalo envuelto por su madre en papel azul con detalles dorados, el lazo perfectamente ajustado. Unos lentes que su amigo le había mencionado semanas antes, casi de pasada, pero que Oliver había anotado mentalmente y había ahorrado para comprar.

Allena lo recibió en la puerta, con esa calidez que siempre lograba hacerlo sentir bienvenido. Lo saludó con una sonrisa genuina y le indicó que el resto ya estaba en el patio.

Oliver respiró hondo.

¿Eliot también estaría ahí?

Había sido descuidado con sus finanzas, lo suficiente como para comprarse la camisa de lino y los pantalones cortos que llevaba puestos. Un gasto innecesario, lo sabía, pero había querido verse «decente».

No demasiado arreglado.

No demasiado informal.

Simplemente... decente.

Y, aunque no quería admitirlo, esperaba que Eliot lo notara.

Con calma, atravesó el amplio salón, sus pies deslizándose sobre el suelo de mármol, y cruzó las puertas dobles de cristal. La luz del atardecer lo golpeó como una ola cálida.

Robert lo vio y se acercó de inmediato, su sonrisa tan amplia que iluminaba todo el jardín.

—Empezaba a creer que no vendrías —bromeó su amigo, cruzando un brazo sobre sus hombros y apretándolo con fuerza.

—No me lo perdería por nada —aseguró Oliver, entregándole el regalo, que de pronto le pareció diminuto al compararlo con las enormes cajas apiladas sobre la mesa de regalos. Cajas con envolturas brillantes, lazos enormes, nombres de marcas caras—. Feliz cumpleaños.

Robert tomó el regalo con emoción, sosteniéndolo como si fuera algo precioso, y apretujó con más fuerza a Oliver.

—Gracias, Oli. Pero tú eres mi mejor regalo —dijo con esa soltura tan propia de él, sin rastro de vergüenza.

—No te pongas cursi —se quejó Oliver, porque nunca sabía cómo lidiar con ese tipo de comentarios que le entibiaban el corazón y le humedecían los ojos.

Allena llegó al rescate para llevarse el regalo y guardarlo dentro de la casa, porque, según ella, era especial. Le dedicó a Oliver una mirada cómplice que él no supo interpretar del todo.

Justo antes de que Robert pudiera arrastrarlo junto al pequeño grupo de invitados, que no eran más de diez personas: amigos de la universidad de Robert y, por supuesto, Chloe junto a sus amigas, Oliver escaneó el jardín con disimulo.

Eliot no estaba por ninguna parte.

Oliver intentó que aquello no le importara.

—Vamos, Oli. Hoy no puedes decirme que no a nada —advirtió Robert antes de entregarle una bebida, el vaso frío y cubierto de condensación.

El jardín había sido transformado para la fiesta. Tiras de luces cálidas colgaban por encima de sus cabezas, dibujando pequeños puntos de luz sobre el césped y las terrazas, como estrellas cautivas. Había mesas dispuestas estratégicamente para no interferir con el flujo de personas y, sobre ellas, un despliegue de comida y bebida que parecía interminable: bandejas de frutas, quesos, embutidos, pequeñas tartas decoradas con flores comestibles.

En uno de los rincones, lo suficientemente lejos como para que el humo no los ahogara, una enorme parrilla chisporroteaba mientras se llenaba de carne, hamburguesas y salchichas, el olor mezclándose con el del jazmín y la hierba recién cortada.

La música, proveniente de dos altavoces colocados estratégicamente, se mantenía a un volumen adecuado para permitir las conversaciones y, al mismo tiempo, animar el ambiente. Alguien había puesto una lista de reproducción que mezclaba clásicos con canciones más modernas, y Oliver reconoció una canción que sonaba en la radio últimamente.

Sin necesidad de mucha persuasión, se dejó envolver por el ambiente festivo. Participó en los juegos dentro de la piscina, el agua fresca contra su piel caliente por el sol. Bromeó y rió junto a su mejor amigo, sintiéndose ligero por primera vez en días. Incluso disfrutó de una agradable conversación con Saul, un amigo de Robert al que no conocía, pero que resultó ser un gran fan de la literatura de calidad, como él. Hablaron de autores, de libros que habían marcado sus vidas, de pasajes que aún les hacían estremecer.

Por unas horas, Oliver consiguió olvidarse de mirar hacia la entrada.

Consiguió olvidarse de preguntarse si Eliot aparecería.

Casi.

Y entonces, Eliot apareció.

Era casi de noche, el cielo teñido de naranja y púrpura, y, sin embargo, Oliver juraría que acababa de salir el sol.

Un sol vestido con pantalones de lino beige y una camisa ligera de algodón, abierta al frente, que dejaba al descubierto los músculos de su torso. La piel bronceada, el vello oscuro que se perdía bajo la tela, la línea perfecta de sus hombros. Llevaba el cabello ligeramente despeinado, como si hubiera pasado la mano por él, y unas gafas de sol oscuras que ocultaban sus ojos.

Oliver se quedó inmóvil.

No porque quisiera.

Simplemente, su cuerpo pareció olvidar qué debía hacer. El corazón dejó de latir por un segundo, luego se aceleró como un motor fuera de control. Las manos le sudaban. La respiración se le atascó en la garganta.

La mirada de Eliot, escondida detrás de aquellas gafas, barrió el jardín con la parsimonia de quien tiene todo el tiempo del mundo. Se detuvo un segundo de más en Oliver.

Solo uno.

Pero fue suficiente para que Oliver sintiera que el tiempo se detenía, que el mundo a su alrededor se difuminaba, que solo existían ellos dos en medio de aquella fiesta bulliciosa.

Después continuó su recorrido, como si nada hubiera pasado.

Pero había sido suficiente.

Oliver sintió que el calor le subía por el cuello hasta las mejillas, incendiándole la piel.

Eliot se acercó entonces a la mesa de regalos, donde dejó la elegante caja negra que llevaba en una mano. Saludó a su padre, que en ese momento le daba vuelta a la carne en la parrilla, intercambiando unas palabras que Oliver no pudo escuchar. Después se dirigió a la mesa de bebidas para servirse agua mineral con una rodaja de limón, sus movimientos precisos y elegantes.

Oliver seguía mirándolo.

No podía evitarlo.

—Se te está cayendo la baba —bromeó Robert, abrazándolo desde atrás con un empujón juguetón.

Oliver apenas tuvo tiempo de girarse, de balbucear una negativa, antes de que Robert lo levantara en vilo.

—¡Robert!

No tuvo oportunidad de protestar. El mundo dio un vuelco y el agua fría lo envolvió, robándole el aliento. Emergió entre risas y tos, el cabello pegado a la frente, la ropa empapada. Los dos se enfrascaron en una pelea de hundirse y salpicarse agua, una lucha infantil que Oliver agradeció porque le daba una excusa para tener el rostro sonrojado. Chloe y una de sus amigas se unieron a ellos entre risas y manoteos, el agua salpicando en todas direcciones.

La chica, de nombre Celeste, parecía muy interesada en permanecer cerca de Oliver.

Demasiado interesada.

Se pegaba a él en el agua, reía demasiado fuerte a sus bromas más tontas, encontraba excusas para tocarle el brazo, el hombro, la espalda.

Incómodo, se disculpó con la excusa de ir por una bebida y salió de la piscina. El agua escurría por su cuerpo, dejando un rastro en el suelo de piedra.

Se pasó una toalla por el rostro y el cabello, frotando con fuerza, antes de dirigirse a la mesa de bebidas para servirse agua mineral con hielo. El vaso temblaba ligeramente en su mano.

Necesitaba unos minutos.

Un poco de distancia.

Un lugar donde recuperar el control de sus pensamientos.

—Pareces ser muy popular.

La voz de Eliot llegó desde el sillón exterior en el que estaba sentado, baja y grave, como un rumor en la penumbra.

Oliver se quedó quieto.

Había estado tan concentrado en escapar de Celeste que no lo había visto. Estaba en una esquina del patio, apartado del bullicio, casi oculto por la sombra de una buganvilla.

Sentado en un sillón de exterior, con una tranquilidad que contrastaba por completo con el caos de la fiesta. Una pierna cruzada sobre la otra, el vaso de agua mineral descansando en una mano y las gafas de sol todavía ocultando sus ojos, aunque el sol ya se había puesto. El gesto parecía más una barrera que una necesidad.

—Solo son amables —explicó Oliver, como si tuviera que justificar algo frente a él. La voz le salió más débil de lo que pretendía.

Eliot inclinó apenas la cabeza, un movimiento casi imperceptible.

—Pero tú no quieres que sean... amables.

No fue una pregunta.

Con Eliot, pocas veces lo eran.

Simplemente constataba los hechos con la seguridad de quien parecía observar mucho más de lo que decía. Como si pudiera leer a Oliver como un libro abierto, pasando las páginas sin esfuerzo.

Oliver negó con la cabeza.

Lento.

Casi imperceptible.

Y, de pronto, tuvo la absurda sensación de que Eliot podía verlo todo.

Podía ver a través de sus excusas, de sus silencios y de todas las pequeñas mentiras que Oliver se contaba a sí mismo para mantener sus sentimientos bajo control. Podía ver el deseo que Oliver escondía en lo más profundo de su pecho, ese anhelo que crecía cada día como una planta invasora.

Solo había una persona en aquel lugar, en aquella ciudad, en aquel continente, probablemente en todo el universo, que quería que fuera mucho más que amable con él.

Y estaba sentado a pocos metros de distancia, mirándolo con esos ojos que Oliver no podía ver pero que sentía clavados en su piel como dos agujas de hielo.

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