FAZER LOGINDos
Oliver no fue capaz de dormir el resto de la noche. Había bebido el jugo completo, sintiendo cada gota deslizarse por su garganta como un néctar sagrado. Luego lavó el vaso con una meticulosidad casi religiosa, asegurándose de guardarlo en su lugar exacto antes de regresar a la habitación de Robert. Iba a meterse de nuevo en el sofá cama cuando se vio reflejado en el espejo del armario. De todas las malditas noches, tenía que encontrarse a Eliot justo cuando llevaba el pijama de dinosaurios de Robert, demasiado grande para él, y una camiseta que le colgaba de los hombros como una bandera rendida. Avergonzado, hundió la cara en la almohada y gritó en silencio, el grito atrapado en su pecho como un animal enjaulado. Luego, sonrió para sus adentros, una sonrisa tonta que iluminó su rostro en la oscuridad. Había bebido del mismo vaso que Eliot. No solo eso: Eliot se lo había entregado con sus propias manos y luego había dicho su nombre. Sabía su nombre… Lo había pronunciado con esa voz ronca, íntima, como si fuera un secreto compartido solo entre ellos. La mañana lo encontró todavía dando vueltas a lo sucedido en la cocina, cada detalle grabado a fuego en su memoria. Era sábado. No tenían clases en la universidad, pero Oliver debía ir a su trabajo en la cafetería en el turno de tarde. Robert despertó pasadas las ocho, revolviéndose entre las sábanas como un oso perezoso. Oliver ya había tomado una ducha, el agua caliente incapaz de calmar el incendio bajo su piel, y había guardado sus cosas en la vieja mochila que resistía el peso por pura terquedad adquirida, las costuras deshilachadas como cicatrices de batallas pasadas. —¿Seguro que no puedes ir a la fiesta de Luther? —preguntó por décima vez su amigo mientras ambos bajaban las escaleras, la madera crujiendo bajo sus pies. —Tengo que trabajar —le recordó Oliver, ajustando la correa de la mochila sobre su hombro. —Deberías seguir su ejemplo y conseguir un trabajo también —intervino Allena, la madre de Eliot y Robert, una mujer joven para su edad, elegante como un cisne, con ese corazón noble que siempre había hecho sentir a Oliver como parte de la familia. —La experiencia nunca está de más —agregó Philip, el padre, quien ahora vivía su retiro entre partidas de golf y su colección de vinos raros, gracias a que su hijo mayor había tomado las riendas del imperio familiar. —¿Van a empezar tan temprano? —se quejó Robert, dejándose caer en una de las sillas del comedor con un dramatismo ensayado. Oliver se sentó a su lado, el aroma del café recién hecho llenando sus pulmones. Mañanas así no eran algo nuevo. La familia Humbert siempre lo había recibido con esa calidez sincera, ese abrazo invisible que lo hacía sentir a gusto incluso en medio de tanta opulencia. Allena preguntaba por su madre, por la universidad, por su trabajo en la cafetería, mientras Philip le contaba sobre el nuevo artículo en el periódico de un escritor que ambos seguían de cerca. Y entonces, la normalidad perdió su forma para Oliver. Con la aparición de Eliot. Casi se encogió en su silla, el croissant a medio morder congelado frente a sus labios. Eliot entró al comedor como una corriente de aire frío, impecable con su traje gris, el cabello perfectamente peinado, los ojos azules escaneando la habitación sin detenerse en nadie en particular. —…normalmente estoy de acuerdo con la opinión mordaz de Mitch sobre los mercados extranjeros, pero no esta vez —dijo Philip, sin notar el nerviosismo que recorría el cuerpo de Oliver como una corriente eléctrica. —Su opinión fue demasiado suave —intervino Eliot, bebiendo de su café recién servido, el gesto elegante, calculado. —Nada de negocios en la mesa —los reprendió Allena con una sonrisa paciente—. Por cierto, Eliot, cariño… acerca a Oli a la parada cuando salgas a la oficina. Oliver se encogió aún más en la silla, deseando volverse invisible, fundirse con la madera. Lo último que quería era estar atrapado en el espacio diminuto de un auto con Eliot, un lugar donde seguro podría escuchar lo rápido que latía su corazón, donde el perfume de él llenaría cada rincón de sus pulmones. —No es necesario… —También podrías llevarlo hasta su casa —interrumpió Robert, el maldito traidor, con una sonrisa que Oliver conocía demasiado bien—. Te queda de camino, no tendrías que desviarte. Eliot no respondió de inmediato. Su mirada estaba fija en la pantalla de su celular, los dedos moviéndose con precisión sobre el vidrio. No comió nada, solo bebió café, el aroma mezclándose con el de su colonia. —Salgo en diez minutos —dijo por fin, la voz plana, sin inflexiones. Se puso de pie, se despidió de sus padres con un gesto apenas perceptible, ignoró a Robert y salió del comedor sin una sola mirada hacia Oliver. Exactamente ocho minutos después, Oliver ya estaba frente a la puerta principal de la mansión Humbert, esperando, el corazón golpeando contra sus costillas como un pájaro enloquecido. —Para nada te ves desesperado —se burló el traidor de su mejor amigo, apoyado contra la pared con los brazos cruzados. —¡Cállate! —exigió Oliver, dándole un golpe juguetón en el hombro, aunque la sonrisa nerviosa lo delataba—. Esto es tu culpa. El sedán negro, perfectamente limpio, brillando bajo el sol de la mañana, se detuvo junto a ellos con un rumor suave de motor. Oliver respiró hondo, intentando calmar los latidos de su corazón, sintiendo el aire entrar y salir de sus pulmones como si fuera la primera vez que aprendía a hacerlo. «De nada», dijo Robert en voz baja, empujándolo suavemente hacia el auto con una sonrisa cómplice adornando su rostro. Oliver abrió la puerta con un cuidado casi reverente, se deslizó en el asiento del pasajero y la cerró lo más lentamente posible, procurando no dañar semejante obra de arte de la industria automotriz. El cuero del asiento crujió bajo su peso, el aroma a limpio y a Eliot envolviéndolo como un abrazo. —El cinturón —ordenó Eliot sin mirarlo, los ojos fijos en el camino frente a él. Oliver se apresuró a abrocharse el cinturón de seguridad, el clic resonando en el silencio del auto, y se abrazó a su vieja mochila como si fuera un salvavidas. Estaba en el auto de Eliot. A su lado. Oliendo su perfume, una mezcla de sándalo y algo amaderado que le nublaba los sentidos. Escuchando su respiración, calmada y regular, tan diferente a la suya, que era un caos contenido. El auto se puso en marcha, deslizándose por la entrada de la mansión, y Oliver sonrió para sus adentros, una sonrisa pequeña, secreta, que solo él conocía. No todos los días tendría una oportunidad así.Catorce Cuando finalmente salió de la cafetería, la campana sonó detrás de él por última vez, un tintineo metálico que se perdió en la noche. Sintió que estaba dejando allí una parte de sí mismo. Era una sensación extraña, casi parecida a despedirse de una casa en la que hubiera crecido, de una habitación donde se hubieran grabado los mapas de su adolescencia y juventud. El aroma a café, el sonido de la máquina de espresso, la campana sobre la puerta y hasta las manchas que nunca conseguían desaparecer por completo del suelo formaban parte de una rutina que había llegado a conocer de memoria, una coreografía de gestos y sonidos que ya formaban parte de su ADN. El aire frío de la noche le golpeó el rostro, cortante como una navaja, y por mera inercia se encogió sobre sí mismo, los hombros elevándose hacia las orejas. Entonces escuchó una voz. —¿Siempre dejas que la gente tenga tanta confianza contigo? Oliver dio un sobresalto. Eliot estaba apoyado contra la pared lateral de la ca
Trece «Su solicitud ha sido aceptada». La frase brillaba en la pantalla como una constelación recién descubierta. «Presentarse el próximo miércoles para la firma de contrato». Oliver parpadeó. Leyó de nuevo. Las palabras no cambiaban. «Su pasantía dará inicio a partir del próximo lunes». Era lunes por la tarde y Oliver seguía frente a su viejo portátil, el ventilador zumbando con esfuerzo, leyendo y volviendo a leer el correo electrónico que le había enviado Catherine Jones. Ya lo había abierto tantas veces que conocía cada una de las palabras de memoria, pero aun así regresaba a la pantalla como si en algún momento las letras fueran a cambiar y alguien fuera a decirle que había sido un error, que lo sentían, que se habían equivocado de destinatario. Aceptado. La palabra todavía le resultaba extraña cuando la relacionaba consigo mismo. Como un traje que no terminaba de quedarle bien, como un idioma que apenas empezaba a aprender. Una parte de él aún no podía creer que lo hubi
Doce Tal como había dicho que haría, Oliver envió la solicitud para la pasantía antes de meterse en la cama. El sonido del ratón al hacer clic en «Enviar» resonó en el silencio de su habitación como un disparo. Después dejó el portátil a un lado y se quedó mirando el techo durante varios minutos, la oscuridad punteada por los reflejos de las farolas que se filtraban entre las cortinas. El abrigo de Eliot estaba colgado en la puerta de su armario, una silueta oscura e inmóvil que parecía respirar en la penumbra. Oliver lo había dejado ahí a propósito. Desde su cama podía verlo. Era absurdo, lo sabía. Un simple abrigo no debería significar tanto. Era solo tela, botones, forro. Pero cada vez que sus ojos se posaban sobre él, Oliver casi podía sentir la presencia de Eliot justo ahí, como si todavía estuviera sentado frente a él en aquel restaurante italiano, observándolo con aquellos ojos analíticos que parecían descubrir cosas que nadie más veía. Cosas que ni siquiera Oliver sabía q
Once Oliver fue incapaz de quitarse del rostro la estúpida sonrisa que se le había implantado en los labios después de escuchar a Eliot. Él realmente creía en su potencial. La idea le calentaba el pecho desde dentro, como una brasa encendida que se negaba a apagarse. Durante toda la cena se sintió como si flotara en una nube de algodón, ingrávido, etéreo, como si en cualquier momento alguien fuera a despertarlo de aquel sueño. La pasta era deliciosa, con un suave sabor a mantequilla que le acarició el paladar, cremosa y reconfortante. El vino, del que solo bebió media copa por miedo a decir algo de lo que pudiera arrepentirse, era dulce y terroso, con un sabor intenso que, pensó, debía ser similar al sabor de Eliot. La idea apareció de manera tan espontánea que Oliver casi se atragantó con el siguiente bocado. ¿El sabor de Eliot? ¿En serio? ¿Qué clase de pensamiento era ese? Pero ya era tarde. La semilla estaba plantada, y cada vez que Eliot llevaba la copa a sus labios, Oliver
Diez Los días siguientes se deslizaron en una especie de neblina pesada y espesa, como si el mundo entero hubiera sido envuelto en algodón. Oliver estaba distraído todo el tiempo. En la universidad, varios de sus profesores le llamaron la atención por no responder cuando se dirigían a él, su nombre flotando en el aire sin encontrar eco en su conciencia. Durante los descansos, más de una vez Robert le lanzó todo tipo de cosas a la cabeza para sacarlo de su ensueño. Y en el trabajo, terminó quemándose una mano con el vapor de la máquina, el dolor agudo arrancándole un siseo mientras el señor Douglas le lanzaba una mirada preocupada desde la barra. Y, por supuesto, todo era culpa de una sola persona. Eliot Humbert. Su propuesta era insuperable. El sueldo, escandalosamente alto en comparación con lo que ganaba en la cafetería, casi obsceno. El horario flexible, que le permitiría seguir asistiendo a clases. El seguro médico familiar, que cubriría a su madre. Y, por si fuera poco, la
Nueve La fiesta transcurrió en una especie de idílico ambiente de felicidad, como si el mundo hubiera decidido concederles una noche perfecta. La música había subido un poco de volumen a medida que avanzaba la noche, pero seguía siendo lo bastante baja como para que las conversaciones no se perdieran entre las canciones. Las luces colgadas sobre el jardín proyectaban pequeños círculos dorados sobre el césped y las terrazas, mientras el agua de la piscina reflejaba sus destellos y los devolvía en ondas temblorosas sobre las paredes de piedra, creando un efecto hipnótico, casi mágico. Alguien había encendido unas antorchas alrededor de la zona del jardín, y el aroma del carbón, la carne asada y las bebidas dulces se mezclaba con el del jazmín en una sinfonía olfativa que Oliver inhaló profundamente, dejando que lo envolviera. Las conversaciones se superponían unas a otras, acompañadas por carcajadas repentinas, salpicaduras de agua y el sonido de algún vaso chocando contra otro en un







