LOGINSiete
Oliver despertó por el penetrante olor a café que, de pronto, llenó el aire a su alrededor como una caricia matutina. Le costó varios segundos darse cuenta de que no estaba en su cama, ni tampoco en el sofá cama de Robert. La confusión inicial se disipó lentamente, reemplazada por un reconocimiento que le hizo latir el corazón más rápido. Detrás del aroma del café, una fragancia diferente llegó a sus sentidos, envolviéndolo como un abrazo invisible. Eliot. Su champú, ese aroma limpio y fresco. Su jabón, con notas de madera y algo cítrico. Su colonia discreta y elegante, ese rastro sutil que Oliver había aprendido a identificar, en cada encuentro fugaz. Todo mezclado en un aroma que reconocía sin necesidad de verlo, como un animal que aprende el olor de su refugio. Estaba en su departamento. Lo recordó de golpe, la memoria cayendo sobre él como una ola. Como si quisiera prolongar aquel sueño un poco más, tiró de la manta para cubrirse la cabeza y se hizo un ovillo, acurrucándose en el calor que aún conservaba el sofá. Estaba en el departamento de Eliot. En su territorio. En un lugar al que probablemente ninguna de las personas de su edad tenía acceso. Un espacio sagrado, íntimo, que Eliot compartía con muy pocos. Y él había pasado la noche allí. Una corriente de emoción le recorrió el cuerpo, cálida y vibrante, como electricidad bajo la piel. —Si sigues durmiendo, el desayuno estará frío. La voz de Eliot, proveniente de la cocina, lo hizo congelarse. Era grave y tranquila, pero llevaba ese tono de autoridad natural que Oliver encontraba tan intimidante como fascinante. Oliver abrió los ojos de golpe. ¿Desde cuándo estaba ahí? ¿Cuánto tiempo llevaba observándolo dormir? La idea le provocó un escalofrío que no era del todo desagradable. Se incorporó apenas, todavía envuelto en la manta como un capullo, y escuchó el sonido de una taza apoyándose sobre alguna superficie, el roce de la porcelana contra el mármol. —Ve a darte una ducha. Dejé ropa limpia y toallas en el baño. Era, por supuesto, una orden, no una sugerencia. Pero dicha con esa calma que hacía que Oliver quisiera obedecer sin cuestionar. —Gracias… —murmuró Oliver, la voz aún ronca por el sueño. Estaba tan apenado que volvió a envolverse en la manta y, arrastrando los pies, atravesó el departamento hasta la habitación cuya puerta permanecía abierta, como una invitación silenciosa. El dormitorio de Eliot. Oliver se quedó en el umbral, dudando. El corazón le latía con fuerza, como si estuviera a punto de cruzar una frontera prohibida. Solo un segundo. Después, dio un paso adentro. La cama estaba perfectamente hecha, sin una sola arruga en las sábanas, impecable como todo lo que rodeaba a Eliot. Sobre la mesa de noche descansaba un libro: la biografía de Keynes, con su cubierta sobria y elegante. Encima de la portada había unos elegantes lentes de lectura, de montura delgada y cristales impecables. Oliver los observó durante varios segundos, hipnotizado. Era extraño pensar que Eliot los había usado. Que aquellos lentes habían estado sobre su rostro mientras leía, probablemente frunciendo el ceño ante algún pasaje particularmente complejo. Era un detalle insignificante, mundano, pero a Oliver le produjo una sensación extraña de cercanía, como si acabara de descubrir una pequeña pieza de un hombre al que apenas conocía. Un fragmento de su humanidad. Sintió la imperiosa necesidad de tirarse sobre aquella cama y aspirar el aroma de sus sábanas, de enterrar el rostro en la almohada donde Eliot apoyaba la cabeza cada noche, de rodearse de su olor hasta que empapara cada poro de su piel. Pero se contuvo. Por muy tentadora que fuera la idea, aquello ya sería cruzar una línea. Una línea que Oliver no estaba seguro de tener permiso para traspasar. Miró alrededor. La habitación era exactamente como la habría imaginado: ordenada, sobria, dominada por colores neutros y muebles de líneas limpias. Grises, blancos, negros. Nada fuera de lugar. La luz de la mañana entraba por los enormes ventanales y se extendía sobre el suelo como un río dorado, mientras, más allá del cristal, la ciudad comenzaba a despertar, diminuta y lejana. Desde aquella altura, los edificios parecían formar un paisaje de juguete, silencioso e irreal. Y en medio de todo aquello estaba el aroma de Eliot. Flotaba discretamente en el aire, adherido a las sábanas, a la ropa, al espacio mismo. Era omnipresente sin ser abrumador, como una promesa susurrada al oído. Oliver sonrió para sí. Por supuesto que su habitación tenía que ser así. Perfecta. Controlada. Impecable. Oliver le echó un vistazo curioso al guardarropa. No le sorprendió descubrir cada cosa perfectamente colocada en su lugar. Camisas alineadas por color, pantalones ordenados por temporada, zapatos impecables, cada par en su soporte correspondiente. No había nada fuera de sitio, ni una arruga, ni una mota de polvo. Era casi enfermizo. Pero, al mismo tiempo, era tan Eliot que resultaba imposible imaginarlo de otra manera. Cualquier desorden habría sido una anomalía, una nota discordante en la sinfonía de su existencia. Con una pequeña sonrisa, salió del guardarropa y entró al baño. El rincón más íntimo. Más personal. Ahí, sobre el amplio mueble del lavabo, había un cepillo de dientes aún en su envoltorio, una afeitadora nueva y una botella de aquella colonia que Oliver ya solo podía asociar con Eliot. El espejo reflejaba su propio rostro, sonrojado y ligeramente despeinado. Y, en una esquina, un montículo de artículos que parecían obscenamente fuera de lugar en medio de tanta perfección. Una toalla gris, gruesa y mullida, doblada con precisión militar. Una camiseta negra, sencilla, de algodón, que Oliver reconoció como una de las que Eliot usaba para dormir. Sus jeans, que lucían recién lavados y planchados. Calcetines blancos, impecables. Ropa interior nueva, todavía dentro de su paquete de celofán. Eliot no había dejado fuera ni el más mínimo detalle. Aquello volvió a sorprenderlo, una oleada de calor recorriéndole el pecho. No había hecho preguntas innecesarias. No había convertido la situación en algo incómodo con miradas o comentarios. Simplemente había pensado en lo que Oliver necesitaría y se había ocupado de ello con la misma eficiencia con la que manejaba todo en su vida. Así era Eliot. Oliver todavía no sabía qué hacer con esa clase de atención. Era demasiado nueva, demasiado intensa. Como estar bajo un reflector después de años en la penumbra. Sintiéndose tímido de repente, se quitó el pijama prestado y se metió en la ducha. El agua caliente cayó sobre su piel, relajando sus músculos tensos, y cerró los ojos, dejando que el vapor lo envolviera. Veinte minutos después, regresó al salón. Sonriendo. No podía evitarlo. Ahora todo él olía a Eliot. El champú, con ese aroma que le cosquilleaba la nariz. El jabón, que dejaba en su piel un rastro limpio y fresco. Aquella colonia, que ahora parecía brotar de sus poros como si fuera propia. Incluso la ropa limpia parecía conservar algo del cuidado con el que había sido preparada, como si Eliot hubiera impregnado cada fibra con su presencia. En el mundo de fantasía de Oliver, aquello era casi como pasar el día entero abrazado a él. Como llevar su esencia pegada a la piel, un secreto que solo él conocía. Una fantasía absurda. Pero una que, por el momento, no tenía ninguna intención de abandonar. —Robert se fue —informó Eliot, mientras servía huevos revueltos y una tostada en un plato, junto a una taza de café humeante. Su voz era tranquila, como si aquella escena doméstica fuera lo más normal del mundo—. Tenía práctica de fútbol a primera hora. Con la misma naturalidad tranquila de siempre, le hizo un gesto para que se sentara. La luz de la mañana iluminaba su perfil, resaltando la línea fuerte de su mandíbula. —Come antes de que se enfríe. Oliver tomó asiento en uno de los taburetes y probó primero el café. Estaba perfecto. Por supuesto que lo estaba. —Estás leyendo a Keynes. Eliot se sentó enfrente, su propia taza de café humeando entre sus manos. —Lo leí cuando estaba aún en el colegio. Quería actualizar lo que recuerdo. Era lógico. Simple curiosidad profesional. Oliver intentó convencerse de ello, aunque una pequeña parte de él quería pensar que aquel libro tenía algo que ver con la conversación que habían tenido varios días atrás. Que Eliot lo había sacado de la estantería pensando en él. El resto del desayuno transcurrió entre puntos de vista sobre Keynes, Vontz y Mitch, el escritor del periódico al que Philip y Oliver seguían de cerca por sus opiniones sobre la bolsa, la economía internacional y, sobre todo, sobre el gobierno y sus «acciones» para mejorar la economía local. La conversación fue avanzando con una facilidad que Oliver no había esperado. Las palabras fluían como un río, sin obstáculos, sin esos silencios incómodos que solían acompañar sus interacciones sociales. Al principio, cuidó cada palabra. Medía sus respuestas, elegía los argumentos con cuidado y procuraba no hablar demasiado rápido, temiendo decir algo estúpido que delatara su juventud e inexperiencia. Pero poco a poco dejó de hacerlo. Se encontró hablando. Opinando. Discutiendo. Y Eliot escuchaba. No lo hacía con la indulgencia con la que un adulto escucha a alguien más joven, esa paciencia condescendiente que Oliver había visto tantas veces. Tampoco parecía estar esperando el momento de corregirlo, de señalar sus errores con superioridad. Escuchaba con verdadera atención, inclinado ligeramente hacia adelante, y cuando no estaba de acuerdo, cuestionaba sus argumentos con esa mordacidad fría y precisa que lo caracterizaba. Oliver no se sintió pequeño. Eso era lo extraño. Por primera vez, no se sintió como el amigo adolescente de Robert que estaba sentado frente al hermano mayor, sino como un igual. Como alguien cuyas ideas merecían ser escuchadas. Se sintió como Oliver. Como si, mientras hablaban de planes de negocios, economía y opiniones mediocres, los diez años que los separaban hubieran desaparecido durante unas horas, disueltos en el humo del café y las palabras compartidas. Por un instante, Oliver pudo olvidar que tenía dieciocho años. Podía fingir que tenía los mismos veintiocho que Eliot. Y lo mejor de todo era que Eliot parecía permitirle esa ilusión. Nunca menospreció sus opiniones. Nunca utilizó su edad como un arma para ganar una discusión. Por el contrario, escuchaba, preguntaba, analizaba y después refutaba sus argumentos con la misma seriedad con la que habría discutido con cualquier otro adulto. Era un lenguaje nuevo. Un lenguaje que Oliver no sabía que necesitaba hasta que lo encontró. Y le gustaba. Mucho. Cuando terminaron el desayuno, la conversación continuó durante el trayecto a casa. Oliver apenas fue consciente de las calles que recorrían, de los semáforos que cambiaban, de los peatones que cruzaban. Estaba demasiado concentrado en cada palabra de Eliot, en cada pregunta, en cada pequeño amago de sonrisa que aparecía cuando encontraba interesante alguno de sus argumentos. Esa curva apenas perceptible en sus labios que Oliver atesoraba como un tesoro. Quería que el trayecto durara más. Mucho más. Pero, demasiado pronto, llegaron a la fila de edificios de los apartamentos Park. El sedán se detuvo frente a la entrada con un suave chirrido de frenos. Eliot estacionó su sedán frente a la entrada. Oliver se quedó unos segundos sentado, mirando hacia el edificio familiar. Los ladrillos rojos, las ventanas blancas, el árbol de magnolia en la entrada. Todo parecía igual, pero él se sentía diferente. Había algo incómodo en tener que despedirse. Como si al abrir aquella puerta fuera a terminar algo que apenas comenzaba. Como si la burbuja en la que habían estado flotando durante las últimas horas estuviera a punto de estallar. —Gracias por el desayuno —dijo finalmente, la voz más suave de lo que pretendía. Eliot hizo un pequeño gesto con la cabeza, un movimiento casi imperceptible. Oliver abrió la puerta y bajó del automóvil. El aire fresco de la mañana le dio en el rostro, pero no logró disipar el calor que llevaba dentro. Como la vez anterior, Eliot esperó hasta que cruzó el umbral antes de marcharse. Oliver lo sabía sin mirar atrás, podía sentir su mirada sobre la nuca. Pero esta vez, justo antes de desaparecer en el interior del edificio, Oliver se volvió. Justo a tiempo para verlo a través del parabrisas. Y entonces la vio. Una sonrisa. Apenas perceptible. Solo una pequeña curva en los labios de Eliot, un temblor en la comisura de su boca, antes de que el sedán se alejara lentamente, deslizándose calle abajo como un sueño que se desvanece. Oliver permaneció inmóvil unos segundos, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Después sonrió también.Catorce Cuando finalmente salió de la cafetería, la campana sonó detrás de él por última vez, un tintineo metálico que se perdió en la noche. Sintió que estaba dejando allí una parte de sí mismo. Era una sensación extraña, casi parecida a despedirse de una casa en la que hubiera crecido, de una habitación donde se hubieran grabado los mapas de su adolescencia y juventud. El aroma a café, el sonido de la máquina de espresso, la campana sobre la puerta y hasta las manchas que nunca conseguían desaparecer por completo del suelo formaban parte de una rutina que había llegado a conocer de memoria, una coreografía de gestos y sonidos que ya formaban parte de su ADN. El aire frío de la noche le golpeó el rostro, cortante como una navaja, y por mera inercia se encogió sobre sí mismo, los hombros elevándose hacia las orejas. Entonces escuchó una voz. —¿Siempre dejas que la gente tenga tanta confianza contigo? Oliver dio un sobresalto. Eliot estaba apoyado contra la pared lateral de la ca
Trece «Su solicitud ha sido aceptada». La frase brillaba en la pantalla como una constelación recién descubierta. «Presentarse el próximo miércoles para la firma de contrato». Oliver parpadeó. Leyó de nuevo. Las palabras no cambiaban. «Su pasantía dará inicio a partir del próximo lunes». Era lunes por la tarde y Oliver seguía frente a su viejo portátil, el ventilador zumbando con esfuerzo, leyendo y volviendo a leer el correo electrónico que le había enviado Catherine Jones. Ya lo había abierto tantas veces que conocía cada una de las palabras de memoria, pero aun así regresaba a la pantalla como si en algún momento las letras fueran a cambiar y alguien fuera a decirle que había sido un error, que lo sentían, que se habían equivocado de destinatario. Aceptado. La palabra todavía le resultaba extraña cuando la relacionaba consigo mismo. Como un traje que no terminaba de quedarle bien, como un idioma que apenas empezaba a aprender. Una parte de él aún no podía creer que lo hubi
Doce Tal como había dicho que haría, Oliver envió la solicitud para la pasantía antes de meterse en la cama. El sonido del ratón al hacer clic en «Enviar» resonó en el silencio de su habitación como un disparo. Después dejó el portátil a un lado y se quedó mirando el techo durante varios minutos, la oscuridad punteada por los reflejos de las farolas que se filtraban entre las cortinas. El abrigo de Eliot estaba colgado en la puerta de su armario, una silueta oscura e inmóvil que parecía respirar en la penumbra. Oliver lo había dejado ahí a propósito. Desde su cama podía verlo. Era absurdo, lo sabía. Un simple abrigo no debería significar tanto. Era solo tela, botones, forro. Pero cada vez que sus ojos se posaban sobre él, Oliver casi podía sentir la presencia de Eliot justo ahí, como si todavía estuviera sentado frente a él en aquel restaurante italiano, observándolo con aquellos ojos analíticos que parecían descubrir cosas que nadie más veía. Cosas que ni siquiera Oliver sabía q
Once Oliver fue incapaz de quitarse del rostro la estúpida sonrisa que se le había implantado en los labios después de escuchar a Eliot. Él realmente creía en su potencial. La idea le calentaba el pecho desde dentro, como una brasa encendida que se negaba a apagarse. Durante toda la cena se sintió como si flotara en una nube de algodón, ingrávido, etéreo, como si en cualquier momento alguien fuera a despertarlo de aquel sueño. La pasta era deliciosa, con un suave sabor a mantequilla que le acarició el paladar, cremosa y reconfortante. El vino, del que solo bebió media copa por miedo a decir algo de lo que pudiera arrepentirse, era dulce y terroso, con un sabor intenso que, pensó, debía ser similar al sabor de Eliot. La idea apareció de manera tan espontánea que Oliver casi se atragantó con el siguiente bocado. ¿El sabor de Eliot? ¿En serio? ¿Qué clase de pensamiento era ese? Pero ya era tarde. La semilla estaba plantada, y cada vez que Eliot llevaba la copa a sus labios, Oliver
Diez Los días siguientes se deslizaron en una especie de neblina pesada y espesa, como si el mundo entero hubiera sido envuelto en algodón. Oliver estaba distraído todo el tiempo. En la universidad, varios de sus profesores le llamaron la atención por no responder cuando se dirigían a él, su nombre flotando en el aire sin encontrar eco en su conciencia. Durante los descansos, más de una vez Robert le lanzó todo tipo de cosas a la cabeza para sacarlo de su ensueño. Y en el trabajo, terminó quemándose una mano con el vapor de la máquina, el dolor agudo arrancándole un siseo mientras el señor Douglas le lanzaba una mirada preocupada desde la barra. Y, por supuesto, todo era culpa de una sola persona. Eliot Humbert. Su propuesta era insuperable. El sueldo, escandalosamente alto en comparación con lo que ganaba en la cafetería, casi obsceno. El horario flexible, que le permitiría seguir asistiendo a clases. El seguro médico familiar, que cubriría a su madre. Y, por si fuera poco, la
Nueve La fiesta transcurrió en una especie de idílico ambiente de felicidad, como si el mundo hubiera decidido concederles una noche perfecta. La música había subido un poco de volumen a medida que avanzaba la noche, pero seguía siendo lo bastante baja como para que las conversaciones no se perdieran entre las canciones. Las luces colgadas sobre el jardín proyectaban pequeños círculos dorados sobre el césped y las terrazas, mientras el agua de la piscina reflejaba sus destellos y los devolvía en ondas temblorosas sobre las paredes de piedra, creando un efecto hipnótico, casi mágico. Alguien había encendido unas antorchas alrededor de la zona del jardín, y el aroma del carbón, la carne asada y las bebidas dulces se mezclaba con el del jazmín en una sinfonía olfativa que Oliver inhaló profundamente, dejando que lo envolviera. Las conversaciones se superponían unas a otras, acompañadas por carcajadas repentinas, salpicaduras de agua y el sonido de algún vaso chocando contra otro en un







