FAZER LOGINDoce
Tal como había dicho que haría, Oliver envió la solicitud para la pasantía antes de meterse en la cama. El sonido del ratón al hacer clic en «Enviar» resonó en el silencio de su habitación como un disparo. Después dejó el portátil a un lado y se quedó mirando el techo durante varios minutos, la oscuridad punteada por los reflejos de las farolas que se filtraban entre las cortinas. El abrigo de Eliot estaba colgado en la puerta de su armario, una silueta oscura e inmóvil que parecía respirar en la penumbra. Oliver lo había dejado ahí a propósito. Desde su cama podía verlo. Era absurdo, lo sabía. Un simple abrigo no debería significar tanto. Era solo tela, botones, forro. Pero cada vez que sus ojos se posaban sobre él, Oliver casi podía sentir la presencia de Eliot justo ahí, como si todavía estuviera sentado frente a él en aquel restaurante italiano, observándolo con aquellos ojos analíticos que parecían descubrir cosas que nadie más veía. Cosas que ni siquiera Oliver sabía que estaban ahí. Cerró los ojos. «Quiero saber hasta dónde puede llevarte tu potencial». La frase volvió a su cabeza, enrollándose en los pliegues de su mente como una melodía pegadiza. Y, por primera vez, Oliver se permitió pensar que quizás Eliot no se había equivocado al confiar en él. --- El jueves, Oliver recibió la llamada de Catherine Jones, jefa de Recursos Humanos de Humbert Corp. Su voz era profesional, pero amable, como una capa de terciopelo sobre acero. Su solicitud era una de las cinco que habían pasado la primera selección. Cinco. De todas las personas que se habían presentado. Oliver tuvo que sentarse en el borde de la cama después de colgar, el teléfono aún caliente contra su lóbulo. La sangre le latía en los oídos con tanta fuerza que apenas escuchó el resto de las indicaciones. Cinco. Le indicaron que debía presentar un análisis sobre un tema que ellos le proporcionarían y defenderlo el viernes durante su entrevista. La emoción duró aproximadamente tres minutos, burbujeante y efervescente como champán. Después llegaron los nervios. Y no se fueron. Se instalaron en su estómago como una piedra fría y pesada. —¿Por qué te preocupas tanto? —cuestionó Robert, tirado sobre su cama, con la cabeza colgando por la orilla y el mundo al revés para él. Oliver estaba sentado frente al viejo portátil, mirando una pantalla llena de palabras que había escrito y borrado tantas veces que ya no estaba seguro de cuáles eran sus propias ideas y cuáles eran producto del pánico. El cursor parpadeaba acusador, esperando. Interpretó las palabras de Robert como si su amigo ya diera por hecho que obtendría el puesto. —No quiero obtenerlo solo por la influencia de tu hermano. Robert le lanzó la almohada a la cabeza con una precisión que solo años de práctica podían otorgar. El golpe fue suave, casi cariñoso. —Eso ya lo sé. Y también sé que el robot no moverá un dedo para ayudarte —aseguró su amigo en un tono casi ofendido, un tono que Oliver nunca le había escuchado antes, como si la sola sugerencia fuera un insulto a su orgullo fraternal—. A veces eres demasiado tonto, a pesar de lo inteligente que eres. Lo siguiente que voló hacia su cabeza fue una vieja revista de economía que estaba sobre la mesa de noche, sus páginas amarillentas abriéndose en el aire como un pájaro herido. Oliver la atrapó antes de que le diera en la cara, el papel crujiendo entre sus dedos. —¡Oye! —Puedo no estar de acuerdo con muchas cosas de Eliot —continuó Robert, incorporándose lo suficiente para apoyarse en los codos—. Pero lo conozco. Sé que no te habría ofrecido el puesto si no te considerara capaz. No es su estilo. No hace favores. No regala oportunidades. Oliver bajó la cabeza y se quedó unos segundos mirando sus manos, los nudillos blancos donde apretaba la revista. Llevaba casi media hora frente al viejo portátil, tratando de escribir el análisis que le habían pedido, pero las palabras simplemente no encontraban el camino para salir de su cabeza. Estaban ahí, en algún lugar, atrapadas detrás de un muro de dudas. Tenía las ideas. Siempre las tenía. El problema era que ahora dudaba de si eran lo suficientemente buenas. —¿Realmente crees que puedo hacerlo? —preguntó a su mejor amigo, la voz más pequeña de lo que le habría gustado. La inseguridad volvía a hacer de las suyas, arrastrándose por su columna vertebral como una enredadera. Robert lo observó durante un segundo, sus ojos recorriendo el rostro de Oliver con una seriedad inusual. —¿Qué? ¿Volverte un aburrido como Eliot? —Su amigo chasqueó la lengua y se levantó de la cama para acercarse al escritorio, sus pasos seguros sobre el suelo de madera—. Estoy seguro de que puedes hacerlo, Oli. Después del robot, eres la persona más inteligente que conozco. Oliver sonrió despacio, una sonrisa que empezó en algún lugar profundo de su pecho y se extendió hasta sus labios. No era Eliot. No era una persona importante diciéndole que tenía potencial. Era Robert. Su mejor amigo. El niño con el que había crecido, con el que había compartido juegos, secretos y silencios. La persona que lo conocía desde antes de que Oliver aprendiera a dudar de sí mismo. Y, de alguna manera, esas palabras consiguieron llegar a un lugar donde las demás no habían podido. Se filtraron a través de las grietas de su inseguridad y encontraron tierra fértil. Miró nuevamente la pantalla en blanco. Respiró hondo. Y, de pronto, cada una de sus ideas comenzó a encontrar su lugar. Las palabras aparecieron. Primero una. Después otra. Luego una frase completa. Luego un párrafo. Los dedos volaron sobre el teclado, el sonido rítmico de las teclas llenando la habitación como una lluvia constante. Robert, al verlo tan concentrado, con esa intensidad en la mirada que solo aparecía cuando Oliver estaba realmente en su elemento, sonrió y se despidió con un escueto: —Nos vemos, CP3. Y se marchó para dejarlo trabajar en paz, cerrando la puerta con cuidado. --- El viernes, Oliver llegó al edificio de Humbert Corp media hora antes de su entrevista. El cielo estaba gris, cubierto de nubes que prometían lluvia, pero él no sintió el frío. No sintió nada excepto el latido constante de su corazón marcando el ritmo de sus pasos. Se había puesto el único traje que tenía. Uno que su madre le había comprado un año atrás para asistir al funeral de su abuela. Por suerte, todavía le quedaba, aunque las mangas le quedaban un poco cortas y los hombros algo justos. Al ponérselo, Oliver tuvo la impresión de que la tela conservaba el olor a incienso de aquel día y, junto con él, la pesadez del duelo. Durante unos segundos, mientras se miraba en el reflejo de las puertas de cristal del edificio, recordó las manos de su madre acomodándole el cuello de la camisa aquella mañana. Había sido otro momento en el que ella le había pedido que se mantuviera fuerte, que la vida seguía, que había que seguir adelante. Ahora estaba ahí. A punto de entrar en el edificio que pertenecía al hombre que, sin saberlo, había conseguido hacerle imaginar algo que hasta entonces nunca se había atrevido a considerar. Un futuro. Oliver bajó la mirada hacia la carpeta beige que llevaba entre las manos, los dedos aferrados al borde como si fuera un salvavidas. Su informe estaba dentro. Horas de trabajo, de investigación, de dudas y correcciones. Respiró profundamente, el aire fresco llenándole los pulmones. Entró. El vestíbulo era amplio, de techos altos y mármol pulido que reflejaba la luz tenue de las lámparas colgantes. Dio su nombre en recepción y la mujer detrás del mostrador, impecablemente vestida, con una sonrisa profesional, le entregó una identificación que debía colgarse del cuello. Luego le explicó que tomara el elevador y subiera hasta el piso catorce. Bruno, el asistente de la señora Jones, lo recibiría allí. Oliver le agradeció y siguió las instrucciones, sus pasos resonando en el suelo de mármol. El edificio era exactamente como había imaginado que sería una corporación como Humbert Corp. Elegante. Silencioso. Eficiente. Las personas caminaban con prisa, pero sin correr, sus movimientos coreografiados como los de una orquesta bien afinada. Los teléfonos sonaban detrás de algunas puertas de cristal y, a lo lejos, podía escucharse el murmullo constante de conversaciones profesionales, el zumbido de fotocopiadoras, el tintineo de teclados. Oliver sintió que aquel lugar hablaba un idioma que conocía. No el de las fiestas. No el de las conversaciones triviales. El suyo. --- La entrevista fue con la jefa de Recursos Humanos, el jefe de proyectos y dos personas más que hablaron poco, pero cuya presencia parecía pesar más que la del resto. La sala de reuniones era amplia, con ventanales que daban a la ciudad y una mesa de vidrio que reflejaba los rostros de los entrevistadores. Oliver había conseguido sacudirse los nervios antes de entrar. Se había repetido a sí mismo las palabras de Robert, las de Eliot, las de su madre. Se había dicho que merecía estar ahí. Milagrosamente, logró no solo exponer su análisis sin que le temblara la voz, sino también defender cada uno de sus puntos cuando los entrevistadores los cuestionaron. Sus argumentos eran sólidos, sus datos precisos, sus conclusiones claras. Una pregunta. Otra. Otra más. Oliver respondió. Argumentó. Contraatacó. Y, cuando finalmente terminó, se dio cuenta de que había dejado de pensar en si era suficientemente bueno. Simplemente había hecho lo que sabía hacer. Había fluido. Al salir, mientras esperaba la llegada del elevador, su mirada se mantuvo fija en la placa informativa de los pisos del edificio, las letras doradas grabadas en el panel de metal. Recepción. Recursos Humanos. Contabilidad. Archivo. Informática. Cafetería. Piso veintiocho… CEO Eliot Humbert. Oliver sintió un pequeño vuelco en el estómago, un aleteo cálido y nervioso. ¿Estaría ahí? ¿En su oficina con vistas a la ciudad? Por un momento tuvo la loca idea de que solo un viaje en elevador los separaba. Podía subir en vez de bajar. Podía ir a agradecerle la oportunidad. Podía decirle que había hecho la entrevista, que había dado lo mejor de sí. O quizás… Quizás solo podía verlo de lejos. Saber que estaba cerca. La idea era ridícula. Y, aun así, sus dedos se acercaron al botón del piso veintiocho, rozando la superficie fría del panel. Se detuvo. No. No era el momento. Se contuvo. Al entrar al elevador, presionó el botón para bajar con determinación, sintiendo el peso de la decisión en la yema de sus dedos. Devolvió la identificación en recepción y salió del edificio sintiéndose curiosamente ligero, como si hubiera dejado atrás un lastre que no sabía que llevaba. Afuera, el aire de la ciudad parecía diferente. Más limpio. Más brillante. O quizás era él quien había cambiado. Nunca había pensado realmente en su futuro. En lo que quería hacer durante el resto de su vida. Había entrado a estudiar Economía porque siempre había sido bueno con los números y los análisis financieros. Porque se sentía más confiado entre cifras que tratando con las personas. Las cifras no lo juzgaban. No esperaban nada de él. Los números tenían respuestas. Las personas, no siempre. Sin embargo, en ese momento, mientras dejaba atrás el edificio de Humbert Corp, pudo verse pasando ahí sus días. Entre análisis de datos. Informes. Proyectos. Colegas que compartieran su mismo idioma. Y, por primera vez, esa imagen no le pareció una fantasía. Le pareció posible. Oliver se detuvo en la acera y miró una última vez hacia el edificio, hacia las ventanas que reflejaban el cielo gris, hacia el piso veintiocho donde, en algún lugar allá arriba, Eliot Humbert probablemente estaba trabajando, ajeno al terremoto que había provocado en su vida. Sonrió. Una sonrisa pequeña, tímida, esperanzada. Eliot le había entregado una llave, y Oliver acababa de descubrir que tenía el valor suficiente como para cruzar la puerta que abría.Catorce Cuando finalmente salió de la cafetería, la campana sonó detrás de él por última vez, un tintineo metálico que se perdió en la noche. Sintió que estaba dejando allí una parte de sí mismo. Era una sensación extraña, casi parecida a despedirse de una casa en la que hubiera crecido, de una habitación donde se hubieran grabado los mapas de su adolescencia y juventud. El aroma a café, el sonido de la máquina de espresso, la campana sobre la puerta y hasta las manchas que nunca conseguían desaparecer por completo del suelo formaban parte de una rutina que había llegado a conocer de memoria, una coreografía de gestos y sonidos que ya formaban parte de su ADN. El aire frío de la noche le golpeó el rostro, cortante como una navaja, y por mera inercia se encogió sobre sí mismo, los hombros elevándose hacia las orejas. Entonces escuchó una voz. —¿Siempre dejas que la gente tenga tanta confianza contigo? Oliver dio un sobresalto. Eliot estaba apoyado contra la pared lateral de la ca
Trece «Su solicitud ha sido aceptada». La frase brillaba en la pantalla como una constelación recién descubierta. «Presentarse el próximo miércoles para la firma de contrato». Oliver parpadeó. Leyó de nuevo. Las palabras no cambiaban. «Su pasantía dará inicio a partir del próximo lunes». Era lunes por la tarde y Oliver seguía frente a su viejo portátil, el ventilador zumbando con esfuerzo, leyendo y volviendo a leer el correo electrónico que le había enviado Catherine Jones. Ya lo había abierto tantas veces que conocía cada una de las palabras de memoria, pero aun así regresaba a la pantalla como si en algún momento las letras fueran a cambiar y alguien fuera a decirle que había sido un error, que lo sentían, que se habían equivocado de destinatario. Aceptado. La palabra todavía le resultaba extraña cuando la relacionaba consigo mismo. Como un traje que no terminaba de quedarle bien, como un idioma que apenas empezaba a aprender. Una parte de él aún no podía creer que lo hubi
Doce Tal como había dicho que haría, Oliver envió la solicitud para la pasantía antes de meterse en la cama. El sonido del ratón al hacer clic en «Enviar» resonó en el silencio de su habitación como un disparo. Después dejó el portátil a un lado y se quedó mirando el techo durante varios minutos, la oscuridad punteada por los reflejos de las farolas que se filtraban entre las cortinas. El abrigo de Eliot estaba colgado en la puerta de su armario, una silueta oscura e inmóvil que parecía respirar en la penumbra. Oliver lo había dejado ahí a propósito. Desde su cama podía verlo. Era absurdo, lo sabía. Un simple abrigo no debería significar tanto. Era solo tela, botones, forro. Pero cada vez que sus ojos se posaban sobre él, Oliver casi podía sentir la presencia de Eliot justo ahí, como si todavía estuviera sentado frente a él en aquel restaurante italiano, observándolo con aquellos ojos analíticos que parecían descubrir cosas que nadie más veía. Cosas que ni siquiera Oliver sabía q
Once Oliver fue incapaz de quitarse del rostro la estúpida sonrisa que se le había implantado en los labios después de escuchar a Eliot. Él realmente creía en su potencial. La idea le calentaba el pecho desde dentro, como una brasa encendida que se negaba a apagarse. Durante toda la cena se sintió como si flotara en una nube de algodón, ingrávido, etéreo, como si en cualquier momento alguien fuera a despertarlo de aquel sueño. La pasta era deliciosa, con un suave sabor a mantequilla que le acarició el paladar, cremosa y reconfortante. El vino, del que solo bebió media copa por miedo a decir algo de lo que pudiera arrepentirse, era dulce y terroso, con un sabor intenso que, pensó, debía ser similar al sabor de Eliot. La idea apareció de manera tan espontánea que Oliver casi se atragantó con el siguiente bocado. ¿El sabor de Eliot? ¿En serio? ¿Qué clase de pensamiento era ese? Pero ya era tarde. La semilla estaba plantada, y cada vez que Eliot llevaba la copa a sus labios, Oliver
Diez Los días siguientes se deslizaron en una especie de neblina pesada y espesa, como si el mundo entero hubiera sido envuelto en algodón. Oliver estaba distraído todo el tiempo. En la universidad, varios de sus profesores le llamaron la atención por no responder cuando se dirigían a él, su nombre flotando en el aire sin encontrar eco en su conciencia. Durante los descansos, más de una vez Robert le lanzó todo tipo de cosas a la cabeza para sacarlo de su ensueño. Y en el trabajo, terminó quemándose una mano con el vapor de la máquina, el dolor agudo arrancándole un siseo mientras el señor Douglas le lanzaba una mirada preocupada desde la barra. Y, por supuesto, todo era culpa de una sola persona. Eliot Humbert. Su propuesta era insuperable. El sueldo, escandalosamente alto en comparación con lo que ganaba en la cafetería, casi obsceno. El horario flexible, que le permitiría seguir asistiendo a clases. El seguro médico familiar, que cubriría a su madre. Y, por si fuera poco, la
Nueve La fiesta transcurrió en una especie de idílico ambiente de felicidad, como si el mundo hubiera decidido concederles una noche perfecta. La música había subido un poco de volumen a medida que avanzaba la noche, pero seguía siendo lo bastante baja como para que las conversaciones no se perdieran entre las canciones. Las luces colgadas sobre el jardín proyectaban pequeños círculos dorados sobre el césped y las terrazas, mientras el agua de la piscina reflejaba sus destellos y los devolvía en ondas temblorosas sobre las paredes de piedra, creando un efecto hipnótico, casi mágico. Alguien había encendido unas antorchas alrededor de la zona del jardín, y el aroma del carbón, la carne asada y las bebidas dulces se mezclaba con el del jazmín en una sinfonía olfativa que Oliver inhaló profundamente, dejando que lo envolviera. Las conversaciones se superponían unas a otras, acompañadas por carcajadas repentinas, salpicaduras de agua y el sonido de algún vaso chocando contra otro en un



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