FAZER LOGINUno
La luz de la luna llena se derramaba como leche plateada a través de la ventana del dormitorio de Robert, bañando el caos adolescente de ropa esparcida, libros de texto abiertos y pósteres de bandas que Oliver conocía de memoria. Acostado en el sofá cama, escuchaba la respiración profunda y regular de su mejor amigo, un ritmo hipnótico que debería haberlo arrullado, pero el sueño lo había abandonado como un pájaro que huye antes de la tormenta. Su mente estaba al final del pasillo. En la suite que ocupaba el heredero de Humbert Corp. Eliot Humbert. El hermano diez años mayor de Robert. El nombre susurrado en la privacidad de su mente era un hechizo, una plegaria secreta que repetía hasta que las palabras perdían todo significado y solo quedaba la sensación, el peso de esas sílabas en su lengua. Tenía dieciocho años y una obsesión que le quemaba las entrañas con la intensidad de un fuego que nunca encuentra reposo. Eliot, con sus trajes de diseñador que moldeaban su cuerpo como una segunda piel, con su mirada de hielo que atravesaba a las personas como si fueran cristal fino. No es que lo ignorara; era peor. Oliver simplemente no se registraba en la periferia de su existencia. Era un píxel borroso en una esquina del cuadro perfecto de su vida. Insignificante. Un píxel que había anhelado una mirada de ese hombre desde que las hormonas adolescentes le señalaron, con una abrumadora desfachatez, que deseo y Eliot eran sinónimos en el diccionario secreto de su corazón. Con un suspiro que llevaba el peso de los años de ese secreto, Oliver se deslizó fuera del sofá cama y metió los pies en las pantuflas que Robert siempre le prestaba cuando se quedaba a dormir. Miró a su amigo, que dormía como un tronco, un pie asomando por debajo de la manta y un brazo colgando del borde de la cama como una rama rota. Roncaba suavemente, un sonido familiar que debería haber sido reconfortante. Oliver caminó hasta la puerta, la abrió con cuidado y salió al pasillo. Conocía cada rincón de esta casa, cada crujido del suelo, cada sombra que proyectaban las lámparas de noche. Era un invitado recurrente desde los diez años, cuando conoció a Robert en la cafetería del colegio y lo defendió de un niño más grande que lo intimidaba solo por ser «un niño rico». Habían sido amigos desde entonces, un lazo reforzado en sus años de adolescencia. Arrastrando los pies, bajó los peldaños de la escalera, sintiendo la madera fría bajo las pantuflas. Se dirigió a la cocina, la boca reseca como papel de lija. Frotándose los ojos en mitad de un bostezo, cruzó el salón en penumbra y siguió hasta el arco de la cocina. La luz estaba encendida. Y Oliver se quedó petrificado bajo el marco de la puerta, el corazón deteniéndose un instante antes de galopar desbocado. Eliot estaba ahí. Lo primero que Oliver registró fue el torso desnudo, la piel ligeramente tostada que brillaba bajo la luz artificial, los músculos definidos como esculpidos por un artista obsesivo con el detalle. Los pantalones de pijama le caían de forma desordenada sobre las caderas, peligrosamente bajos, y sus pies estaban descalzos sobre el mármol frío. Eliot estaba de pie junto a la nevera abierta, un vaso lleno hasta la mitad de jugo de naranja en la mano. Su mirada azul hielo se fijó en Oliver, y una de sus perfectas cejas se elevó con algo que parecía sorpresa. No por verlo ahí. Eso era común. Sino por la forma en que Oliver lo estaba mirando. —¿No duermes? —Su voz sonó ronca, íntima, llenando el espacio entre ellos como un humo espeso. Oliver sacudió la cabeza para salir del trance, sintiendo cómo el calor le trepaba por el cuello como una enredadera. Su mirada verde se encontró con la azul de Eliot, y el rubor se hizo imposible de ocultar cuando se percató de la forma descarada en que lo había estado devorando con los ojos. —Tenía sed… —logró responder, la voz apenas un susurro. Eliot asintió lentamente. Bebió un trago de jugo; el movimiento de su nuez, subiendo y bajando, fue hipnotizante. Luego rodeó la isla de la cocina con una parsimonia deliberada, deteniéndose a solo dos pasos de Oliver, que seguía inmóvil como una estatua, vestido con un pijama prestado de dinosaurios y una camiseta demasiado grande que le colgaba de los hombros. Con una calma que parecía hecha para provocar, Eliot levantó el vaso de zumo, el mismo del que acababa de beber, y se lo ofreció a Oliver. —Parece que necesitas algo de azúcar. —La mirada azul recorrió su rostro con una lentitud deliberada, acariciando cada rasgo—. Estás algo pálido. Oliver tomó el vaso con una mano que temblaba como una hoja al viento. Eliot estaba demasiado cerca. Tanto que podía sentir el calor que irradiaba su piel desnuda, tanto que estaba seguro de que podía escuchar los latidos furiosos de su corazón. ¿Se daría cuenta de que era por él? No, eso era imposible. Eliot solo lo veía como el molesto amigo de su hermano menor. Una anomalía en medio de su mundo perfecto y cuidadosamente planeado. —Gracias… —susurró Oliver, bajando la mirada al vaso, fijándose en la marca aún visible de los labios de Eliot en el cristal. «Un beso indirecto», pensó, mientras el rubor se intensificaba en sus mejillas, tiñéndolas de un carmesí imposible de ocultar. —Descansa, Oliver —dijo Eliot al pasar a su lado, inclinándose lo justo para que su aliento rozara la oreja de Oliver, un soplo cálido que acarició la piel más sensible. Un estremecimiento lo recorrió entero, una corriente eléctrica que nació en el punto donde el aliento de Eliot había tocado su piel y se extendió hasta la punta de los dedos de los pies. Tuvo que morderse el labio con fuerza para no dejar escapar un sonido, un gemido de puro placer, no solo por la sensación persistente que le dejó en la piel, sino porque era la primera vez que lo escuchaba decir su nombre. Su nombre. Oliver. Desde su sitio inmóvil, vio la espalda de Eliot desaparecer por las escaleras, los músculos moviéndose bajo la piel como un poema escrito en carne. Solo entonces, cuando el sonido de sus pasos se desvaneció, se llevó el vaso a los labios y cerró los ojos. No bebió. No aún. Quería saborear la idea, la ilusión perfecta, de que estaba besando de forma indirecta al hombre que amaba desde los trece años. Sus labios presionaron el cristal exactamente donde los de Eliot habían estado, y por un momento, solo un momento, se permitió creer que aquello era real.Catorce Cuando finalmente salió de la cafetería, la campana sonó detrás de él por última vez, un tintineo metálico que se perdió en la noche. Sintió que estaba dejando allí una parte de sí mismo. Era una sensación extraña, casi parecida a despedirse de una casa en la que hubiera crecido, de una habitación donde se hubieran grabado los mapas de su adolescencia y juventud. El aroma a café, el sonido de la máquina de espresso, la campana sobre la puerta y hasta las manchas que nunca conseguían desaparecer por completo del suelo formaban parte de una rutina que había llegado a conocer de memoria, una coreografía de gestos y sonidos que ya formaban parte de su ADN. El aire frío de la noche le golpeó el rostro, cortante como una navaja, y por mera inercia se encogió sobre sí mismo, los hombros elevándose hacia las orejas. Entonces escuchó una voz. —¿Siempre dejas que la gente tenga tanta confianza contigo? Oliver dio un sobresalto. Eliot estaba apoyado contra la pared lateral de la ca
Trece «Su solicitud ha sido aceptada». La frase brillaba en la pantalla como una constelación recién descubierta. «Presentarse el próximo miércoles para la firma de contrato». Oliver parpadeó. Leyó de nuevo. Las palabras no cambiaban. «Su pasantía dará inicio a partir del próximo lunes». Era lunes por la tarde y Oliver seguía frente a su viejo portátil, el ventilador zumbando con esfuerzo, leyendo y volviendo a leer el correo electrónico que le había enviado Catherine Jones. Ya lo había abierto tantas veces que conocía cada una de las palabras de memoria, pero aun así regresaba a la pantalla como si en algún momento las letras fueran a cambiar y alguien fuera a decirle que había sido un error, que lo sentían, que se habían equivocado de destinatario. Aceptado. La palabra todavía le resultaba extraña cuando la relacionaba consigo mismo. Como un traje que no terminaba de quedarle bien, como un idioma que apenas empezaba a aprender. Una parte de él aún no podía creer que lo hubi
Doce Tal como había dicho que haría, Oliver envió la solicitud para la pasantía antes de meterse en la cama. El sonido del ratón al hacer clic en «Enviar» resonó en el silencio de su habitación como un disparo. Después dejó el portátil a un lado y se quedó mirando el techo durante varios minutos, la oscuridad punteada por los reflejos de las farolas que se filtraban entre las cortinas. El abrigo de Eliot estaba colgado en la puerta de su armario, una silueta oscura e inmóvil que parecía respirar en la penumbra. Oliver lo había dejado ahí a propósito. Desde su cama podía verlo. Era absurdo, lo sabía. Un simple abrigo no debería significar tanto. Era solo tela, botones, forro. Pero cada vez que sus ojos se posaban sobre él, Oliver casi podía sentir la presencia de Eliot justo ahí, como si todavía estuviera sentado frente a él en aquel restaurante italiano, observándolo con aquellos ojos analíticos que parecían descubrir cosas que nadie más veía. Cosas que ni siquiera Oliver sabía q
Once Oliver fue incapaz de quitarse del rostro la estúpida sonrisa que se le había implantado en los labios después de escuchar a Eliot. Él realmente creía en su potencial. La idea le calentaba el pecho desde dentro, como una brasa encendida que se negaba a apagarse. Durante toda la cena se sintió como si flotara en una nube de algodón, ingrávido, etéreo, como si en cualquier momento alguien fuera a despertarlo de aquel sueño. La pasta era deliciosa, con un suave sabor a mantequilla que le acarició el paladar, cremosa y reconfortante. El vino, del que solo bebió media copa por miedo a decir algo de lo que pudiera arrepentirse, era dulce y terroso, con un sabor intenso que, pensó, debía ser similar al sabor de Eliot. La idea apareció de manera tan espontánea que Oliver casi se atragantó con el siguiente bocado. ¿El sabor de Eliot? ¿En serio? ¿Qué clase de pensamiento era ese? Pero ya era tarde. La semilla estaba plantada, y cada vez que Eliot llevaba la copa a sus labios, Oliver
Diez Los días siguientes se deslizaron en una especie de neblina pesada y espesa, como si el mundo entero hubiera sido envuelto en algodón. Oliver estaba distraído todo el tiempo. En la universidad, varios de sus profesores le llamaron la atención por no responder cuando se dirigían a él, su nombre flotando en el aire sin encontrar eco en su conciencia. Durante los descansos, más de una vez Robert le lanzó todo tipo de cosas a la cabeza para sacarlo de su ensueño. Y en el trabajo, terminó quemándose una mano con el vapor de la máquina, el dolor agudo arrancándole un siseo mientras el señor Douglas le lanzaba una mirada preocupada desde la barra. Y, por supuesto, todo era culpa de una sola persona. Eliot Humbert. Su propuesta era insuperable. El sueldo, escandalosamente alto en comparación con lo que ganaba en la cafetería, casi obsceno. El horario flexible, que le permitiría seguir asistiendo a clases. El seguro médico familiar, que cubriría a su madre. Y, por si fuera poco, la
Nueve La fiesta transcurrió en una especie de idílico ambiente de felicidad, como si el mundo hubiera decidido concederles una noche perfecta. La música había subido un poco de volumen a medida que avanzaba la noche, pero seguía siendo lo bastante baja como para que las conversaciones no se perdieran entre las canciones. Las luces colgadas sobre el jardín proyectaban pequeños círculos dorados sobre el césped y las terrazas, mientras el agua de la piscina reflejaba sus destellos y los devolvía en ondas temblorosas sobre las paredes de piedra, creando un efecto hipnótico, casi mágico. Alguien había encendido unas antorchas alrededor de la zona del jardín, y el aroma del carbón, la carne asada y las bebidas dulces se mezclaba con el del jazmín en una sinfonía olfativa que Oliver inhaló profundamente, dejando que lo envolviera. Las conversaciones se superponían unas a otras, acompañadas por carcajadas repentinas, salpicaduras de agua y el sonido de algún vaso chocando contra otro en un







